EL HOMBRE QUE ME HIZO ESPERAR DEMASIADO

Hace unos días quedé con con un hombre en mi casa. El hombre llegó una hora tarde. Durante esa hora me indigné, pataleé y estoy segura de que al hombre le pitaron los oídos. Pero en algún momento entre mirar el reloj, asomarme a la ventana y desearle el mal alguna pequeña incomodidad (como una rinitis crónica, no más), empecé a escribir este artículo. ¿Por qué hay gente que no le da valor al tiempo de los demás?

Quedas con alguien a las nueve y aparece a las diez. Te citan a una hora y cuando llevas cuarenta minutos esperando, empiezas a dudar de ti misma: “¿habré mirado mal el calendario?”. Miras el calendario. No, era hoy. Te dicen que te entregarán un paquete por la mañana y terminas organizando tu día en base a una furgoneta que parece estar haciendo el Camino de Santiago.

Y no hablo de retrasarse diez minutos. Ni siquiera hablo de llegar una hora tarde. Porque los imprevistos existen. Atascos, reuniones que se alargan, entregas anteriores que se complican, niños que se manchan y hay que cambiarlos, un chaparrón que te pilla sin paraguas, no encontrar las llaves que tienes en la mano, que el ascensor se pare en todos los pisos… En fin, días que se tuercen.

Pero mi indignación aparece cuando no avisan. Porque una cosa es llamar o mandar un mensaje y decir: “estoy en un atasco, me retraso una hora”. Y otra muy distinta es hacer un apagón informativo y aparecer sesenta minutos después. Como si entre las nueve y las diez, yo no tuviese nada mejor que hacer que mirar por la ventana intentando identificar tu vehículo. Porque eran las nueve y media y seguíamos sin señales del hombre con el que había quedado en mi casa.

Avisar no hará que llegues antes, pero permite que la otra persona decida qué hacer con ese tiempo. Trabajar. Salir a hacer un recado. Ducharse. Tomarse un café con una amiga. Ordenar el cajón de los tuppers. Buscar pisos de dos millones de euros en Idealista. Perder una hora mirando Instagram y terminar apuntándose a un rally por el desierto. Lo que le apetezca, que para eso la hora es suya.

Y con los servicios de mensajería ya es el colmo: “Pasaremos entre las 9 y las 13”. Perfecto. Cuatro horas de mi vida reservadas para la posible aparición de un aparador de madera de mango. Después, dan las 13:15 y nadie ha venido. Ni llamado. Ni escrito. Y el hueco para el aparador, triste vacío.

Creo que se ha normalizado demasiado eso de disponer del tiempo ajeno. Y yo no pido precisión ferroviaria española suiza. Pero pido que si vas a hacerme perder el tiempo, al menos avísame para que pueda perderlo como yo quiera.

A las diez sonó por fin el telefonillo. Para entonces ya había escrito la mitad de este artículo y se me había pasado parte del enfado. Hay gente hombres que te hacen perder el tiempo y hombres que te proporcionan material para una columna. Suelen ser los mismos.

Abrí la puerta, pero no le sonreí. Tampoco le avisé del pequeño escalón que hay al entrar. Una cosa es que se me hubiese pasado el enfado y otra, fomentar esas conductas. Me limité a dejarle pasar y señalarle el hueco donde tenía que colocar mi nuevo aparador de madera de mango.

MI APLICACIÓN DEL TIEMPO SIEMPRE ACIERTA

Artículo original publicado en El Español – Quincemil, el pasado 22/8/2026.

El sábado pasado estaba lloviendo. No había ninguna duda. Caía agua del cielo, suelo mojado, gente por la calle con paraguas. Según todos los métodos de observación disponibles antes del 2000, estaba lloviendo.

Entonces miré mi aplicación del tiempo: sol y nubes huevo frito. Levanté la vista hacia el cielo. Después la bajé al móvil. Cielo. Móvil.

Creo que esperaba confirmar que era el cielo el que se estaba confundiendo. Porque mi aplicación del tiempo no falla. Nunca. Mi aplicación es de total confianza. Y si no digo cuál es, es porque no me pagan quiero que esto se convierta en una guerra, pero la mía es la buena.

Con las aplicaciones del tiempo hemos desarrollado una relación parecida a la que antes se tenía con el médico de cabecera. Puedes pedir una segunda opinión, claro, pero al final siempre confías en la tuya. Porque la mía siempre acierta. Las demás no.

