ABRIL NO PIDE PERMISO

Artículo original publicado en El Español – Quincemil el pasado 4/4/2026

Abril es esa amiga caótica, que siempre llega tarde, siempre te cambia el plan y aun así, siempre quieres que venga porque sabes que con ella no te vas a aburrir.

Promete sol y te da lluvia. Te viste de primavera y te hace volver a casa a por una chaqueta que ya no pensabas ponerte hasta octubre. Abril no pide permiso. Entra, se sienta y como quien no quiere la cosa, descoloca tus rutinas. Tampoco mucho. Lo justo para que te des cuenta de que te estabas acomodando.

Pero abril también es ese amigo detallista que te llama y te dice: “¿te apetece una cervecita?”. Y de repente estás sentada al sol y ya no te acuerdas de la cueva en la que has estado hibernando tantos meses. Abres la ventana y el aire ya no te pone la piel de gallina, como cuando pasas por el pasillo de yogures del supermercado. Si eres atrevido, incluso te regala el primer baño del año.

En abril pasan cosas pequeñas, pero importantes. Esas que no hacen ruido, pero se notan. Los días se estiran como si alguien estuviese tirando de ellos desde algún lado. Las terrazas empiezan a llenarse. La gente mira hacia arriba para confirmar que el cielo es azul. ¡No era un rumor!

Es el mes en el que la naturaleza decide quitarse el pijama y vestirse de colores. Primavera recién estrenada. Florecen las margaritas. Me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere. Yo siempre he tenido mucha fe en las margaritas. En el amor, no tanta. Brotan las flores, también las alergias. Flores sí, pero con condiciones.

Abril no te exige. Bastante tienes con sobrevivir a los estornudos. Quizás por eso no te pide que te apuntes al gimnasio (ya vas tarde) ni que ahorres. Simplemente se insinúa. Insiste un poco, dejándote la puerta abierta por si te apetece salir.

Como buen caótico, abril es muy contradictorio. Es capaz de regalarte una tarde de playa y al día siguiente recordarte que el refrán: ‘en abril aguas mil’, existe por algo. Aun así, en este mes montamos ferias y salimos a las calles a bailar, aunque el cielo no tenga muy claro de qué humor está. Por eso te voy a dar un consejo: no guardes la ropa de invierno todavía.

Y el 23 es el Día del Libro. A mí este año me toca vivirlo desde dentro, cambiar de lado en la firma. ¡Qué ilusión me hace! En Cataluña, alguien tuvo la idea de que este día se mezclasen libros y rosas y la jugada salió redonda. Quiq-pro-quo. Mezclar cultura y excusas para regalar siempre está bien. Es como mezclar vino con queso. O melón con jamón, aunque aquí tengo mis reservas (sospecho que esta combinación se sostiene más por la rima que por el sabor). Pero bueno, ese melón ya lo abriremos en junio, por ejemplo.

Abril me cae bastante bien. Es inestable, imprevisible y un poco caprichoso. No es perfecto. Tiene sus cosas, como todos. Pero tampoco presume de lo contrario. Llega, desordena un poco y así, sin molestar demasiado, cambia el ambiente.

Después de un enero y un febrero empeñados en vivir en gris, y un marzo que ha pasado volando, uno ya no quiere ponerse exigente. Así que yo a abril se lo compro todo.

NO QUIERO SER CAROLYN BESSETTE

Ahora resulta que todas queremos ser Carolyn Bessette.

Envidiamos su estilo. Envidiamos su pelo. Envidiamos su misterio. Envidiamos su armario minimalista: camisas blancas, jeans perfectos, abrigos negros que siempre tienen buena caída. Envidiamos su forma de caminar por Nueva York con esa elegancia natural.

Y por supuesto, envidiamos a su marido: John F. Kennedy Jr.

Pero os voy a decir una cosa. En realidad no queremos ser Carolyn Bessette.

Queremos su armario. No su vida.

No queremos a los paparazzi esperándonos en la puerta de casa. No queremos que una discusión de pareja termine analizada por medio país. Y desde luego, no queremos casarnos con la Familia Kennedy, que es como casarte con una persona y con un monumento nacional. A la vez.

Hay algo mágico en las parejas famosas que mueren jóvenes, bellas y de manera trágica. Se congelan. No envejecen, no discuten, no decepcionan. La historia se detiene en su mejor versión.  Y por eso se convierten en mito.

Es como cuando un bar se pone de moda. Vas una vez, te encanta. La comida esta buena, el ambiente es divertido, hay gente guapa. 

Pero cuando todo el mundo quiere ir, empiezan las reservas imposibles, la cola en la puerta y dentro ya no sabes si estás en un bar o en el metro en hora punta. Alguien con tacones te pisa el dedo meñique y los camareros pasan de largo mirando hacia otro lado, como si llevases un chaleco verde y una carpeta de Greenpeace.

Desde fuera el bar parece maravilloso. Pero dentro hay mucho ruido y huele humo.

Con Carolyn Bessette pasa algo parecido. 

Nos encanta la idea de ella. Pero si pudiera elegir, yo elegiría su armario. Solo su armario.

YA ESTÁ AQUÍ

Después de muchos meses escribiendo, tachando, corrigiendo y volviendo a tachar, Las reflexiones de Palo ¡ya está en librerías!

Los ingredientes del libro son escenas del día a día que a todos nos pasan, reflexiones sobre el amor, la amistad, el destino, las casualidades y los pequeños placeres. Nada de tiempos de cocción ni gramos de harina.

Son 52 relatos breves (uno para cada semana del año), pensados para leerse con calma o entre parada y parada, mientras se enfría el café o mientras decides si hoy vas al gimnasio o te quedas viendo Netflix leyendo este libro sin ningún tipo de remordimiento.

