PRENOSTALGIA

No sé si vosotros sois conscientes de que estáis siendo felices mientras lo estáis siendo.

A mucha gente la felicidad le llega con efecto retardado. Se da cuenta meses después, cuando mira unas fotos o recuerda una época y piensa: “Qué feliz era y no lo sabía”.

A mí me pasa lo contrario.

A veces soy tan consciente de que estoy viviendo un momento bonito que empiezo a echarlo de menos antes de que termine. Como si sintiera una especie de prenostalgia.

¿Habéis visto la película Primos? Hay un momento en el que Diego le dice a Martina que la ‘pre-quiere’, un paso previo al ‘te quiero’, algo que sabe que acabará llegando.

Pues yo creo que con la felicidad me pasa algo parecido.

No la echo de menos.

La preecho de menos.

LAS UÑAS NO MIENTEN.

Artículo original publicado en el diario El Español – Quincemil el pasado 27/6/2026

¿En qué momento las uñas han dejado de ser una parte del cuerpo para convertirse en un accesorio más?

Confieso que pierdo minutos horas en Instagram mirando a gente guapa. Gente muy guapa. Gente tan guapa que a veces me pregunto si esas piernas kilométricas les sirven para caminar o directamente para flotar. Si desde esos ojos transparentes ven el mundo igual que yo o llevan incorporados los rayos X de Superman. Si siguen una rutina imposible o si nacieron así.

Pero por encima de todo, me alucinan esas uñas siempre perfectas.

Hay algo fascinante en las uñas de Instagram. Siempre impecables. Relucientes. Da igual que la propietaria esté desayunando un té matcha en Japón, haciendo pilates en la playa o sujetando un perro salchicha. Las uñas siempre aparecen impolutas, como si nunca hubieran fregado una sartén.

Mis uñas llevan una vida bastante más humilde. Abren latas de mejillones, intentan despegar pegatinas de una caja de Amazon y sobreviven gracias a una lima roja de cartón que robé me facilitaron en algún hotel.

De hecho, acabo de llegar después de una semana en la playa y mis uñas vuelven con un aspecto que no sé si llamar a la manicurista o a un restaurador. Estoy convencida de que si las subo a Instagram, en vez de publicidad de esmaltes, me aparecerá un anuncio de Bricomanía.

Pero algo está pasando con el fenómeno ‘uñas perfectas’. Ya hay más salones de uñas que ferreterías y, muy a mi pesar, que mercerías. Sospecho que dentro de unos años habrá más salones de uñas que bares (muy a mi pesar, también). Y he leído que ya hay más salones de uñas que uñas.

Confieso que este fenómeno uñil ha intentado absorberme a mí también. Y lo ha conseguido un poco. La prueba llegó hace unas semanas. Entré en uno de esos locales para hacerme la manicura y me preguntaron si la quería “con spa”. ¿Cómo rechazar semejante plan? Imaginé música zen y un señor acariciándome las cutículas con una ramita de lavanda. Deduje que mis manos saldrían de allí con la paz interior de un monje tibetano.

Salí exactamente igual que había entrado, pero 29,90 euros más ligera.

Además, las que seguimos fieles al esmalte tradicional tenemos un problema: el esmalte tarda en secarse lo mismo que se tarda en hacer croquetas. Nunca he hecho croquetas, pero estoy convencida de que ambas actividades exigen una paciencia similar. Y después siempre pasa lo mismo. Sales del salón creyendo que ya están secas. Contestas un mensaje. Buscas las llaves en el bolso. Abres un paquete de patatas fritas. Y de repente, las uñas de los dedos índice y anular tienen un relieve abstracto que podría exponerse en un museo de arte contemporáneo.

Nunca me hago la manicura semipermanente porque mis uñas se rompen conozco el truco. Primero te ponen el esmalte. Al cabo de un par de semanas vuelves para retirarlo y ya que estás allí, pues vuelves a hacerte la manicura. Y cuando te quieres dar cuenta, tienes una relación más estable con tu manicurista que con tu marido muchos familiares.

Así que creo que la pregunta del principio está mal formulada. Las uñas no son un accesorio. Son otra tarea pendiente. Como las mechas, las revisiones ginecológicas o organizar el campamento de verano de los niños pedir cita para la ITV del coche.

JUNIO.

Este junio he vivido varias vidas.

He sido muy feliz bajando descalza a la playa en un pueblecito de la Costa Brava y dándome un baño en el mar antes de las diez de la mañana. Me he sentido Mowgli. He encontrado una barra de labios que me favorece (esto merece más celebración de la que parece). Me he sentido Brigitte Bardot. Y he cerrado con éxito una misión médica. Me he sentido Superwoman.

En otro orden de cosas, seguimos esperando a que el semáforo se ponga en verde. Pero este mes, al menos, ya está en ámbar.

Todavía no he encontrado espejo para casa. Aunque siendo justos, tampoco lo he buscado. Y por lo visto, los espejos no llaman al timbre.

No me entenderéis del todo. Pero tampoco pasa nada.

UNA MALA PARED Y UN DIVORCIO

Articulo original publicado en el periódico El Español – Quincemil el pasado 13/6/2026

Cuando te mudas, siempre hay un periodo de prueba (no oficial) de tu nueva casa. Unas semanas en las que lo observas todo con prudencia temor. La casa y tú os tenéis que conocer.

