Ahora resulta que todas queremos ser Carolyn Bessette.
Envidiamos su estilo. Envidiamos su pelo. Envidiamos su misterio. Envidiamos su armario minimalista: camisas blancas, jeans perfectos, abrigos negros que siempre tienen buena caída. Envidiamos su forma de caminar por Nueva York con esa elegancia natural.
Y por supuesto, envidiamos a su marido: John F. Kennedy Jr.

Pero os voy a decir una cosa. En realidad no queremos ser Carolyn Bessette.
Queremos su armario. No su vida.
No queremos a los paparazzi esperándonos en la puerta de casa. No queremos que una discusión de pareja termine analizada por medio país. Y desde luego, no queremos casarnos con la Familia Kennedy, que es como casarte con una persona y con un monumento nacional. A la vez.
Hay algo mágico en las parejas famosas que mueren jóvenes, bellas y de manera trágica. Se congelan. No envejecen, no discuten, no decepcionan. La historia se detiene en su mejor versión. Y por eso se convierten en mito.

Es como cuando un bar se pone de moda. Vas una vez, te encanta. La comida esta buena, el ambiente es divertido, hay gente guapa.
Pero cuando todo el mundo quiere ir, empiezan las reservas imposibles, la cola en la puerta y dentro ya no sabes si estás en un bar o en el metro en hora punta. Alguien con tacones te pisa el dedo meñique y los camareros pasan de largo mirando hacia otro lado, como si llevases un chaleco verde y una carpeta de Greenpeace.
Desde fuera el bar parece maravilloso. Pero dentro hay mucho ruido y huele humo.
Con Carolyn Bessette pasa algo parecido.
Nos encanta la idea de ella. Pero si pudiera elegir, yo elegiría su armario. Solo su armario.




