GENTE QUE ME SUENA.

Artículo publicado en el periódico El Español – Quincemil el pasado 2/5/2026

Hace unos días me pasó algo:

Iba corriendo, concentrada en sobrevivir al Paseo Marítimo y al calor, cuando vi que de frente, venía un señor que me miraba fijamente. Muy fijamente. De esas miradas que solo pueden significar: “te conozco” o “me debes dinero”.

Empecé a revisar mi agenda mental. Pero nada. No lo ubicaba. Así que hice lo que haría cualquier persona educada en mi situación: saludar. “Será amigo de mis padres o un vecino de hace años”, pensé.

Fue un saludo correcto, educado, sin excesos. De hija bien.

Pero el señor no me devolvió el saludo. Ni media sonrisa. Ni un gesto. Ni nada. Siguió mirándome, eso sí, pero ahora con la misma cara que le había puesto yo unos segundos antes pone la gente cuando piensa: “¿y esta quién es?”.

Tierra trágame. Aceleré el paso la carrera para abandonar rápido esa escena y dejar de ser la chica que saluda a señores desconocidos con entusiasmo. No lo conseguí.

A todos nos ha pasado. Vas por la calle y ves que se acerca una persona que te suena. Te suena lo suficiente como para no ignorarla. Pero no tanto como para ubicarla.

Esa persona podría ser desde la mejor amiga de tu tía Mari Carmen hasta alguien con quien compartiste pupitre en 1993. O peor aun, alguien al que sigues en Instagram y que no tiene ni idea de que existes. Y ahí llega la duda ¿saludar o no saludar? ¿Te lanzas o te escondes? Unos segundos para decidir qué versión de ti sale a escena.

Está la versión valiente. La que se tira a la piscina sin mirar y saluda con entusiasmo, confiando en que en algún momento aparecerá la pista que la salve. A veces funciona. Otras veces te preguntan por tus hijos, a ti, que ni tienes hijos ni planes de tenerlos en esa conversación.

Después está la prudente. La del gesto mínimo. Ligera inclinación de cabeza, media sonrisa y contacto visual de un segundo. Puede ser un saludo o un tic. Nunca arriesga. Nunca gana. Tampoco pierde queda como la loca que saluda a señores desconocidos.

También está la “evitadora». Esa que ante la duda, mira al móvil y empieza a escribir este artículo con la concentración de un opositor.

Dependiendo del momento elegimos una versión u otra. Sin pensarlo mucho porque todo ocurre muy rápido y muy lento a la vez. Como cuando en una película alguien, antes de morir, ve su vida pasar. Pero en tu caso, en vez de recuerdos bonitos, pasa una lista desordenada de posibles identidades.

Es del gimnasio. No, del trabajo ¿No es la chica del marco de fotos que todavía no he cambiado? No, es el chico que conocí de copas en El Antiguo en 2016. Creo que es el camarero del restaurante de debajo de casa, que sin uniforme me descoloca. Ah, no, es un ex de Lucía.

Desde mi incidente en el Paseo Marítimo con el supuesto amigo de mis padres, cuando veo a gente que me suena, sonrío y acelero un poco. Lo primero, por si me conoce. Lo segundo, por si hay deudas pendientes.

COSAS QUE PUEDES PERDER EN UNA MUDANZA

Yo pensaba que una mudanza consistía en meter cosas en cajas, trasladarlas y volver a sacarlas. Qué ingenuidad la mía.

Mudarse es una experiencia muy bonita cuando te la cuentan. Después la haces tú y entiendes que es un proceso de pérdida en el que Houdini se cuela en tu casa y hace su magia. Tú no le has invitado, pero se ve que tiene llaves.

Empiezas por no encontrar los auriculares y piensas ‘Ya aparecerán’. Puedes vivir sin ellos. Pero después desaparecen las tijeras; ahí ya no puedes esperar a que aparezcan porque necesitas abrir cajas. Decides utilizar las uñas y te cargas tu recién estrenada manicura. Ahí te acuerdas de Houdini y de toda su familia.

Pero ojo, porque el asunto se puede poner más interesante. Desaparece tu ejemplar de La Odisea. Ese que nunca leíste ni pensabas hacerlo, pero que le daba un aire intelectual a la librería. Desaparece el jersey que no te gustaba nada de tu marido ¿Tu marido también ha desaparecido? ¿Habrá ido a por tabaco? 

