UNA MALA PARED Y UN DIVORCIO

Articulo original publicado en el periódico El Español – Quincemil el pasado 13/6/2026

Cuando te mudas, siempre hay un periodo de prueba (no oficial) de tu nueva casa. Unas semanas en las que lo observas todo con prudencia temor. La casa y tú os tenéis que conocer.

Es como empezar una relación; tienes que ir viendo si la otra persona ronca o si le huelen los pies. Compruebas cosas importantes. Si la cisterna funciona. Si el agua caliente llega antes de que te arrepientas de haberte metido en la ducha. Si la campana absorbe bien los olores. Si el vecino toca la batería.

Las dos primeras semanas en mi casa fueron un éxito. Cada vez que alguien me preguntaba por la casa nueva yo respondía: “Duermo increíble”. Ni la cocina, ni el salón, ni la luz natural. Dormir. Había descubierto que la verdadera definición de lujo no contiene las palabras ‘vestidor’, ‘domótica’ o ‘piscina infinita’. El lujo es acostarte a las once y despertarte unos minutos antes de que suene la alarma.

Estaba tan contenta que empecé a comportarme como esas señoras que hacen de algo (en mi caso, el descanso) su eslogan: “No sabes qué silencio”, “Es que el colchón…” Pero una noche apareció una voz. 

Primero fue un murmullo. Nos levantamos y abrimos las ventanas para comprobar si el ruido venía del patio interior. Nada. Seguimos escuchando, a ciegas, en la oscuridad y descubrimos que el murmullo venía de detrás de la pared en la que estaba nuestro cabecero. Y tenía opinión sobre Leire Díez la actualidad política

La noche siguiente me despertó la teletienda. La siguiente, un debate. Habíamos dado por hecho que detrás de esa pared había una oficina. Todas las mañanas me cruzaba con un señor que entraba. Todas las tardes me cruzaba con el mismo señor que salía. Un horario impecable. Una vida ordenada. Un despacho más. Caso cerrado.

Hasta que empezaron las emisiones nocturnas y en consecuencia, mis desvelos. No siempre entendía lo que decían, pero escuchaba lo suficiente para saber que al otro lado de la pared, alguien estaba despierto cuando yo preferiría no estarlo. Los murmullos provocaron que la imaginación también se desvelase. 

Mi novio y yo no tardamos en elaborar una teoría. El señor se estaba divorciando. Estaba atravesando una mala racha y se había instalado provisionalmente en la oficina. Dormía mal y veía demasiada tele. Probablemente también tenía la nevera llena de botellines de cerveza y comida precocinada en la despensa.

Todo esto a partir de un murmullo detrás de una pared. 

Me encanta crear historias para los huecos que no sé. Inventarme vidas. Veo a una pareja discutir en una terraza y les adjudico dos hijos pequeños y diez años de matrimonio. Veo a alguien tomar algo solo y visualizo una cita de Tinder fogosa aventura en esta ciudad a la que ha venido por trabajo. Escucho una televisión detrás de una pared a las dos de la mañana y redacto una sentencia de divorcio para un señor que quizás solo está esperando a que terminen de pintar su casa.

A estas alturas, me preocuparía descubrir que el señor lleva viviendo ahí diez años, que está felizmente casado y que el único problema es que nuestra pared tiene el grosor de una oblea.  Pocas historias tienen un final tan decepcionante. Ni divorcio, ni comida precocinada, ni oficina convertida en vivienda provisional. Solo una mala pared.

10 LIBROS DE VERANO.

Varios de vosotros me habéis pedido recomendaciones de libros para verano. Libros ágiles, divertidos, que ayuden a desconectar en vacaciones. 

Pues aquí van mis diez recomendaciones para meter en la maleta. No son libros que os cambien la vida, pero tampoco os harán pensar que habríais aprovechado mejor el tiempo tomándoos un mojito frente al mar (que tampoco es mal plan, pero es verano, así que se puede hacer todo).

