COMO ACABÉ ABRAZANDO A UN DESCONOCIDO

Artículo original publicado en El Español – Quincemil, el pasado 25/7/2026

Las finales del Mundial, oficialmente duran dos horas, pero en la práctica empiezan mucho antes del pitido inicial.

Domingo 19 de julio.

19:35: El partido todavía no ha empezado, pero la previa sí. Pedimos la primera ronda.

20:33: Aparecen en la pantalla Robbie Williams, Laura Pausini y otra cantante que mis amigos identifican al momento mientras yo asiento con seguridad. Después, Dudamel con Los Teleñecos. No ha empezado el partido y ya llevamos dos cervezas y y un festival de música internacional.

20:58:Todavía somos personas normales que hablan sobre el trabajo, las vacaciones o si la cerveza está fría. En unos minutos todos seremos seleccionadores nacionales.

21:25: Llevo un rato peleándome con un pistacho atascado entre mis dientes mientras escucho a uno decir que España tiene que tener paciencia. Otro dice que presionemos más arriba.

21:48: Pensaba que el descanso servía para ir al baño, pero Justin Bieber, Madonna con ‘Los Ronaldos’ y Shakira, tienen otros planes para nosotros. Trump los americanos serán lo que sean, pero convierten cualquier ‘Pausini’ publicitaria en un acontecimiento histórico.

22:15: Llega la tortilla. A partir de ahora me da miedo que marquemos justo cuando tengo la boca llena.

23:03: Expulsan a un jugador de Argentina Enzo. “Se lo merecen, por sucios”. En menos de dos horas he desarrollado opiniones futbolísticas muy firmes.

23:13: España marca. Lanzo por los aires el trozo de tortilla que estaba a punto de llevarme a la boca. Nos levantamos. Gritamos. No. Al final no ha marcado. El chico que está delante de mí tiene tortilla por el pelo insulta al árbitro.

23:16 ¡Gol del guapo de Ferrán! Un desconocido me abraza. Yo le devuelvo el abrazo. Si en ese momento me hubiera pedido que le donase un riñón, probablemente se lo hubiese donado.

23:33. Segundo gol anulado. Yo, que hasta hace un mes no sabía quién era Luís de la Fuente, tengo clarísimo que el árbitro nos está robando.

23:47: Fin del partido ¡España es campeona del Mundo! Hay noches tardes en las que sales de casa pensando que vas a tomar unas cervezas sin más y al final, vuelves queriendo muchísimo a once desconocidos.

00:30: Llegamos a casa. Las RRSS están llenas de banderas de España y seleccionadores nacionales personas que aseguran que nunca dudaron. Mi lavadora está con la ropa mojada dentro.

Lunes 20 de julio

07:30: España sigue siento campeona del mundo, pero el despertador suena con la misma falta de empatía de todos los lunes. Y la lavadora sigue esperando a que alguien la vacíe.

10:30: El café sigue estando demasiado caliente al principio y demasiado frío después. Outlook continúa convocando reuniones de cuarenta y cinco minutos para resolver cosas que caben en un email. La vida no se deja impresionar por ganar el Mundial.

LAS VACACIONES DE LOS DEMÁS

Artículo original publicado en el diario El Español – Quincemil, el pasado 11/7/2026.

Yo pensaba que hacerse adulto consistía en pagar una hipoteca, pedir cita en el dentista o emocionarte cuando un aguacate está en el punto de maduración exacto. Me equivocaba. Hacerse adulto es descubrir que, cuando por fin tienes tiempo para escuchar tus programas favoritos, los presentadores habituales se han ido de vacaciones.

Llega julio. Se acerca el momento de bajar revoluciones. De desayunar sin mirar el reloj. De escuchar la radio mientras disfrutas el café, en vez de hacerlo mientras te peleas con el secador o con el nudo de la corbata. Incluso por la noche, te quedas despierto viendo ese programa que durante todo el año ves en diferido porque empieza a una hora intempestiva.

Y entonces llega LA FRASE: “Nos despedimos hasta septiembre.” ¿Perdón? ¿Hasta septiembre? Llevo diez meses escuchándoos entre semáforos, atascos y reuniones. Me habéis acompañado mientras iba al trabajo, al gimnasio o a comprar papel higiénico. Y justo cuando puedo escucharos tumbada en una hamaca mirando el mar ¿desaparecéis? No sé. Organizaos mejor. Haced turnos.

Yo de pequeña quería ser profesora por un motivo totalmente vocacional: tres meses de vacaciones. Pero ahora, que soy mayor menos pequeña, quiero ser presentadora de un programa de radio.

No sé exactamente cuánto descansa esta gente. Pero un día te dicen: “nos vemos en septiembre” y desaparecen. Nos dejan con unos sustitutos que son encantadores, simpatiquísimos y buenos profesionales, seguro. Pero no son los míos.

Es como cuando mi frutería cierra por vacaciones y el vecino me dice que hay otra muy buena dos calles más abajo. Ya. Pero en esa otra frutería les da igual darme un aguacate traidor.

Esto también aplica a los podcasts. Forman parte de la rutina. Sales a correr con ellos, tiendes la ropa con ellos, vas a trabajar con ellos. Son como compañeros de piso. Hablan mucho y friegan poco. Pero un día anuncian LA FRASE: “cerramos temporada”. Qué expresión tan elegante para decir: “búscate a otro”.

Está bien salir de la rutina. Y hay que descansar. Yo lo entiendo y lo respeto. Pero también pienso que alguien debería quedarse de guardia. Haced un excel. Repartíos julio y agosto ¿No pasa eso en las farmacias? ¿O en urgencias? ¿O en las panaderías? No digo todos. Solo uno. Un presentador de servicios mínimos. Un podcast de emergencias. Pensad en esa gente que después de muchos meses, puede desayunar con la calma.