Es como empezar una relación; tienes que ir viendo si la otra persona ronca o si le huelen los pies. Compruebas cosas importantes. Si la cisterna funciona. Si el agua caliente llega antes de que te arrepientas de haberte metido en la ducha. Si la campana absorbe bien los olores. Si el vecino toca la batería.

Las dos primeras semanas en mi casa fueron un éxito. Cada vez que alguien me preguntaba por la casa nueva yo respondía: “Duermo increíble”. Ni la cocina, ni el salón, ni la luz natural. Dormir. Había descubierto que la verdadera definición de lujo no contiene las palabras ‘vestidor’, ‘domótica’ o ‘piscina infinita’. El lujo es acostarte a las once y despertarte unos minutos antes de que suene la alarma.

Estaba tan contenta que empecé a comportarme como esas señoras que hacen de algo (en mi caso, el descanso) su eslogan: “No sabes qué silencio”, “Es que el colchón…” Pero una noche apareció una voz. 

Primero fue un murmullo. Nos levantamos y abrimos las ventanas para comprobar si el ruido venía del patio interior. Nada. Seguimos escuchando, a ciegas, en la oscuridad y descubrimos que el murmullo venía de detrás de la pared en la que estaba nuestro cabecero. Y tenía opinión sobre Leire Díez la actualidad política

La noche siguiente me despertó la teletienda. La siguiente, un debate. Habíamos dado por hecho que detrás de esa pared había una oficina. Todas las mañanas me cruzaba con un señor que entraba. Todas las tardes me cruzaba con el mismo señor que salía. Un horario impecable. Una vida ordenada. Un despacho más. Caso cerrado.

Hasta que empezaron las emisiones nocturnas y en consecuencia, mis desvelos. No siempre entendía lo que decían, pero escuchaba lo suficiente para saber que al otro lado de la pared, alguien estaba despierto cuando yo preferiría no estarlo. Los murmullos provocaron que la imaginación también se desvelase. 

Mi novio y yo no tardamos en elaborar una teoría. El señor se estaba divorciando. Estaba atravesando una mala racha y se había instalado provisionalmente en la oficina. Dormía mal y veía demasiada tele. Probablemente también tenía la nevera llena de botellines de cerveza y comida precocinada en la despensa.

Todo esto a partir de un murmullo detrás de una pared. 

Me encanta crear historias para los huecos que no sé. Inventarme vidas. Veo a una pareja discutir en una terraza y les adjudico dos hijos pequeños y diez años de matrimonio. Veo a alguien tomar algo solo y visualizo una cita de Tinder fogosa aventura en esta ciudad a la que ha venido por trabajo. Escucho una televisión detrás de una pared a las dos de la mañana y redacto una sentencia de divorcio para un señor que quizás solo está esperando a que terminen de pintar su casa.

A estas alturas, me preocuparía descubrir que el señor lleva viviendo ahí diez años, que está felizmente casado y que el único problema es que nuestra pared tiene el grosor de una oblea.  Pocas historias tienen un final tan decepcionante. Ni divorcio, ni comida precocinada, ni oficina convertida en vivienda provisional. Solo una mala pared.

10 LIBROS DE VERANO.

Varios de vosotros me habéis pedido recomendaciones de libros para verano. Libros ágiles, divertidos, que ayuden a desconectar en vacaciones. 

Pues aquí van mis diez recomendaciones para meter en la maleta. No son libros que os cambien la vida, pero tampoco os harán pensar que habríais aprovechado mejor el tiempo tomándoos un mojito frente al mar (que tampoco es mal plan, pero es verano, así que se puede hacer todo).

Dentro lecturas:

  1. Las reflexiones de Palo’, mi libro de relatitos, para reíros, entreteneros un rato y pensar esto también me pasa a mí. En el libro os cuento mi vida como si fueseis mis amigas. Os dejo el link por si queréis tenerlo mañana en casa (aquí hemos venido a vender ser objetivos ante todo).
  2. ‘No me gusta mi cuello’, de Nora Ephron. Relatos breves, inteligentes y muy divertidos.
  3. ‘El heredero’, de Rafael Tarradas. Saga familiar, guerra civil, secretos y muchas páginas.
  4. ‘Las gratitudes’, de Delphine de Vigan. Cortito y entrañable.
  5. ‘Los incomprendidos’, de Pedro Simón. Emotivo sin ser cursi.
  6. ‘También esto pasará’, de Milena Busquets, mi autora española favorita. 
  7. ‘Qué vas a hacer con el resto de tu vida’, de Laura Ferrero. Reflexivo y fácil de leer.
  8. ‘La grieta del silencio’ de Javier Castillo. Novela negra para quien quiera disfrutar devorando capítulos.
  9. ‘La asombrosa tienda de la señora Yeom’. Un abrazo en forma de novela.
  10. ‘Todos quieren a Daisy Jones’ de T. Jenkins Reid. Sexo, drogas y Rock & Roll.

En esta lista hay humor, crisis existenciales, asesinatos, algunas personas que deberían ir a terapia y bastantes personajes que toman peores decisiones que tú y que yo en agosto a 33 grados.

Si os decidís por alguno ya me contaréis daréis las gracias.

Y si no os gusta, podéis echarle la culpa al algoritmo.