EL DÍA QUE FUI INVENTORA.

Había ascensor, pero yo siempre subía por las escaleras. Mi edificio era antiguo y oscuro. Por esa razón, muchas veces confundía el interruptor de la luz con el timbre del vecino. Ambos botones eran de un color grisáceo, supongo que algún día fueron blancos. El de la luz tenía un dibujo con una bombilla, que en teoría lo diferenciaba del otro, que tenía un timbre, pero el paso de los años había emborronado ambos dibujos haciendo que no se distinguiese el uno del otro.

La Biblioteca de Bella: marzo 2015

Ese día yo llegaba cargada de bolsas del supermercado. Estaba emocionada porque iba a celebrar mi cumpleaños por la noche. Había comprado todo tipo de bebidas y decoraciones. La comida la había encargado en un restaurante gallego que había debajo de casa: tortilla de Betanzos, empanada, pulpo, pimientos de Padrón y pan, mucho pan (la persona que inició la cruzada contra el pan, no ha probado un buen pan gallego).

Solté las bolsas en el suelo del descansillo y mientras revolvía en mi bolso de Mary Poppins buscando las llaves, pulsé uno de los interruptores de la pared… ¡Error! Un gran ¡DING DONG! retumbó dentro de la casa de mi vecino Jose Luis, que era un señor que tenía un diente de oro y una edad indeterminada que rondaba la franja entre los 70 años y la edad del sol. Rápidamente, pulsé el otro interruptor y se hizo la luz. Seguí revolviendo nerviosa en mi bolso. Encontré un ticket de Zara, un paquete de Smint, horquillas,  un cleenex usado y mi cacao favorito, que pensaba que había perdido el fin de semana en el cuarto de baño de un bar de Malasaña, hasta que por fin sentí el suave terciopelo del llavero que me habían regalado en una tienda del barrio de Salamanca, cuando me compré las zapatillas que llevaba puestas. Tiré del llavero y salieron mis llaves. Mi cara de triunfo no duró ni dos segundos; de repente se abrió la puerta del vecino, que asomó su cabeza – Perdone, Jose Luis, soy un desastre, pero vengo con tantas bolsas que no he acertado con el interruptor… – Dije mientras señalaba las bolsas por las que solo asomaban unas botellas delatoras de mis intenciones. Mi capacidad de reacción en ese momento era la misma que la de un cervatillo asustado: me quedé quieta, mirando con los ojos muy abiertos a mi vecino hasta que este actuó.

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Jose Luis, miró mis bolsas sin interés, negó con la cabeza y cerró la puerta sin decir nada. A mí me inundó un sentimiento de culpabilidad, no por el hecho de haber llamado – otra vez – a su timbre, sino por la noche que se le avecinaba al pobre hombre al que, en el fondo, tenía cariño. Nunca había habido conflictos por mis fiestas, Jose Luis estaba medio sordo las paredes eran robustas. Pero lo que me preocupaba era que, igual que yo me confundía el interruptor de la luz con su timbre, a cualquiera de mis poco cuerdos invitados podría pasarle lo mismo.

Abrí torpemente la puerta de casa y me dispuse a colocar cada cosa en su sitio. Colgué guirnaldas por las paredes, hinché muchos globos, probé que la música funcionase… A las 18:00 me trajeron la comida que había encargado. La coloqué en varias fuentes y la puse en la mesa del comedor, que había pegado contra la pared para que la gente se sirviese a modo buffet. 

El timbre de Jose Luis seguía rondando por mi cabeza. De repente, mientras colgaba la última guirnalda, pegándola con cinta aislante en una pared, me quedé mirando fijamente el rollo adhesivo y se me ocurrió una idea. Salí al descansillo y con cuidado, pegué el timbre de Jose Luis con la cinta aislante, de manera que no pudiese pulsarse. Nunca había visto a nadie visitando a mi vecino, así que no iba a suponer ningún problema bloquear ese botón por unas horas. Al revés, me estaba ahorrando a mí  misma sufrir dos contratiempos en el mismo día con él. También hice una flecha con la cinta aislante señalando el interruptor de la luz y recorté un folio con forma de bombilla para pegarlo encima. Miré orgullosa mi obra y me sentí una inventora a la altura de Thomas Edison o Graham Bell.