Desaparece el cargador del cepillo eléctrico. Solo el cargador. El mando del garaje. Los antihistamínicos, y estamos en primavera. Tu bolígrafo preferido, que escribe mejor que todos los bolígrafos del mundo. Houdini, tenemos que hablar.

En algún punto empiezan a desaparecer cosas abstractas, como las ganas de vivir. Las pierdes al tercer día o así, cuando te agachas a dejar una caja y tienes que levantarte a cámara lenta, sujetándote los lumbares.

La noción del tiempo también se esfuma; siempre piensas que en un fin de semana estará todo hecho. Un mes después, abres un armario y te encuentras con la mirada de una caja en la que pone ‘Invierno’.

La dignidad tarda en desaparecer entre 5 y 7 días. Depende de la batería que le quede al cepillo de dientes eléctrico.

Y nunca está claro de quién es la culpa. Puede ser tuya. O de tu marido (si sigue localizable). O de los de la mudanza. O puede ser de Houdini, que está debajo de la cama escuchando un podcast con sus auriculares nuevos.

“HOUSTON, TENEMOS UN PROBLEMA”

Artículo original publicado en el periódico El Español – Quincemil el pasado 18/4/2026

Hay algo sospechoso en el hecho de que seamos capaces de enviar a gente a la Luna, pero yo siga necesitando una moneda de un euro para desbloquear un carrito del supermercado.

No puedo liberarlo a través de la app del súper. Ni con reconocimiento facial. Ni con el iPhone. ¡Necesito una moneda! Me recuerda a las cabinas de teléfono de los años 90. Es como si alguien, desde algún despacho situado en la cima del mundo hubiese dicho: “Vale, vamos a mandar humanos al espacio, pero si quieren yogures, que sigan dependiendo de una moneda”.

Civilización avanzada, sí.

Pero con matices.

A mí, todo lo del universo de ahí arriba me fascina. Los atardeceres rosas, las auroras boreales. Y esas imágenes recientes de la Tierra flotando en un negro absoluto; las miro y pienso: qué barbaridad. Qué precisión. Qué inteligencia.

Pero después voy a hacer la compra.

Me inquieta la capacidad que tenemos los humanos de hacer cosas extraordinarias, calcular trayectorias a millones de kilómetros, sobrevivir al vacío. Pero seguimos sin conseguir que una impresora funcione a la primera. Ni a la segunda. Ni a la tercera. Hasta que alguien nos dice: “apágala, cuenta hasta 10 y enciéndela”. Lo mismo que hacemos cuando el Wi-Fi se pone tonto.

Son cosas que no me encajan. Hemos puesto satélites en órbita. Pero seguimos sin saber doblar bien una sábana bajera. Hemos perfeccionado el arte de aterrizar en la Luna. Pero no hemos conseguido que el film transparente corte bien a la primera. Por no hablar de poner la funda nórdica sin hacer una coreografía de TikTok.

Siento que desde ese despacho situado en la cima del mundo, nos quieren recordar que por muy lejos que lleguemos, tú seguirás guardando bolsas dentro de bolsas dentro de otras bolsas. Y yo me quedaré mirando al microondas o a la lavadora dar vueltas, a ver si así se acelera el tiempo.

Admiro la ingeniería, la coordinación milimétrica que hace posible algo tan difícil como salir de este planeta, dar una vuelta por ahí arriba y volver. Pero después voy a Gadis y ahí no hay tecnología que me ayude. Ni cálculos matemáticos que me salven. Ni Artemis. Ni Apolo. Ni nada. Solo estoy yo frente a un carrito. Y una lista de la compra interminable.

Me gustaría ver a un astronauta en mi lugar. Evaluando la situación. Buscando una moneda en el bolso como si estuviese excavando en Atapuerca un cráter lunar. Para terminar mirando al carrito, derrotado y diciendo:

“Houston, tenemos un problema”.

ABRIL NO PIDE PERMISO

Artículo original publicado en El Español – Quincemil el pasado 4/4/2026

Abril es esa amiga caótica, que siempre llega tarde, siempre te cambia el plan y aun así, siempre quieres que venga porque sabes que con ella no te vas a aburrir.

Promete sol y te da lluvia. Te viste de primavera y te hace volver a casa a por una chaqueta que ya no pensabas ponerte hasta octubre. Abril no pide permiso. Entra, se sienta y como quien no quiere la cosa, descoloca tus rutinas. Tampoco mucho. Lo justo para que te des cuenta de que te estabas acomodando.