Dentro lecturas:

  1. Las reflexiones de Palo’, mi libro de relatitos, para reíros, entreteneros un rato y pensar esto también me pasa a mí. En el libro os cuento mi vida como si fueseis mis amigas. Os dejo el link por si queréis tenerlo mañana en casa (aquí hemos venido a vender ser objetivos ante todo).
  2. ‘No me gusta mi cuello’, de Nora Ephron. Relatos breves, inteligentes y muy divertidos.
  3. ‘El heredero’, de Rafael Tarradas. Saga familiar, guerra civil, secretos y muchas páginas.
  4. ‘Las gratitudes’, de Delphine de Vigan. Cortito y entrañable.
  5. ‘Los incomprendidos’, de Pedro Simón. Emotivo sin ser cursi.
  6. ‘También esto pasará’, de Milena Busquets, mi autora española favorita. 
  7. ‘Qué vas a hacer con el resto de tu vida’, de Laura Ferrero. Reflexivo y fácil de leer.
  8. ‘La grieta del silencio’ de Javier Castillo. Novela negra para quien quiera disfrutar devorando capítulos.
  9. ‘La asombrosa tienda de la señora Yeom’. Un abrazo en forma de novela.
  10. ‘Todos quieren a Daisy Jones’ de T. Jenkins Reid. Sexo, drogas y Rock & Roll.

En esta lista hay humor, crisis existenciales, asesinatos, algunas personas que deberían ir a terapia y bastantes personajes que toman peores decisiones que tú y que yo en agosto a 33 grados.

Si os decidís por alguno ya me contaréis daréis las gracias.

Y si no os gusta, podéis echarle la culpa al algoritmo.

COMO NUNCA.

El día de la presentación de mi libro en Madrid me desperté a las 7:30. Como siempre, más o menos. Le di siete besos a mi novio. Como siempre. Preparé dos cafés. Como casi siempre. Y me fui al gimnasio. Como siempre que estoy en Madrid. 

Después me tomé otro café mientras contestaba mails desde el móvil. Como casi nunca. Yo soy de ordenador. De pestañas abiertas. De escribir con diez dedos y sentir el control. Pero en ese momento, era lo que había.

Luego estuve un rato al sol. Como cuando tengo suerte. Me di una ducha. Como siempre. Una vez al día mínimo. Dos veces cuando tengo tiempo (y suerte). Duchaos siempre.

A la hora de comer fui a casa e hice la comida. Como casi nunca, normalmente como en casa de mi padre a mesa puesta. Qué suerte. 

Intenté dormir una siesta. Como nunca. Y no lo conseguí. Como casi siempre que lo intento. 

Después, abrí el armario para elegir qué ponerme. Antes preparaba la ropa para los momentos importantes con varios días de antelación. Ahora improviso bastante más. Me sigue haciendo ilusión elegir modelito, pero he descubierto que dejarlo para el último momento, es muy emocionante. No sé si es seguridad en mí misma o vaguería. Tampoco me importa demasiado porque por ahora, este sistema funciona.

También elegí un objeto “talismán”. En este caso dos pulseras de mi madre. Todo lo que tengo de ella lo considero objeto talismán. Me gusta y necesito llevarla conmigo en los momentos importantes. Acaricié las pulseras y le pedí protección. Como siempre que tengo miedo.

Y me fui de la mano de Ck. a la cafetería donde iba a celebrarse la post-presentación para cerrar los últimos detalles. Otra vez dejando cosas para el último momento. Allí ya estaba Toni, mi amigo y presentador, acompañado de su padre. Y nos fuimos a la librería donde se haría la magia. 

A veces imaginas durante semanas cómo será un momento y cuando por fin llega, es muy distinto. Había gente a la que esperaba. Y gente a la que no esperaba en absoluto. Eso me emocionó. Y me puso nerviosa. Como siempre.

Nos sentamos. Nos presentamos y empezamos a hablar. Y se me fueron los nervios. Como nunca. Mejor dicho, me sentí como nunca hablando en público. No recuerdo exactamente lo que dije. Pero recuerdo las caras. Las risas. Las preguntas espontáneas. El cariño. La sensación de estar en mi lugar.

Después fuimos a tomar cervezas y pinchos de tortilla. Como siempre. Yo aquella noche estaba tan llena de alegría y gratitud que no pude terminarme la segunda cerveza. Como nunca.

MÁS FIEL AL DÉPOR QUE A TU PAREJA

Artículo publicado el pasado 20/5/2026 en el periódico El Español – Quincemil

¿Qué tiene el futbol que hay gente que le es más fiel a su equipo que a sus parejas?