Sobre las 19:30 empezaron a llegar los primeros invitados. El punto álgido de la fiesta fue a las 22:00, cuando sacaron una tarta de galletas y chocolate y me cantaron el Cumpleaños Feliz. Después, continuamos con las copas y algún baile que otro, creo que nunca llegamos a estar todos los invitados a la vez en casa, ya que mis amigas, las madres, fueron las primeras en llegar, pero también las primeras en irse y mis amigos, los fiesteros, llegaron más tarde y un poco achispados. 

Pasada la medianoche decidimos irnos a una discoteca. Mientras la gente llamaba a los taxis e iba bajando al portal, yo me quedé con dos amigas poniendo un poco de orden en casa. No quería despertarme al día siguiente en la jungla. Dejamos el salón y la cocina medianamente presentable y salimos de casa con cuatro bolsas de basura. Le di al interruptor de la luz para poder cerrar con llave y cuando se iluminó el descansillo, vi que el timbre del vecino estaba intacto, la cinta aislante seguía tan tensa como la había dejado yo esa tarde. Poco a poco despegué la cinta del timbre, pero dejé la pegatina de la bombilla en el otro interruptor y nos fuimos. 

Gracias a mi invento, no volví a molestar a Jose Luis pulsando el botón que no era. Cuando años más tarde dejé el piso, la pegatina de la bombilla también la dejé ahí con la intención de que los nuevos vecinos de Jose Luis no alterasen su descanso.

Hace un par de meses, me crucé con Jose Luis por la calle. Le costó reconocerme por culpa de la mascarilla, pero en cuanto le dije que era Paloma, ‘la que se confundía con su timbre’, intuí por sus ojos que debajo de esa FFP2 se había dibujado una sonrisa. Me dijo que ahora en mi casa vivía un matrimonio con un bebé y que me echaba de menos porque el bebé lloraba siempre en el descansillo y eso le molestaba más que mis errores con su timbre – José Luis, lo que usted echa de menos no es a mí ¡es mi silencio! – Me guiñó un ojo y cada uno seguimos nuestro camino.

Mi lista de libros 2020

Cuando alguien me pide que le recomiende un libro, siempre respondo que recomendar un libro es cómo recomendar un novio: elijo mal lo que a mí me gusta no tiene por qué gustarte a ti y viceversa.

En este 2020 me han acompañado 19 novios libros y como mis queridos fanes me pedís constantemente recomendaciones, se me ha ocurrido que, a falta de pocos días para que acabe el año, os dejo por aquí una lista con los libros que más me han gustado. Está hecha por orden cronológico de lectura. La lista probablemente sea bastante imperfecta, es lo que hay, no soy premio Nobel de nada.

El farmaceútuco de Auswitz: empecé 2020 con un libro de una temática dura y densa, premonición de lo que nos esperaba. No puedo decir que un libro en el que cuentan las barbaridades que sucedían en Auswitz me gustase. Terminas cada capítulo con tristeza. Aun así, recomiendo enfrentarse a esta lectura; me parece interesante conocer el punto de vista de una persona que trabajaba para los nazis. Aunque leerlo en medio de una pandemia mundial no sé si es lo más recomendable. Yo aviso, después que cada uno haga lo que vea.

Gente normal, Sally Rooney: llevaba bastante tiempo escuchando hablar sobre esta autora; en las críticas dicen que sabe retratar muy bien las relaciones de hoy en día. Este libro trata sobre cómo dos personas que no saben querer, intentan quererse. Sin cursiladas. En ese sentido yo no me he sentido identificada (será porque yo sé querer muy bien y muy bonito), pero sí que he conocido a gente con ese ‘problema’. Me entretuvo entre normal y bastante.

Open: Memorias de Andre Agassi: muchas veces lo importante no es tanto el libro, sino el momento en el que lo lees. Empecé este libro en el confinamiento y Agassi comineza su autobiografía contando como durante toda su vida se ha sentido confinado (utiliza esa palabra) en una pista de tenis. Me gustó mucho. Lo recomiendo aunque no seas aficionado al tenis.

La Saga de Los Robots, de Isaac Asimov: aquí hago un poco de trampa porque no estoy recomendando solo un libro, si no cuatro (yo me he leído tres este año). Es novela policiaca de ciencia ficción. Puede sonar un poco bastante friki y efectivamente, lo es. Entre otras cosas me ha gustado aprender las tres leyes de la robótica. Tengo el cuarto libro de la saga esperando a ser devorado en 2021. Soy ese tipo de persona a la que le divierten estas cosas, no me escondo.

La chica del cumpleaños, Murakami: me lo compré por la portada porque gasto compulsivamente en libros. Reconozco que no todos los libros de Murakami son para mí, a veces se me hacen demasiado densos, pero este cuento me entretuvo y me lo leí en 30 minutos.

