Carta a la señora que me robó el paraguas.

Artículo original publicado en el periódico El Español – Quincemil, el pasado 21/2/26.

Esta mañana me han robado el paraguas.

Robado no. Me han hurtado. Porque no hubo violencia ni intimidación. Hubo astucia, disimulo cobardía. Una señora cobarde.

He entrado en Zara a por una camiseta que ya tenia fichada; compra rápida y directa que he tardado un minuto en gestionar. Bueno, quizás tres. Tres minutos porque he tenido que pagar. No como la señora que me hurtó el paraguas, que resolvió su gestión sin pasar por caja. Mucho más eficiente, la verdad.

Digo señora porque a esas horas y en Zara había mayoría de mujeres. Pura probabilidad. No voy a entrar en debates de género. Bastante tengo con el paraguas (que ya no tengo) y con mi creciente cabreo.

Porque yo dejé mi paraguas en el paragüero como un caballero que deposita su espada antes de entrar en la taberna. Mi paraguas no era uno cualquiera. Era mi Tizona. Mi espada del Cid Campeador. Entré en Zara confiada. Salí desarmada. Llegué a casa con el honor pelo empapado. El Cid podía cabalgar sin su espada. Yo no.

¿A quién se le ocurre robar un paraguas? No es un bolso. No es un reloj. No es el último iPhone. Un paraguas es un objeto triste que vive plegado y olvidado hasta que el cielo lo reclama. Accesorio de emergencia. Y ojo, que yo entiendo la tentación del momento porque fuera llueve y el paraguas (MI paraguas) está ahí. Abandonado a su suerte. Pero una cosa es pensarlo y otra muy distinta es llevártelo. Por lo visto es un delito menor bastante común. Y bastante ruin, añado.

Y no, no fue una confusión. Cuando lo dejé en el paragüero no había ningún paraguas transparente. Pensé incluso en entrar con él, pero me dio reparo mojar el suelo. Educación. Civismo. Creer que el mundo funciona en base a unos mínimos acuerdos morales. Error. El Cid nunca habría dejado su espada en un cubo compartido. El paragüero es como un limbo; nadie vigila, nadie reclama.

Así que aviso oficialmente: a partir de ahora pienso entrar con mi nuevo paraguas en cualquier recinto cerrado. Zara, panadería, consultas médicas, funerales y bodas, si hace falta. Que se mojen los suelos, no mi pelazo confianza en la humanidad.

Y aprovecho este medio, que me da cierta visibilidad, para volcar mi indignación y dirigirme directamente a usted, señora del paraguas. Espero que le haya sido útil. Que haya llegado seca a su destino y se le hayan empapado los remordimientos. Pero también espero que en algún momento le haya dado el viento de frente y una varilla del paraguas le haya sacado un ojo arañado la cara. No fuerte. Lo justo para sentirse ridícula.

Y ya puestos, deseo que el día que tenga una boda y salga de la peluquería con unas ondas perfectas, una paloma con criterio y buena puntería, le haga caca sus cosas encima. De manera que ese dinero que no invirtió en un paraguas, tenga que gastárselo en la peluquería. Otra vez. Algunos lo llaman economía circular. Yo lo voy a llamar karma con plumas.

Además, ahora camino por la calle mirando con desconfianza cada paraguas transparente. Pensando mal de cada persona que se cruza conmigo protegida de la lluvia. Usted no solo me robó un paraguas. Me robó la inocencia meteorológica.

Sobre escribir y emborracharse.

Escribir es como emborracharse.

Cuando estoy muy concentrada escribiendo me escapo. Me evado. Nunca sé a dónde me voy, pero debe de ser lejos porque cuando vuelvo, siento como si me despertase un algo entre caricia y bofetada. Una fuerza extraña, ajena a mí. Esa caricia o bofetada que me trae de vuelta puede ser una llamada de teléfono, el avión, que ha aterrizado o el timbre con un paquete de Amazon.