No prometo que te cambie la vida. Pero sí espero que te robe algunas sonrisas, que te provoque algún “esto me ha pasado a mí” y que, de alguna forma, te encuentres conmigo entre sus páginas.

Si hoy tienes un hueco, puedes escaparte a tu librería de confianza y preguntar por él. En Coruña ya está disponible en Nobel y en Lume y en Madrid lo tenéis en Nebli (TROA) en C/ Serrano.

Y si eres de los que viven a toda velocidad, puedes tenerlo mañana en casa pinchando aquí:

LAS REFLEXIONES DE PALO

Hay varias cosas que si las pienso, me aceleran el corazón:

¿Lo leerá mucha gente? 

¿Qué pensarán cuando lleguen a la última página? 

¿Cuánta gente vendrá alguien a las presentaciones?

Esas respuestas me las iréis dando vosotros poco a poco.

Gracias a todos los que me habéis preguntado durante meses:

“¿Y el libro para cuándo?”

Pues para hoy.

Palo.

P.D.: si lo ves en una librería, mándame foto. Me hará más ilusión de la que debería admitir públicamente 🙂 Y si te lo compras en Amazon, toda reseña será bienvenida y de gran ayuda.

¡Oído cocina!

Carta a la señora que me robó el paraguas.

Artículo original publicado en el periódico El Español – Quincemil, el pasado 21/2/26.

Esta mañana me han robado el paraguas.

Robado no. Me han hurtado. Porque no hubo violencia ni intimidación. Hubo astucia, disimulo cobardía. Una señora cobarde.

He entrado en Zara a por una camiseta que ya tenia fichada; compra rápida y directa que he tardado un minuto en gestionar. Bueno, quizás tres. Tres minutos porque he tenido que pagar. No como la señora que me hurtó el paraguas, que resolvió su gestión sin pasar por caja. Mucho más eficiente, la verdad.

Digo señora porque a esas horas y en Zara había mayoría de mujeres. Pura probabilidad. No voy a entrar en debates de género. Bastante tengo con el paraguas (que ya no tengo) y con mi creciente cabreo.

Porque yo dejé mi paraguas en el paragüero como un caballero que deposita su espada antes de entrar en la taberna. Mi paraguas no era uno cualquiera. Era mi Tizona. Mi espada del Cid Campeador. Entré en Zara confiada. Salí desarmada. Llegué a casa con el honor pelo empapado. El Cid podía cabalgar sin su espada. Yo no.

¿A quién se le ocurre robar un paraguas? No es un bolso. No es un reloj. No es el último iPhone. Un paraguas es un objeto triste que vive plegado y olvidado hasta que el cielo lo reclama. Accesorio de emergencia. Y ojo, que yo entiendo la tentación del momento porque fuera llueve y el paraguas (MI paraguas) está ahí. Abandonado a su suerte. Pero una cosa es pensarlo y otra muy distinta es llevártelo. Por lo visto es un delito menor bastante común. Y bastante ruin, añado.

Y no, no fue una confusión. Cuando lo dejé en el paragüero no había ningún paraguas transparente. Pensé incluso en entrar con él, pero me dio reparo mojar el suelo. Educación. Civismo. Creer que el mundo funciona en base a unos mínimos acuerdos morales. Error. El Cid nunca habría dejado su espada en un cubo compartido. El paragüero es como un limbo; nadie vigila, nadie reclama.

Así que aviso oficialmente: a partir de ahora pienso entrar con mi nuevo paraguas en cualquier recinto cerrado. Zara, panadería, consultas médicas, funerales y bodas, si hace falta. Que se mojen los suelos, no mi pelazo confianza en la humanidad.

Y aprovecho este medio, que me da cierta visibilidad, para volcar mi indignación y dirigirme directamente a usted, señora del paraguas. Espero que le haya sido útil. Que haya llegado seca a su destino y se le hayan empapado los remordimientos. Pero también espero que en algún momento le haya dado el viento de frente y una varilla del paraguas le haya sacado un ojo arañado la cara. No fuerte. Lo justo para sentirse ridícula.

Y ya puestos, deseo que el día que tenga una boda y salga de la peluquería con unas ondas perfectas, una paloma con criterio y buena puntería, le haga caca sus cosas encima. De manera que ese dinero que no invirtió en un paraguas, tenga que gastárselo en la peluquería. Otra vez. Algunos lo llaman economía circular. Yo lo voy a llamar karma con plumas.

Además, ahora camino por la calle mirando con desconfianza cada paraguas transparente. Pensando mal de cada persona que se cruza conmigo protegida de la lluvia. Usted no solo me robó un paraguas. Me robó la inocencia meteorológica.

Sobre escribir y emborracharse.

Escribir es como emborracharse.

Cuando estoy muy concentrada escribiendo me escapo. Me evado. Nunca sé a dónde me voy, pero debe de ser lejos porque cuando vuelvo, siento como si me despertase un algo entre caricia y bofetada. Una fuerza extraña, ajena a mí. Esa caricia o bofetada que me trae de vuelta puede ser una llamada de teléfono, el avión, que ha aterrizado o el timbre con un paquete de Amazon.

Y en ese momento, me siento como cuando me despierto después de una noche de borrachera ¿Qué hora es? Una laguna muy grande. Chupitos de tequila, Jaggermaister, todo mezclado, muy agitado. Y de repente estoy en una cama que no es la mía, con los zapatos puestos, sin desmaquillar, sin dinero y sin recuerdos. 

No sé qué hace este texto aquí. No sé cómo he llegado a este lugar. Bailando, tecleando, mezclándome entre la gente, viviendo, pasándomelo muy bien. Y sin resaca.