Agosto eclipsado.

Agosto se acaba y siempre me gusta hacer balance por escrito de este mes que pone fin al verano. Ha habido días geniales. Muchísimos días geniales. Y me llevo recuerdos imborrables para mi álbum de fotos cerebral. Pero de todos ellos, hay uno irrepetible: el día del eclipse. He tenido días más bonitos, días más felices o divertidos. Pero no ha habido un día tan impresionante como día 12. El eclipse ha eclipsado mi mes de agosto.

Lo vimos desde el mar. Rodeados de otros barcos, niños en padel surf, adultos en canoa y todos con unas gafas como de otro planeta.

A las 19:30 la Luna empezó tapar al Sol. Poco a poco. No olvidemos que ella ya estaba ahí, escondida entre las sombras, manteniendo el misterio como buena conquistadora. Al mirar hacia arriba con las gafas pensé “el Sol parece la Luna”. Un minuto después escuché a un niño decir lo mismo. Después lo dijo una amiga que estaba detrás de mí. Se ve que ese día el universo nos igualó a todos intelectualmente.

Y de repente las gafas se quedaron negras. Nos las quitamos. Se había levantado viento. Todo estaba muy oscuro, pero a la vez inundado por una luz extraña que ahora recuerdo en un tono morado. Miré hacia el sol y vi una bola negra con olas de luz moviéndose alrededor. No sé, es una de las cosas mas impresionantes que he visto con estos ojos marrones (verdes cuando les da el sol o un eclipse). Al principio se escucharon gritos, algún guaaaauu. Después, silencio.

“Estamos en el espacio”, pensé. Bueno, evidentemente estamos en el espacio. No había descubierto nada que pudiese poner nerviosa a la NASA. Lo que quería decir era que durante unos segundos, tuve la sensación de que éramos astronautas en otro planeta viendo algo por primera vez. Y eso fue lo más impresionante; allí había barcos, niños, amigos, una costa que conocíamos de memoria y el mismo Sol de cada día. Pero durante un par de minutos todo parecía nuevo.

Después volvió la luz. Volvió el ruido. Volvimos a hablar. Brindamos con champán en copas de plástico. Y agosto siguió a toda velocidad, como si no hubiese pasado nada.

De este agosto me llevo muchos días que seguro repetiré.

Pero ese no.

Y para acabar, quiero dejar aquí una reflexión que escribí al día siguiente:

“Hay personas a las que un eclipse total les parece un plan prescindible. Incluso menosprecian un poco a los que ayer flipamos. Pero después organizan su agenda alrededor de una reserva para cenar en el nuevo restaurante del que es socio ese futbolista.

Porque una cosa es no ver el eclipse porque trabajas o porque no puedes. Incluso no querer verlo por precaución o porque te da mal rollo. Lo respeto.

Lo que no me cabe en la cabeza es el “me da igual”, “ya veré fotos”. Esa falta de curiosidad por presenciar algo extraordinario que lleva 100 años preparándose.

Será una cuestión de prioridades. Yo ayer buscaba una sombra en vez de una mesa en un restaurante.”

ESPAÑA COMPRIMIDA

Artículo original publicado en el diario El Español – Quincemil el pasado 8/8/26

Siempre me ha llamado la atención la gente que dice: “Este verano nos vamos al norte”. Al norte. Así, en bloque.

Da igual que te vayas a San Sebastián, a Ribadeo, a Cudillero o a las Rías Baixas. Todo es “el norte”. Parece que a partir de Valladolid, España deja de tener provincias y pasa a ser un parque temático con una única recepción.

“BIENVENIDOS AL NORTE: Por la noche refresca. Se recomienda llevar una sudadera ‘por si acaso’. Hay un 73% de posibilidades de lluvia, pero aquí los planes no se cancelan nunca. Las orquestas empiezan a las 23:00. Desayuno a elegir entre sobaos, bollo preñao o filloas”.

Y con el sur ocurre lo mismo. Mucha gente asegura que veranea “en el sur” igual que dice que va a comprar “fruta”. Ni manzanas ni melocotones. Fruta. Como si Cádiz, Almería y la costa de Huelva fuesen distintas calles que desembocan en la misma plaza.

Me recuerda un poco a los americanos, cuando anuncian ilusionados que este verano viajarán “a Europa”. Visto así, parece que Atenas y Reikiavik están a dos paradas de metro ¿no? Pues eso.

Supongo que necesitamos simplificar el mapa para que nos quepa en la cabeza conversación. Hablamos de España como si fuera un dibujo hecho con dos rotuladores: arriba, verde; abajo, amarillo. Y el resto, ya lo trataremos en otro momento (nadie dice: “Este año me voy al este”. Ni presume de haber descubierto el “noroeste profundo”. Ahí sí somos precisos).