Tengo amigas a las que sus maridos les han puesto los cuernos que se han separado de sus maridos tras una infidelidad, pero no conozco a ningún coruñés que le haya sido infiel al Depor. Ni siquiera después de ocho años sin sexo en el barro.

Además de la alegría y la emoción colectiva, una cosa que me ha fascinado del ascenso del Depor, ha sido ver a personas aparentemente equilibradas convertirse en seres irracionales.

Estoy hablando de gente adulta y funcional, con hipotecas, con hijos, con grupos de WhatsApp llamados ‘Familia extendida’ o ‘Vecinos’. Gente que fue a Cuatro Caminos a gritar “¡VOLVEMOS!” como si ellos fuesen las rebajas de El Corte Inglés, los pantalones de campana o las olas de calor. 

Yo era uno de esos seres, no me escondo. Porque creo que lo mejor del deportivismo no es el fútbol, es la gente. Supongo que pasará en más equipos, pero yo hablo de lo que me toca.

Está el deportivista que sufre, incluso cuando las cosas van bien. El domingo yo tenía a dos de ellos a mi lado. Uno se llamaba Ramiro. Minuto 78. Ganando por dos goles. Ascenso prácticamente asegurado. Me mira y me dice “no celebres tanto que todavía queda, neniña”. A su lado, Ricardo remató: “Eu, ata que non pite non me fío”.

También están los hombres y mujeres de cuarenta y pico que desempolvaron las camisetas de Fran, Bebeto o Mauro Silva para la ocasión. Prendas que han sobrevivido a más mudanzas que muchas relaciones sentimentales; que estaban guardadas y dobladas con el mismo cuidado que el mantel bueno de Navidad.

No me olvido de los niños. Esos hijos de deportivistas que además de heredar la pasión de sus padres, descubren que su madre puede saltar y que su padre no solo grita por la calle cuando le ponen una multa.

Yo el domingo volví a tener ocho años y me encontré de nuevo en el salón de casa viendo el fútbol penalti fallido de Djukic con mi padre. También tuve diez, once, doce años y me vi en el cole disfrazada de animadora del Dépor. Mientras otras niñas querían ser astronautas, Caperucitas Rojas o indias, yo aspiraba a ser una sufridora.

Recordé situaciones, recordé partidos y recordé personas.

A mi padre bajando el volumen de la tele para escuchar la retransmisión del partido por la radio. A mi madre colocándome con cariño la bufanda del Depor para que no la perdiese. Mi hermano y yo ondeando la bandera por la ventanilla del coche. Los vecinos gritando. Mi camiseta de Djalminha ocho tallas más grande. Mi pediatra, que conocía a Bebeto y me llevó a verlo.

El domingo ascendió el Depor y muchos recuperaron una versión de sí mismos que creían perdida. Porque el Dépor fue una época Y una forma de vivir los domingos. El fútbol Dépor siempre ha sido excusa para juntarse a compartir cervezas; también alegrías. O tristezas, según el momento.

Adultos con la cara pintada de azul y blanco. Gritando. Llorando. Abrazando a desconocidos con una felicidad desproporcionada para ser solo un deporte. Leído desde fuera, puede parecer que el domingo perdimos la cabeza. Y puede que así fuera.

Pero también hay gente que perdona infidelidades espera una cola de dos horas para tomarse un brunch de tostada con aguacate y nadie les cuestiona.

Isla de La Toja. Mi programa electoral.

No quisiera yo morirme sin ser alcaldesa de la isla de La Toja.

Para ir inaugurando balnearios con un pañuelo al cuello.

Casarme en su ermita llena de conchas y cruzar al Gran Hotel sintiéndome una Infanta.

Saludar desde un cochecito de golf como una auténtica jefa de estado (termal).

Declarar obligación municipal el aperitivo del domingo.

Entrar al casino con actitud de heredera gallega: arruinada por dentro, elegantísima por fuera.

Comprar cada verano collares de conchas a las señorinas que allí los venden.

Y gobernar con mano firme contra las Crocs y los tatuajes que parecen el logo de un gimnasio.

Y hasta aquí mis sueños húmedos termales. Es cruzar el puente y sentirme como en casa. Ya no tengo que preguntar dónde están las copas, las galletas o el cuadro de la luz.