Y en ese momento, me siento como cuando me despierto después de una noche de borrachera ¿Qué hora es? Una laguna muy grande. Chupitos de tequila, Jaggermaister, todo mezclado, muy agitado. Y de repente estoy en una cama que no es la mía, con los zapatos puestos, sin desmaquillar, sin dinero y sin recuerdos. 

No sé qué hace este texto aquí. No sé cómo he llegado a este lugar. Bailando, tecleando, mezclándome entre la gente, viviendo, pasándomelo muy bien. Y sin resaca.

EL CORTEJO ANTES DEL WI-FI

Artículo original publicado en el periódico El Español – Quincemil el pasado 7/2/2026.

¿En qué momento hemos dejado de jugárnosla por amor?

En muy poco tiempo, el arte del cortejo (humano) ha pasado del poema lírico de estudiada rima asonante al “k tal?”.

Antes se escribían cartas de amor con tinta y mariposas en el estómago; hoy basta con un emoji y un click. Hemos pasado de temblar al escuchar la voz de su padre al otro lado del teléfono, a enviar mensajes sin tildes, sin alma y sin preocupación. Sobrevivimos a guerras, hambrunas y pandemias, sin embargo, ahora muchas relaciones se mueren ante el doble tic azul.

Hubo un tiempo en que los romances se nutrían por carta. Se pensaban las palabras, se esperaba una respuesta y si te dejaban, al menos lo hacían con buena letra. Luego llegó el teléfono fijo, que convirtió la declaración amorosa en un deporte de riesgo. Llamar a casa era una ruleta rusa: podía contestar tu futuro amor o su madre, dispuesta a interrogarte con ese tono de “¿tú quién eres y por qué llamas a mi hijita?”.

Después vino el móvil, que dio alas a quienes me gusta definir como ‘gallinas’. Ya no era necesario enfrentarse a nadie, bastaba con recargar el móvil con 5 euros y pulsar ‘enviar’. Con el móvil también se profesionalizó el rechazo: las rupturas dejaron de doler por lo que decían y empezaron a doler por lo que no te respondían.

El cortejo siempre ha consistido en una sucesión de torpezas. Pero antes, esas torpezas tenían cierta ternura: había que esperar, insistir, improvisar. Hoy el romanticismo se mide por los emojis que eliges. Si mandas un corazón rojo, demasiado intenso; si mandas uno amarillo, eres su primo hermano; si mandas una berenjena, pasas directamente al código penal y si te manda un sticker de un gatito… ¡Enhorabuena! has entrado en la ‘friend zone’.

Pertenezco a una generación que vivió la transición entre «¡me ha invitado al cine!” y “¡hemos hecho match!”. Cuando era adolescente había que salir de casa, exponerse al ridículo, pedir el teléfono en persona, jugársela. Ahora basta con deslizar un dedo. Y cuando todo se vuelve tan fácil, también se vuelve desechable. Yo conservo cartas perfumadas, entradas del cine y fotografías analógicas. Hoy, si tienes suerte, puedes guardar la conversación antes de que te bloqueen, pero nadie imprime un pantallazo de un “hola, wapa” para guardarlo en una caja de recuerdos.

Estoy convencida de que el cortejo actual necesita recuperar algo de aquella torpeza vintage. Su poquito de incertidumbre, su poquito de miedo, su poquito de no poder eliminar lo enviado. Los inicios del amor se alimentan de misterio y nervios, no de cobertura y Wi-fi.

Tengo la suerte de haber vivido esa época de valientes que se jugaban el tipo llamándote a casa, de cartas escritas a mano, de guardar chicles masticados envoltorios de chicles y entradas de cine. Y aunque alguien pueda pensar que tengo síndrome de Diógenes, prefiero eso a un “k tal?” sin tilde.

CON LA P DE PARAGUAS (Y PACIENCIA).

Desde que empezó 2026, en España no hemos tenido invierno. Hemos tenido un rosco.

El bote de Pasapalabra cayó hace una semana, pero nosotros seguimos atrapados en nuestro programa meteorológico. La atmósfera española está concursando fuerte. ¡Empezamos!:

Con la G de Goretti, apareció la primera borrasca del año, como esa amiga intensa que dice “pasaba por aquí, de casualidad” y termina reorganizándonos la vida y el peinado los planes. Pasapalabra.

