ESPAÑA COMPRIMIDA

Artículo original publicado en el diario El Español – Quincemil el pasado 8/8/26

Siempre me ha llamado la atención la gente que dice: “Este verano nos vamos al norte”. Al norte. Así, en bloque.

Da igual que te vayas a San Sebastián, a Ribadeo, a Cudillero o a las Rías Baixas. Todo es “el norte”. Parece que a partir de Valladolid, España deja de tener provincias y pasa a ser un parque temático con una única recepción.

“BIENVENIDOS AL NORTE: Por la noche refresca. Se recomienda llevar una sudadera ‘por si acaso’. Hay un 73% de posibilidades de lluvia, pero aquí los planes no se cancelan nunca. Las orquestas empiezan a las 23:00. Desayuno a elegir entre sobaos, bollo preñao o filloas”.

Y con el sur ocurre lo mismo. Mucha gente asegura que veranea “en el sur” igual que dice que va a comprar “fruta”. Ni manzanas ni melocotones. Fruta. Como si Cádiz, Almería y la costa de Huelva fuesen distintas calles que desembocan en la misma plaza.

Me recuerda un poco a los americanos, cuando anuncian ilusionados que este verano viajarán “a Europa”. Visto así, parece que Atenas y Reikiavik están a dos paradas de metro ¿no? Pues eso.

Supongo que necesitamos simplificar el mapa para que nos quepa en la cabeza conversación. Hablamos de España como si fuera un dibujo hecho con dos rotuladores: arriba, verde; abajo, amarillo. Y el resto, ya lo trataremos en otro momento (nadie dice: “Este año me voy al este”. Ni presume de haber descubierto el “noroeste profundo”. Ahí sí somos precisos).

Pero norte y sur son dos sacos gigantes en los que vamos metiendo diferentes paisajes, comidas, acentos, temperaturas y costumbres.

Abrimos el saco del norte y metemos una gilda, un percebe, una fabada, una vaca, un faro, un bosque, una playa larguísima con bandera azul, un gaitero y una señora diciendo “llévate una chaquetita”. Cerramos el saco, nos lo echamos al hombro como Papa Noel y nos quedamos tan tranquilos.

Y con el sur hacemos lo mismo. Ahí dentro cabe un espeto en Málaga, un lince ibérico de Doñana, una gamba de Huelva, un abanico, una feria, una tabla de kite surf, un chiste de Lepe y una bailaora gritando ‘¡Arsaaa!’. Cerramos el saco. Sur.

Se parece a mi cajón de la mesilla de noche, donde conviven gomas del pelo, un paquete de Kleenex, una linterna y el cargador de un móvil que ya no existe Nokia. Nada tiene relación entre sí, pero ahí están desde hace años.

Lo decía antes, yo creo que hablamos así porque el cerebro, aunque es extraordinario, también es vago. Sobre todo en agosto. Y etiquetar y guardarlo todo en carpetas facilita las cosas. Norte. Sur. Playa. Montaña. Bueno. Malo. Todo archivado para no gastar neuronas.

Y es verdad que simplificar las cosas puede dar mucha paz. Pero después, no podemos escandalizarnos cuando llegue alguien a Galicia preguntando por las mejores rabas o aterrice en Málaga buscando las playas de Cadiz.

Al final, no es que hayamos perdido el norte, es que lo hemos comprimido en un archivo ZIP y no nos molestamos en abrirlo.

no quiero normalizar esta locura.

Escribir es un trabajo bastante solitario.

La mayor parte del tiempo eres tú delante de una pantalla en blanco y un montón de ideas que funcionan muy bien en tu cabeza, pero al escribirlas, ya no tanto.

Pero llega la Feria del Libro y te encuentras con personas que se acercan porque la portada les ha llamado la atención. Abrazas a familiares y amigos que vienen a verte. Le pones cara a gente que lleva años leyéndote. Compartes caseta con libreros que te hacen un hueco y te hacen sentir como en casa.

“Me encanta leerte.”

“Qué ilusión verte aquí”.

“Por fin encuentro a una escritora que me engancha.”

“Gracias por sacarme siempre una sonrisa.”

No es mi primera Feria del Libro, pero esto sigue pareciéndome extraordinario. Es imposible normalizarlo. Y es poco profesional que me pase a mí, pero me quedo sin palabras.

Mi respuesta es daros las gracias a vosotros por acercaros, por llevaros mi libro, por regalarme un rato de vuestro tiempo y por estar al otro lado.

COMO ACABÉ ABRAZANDO A UN DESCONOCIDO

Artículo original publicado en El Español – Quincemil, el pasado 25/7/2026

Las finales del Mundial, oficialmente duran dos horas, pero en la práctica empiezan mucho antes del pitido inicial.

Domingo 19 de julio.

19:35: El partido todavía no ha empezado, pero la previa sí. Pedimos la primera ronda.

20:33: Aparecen en la pantalla Robbie Williams, Laura Pausini y otra cantante que mis amigos identifican al momento mientras yo asiento con seguridad. Después, Dudamel con Los Teleñecos. No ha empezado el partido y ya llevamos dos cervezas y y un festival de música internacional.

20:58:Todavía somos personas normales que hablan sobre el trabajo, las vacaciones o si la cerveza está fría. En unos minutos todos seremos seleccionadores nacionales.

21:25: Llevo un rato peleándome con un pistacho atascado entre mis dientes mientras escucho a uno decir que España tiene que tener paciencia. Otro dice que presionemos más arriba.

21:48: Pensaba que el descanso servía para ir al baño, pero Justin Bieber, Madonna con ‘Los Ronaldos’ y Shakira, tienen otros planes para nosotros. Trump los americanos serán lo que sean, pero convierten cualquier ‘Pausini’ publicitaria en un acontecimiento histórico.