Pero norte y sur son dos sacos gigantes en los que vamos metiendo diferentes paisajes, comidas, acentos, temperaturas y costumbres.

Abrimos el saco del norte y metemos una gilda, un percebe, una fabada, una vaca, un faro, un bosque, una playa larguísima con bandera azul, un gaitero y una señora diciendo “llévate una chaquetita”. Cerramos el saco, nos lo echamos al hombro como Papa Noel y nos quedamos tan tranquilos.

Y con el sur hacemos lo mismo. Ahí dentro cabe un espeto en Málaga, un lince ibérico de Doñana, una gamba de Huelva, un abanico, una feria, una tabla de kite surf, un chiste de Lepe y una bailaora gritando ‘¡Arsaaa!’. Cerramos el saco. Sur.

Se parece a mi cajón de la mesilla de noche, donde conviven gomas del pelo, un paquete de Kleenex, una linterna y el cargador de un móvil que ya no existe Nokia. Nada tiene relación entre sí, pero ahí están desde hace años.

Lo decía antes, yo creo que hablamos así porque el cerebro, aunque es extraordinario, también es vago. Sobre todo en agosto. Y etiquetar y guardarlo todo en carpetas facilita las cosas. Norte. Sur. Playa. Montaña. Bueno. Malo. Todo archivado para no gastar neuronas.

Y es verdad que simplificar las cosas puede dar mucha paz. Pero después, no podemos escandalizarnos cuando llegue alguien a Galicia preguntando por las mejores rabas o aterrice en Málaga buscando las playas de Cadiz.

Al final, no es que hayamos perdido el norte, es que lo hemos comprimido en un archivo ZIP y no nos molestamos en abrirlo.

no quiero normalizar esta locura.

Escribir es un trabajo bastante solitario.

La mayor parte del tiempo eres tú delante de una pantalla en blanco y un montón de ideas que funcionan muy bien en tu cabeza, pero al escribirlas, ya no tanto.

Pero llega la Feria del Libro y te encuentras con personas que se acercan porque la portada les ha llamado la atención. Abrazas a familiares y amigos que vienen a verte. Le pones cara a gente que lleva años leyéndote. Compartes caseta con libreros que te hacen un hueco y te hacen sentir como en casa.

“Me encanta leerte.”

“Qué ilusión verte aquí”.

“Por fin encuentro a una escritora que me engancha.”

“Gracias por sacarme siempre una sonrisa.”

No es mi primera Feria del Libro, pero esto sigue pareciéndome extraordinario. Es imposible normalizarlo. Y es poco profesional que me pase a mí, pero me quedo sin palabras.

Mi respuesta es daros las gracias a vosotros por acercaros, por llevaros mi libro, por regalarme un rato de vuestro tiempo y por estar al otro lado.

COMO ACABÉ ABRAZANDO A UN DESCONOCIDO

Artículo original publicado en El Español – Quincemil, el pasado 25/7/2026

Las finales del Mundial, oficialmente duran dos horas, pero en la práctica empiezan mucho antes del pitido inicial.

Domingo 19 de julio.

19:35: El partido todavía no ha empezado, pero la previa sí. Pedimos la primera ronda.

20:33: Aparecen en la pantalla Robbie Williams, Laura Pausini y otra cantante que mis amigos identifican al momento mientras yo asiento con seguridad. Después, Dudamel con Los Teleñecos. No ha empezado el partido y ya llevamos dos cervezas y y un festival de música internacional.

20:58:Todavía somos personas normales que hablan sobre el trabajo, las vacaciones o si la cerveza está fría. En unos minutos todos seremos seleccionadores nacionales.

21:25: Llevo un rato peleándome con un pistacho atascado entre mis dientes mientras escucho a uno decir que España tiene que tener paciencia. Otro dice que presionemos más arriba.

21:48: Pensaba que el descanso servía para ir al baño, pero Justin Bieber, Madonna con ‘Los Ronaldos’ y Shakira, tienen otros planes para nosotros. Trump los americanos serán lo que sean, pero convierten cualquier ‘Pausini’ publicitaria en un acontecimiento histórico.

22:15: Llega la tortilla. A partir de ahora me da miedo que marquemos justo cuando tengo la boca llena.

23:03: Expulsan a un jugador de Argentina Enzo. “Se lo merecen, por sucios”. En menos de dos horas he desarrollado opiniones futbolísticas muy firmes.