Después, con la H de Harry, llegó la segunda, con acento y carácter británico: mucho viento, pocas disculpas. 

Y cuando aún estábamos guardando las macetas, irrumpió la I de Ingrid, tan elegante, tan nórdica, tan “vengo a airear un poco esto que huele a cerrado”. Pues nos aireó hasta los pensamientos. Pasapalabra.

Con la J de Joseph, que sonaba a señor formal y discreto nos confiamos. Error. Si Joseph no levanta la voz es porque ya lo ha desmontado todo. El chiringuito, el tendedero y el toldo del bar de Paco. 

Con la K de Kristin, asumimos que vendría algo suave, pero no. Lluvia en horizontal. Paraguas en ángulo de supervivencia. Pasapalabra.

Con la L de Leonardo, imaginamos un galán renacentista, equilibrado, armónico. Lo que llegó fue viento con comportamiento de batería de heavy metal.

Con la M de Marta, bajamos la guardia. Nombre cercano. De confianza. Hasta que entendimos que era de las Martas que no vienen… Arrasan.

Y ahora estamos con la N de Nils, que no sabemos si es una borrasca o el cabeza de cartel de un festival techno escandinavo. Pasapalabra.

Solo tenemos clara una cosa: con la P de Paraguas, está el accesorio que ha dejado de ser objeto y ha pasado a ser extremidad. 

Yo, por mi parte, estoy considerando suplementarme emocionalmente con la V de Vitamina D y renovar mi armario con la Z de Zapatos (impermeables, por supuesto).

Rosco completado.

Premio: un pack de calcetines húmedos y un paraguas torcido que aunque no cierra, acompaña.

MI MARIDO.

Hay palabras que una no se imagina diciendo en voz alta sin sentir que le ha poseído el espíritu de su tía Mari Carmen en una comunión de los 90. Sí, me refiero a la palabra marido.

Hace unos meses leía a Leticia Sala contar que a ella, que lleva casada muchos años, todavía le cuesta familiarizarse con ese término; que no representa en absoluto lo que su ‘marido’ significa para ella. Y no puedo estar más de acuerdo: esa palabra me parece antigua, rancia.

Lo pienso y me dan escalofríos. Mi novio —que pronto dejará de ser novio para ser eso otro: marido— no se merece que lo presente así. Marido suena demasiado protocolario; suena a foto con marco de plata encima de la chimenea. Es una palabra a la que le han puesto el traje de su abuelo, tres tallas más grande y que ya tiene olor a naftalina.

Tengo amigas a las que se les llena la boca diciendo “mi marido y yo nos vamos a esquiar a Baqueira” o “mi marido desayuna batidos de proteínas”. Pero a mí no me sale (me refiero a la palabra, aunque lo de Baqueira o los batidos tampoco, para qué engañarnos). Es que me escucho pronunciando esa palabra y de repente me visualizo con siete invitadas en casa, merendando té con pastas mientras comentamos recetas para la AirFryer.

Podréis pensar que siempre me quedará decir “mi esposo». Pero prefiero no entrar ahí: eso me suena a trámite notarial o a culebrón de sobremesa. “Mi esposo Antonio”, me da más grima que decir “mi cari” en público.

Así que no sé si cuando llegue el momento seguiré diciendo ‘novio de toda la vida’ (que para más ironía, en mi caso es más o menos verdad). Porque novio suena a algo más fresco, más rebelde, más de ver juntos el amanecer después de una noche loca (aunque a estas alturas seamos más de sofá, manta y peli). Novio tiene chispa. Es una palabra que de vez en cuando se pone camisas hawaianas y llega a casa con los tacones en la mano. Suena a enamoramiento, a risas tontas, a cosquillas y a ese puntito de vértigo que no quiero perder nunca.

¿No hay un bono para seguir diciendo ‘mi novio’ después de firmar?