22:15: Llega la tortilla. A partir de ahora me da miedo que marquemos justo cuando tengo la boca llena.

23:03: Expulsan a un jugador de Argentina Enzo. “Se lo merecen, por sucios”. En menos de dos horas he desarrollado opiniones futbolísticas muy firmes.

23:13: España marca. Lanzo por los aires el trozo de tortilla que estaba a punto de llevarme a la boca. Nos levantamos. Gritamos. No. Al final no ha marcado. El chico que está delante de mí tiene tortilla por el pelo insulta al árbitro.

23:16 ¡Gol del guapo de Ferrán! Un desconocido me abraza. Yo le devuelvo el abrazo. Si en ese momento me hubiera pedido que le donase un riñón, probablemente se lo hubiese donado.

23:33. Segundo gol anulado. Yo, que hasta hace un mes no sabía quién era Luís de la Fuente, tengo clarísimo que el árbitro nos está robando.

23:47: Fin del partido ¡España es campeona del Mundo! Hay noches tardes en las que sales de casa pensando que vas a tomar unas cervezas sin más y al final, vuelves queriendo muchísimo a once desconocidos.

00:30: Llegamos a casa. Las RRSS están llenas de banderas de España y seleccionadores nacionales personas que aseguran que nunca dudaron. Mi lavadora está con la ropa mojada dentro.

Lunes 20 de julio

07:30: España sigue siento campeona del mundo, pero el despertador suena con la misma falta de empatía de todos los lunes. Y la lavadora sigue esperando a que alguien la vacíe.

10:30: El café sigue estando demasiado caliente al principio y demasiado frío después. Outlook continúa convocando reuniones de cuarenta y cinco minutos para resolver cosas que caben en un email. La vida no se deja impresionar por ganar el Mundial.

LAS VACACIONES DE LOS DEMÁS

Artículo original publicado en el diario El Español – Quincemil, el pasado 11/7/2026.

Yo pensaba que hacerse adulto consistía en pagar una hipoteca, pedir cita en el dentista o emocionarte cuando un aguacate está en el punto de maduración exacto. Me equivocaba. Hacerse adulto es descubrir que, cuando por fin tienes tiempo para escuchar tus programas favoritos, los presentadores habituales se han ido de vacaciones.

Llega julio. Se acerca el momento de bajar revoluciones. De desayunar sin mirar el reloj. De escuchar la radio mientras disfrutas el café, en vez de hacerlo mientras te peleas con el secador o con el nudo de la corbata. Incluso por la noche, te quedas despierto viendo ese programa que durante todo el año ves en diferido porque empieza a una hora intempestiva.

Y entonces llega LA FRASE: “Nos despedimos hasta septiembre.” ¿Perdón? ¿Hasta septiembre? Llevo diez meses escuchándoos entre semáforos, atascos y reuniones. Me habéis acompañado mientras iba al trabajo, al gimnasio o a comprar papel higiénico. Y justo cuando puedo escucharos tumbada en una hamaca mirando el mar ¿desaparecéis? No sé. Organizaos mejor. Haced turnos.

Yo de pequeña quería ser profesora por un motivo totalmente vocacional: tres meses de vacaciones. Pero ahora, que soy mayor menos pequeña, quiero ser presentadora de un programa de radio.

No sé exactamente cuánto descansa esta gente. Pero un día te dicen: “nos vemos en septiembre” y desaparecen. Nos dejan con unos sustitutos que son encantadores, simpatiquísimos y buenos profesionales, seguro. Pero no son los míos.

Es como cuando mi frutería cierra por vacaciones y el vecino me dice que hay otra muy buena dos calles más abajo. Ya. Pero en esa otra frutería les da igual darme un aguacate traidor.

Esto también aplica a los podcasts. Forman parte de la rutina. Sales a correr con ellos, tiendes la ropa con ellos, vas a trabajar con ellos. Son como compañeros de piso. Hablan mucho y friegan poco. Pero un día anuncian LA FRASE: “cerramos temporada”. Qué expresión tan elegante para decir: “búscate a otro”.

Está bien salir de la rutina. Y hay que descansar. Yo lo entiendo y lo respeto. Pero también pienso que alguien debería quedarse de guardia. Haced un excel. Repartíos julio y agosto ¿No pasa eso en las farmacias? ¿O en urgencias? ¿O en las panaderías? No digo todos. Solo uno. Un presentador de servicios mínimos. Un podcast de emergencias. Pensad en esa gente que después de muchos meses, puede desayunar con la calma.

Reconozco que me cuesta salir de las rutinas que me hacen feliz. Esas cosas pequeñas que terminan formando parte de tus días. De tu casa. O de tu coche. Una voz familiar. Un chiste malo que sabes que está al caer. Una sección que esperas.

Yo pensaba que lujo era no poner el despertador, pero ahora sé que el verdadero lujo sería tener en julio la misma programación que en febrero. Y un aguacate en su punto.

PRENOSTALGIA

No sé si vosotros sois conscientes de que estáis siendo felices mientras lo estáis siendo.

A mucha gente la felicidad le llega con efecto retardado. Se da cuenta meses después, cuando mira unas fotos o recuerda una época y piensa: “Qué feliz era y no lo sabía”.

A mí me pasa lo contrario.

A veces soy tan consciente de que estoy viviendo un momento bonito que empiezo a echarlo de menos antes de que termine. Como si sintiera una especie de prenostalgia.

¿Habéis visto la película Primos? Hay un momento en el que Diego le dice a Martina que la ‘pre-quiere’, un paso previo al ‘te quiero’, algo que sabe que acabará llegando.

Pues yo creo que con la felicidad me pasa algo parecido.

No la echo de menos.

La preecho de menos.