La chica de nieve, Javier Castillo: Nada como sentarse en invierno delante de un ventanal con un té, una manta y una novela negra de más de 500 páginas. Javier Castillo es acierto seguro.

Historia de un éxito: Mercadona: me chifló. El libro cuenta cómo el polémico Juan Roig construyó el imperio Mercadona; experiencias, metodología de trabajo en la empresa y estrategias del negocio. La única pega es que el libro no está actualizado (se escribió en 2014). Estoy buscando otros libros de este estilo ¡Recomendadme abajo si conocéis alguno!

Diarios, de Iñaki Uriarte: recopilación de artículos escritos por Iñaki Uriarte. Ojalá vivir como escribe este señor, porque una se cree que no escribe mal (a veces te crees que lo haces bien) hasta que te encuentras con estos diarios. Me gustan tanto que cuando no estoy sembrada, releo páginas aleatoriamente para inspirarme sembrarme.

El viejo y el mar, Ernest Heminway: ya lo sé, llego tarde. Me lo leí del tirón y me quedo con esta frase: “nadie debería estar solo en la vejez“. Un clásico.

La Nena, Carmen Mola: Es la última parte de la trilogía de Carmen Mola. Ojo almas sensibles, porque es un libro bastante sangriento y explícito, tipo las películas de Tarantino. Aunque yo soy muy aprehensiva y me chifla Tarantino. Lo mismo me ha pasado con esta novela negra.

A propósito de nada: Woody Allen: de esta autobiografía destacaría la primera mitad del libro, en donde Woody Allen intercala historias sobre cómo comenzó a hacerse hueco en el mundo del periodismo y el cine, con anécdotas sobre su vida en un Manhattan mágico. La segunda mitad del libro se centra demasiado en el triángulo amoroso entre su mujer actual, Soon-Yi, su ex, Mía Farrow y él; eso acabó cansándome (de hecho no me lo he terminado), pero lo pongo en mi lista de favoritos porque tiene bastantes frases para subrayar (obvio Palo, es Woody Allen).

La Psicóloga: si os gusta la novela negra tanto como a mí, este libro me enganchó de principio a fin, amenizando mis tardes veraniegas.

El arte de no amargarse la vida, Rafael Santandreu: está el mundo insistente con Rafael Santandreu y al final hice caso al mundo. Es un libro de lo que ahora llaman ‘desarrollo personal’, que hace reflexionar y darle a los pequeños problemas la importancia justa. Me parece un libro indispensable para gente tremendista, aunque todo el mundo sacará cosas buenas de esta lectura.

Superviviente, Paquita Salas: A ver cómo explico yo esto después de tanto Heminway y tanto crecimiento personal… Bueno, pues sí, me compré este libro por la serie ¿Que si el libro es una tontería? EVIDENTEMENTE. Fácil de leer por sus pildoritas graciosas, tampoco esperaba más. Hay épocas en las que me cuesta concentrarme en cosas demasiado profundas o que antes de dormir necesito leer algo que me haga reír, sin pensar más allá. Ahora estoy en ese punto.

Como veis, mi celebro rubio goza de un amplio espectro de estímulos culturales. Esta lista es vuestra, así que compartidla, comentadla y sugeridme otras cosas que me puedan gustar.

Besis!

EMILY IN PARIS (¡SIN SPOILERS!)

Quiera la suerte que me coma mis palabras y que ‘Emily in Paris’ no sea, como me temo, la serie que más me haya entretenido en este 2020.

Why is everyone talking about Emily in Paris?

Estaba convencida de que me iba a gustar ‘Palo ¡tienes que verla!’, me decían mis amigas, que me conocen muy bien y, aunque esto de las expectativas puede ser un arma de doble filo, no me avergüenza reconocer que he estado pegada a la pantalla de principio a fin. Me da igual que vengan a quitarme mi carnet de docta erudita, porque ni lo tengo, ni pretendo conseguirlo.

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No sé si por los tópicos parisinos, porque París me trae muy buenos recuerdos (aunque tenga algunas lagunas), o por la guapura del chef Gabriel (me encanta la estructura ósea de su mandíbula), pero tenía muchas ganas de verla, así que en estos últimos días, ponerme un par de capítulos antes de dormir se convirtió en tradición (si se le puede llamar tradición a un hábito de una semana, porque solo hay una temporada de 10 capítulos) igual que son tradición las dos tres cuatro onzas de chocolate que me regalo después de cenar.