Reconozco que me cuesta salir de las rutinas que me hacen feliz. Esas cosas pequeñas que terminan formando parte de tus días. De tu casa. O de tu coche. Una voz familiar. Un chiste malo que sabes que está al caer. Una sección que esperas.

Yo pensaba que lujo era no poner el despertador, pero ahora sé que el verdadero lujo sería tener en julio la misma programación que en febrero. Y un aguacate en su punto.

PRENOSTALGIA

No sé si vosotros sois conscientes de que estáis siendo felices mientras lo estáis siendo.

A mucha gente la felicidad le llega con efecto retardado. Se da cuenta meses después, cuando mira unas fotos o recuerda una época y piensa: “Qué feliz era y no lo sabía”.

A mí me pasa lo contrario.

A veces soy tan consciente de que estoy viviendo un momento bonito que empiezo a echarlo de menos antes de que termine. Como si sintiera una especie de prenostalgia.

¿Habéis visto la película Primos? Hay un momento en el que Diego le dice a Martina que la ‘pre-quiere’, un paso previo al ‘te quiero’, algo que sabe que acabará llegando.

Pues yo creo que con la felicidad me pasa algo parecido.

No la echo de menos.

La preecho de menos.

LAS UÑAS NO MIENTEN.

Artículo original publicado en el diario El Español – Quincemil el pasado 27/6/2026

¿En qué momento las uñas han dejado de ser una parte del cuerpo para convertirse en un accesorio más?

Confieso que pierdo minutos horas en Instagram mirando a gente guapa. Gente muy guapa. Gente tan guapa que a veces me pregunto si esas piernas kilométricas les sirven para caminar o directamente para flotar. Si desde esos ojos transparentes ven el mundo igual que yo o llevan incorporados los rayos X de Superman. Si siguen una rutina imposible o si nacieron así.

Pero por encima de todo, me alucinan esas uñas siempre perfectas.

Hay algo fascinante en las uñas de Instagram. Siempre impecables. Relucientes. Da igual que la propietaria esté desayunando un té matcha en Japón, haciendo pilates en la playa o sujetando un perro salchicha. Las uñas siempre aparecen impolutas, como si nunca hubieran fregado una sartén.

Mis uñas llevan una vida bastante más humilde. Abren latas de mejillones, intentan despegar pegatinas de una caja de Amazon y sobreviven gracias a una lima roja de cartón que robé me facilitaron en algún hotel.

De hecho, acabo de llegar después de una semana en la playa y mis uñas vuelven con un aspecto que no sé si llamar a la manicurista o a un restaurador. Estoy convencida de que si las subo a Instagram, en vez de publicidad de esmaltes, me aparecerá un anuncio de Bricomanía.

Pero algo está pasando con el fenómeno ‘uñas perfectas’. Ya hay más salones de uñas que ferreterías y, muy a mi pesar, que mercerías. Sospecho que dentro de unos años habrá más salones de uñas que bares (muy a mi pesar, también). Y he leído que ya hay más salones de uñas que uñas.

Confieso que este fenómeno uñil ha intentado absorberme a mí también. Y lo ha conseguido un poco. La prueba llegó hace unas semanas. Entré en uno de esos locales para hacerme la manicura y me preguntaron si la quería “con spa”. ¿Cómo rechazar semejante plan? Imaginé música zen y un señor acariciándome las cutículas con una ramita de lavanda. Deduje que mis manos saldrían de allí con la paz interior de un monje tibetano.

Salí exactamente igual que había entrado, pero 29,90 euros más ligera.

Además, las que seguimos fieles al esmalte tradicional tenemos un problema: el esmalte tarda en secarse lo mismo que se tarda en hacer croquetas. Nunca he hecho croquetas, pero estoy convencida de que ambas actividades exigen una paciencia similar. Y después siempre pasa lo mismo. Sales del salón creyendo que ya están secas. Contestas un mensaje. Buscas las llaves en el bolso. Abres un paquete de patatas fritas. Y de repente, las uñas de los dedos índice y anular tienen un relieve abstracto que podría exponerse en un museo de arte contemporáneo.

Nunca me hago la manicura semipermanente porque mis uñas se rompen conozco el truco. Primero te ponen el esmalte. Al cabo de un par de semanas vuelves para retirarlo y ya que estás allí, pues vuelves a hacerte la manicura. Y cuando te quieres dar cuenta, tienes una relación más estable con tu manicurista que con tu marido muchos familiares.

Así que creo que la pregunta del principio está mal formulada. Las uñas no son un accesorio. Son otra tarea pendiente. Como las mechas, las revisiones ginecológicas o organizar el campamento de verano de los niños pedir cita para la ITV del coche.

JUNIO.

Este junio he vivido varias vidas.

He sido muy feliz bajando descalza a la playa en un pueblecito de la Costa Brava y dándome un baño en el mar antes de las diez de la mañana. Me he sentido Mowgli. He encontrado una barra de labios que me favorece (esto merece más celebración de la que parece). Me he sentido Brigitte Bardot. Y he cerrado con éxito una misión médica. Me he sentido Superwoman.

En otro orden de cosas, seguimos esperando a que el semáforo se ponga en verde. Pero este mes, al menos, ya está en ámbar.

Todavía no he encontrado espejo para casa. Aunque siendo justos, tampoco lo he buscado. Y por lo visto, los espejos no llaman al timbre.

No me entenderéis del todo. Pero tampoco pasa nada.