Pero abril también es ese amigo detallista que te llama y te dice: “¿te apetece una cervecita?”. Y de repente estás sentada al sol y ya no te acuerdas de la cueva en la que has estado hibernando tantos meses. Abres la ventana y el aire ya no te pone la piel de gallina, como cuando pasas por el pasillo de yogures del supermercado. Si eres atrevido, incluso te regala el primer baño del año.

En abril pasan cosas pequeñas, pero importantes. Esas que no hacen ruido, pero se notan. Los días se estiran como si alguien estuviese tirando de ellos desde algún lado. Las terrazas empiezan a llenarse. La gente mira hacia arriba para confirmar que el cielo es azul. ¡No era un rumor!

Es el mes en el que la naturaleza decide quitarse el pijama y vestirse de colores. Primavera recién estrenada. Florecen las margaritas. Me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere. Yo siempre he tenido mucha fe en las margaritas. En el amor, no tanta. Brotan las flores, también las alergias. Flores sí, pero con condiciones.

Abril no te exige. Bastante tienes con sobrevivir a los estornudos. Quizás por eso no te pide que te apuntes al gimnasio (ya vas tarde) ni que ahorres. Simplemente se insinúa. Insiste un poco, dejándote la puerta abierta por si te apetece salir.

Como buen caótico, abril es muy contradictorio. Es capaz de regalarte una tarde de playa y al día siguiente recordarte que el refrán: ‘en abril aguas mil’, existe por algo. Aun así, en este mes montamos ferias y salimos a las calles a bailar, aunque el cielo no tenga muy claro de qué humor está. Por eso te voy a dar un consejo: no guardes la ropa de invierno todavía.

Y el 23 es el Día del Libro. A mí este año me toca vivirlo desde dentro, cambiar de lado en la firma. ¡Qué ilusión me hace! En Cataluña, alguien tuvo la idea de que este día se mezclasen libros y rosas y la jugada salió redonda. Quiq-pro-quo. Mezclar cultura y excusas para regalar siempre está bien. Es como mezclar vino con queso. O melón con jamón, aunque aquí tengo mis reservas (sospecho que esta combinación se sostiene más por la rima que por el sabor). Pero bueno, ese melón ya lo abriremos en junio, por ejemplo.

Abril me cae bastante bien. Es inestable, imprevisible y un poco caprichoso. No es perfecto. Tiene sus cosas, como todos. Pero tampoco presume de lo contrario. Llega, desordena un poco y así, sin molestar demasiado, cambia el ambiente.

Después de un enero y un febrero empeñados en vivir en gris, y un marzo que ha pasado volando, uno ya no quiere ponerse exigente. Así que yo a abril se lo compro todo.

NO QUIERO SER CAROLYN BESSETTE

Ahora resulta que todas queremos ser Carolyn Bessette.

Envidiamos su estilo. Envidiamos su pelo. Envidiamos su misterio. Envidiamos su armario minimalista: camisas blancas, jeans perfectos, abrigos negros que siempre tienen buena caída. Envidiamos su forma de caminar por Nueva York con esa elegancia natural.

Y por supuesto, envidiamos a su marido: John F. Kennedy Jr.

Pero os voy a decir una cosa. En realidad no queremos ser Carolyn Bessette.

Queremos su armario. No su vida.

No queremos a los paparazzi esperándonos en la puerta de casa. No queremos que una discusión de pareja termine analizada por medio país. Y desde luego, no queremos casarnos con la Familia Kennedy, que es como casarte con una persona y con un monumento nacional. A la vez.

Hay algo mágico en las parejas famosas que mueren jóvenes, bellas y de manera trágica. Se congelan. No envejecen, no discuten, no decepcionan. La historia se detiene en su mejor versión.  Y por eso se convierten en mito.

Es como cuando un bar se pone de moda. Vas una vez, te encanta. La comida esta buena, el ambiente es divertido, hay gente guapa. 

Pero cuando todo el mundo quiere ir, empiezan las reservas imposibles, la cola en la puerta y dentro ya no sabes si estás en un bar o en el metro en hora punta. Alguien con tacones te pisa el dedo meñique y los camareros pasan de largo mirando hacia otro lado, como si llevases un chaleco verde y una carpeta de Greenpeace.

Desde fuera el bar parece maravilloso. Pero dentro hay mucho ruido y huele humo.

Con Carolyn Bessette pasa algo parecido. 

Nos encanta la idea de ella. Pero si pudiera elegir, yo elegiría su armario. Solo su armario.