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El creador de la serie es Darren Star, el mismo señor que creó Sexo en Nueva York (si no te ha gustado esa maravillosa serie, ni lo intentes con Emily). Supongo que ante el éxito de aquella obra maestra, los señores que mandan en Netflix, viendo que estamos en un 2020 muy casero y lleno de incertidumbres, querían que mi pequeño cerebro de rubia nuestras cabezas pensantes no se expusiesen a otra decepción y apostaron por lo seguro. Me parece buena táctica. Además, huir por un rato de la realidad y refugiarse en este mundo de dineros, besos y fantasía, a las señoras siempre nos gusta. Habrá otras series sobre amor y lujo en Paris o en Teruel Nueva York (estoy volviendo a ver Friends y Gossip Girl, mi cabeza me pide eso), pero ya nos la conocemos muy bien y esta ha llegado en el momento perfecto.

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La duración de los capítulos es de 25 minutos aprox., ni mucho, ni poco, lo justo para contarnos cosas y hacernos reír, pero que nos quedemos con ganas de más.

Terminarla me ha dejado un vacío en el corazón y ahora solo espero que el mismo equipo de personas que ha diseñado la primera temporada, me cuente cómo continúa la vida de Emily en la ciudad del amor.

Y ya no digo nada más, que si no se me acusa de hacer spoiler.

Emily in Paris [Netflix] - abroparaguas.com

TERRAZAS Y PERSONAS.

Estoy sentada en una terraza de la Plaza de Santa Bárbara y mientras espero un café americano con hielo y un croissant relleno de chocolate, observo a dos señores que están en otra mesa, a una distancia suficientemente prudencial como para llamarla ‘de seguridad’, pero no tanto como para que mi oído no capte palabras sueltas de la conversación.

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El señor que está sentado enfrente de mí, lleva gafas de sol polarizadas, camiseta de manga corta y una barba gris y larga, como los moteros de Harley-Davidson que me suelen adelantar por la carretera. Me fijo a ver si tiene la clásica chupa de cuero colgada de la silla. NO. Se ve que está acostumbrado a la fría brisa que le ‘acaricia’ la cara cuando recorre la Sierra en su moto. Hoy en Madrid hay 13º.

Me encuentro tan ensimismada mirando al motero barbudo, que no me he dado cuenta de que me han traído mis alimentos e, inconscientemente, le he dado un mordisco al croissant. El suave crujir del hojaldre, mezclado con la textura del chocolate me devuelve a la terraza de Santa Bárbara ¡Qué rico!

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Desvío la mirada hacia dos señoras de una edad comprendida entre los 70 y la edad del sol, que se sientan en otra mesa. La de la izquierda se abrocha el enorme abrigo de piel que la envuelve (no es motera). Su amiga saca del bolso el ¡Hola! de esta semana y empiezan a comentar: ‘Esta chica está demasiado delgada”, “Déjame verla”, se sacan la una a otra la revista de las manos, como si fuese el juego de la patata caliente, pero al revés. De repente, la señora del abrigo peludo se levanta y se va, casi sin despedirse. Son las 13:00 y tiene que ir a casa para meter el pollo en el horno. Esta mañana dejó una bandeja preparada con verduras cortadas en juliana y patatas en rodajas. Es el plato favorito de Felipe, su hermano, que hoy está de Santo.

Estilo Cintia

Aparece una chica que lleva pantalones pitillo de pata de gallo, moño, zapatillas y abrigo largo. La chica se pide unas tostadas con jamón y tomate, un gofre con chocolate y un café ¿Será su comida? Mira el móvil compulsivamente. Está esperando un mensaje que no llegará hasta el viernes. Los viernes son cuando los ‘señores mareantes’ (como yo los llamo), sacan la agenda. Mientras tanto, la chica del moño con pantalones de pata de gallo, se pasa los días de la semana nerviosa, con esa maraña constante en el estómago, que la consume y le quema el gofre que ya está devorando. Físicamente se parece a la hermana de mi ex novio, pero no es ella; Lucía nunca se comería un gofre. Y mucho menos aun, se pondría unas zapatillas. Se enciende un piti y lo aspira como si fuese un camionero turco. Todavía faltan dos días para el viernes. Debería comprarse valeriana en la farmacia. A Lucía le sentaba muy bien. Mira el reloj, son las 13:45 y tiene turno de tarde en Zara de Fuencarral, así que se levanta y se va. Ojalá se olvide pronto del ‘señor mareante’.

