PROCESIONES, RETINOL Y OTRAS DEVOCIONES.

Mi rutina de Skincare ya tiene más pasos que la Semana Santa de Sevilla.

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Todo empezó con una crema limpiadora. Algo sencillo tipo “agua micelar”, que prometía quitar el maquillaje, la contaminación y los remordimientos. Después vino el tónico. Y el sérum. Y el contorno de ojos. Y la crema de día. Y la de noche. Y la esencia (que no tengo del todo claro qué hace). Y el exfoliante enzimático. Y la mascarilla coreana. Y la de arcilla. Y los treintaymuchos el Retinol. Y el protector solar, que hay que reponer cada dos horas como si fuésemos a escalar el Teide y no a comprar una barra de pan (integral).

A día de hoy, mi rutina facial tiene más pasos que una procesión de Viernes Santo. Me falta alguien con incienso, un costalero y una saeta.

Reconozco que me encanta cuidarme. Ya de pequeña, mi madre me dejaba una leche limpiadora para que me lavase la cara antes de dormir, como quien inicia a su hija en una tradición cosmética milenaria. Me hacía ilusión. Me hacía sentirme mayor. A día de hoy es algo que me gusta. Me relaja. Soy mayor. Y me da la falsa sensación de que tengo la vida bajo control, aunque mi cajón de los calcetines sea un caos y lleve tres meses diciendo “El lunes pido cita en el dentista”.

Pero también es cierto que siempre me ha gustado tomar el sol. Demasiado. He hecho cosas que hoy me darían unfollow dermatológico: Nivea de la lata azul, untarme con Coca Cola para caramelizarme potenciar el bronceado. Ahora me embadurno con SPF 50 y me siento culpable si no lo reaplico.

No sé si es la crisis de los 40 o que Instagram me ha convencido de que a base de ácido hialurónico y niacinamida puedo frenar el tiempo. Pero ahí estoy religiosamente cada mañana y cada noche, poniéndome sobre mi piel más capas que un hojaldre. Me miro al espejo y me pregunto si esto es autocuidado o una clase de cocina para aprender a montar una tarta milhojas. 

Cuando llego piripi a las 4 a.m. A veces, echo de menos la simplicidad. Aquellos tiempos en los que bastaba con un gesto rápido con una toallita desmaquillante y un poco de fe. Pero ahora es como si hubiese sustituido mis creencias religiosas por un altar de cosmética que huele a pepino y promesas.

Es verdad que a estas alturas yo ya no creo en milagros… Salvo que vengan en un botecito de 30ml y se apliquen con gotero.

2 respuestas a «PROCESIONES, RETINOL Y OTRAS DEVOCIONES.»

  1. Pensaba que ibas a decir:
    «Es verdad que a estas alturas yo ya no creo en milagros… Salvo que vengan en un botellín de 33cl. y se beban en copa o a morro»

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