Se me ocurrió escribir sobre la monogamia con las aplicaciones del tiempo ese sábado lluvioso. Cuando alguien propuso un plan al aire libre para el día siguiente “¿Mañana comemos en una terraza?”. En menos de quince segundos aparecieron cuatro móviles encima de la mesa.

Uno decía lluvia. Otro, nubes. Otro, un 30%, pero solo por la mañana. El mío decía huevo frito.

Y ahí empezó la cumbre de expertos en clima nada. Cada uno defendía su fuente como si llevásemos veinte años estudiando anticiclones en la AEMET.

—Pues a mí me da bueno.
—A mí me da lluvia.
—Yo esta mañana he mirado y no me daba nada. —A mí me duele la rodilla.

La rodilla siempre aparece cuando la tecnología no consigue ponerse de acuerdo decidir si comemos en terraza o no. Y lo hace con una autoridad sorprendente. Nadie pregunta qué rodilla te duele, desde cuándo o cuál es su porcentaje de aciertos. La rodilla no necesita certificados ni credenciales. Es la versión contemporánea de la señora de pueblo que lleva toda la vida prediciendo el tiempo sin consultar ninguna aplicación. Puede ser por su rodilla, por una cicatriz o por el vuelo de las golondrinas. Da igual.

—¿Entonces, reservamos fuera?

Miré mi aplicación: huevo frito. Miré a mi amiga: mano en la rodilla y gesto dudoso.

—Reserva dentro, por si acaso.

Al final no llovió y la rodilla no hizo declaraciones. Una rodilla no tiene servicio de quejas o reclamaciones. Supongo que por eso mantiene intacto su prestigio.

Pedimos huevos fritos. Mi aplicación siempre acierta.

Agosto eclipsado.

Agosto se acaba y siempre me gusta hacer balance por escrito de este mes que pone fin al verano. Ha habido días geniales. Muchísimos días geniales. Y me llevo recuerdos imborrables para mi álbum de fotos cerebral. Pero de todos ellos, hay uno irrepetible: el día del eclipse. He tenido días más bonitos, días más felices o divertidos. Pero no ha habido un día tan impresionante como día 12. El eclipse ha eclipsado mi mes de agosto.

Lo vimos desde el mar. Rodeados de otros barcos, niños en padel surf, adultos en canoa y todos con unas gafas como de otro planeta.

A las 19:30 la Luna empezó tapar al Sol. Poco a poco. No olvidemos que ella ya estaba ahí, escondida entre las sombras, manteniendo el misterio como buena conquistadora. Al mirar hacia arriba con las gafas pensé “el Sol parece la Luna”. Un minuto después escuché a un niño decir lo mismo. Después lo dijo una amiga que estaba detrás de mí. Se ve que ese día el universo nos igualó a todos intelectualmente.

Y de repente las gafas se quedaron negras. Nos las quitamos. Se había levantado viento. Todo estaba muy oscuro, pero a la vez inundado por una luz extraña que ahora recuerdo en un tono morado. Miré hacia el sol y vi una bola negra con olas de luz moviéndose alrededor. No sé, es una de las cosas mas impresionantes que he visto con estos ojos marrones (verdes cuando les da el sol o un eclipse). Al principio se escucharon gritos, algún guaaaauu. Después, silencio.

“Estamos en el espacio”, pensé. Bueno, evidentemente estamos en el espacio. No había descubierto nada que pudiese poner nerviosa a la NASA. Lo que quería decir era que durante unos segundos, tuve la sensación de que éramos astronautas en otro planeta viendo algo por primera vez. Y eso fue lo más impresionante; allí había barcos, niños, amigos, una costa que conocíamos de memoria y el mismo Sol de cada día. Pero durante un par de minutos todo parecía nuevo.

Después volvió la luz. Volvió el ruido. Volvimos a hablar. Brindamos con champán en copas de plástico. Y agosto siguió a toda velocidad, como si no hubiese pasado nada.

De este agosto me llevo muchos días que seguro repetiré.

Pero ese no.

Y para acabar, quiero dejar aquí una reflexión que escribí al día siguiente:

“Hay personas a las que un eclipse total les parece un plan prescindible. Incluso menosprecian un poco a los que ayer flipamos. Pero después organizan su agenda alrededor de una reserva para cenar en el nuevo restaurante del que es socio ese futbolista.

Porque una cosa es no ver el eclipse porque trabajas o porque no puedes. Incluso no querer verlo por precaución o porque te da mal rollo. Lo respeto.

Lo que no me cabe en la cabeza es el “me da igual”, “ya veré fotos”. Esa falta de curiosidad por presenciar algo extraordinario que lleva 100 años preparándose.