23:13: España marca. Lanzo por los aires el trozo de tortilla que estaba a punto de llevarme a la boca. Nos levantamos. Gritamos. No. Al final no ha marcado. El chico que está delante de mí tiene tortilla por el pelo insulta al árbitro.

23:16 ¡Gol del guapo de Ferrán! Un desconocido me abraza. Yo le devuelvo el abrazo. Si en ese momento me hubiera pedido que le donase un riñón, probablemente se lo hubiese donado.

23:33. Segundo gol anulado. Yo, que hasta hace un mes no sabía quién era Luís de la Fuente, tengo clarísimo que el árbitro nos está robando.

23:47: Fin del partido ¡España es campeona del Mundo! Hay noches tardes en las que sales de casa pensando que vas a tomar unas cervezas sin más y al final, vuelves queriendo muchísimo a once desconocidos.

00:30: Llegamos a casa. Las RRSS están llenas de banderas de España y seleccionadores nacionales personas que aseguran que nunca dudaron. Mi lavadora está con la ropa mojada dentro.

Lunes 20 de julio

07:30: España sigue siento campeona del mundo, pero el despertador suena con la misma falta de empatía de todos los lunes. Y la lavadora sigue esperando a que alguien la vacíe.

10:30: El café sigue estando demasiado caliente al principio y demasiado frío después. Outlook continúa convocando reuniones de cuarenta y cinco minutos para resolver cosas que caben en un email. La vida no se deja impresionar por ganar el Mundial.

LAS VACACIONES DE LOS DEMÁS

Artículo original publicado en el diario El Español – Quincemil, el pasado 11/7/2026.

Yo pensaba que hacerse adulto consistía en pagar una hipoteca, pedir cita en el dentista o emocionarte cuando un aguacate está en el punto de maduración exacto. Me equivocaba. Hacerse adulto es descubrir que, cuando por fin tienes tiempo para escuchar tus programas favoritos, los presentadores habituales se han ido de vacaciones.

Llega julio. Se acerca el momento de bajar revoluciones. De desayunar sin mirar el reloj. De escuchar la radio mientras disfrutas el café, en vez de hacerlo mientras te peleas con el secador o con el nudo de la corbata. Incluso por la noche, te quedas despierto viendo ese programa que durante todo el año ves en diferido porque empieza a una hora intempestiva.

Y entonces llega LA FRASE: “Nos despedimos hasta septiembre.” ¿Perdón? ¿Hasta septiembre? Llevo diez meses escuchándoos entre semáforos, atascos y reuniones. Me habéis acompañado mientras iba al trabajo, al gimnasio o a comprar papel higiénico. Y justo cuando puedo escucharos tumbada en una hamaca mirando el mar ¿desaparecéis? No sé. Organizaos mejor. Haced turnos.

Yo de pequeña quería ser profesora por un motivo totalmente vocacional: tres meses de vacaciones. Pero ahora, que soy mayor menos pequeña, quiero ser presentadora de un programa de radio.

No sé exactamente cuánto descansa esta gente. Pero un día te dicen: “nos vemos en septiembre” y desaparecen. Nos dejan con unos sustitutos que son encantadores, simpatiquísimos y buenos profesionales, seguro. Pero no son los míos.

Es como cuando mi frutería cierra por vacaciones y el vecino me dice que hay otra muy buena dos calles más abajo. Ya. Pero en esa otra frutería les da igual darme un aguacate traidor.

Esto también aplica a los podcasts. Forman parte de la rutina. Sales a correr con ellos, tiendes la ropa con ellos, vas a trabajar con ellos. Son como compañeros de piso. Hablan mucho y friegan poco. Pero un día anuncian LA FRASE: “cerramos temporada”. Qué expresión tan elegante para decir: “búscate a otro”.

Está bien salir de la rutina. Y hay que descansar. Yo lo entiendo y lo respeto. Pero también pienso que alguien debería quedarse de guardia. Haced un excel. Repartíos julio y agosto ¿No pasa eso en las farmacias? ¿O en urgencias? ¿O en las panaderías? No digo todos. Solo uno. Un presentador de servicios mínimos. Un podcast de emergencias. Pensad en esa gente que después de muchos meses, puede desayunar con la calma.

Reconozco que me cuesta salir de las rutinas que me hacen feliz. Esas cosas pequeñas que terminan formando parte de tus días. De tu casa. O de tu coche. Una voz familiar. Un chiste malo que sabes que está al caer. Una sección que esperas.

Yo pensaba que lujo era no poner el despertador, pero ahora sé que el verdadero lujo sería tener en julio la misma programación que en febrero. Y un aguacate en su punto.