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En el banco de enfrente se sienta un chico bastante rollizo. Trae en la mano una lata de Coca Cola y un bocadillo. Juraría que es de tortilla. Lleva un pañuelo en la cabeza y camisa de manga corta, pero este no tiene pinta de motero, lo que tiene es exceso de grasa que le abriga. Es el cocinero de un restaurante de Santa Engracia y lleva el pañuelo para hacer el paripé, en realidad está calvo. Debería dejarse de trucos y afrontar la realidad.

Pasa por mi lado un chico trajeado con la típica bolsita morada de Aristocrazy ¿se habrá portado mal con su novia y tiene remordimientos de conciencia, o es que ella está de cumple? Prefiero inclinarme por la segunda opción, pero una ya no puede fiarse, las flores que me envió Juan sin motivo aparente hace un mes, eran preciosas, pero yo soy alérgica al polen y a las mentiras.

Me saco el abrigo y luzco orgullosa el jersey granate que me compré la semana pasada en esa tienda de Argensola ¡Qué calor! A lo mejor también tengo que comprarme una moto.

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Me gustas, no me gustas.

Me gusta ver las estrellas en una noche despejada, enseñarle a quién tenga al lado las constelaciones y que me admire como si acabase de resolver el Teorema de Pitágoras. No me gusta que me entre agua en los oídos cuando me tiro de cabeza a la piscina y me cae muy bien Sebastián, el cangrejo de La Sirenita. Pocas cosas disfruto más que el primer sorbo de una caña muy fría después del trabajo.

Estrella Galicia on Twitter: "No, no, no… esto no es una caña, esto es otra  historia. #UnaHistoriaDiferente… "

Me encanta la ilusión que sentimos mis amigas y yo cuando fijamos los miércoles como día clave para vernos, pese a que todas sabemos que el miércoles que viene nos habremos olvidado y que no nos veremos hasta el próximo mes. No me gusta esta ‘nueva normalidad’, prefiero llamarla ‘nueva supervivencia’. Me gusta despertarme antes de que suene la alarma y concederme esos ‘5 minutitos más’, sabiendo que no se los estoy robando a la cuenta atrás que empieza en cuanto suena el despertador.

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No me gusta salir de casa con un 10% de batería en el móvil. Me parece una locura. Me quedo embobada viendo el cielo rosa de Madrid. Me gusta engancharme a programas bodrio de la TV para comentarlo después con mis amigas como si fuese el peor de los pecados. No me gusta la gente que no es amiga de la verdad. Tampoco me gusta llorar viendo una película dramática. 

12 Things Girls Just Don't Understand About Girls – Page 6

Me ha hecho ilusión encontrarme por la calle con mi nuevo vecino, que me reconociese (pese a la mascarilla) y que se acordase de mi nombre ¿Será porque yo no recuerdo el suyo? Me gusta cenar cecina y queso curado mientras hablo por teléfono con mi madre. No me gusta pedir un gin tonic y que me traigan algo que se parece más a una maceta llena de flores. Me gusta ir a una librería a comprar un regalo, ver un libro con buenísima pinta y no poder evitar comprármelo para mí también.

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Me gusta el olor a hierba recién cortada, aunque eso signifique echar mano de los antihistamínicos. No soporto que cuando estoy corriendo y me acerco a un paso de cebra, un coche acelere y me haga frenar. Confieso que más de una vez he deseado llevar piedras en los bolsillos para hacer alguna maldad. Odio llamar a mi compañía telefónica y que me pongan a la espera con esa melodía que me taladra el tímpano.

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Me encanta mandar un mail y recibir un ‘Estoy fuera de la oficina’ cuando no me interesa en absoluto que esa persona me responda pronto. No soporto cuando las etiquetas que vienen con la ropa parecen una novela de Agatha Christie. A veces las leo enteras a ver si al final pone quién es el asesino. Me encanta vivir en Madrid otra vez. No me gusta encontrarme a mi ex novio el día que he dormido mal y tengo ojeras de oso panda.

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Me gusta comprar flores los viernes e ir con ellas por la calle. También me gusta que la gente piense que se las voy a regalar a alguien, lo cual es cierto, son para mí. Me gusta ir a comprar el pan en verano porque me recuerda a mi infancia ¡Esa fue una de mis primeras responsabilidades! No me gusta que me traigan una cuchara de madera para comerme el postre. Me espanta estar al lado de una persona que tiene una higiene distraída. Me encanta Formentera en Octubre, es como regalarse un poquito de agosto en mitad del otoño.