Será una cuestión de prioridades. Yo ayer buscaba una sombra en vez de una mesa en un restaurante.”

ESPAÑA COMPRIMIDA

Artículo original publicado en el diario El Español – Quincemil el pasado 8/8/26

Siempre me ha llamado la atención la gente que dice: “Este verano nos vamos al norte”. Al norte. Así, en bloque.

Da igual que te vayas a San Sebastián, a Ribadeo, a Cudillero o a las Rías Baixas. Todo es “el norte”. Parece que a partir de Valladolid, España deja de tener provincias y pasa a ser un parque temático con una única recepción.

“BIENVENIDOS AL NORTE: Por la noche refresca. Se recomienda llevar una sudadera ‘por si acaso’. Hay un 73% de posibilidades de lluvia, pero aquí los planes no se cancelan nunca. Las orquestas empiezan a las 23:00. Desayuno a elegir entre sobaos, bollo preñao o filloas”.

Y con el sur ocurre lo mismo. Mucha gente asegura que veranea “en el sur” igual que dice que va a comprar “fruta”. Ni manzanas ni melocotones. Fruta. Como si Cádiz, Almería y la costa de Huelva fuesen distintas calles que desembocan en la misma plaza.

Me recuerda un poco a los americanos, cuando anuncian ilusionados que este verano viajarán “a Europa”. Visto así, parece que Atenas y Reikiavik están a dos paradas de metro ¿no? Pues eso.

Supongo que necesitamos simplificar el mapa para que nos quepa en la cabeza conversación. Hablamos de España como si fuera un dibujo hecho con dos rotuladores: arriba, verde; abajo, amarillo. Y el resto, ya lo trataremos en otro momento (nadie dice: “Este año me voy al este”. Ni presume de haber descubierto el “noroeste profundo”. Ahí sí somos precisos).

Pero norte y sur son dos sacos gigantes en los que vamos metiendo diferentes paisajes, comidas, acentos, temperaturas y costumbres.

Abrimos el saco del norte y metemos una gilda, un percebe, una fabada, una vaca, un faro, un bosque, una playa larguísima con bandera azul, un gaitero y una señora diciendo “llévate una chaquetita”. Cerramos el saco, nos lo echamos al hombro como Papa Noel y nos quedamos tan tranquilos.

Y con el sur hacemos lo mismo. Ahí dentro cabe un espeto en Málaga, un lince ibérico de Doñana, una gamba de Huelva, un abanico, una feria, una tabla de kite surf, un chiste de Lepe y una bailaora gritando ‘¡Arsaaa!’. Cerramos el saco. Sur.

Se parece a mi cajón de la mesilla de noche, donde conviven gomas del pelo, un paquete de Kleenex, una linterna y el cargador de un móvil que ya no existe Nokia. Nada tiene relación entre sí, pero ahí están desde hace años.

Lo decía antes, yo creo que hablamos así porque el cerebro, aunque es extraordinario, también es vago. Sobre todo en agosto. Y etiquetar y guardarlo todo en carpetas facilita las cosas. Norte. Sur. Playa. Montaña. Bueno. Malo. Todo archivado para no gastar neuronas.

Y es verdad que simplificar las cosas puede dar mucha paz. Pero después, no podemos escandalizarnos cuando llegue alguien a Galicia preguntando por las mejores rabas o aterrice en Málaga buscando las playas de Cadiz.

Al final, no es que hayamos perdido el norte, es que lo hemos comprimido en un archivo ZIP y no nos molestamos en abrirlo.

no quiero normalizar esta locura.

Escribir es un trabajo bastante solitario.

La mayor parte del tiempo eres tú delante de una pantalla en blanco y un montón de ideas que funcionan muy bien en tu cabeza, pero al escribirlas, ya no tanto.

Pero llega la Feria del Libro y te encuentras con personas que se acercan porque la portada les ha llamado la atención. Abrazas a familiares y amigos que vienen a verte. Le pones cara a gente que lleva años leyéndote. Compartes caseta con libreros que te hacen un hueco y te hacen sentir como en casa.

“Me encanta leerte.”

“Qué ilusión verte aquí”.

“Por fin encuentro a una escritora que me engancha.”

“Gracias por sacarme siempre una sonrisa.”

No es mi primera Feria del Libro, pero esto sigue pareciéndome extraordinario. Es imposible normalizarlo. Y es poco profesional que me pase a mí, pero me quedo sin palabras.

Mi respuesta es daros las gracias a vosotros por acercaros, por llevaros mi libro, por regalarme un rato de vuestro tiempo y por estar al otro lado.