“Yo no soy muy de dulce” y otras frases que me molestan.

Artículo original publicado en El Español – Quincemil el pasado 20/9/2026.

Hay frases que, en apariencia, no tienen nada de malo. No insultan, no contienen amenazas y podrían pronunciarse delante de un niño sin perjudicar su desarrollo emocional. Pero me sacan de quicio.

Muchas se dicen durante una cena entre amigos, un lugar excelente para descubrir aspectos desconocidos de los demás. Porque está quien llega con una botella de vino y quien llega con las manos vacías. Quien ayuda a recoger y quien desaparece en cuanto ve entrar los platos en la cocina. Quien toma postre y quien dice ‘Yo no voy a tomar postre’ mirando a los demás por encima del hombro. La del postre es solo una de esas frases que no tienen nada de malo, pero que me irritan:

“Yo no soy muy de dulce”: que en mi cabeza significa: no necesito cubrir ningún vacío emocional con chocolate y mantengo una relación adulta con el azúcar. Eso sí, cuando llegue el postre, esa persona pedirá probar ‘solo una cucharadita’ y terminará excavando hasta la base de galleta.

“Muchas veces se me olvida comer”: me produce una mezcla de admiración y desconfianza. A mí se me puede olvidar devolver una llamada, comprar huevos ecológicos o felicitar a alguien que no tiene Instagram. Comer, no. ¿Cómo es posible que sean las cuatro de la tarde, lleves seis horas trabajando y ni una sola croqueta de cocido haya atravesado tu mente? No lo entiendo.

“Cómo ibas a ayer”: aparece después de una noche de borrachera en la que bebiste más de la cuenta, bailaste con entusiasmo y enviaste algún mensaje que por la mañana decidiste no releer. Si lo recuerdo, ya lo sé; y si no, no vengas a estropearlo.

“No tengo tiempo para ver series”: todos disponemos de veinticuatro horas al día. Algunos las emplean en aprender idiomas, otros en preparar una maratón y otros necesitamos saber quién mató a una chica en un pueblo noruego donde nunca sale el sol. No entiendo por qué una de estas actividades es mejor que la otra.

“A mí me gusta madrugar”: lo suele decir alguien que se levanta a las seis el domingo porque ‘el cuerpo se lo pide’. Los domingos a mí el cuerpo me pide que no lo moleste. Si alguna vez me levanto a las seis será porque tengo que coger un vuelo (barato) o porque el edificio está ardiendo. Y dependiendo del precio del vuelo y de la intensidad del fuego, me lo pensaría.

“Ya aparecerá alguien”: se le dice a una mujer soltera que puede que no esté buscando a nadie. O puede que acabe de dejarlo con alguien y todavía celebra poder dormir sin un jabalí roncando al lado en diagonal. O a lo mejor quiere enamorarse mañana mismo. En cualquier caso, no necesita que la tranquilicen como si estuviera esperando un trasplante.

“Nosotros no somos mucho de salir”: en el extremo opuesto están las parejas que han dejado de utilizar la primera persona del singular. ‘Nosotros no trasnochamos’. ‘Nosotros cenamos pronto’. O la bomba: ‘Estamos embarazados’. ¿En qué momento dos adultos firman la fusión y pasan a compartir gustos, horarios y aparato reproductor?

“¿Quieres participar en el regalo de X?” Sí, claro. Qué ilusión.

—Perfecto. Hazme un Bizum de 90 euros.

En ese momento descubres que no estabas participando en un detalle, sino en el aspirador sin cable Dyson V11 Advanced. Tú conoces a la homenajeada del gimnasio y una vez te dejó una goma del pelo, pero ahora ya estás dentro.

Reconozco que yo he utilizado varias de estas frases. Y tú también. La clave está en no convertir nuestras costumbres en certificados de superioridad. Y si no eres muy de dulce, en demostrarlo cuando llegue mi tiramisú. 

Quién soy cuando escribo

Soy de clima templado. Por debajo de 28 grados, funciono. Por encima, saco el abanico y contemplo la hoja en blanco.

No planeo demasiado. Empiezo a escribir sobre una idea y tengo la confianza de que ya encontraré el camino.

¿Orden o caos? Me da igual. Dentro del caos tengo mi propio orden. Desde fuera no se aprecia, claro.

Me gusta escribir sola, aunque rodeada de gente y con ruido de fondo. 

Muchas ideas me vienen mientras estoy corriendo. A veces tengo que parar para anotarlas, lo que perjudica mi ritmo, pero favorece bastante mi carrera literaria.

Y cuando escribo y entro en mi mundo, siempre me pasa lo mismo: el tiempo desaparece. Después levanto la vista y han pasado tres horas, tengo hambre y +1000 palabras nuevas en el documento.

EL HOMBRE QUE ME HIZO ESPERAR DEMASIADO

Hace unos días quedé con con un hombre en mi casa. El hombre llegó una hora tarde. Durante esa hora me indigné, pataleé y estoy segura de que al hombre le pitaron los oídos. Pero en algún momento entre mirar el reloj, asomarme a la ventana y desearle el mal alguna pequeña incomodidad (como una rinitis crónica, no más), empecé a escribir este artículo. ¿Por qué hay gente que no le da valor al tiempo de los demás?

Quedas con alguien a las nueve y aparece a las diez. Te citan a una hora y cuando llevas cuarenta minutos esperando, empiezas a dudar de ti misma: “¿habré mirado mal el calendario?”. Miras el calendario. No, era hoy. Te dicen que te entregarán un paquete por la mañana y terminas organizando tu día en base a una furgoneta que parece estar haciendo el Camino de Santiago.

Y no hablo de retrasarse diez minutos. Ni siquiera hablo de llegar una hora tarde. Porque los imprevistos existen. Atascos, reuniones que se alargan, entregas anteriores que se complican, niños que se manchan y hay que cambiarlos, un chaparrón que te pilla sin paraguas, no encontrar las llaves que tienes en la mano, que el ascensor se pare en todos los pisos… En fin, días que se tuercen.

Pero mi indignación aparece cuando no avisan. Porque una cosa es llamar o mandar un mensaje y decir: “estoy en un atasco, me retraso una hora”. Y otra muy distinta es hacer un apagón informativo y aparecer sesenta minutos después. Como si entre las nueve y las diez, yo no tuviese nada mejor que hacer que mirar por la ventana intentando identificar tu vehículo. Porque eran las nueve y media y seguíamos sin señales del hombre con el que había quedado en mi casa.

Avisar no hará que llegues antes, pero permite que la otra persona decida qué hacer con ese tiempo. Trabajar. Salir a hacer un recado. Ducharse. Tomarse un café con una amiga. Ordenar el cajón de los tuppers. Buscar pisos de dos millones de euros en Idealista. Perder una hora mirando Instagram y terminar apuntándose a un rally por el desierto. Lo que le apetezca, que para eso la hora es suya.

Y con los servicios de mensajería ya es el colmo: “Pasaremos entre las 9 y las 13”. Perfecto. Cuatro horas de mi vida reservadas para la posible aparición de un aparador de madera de mango. Después, dan las 13:15 y nadie ha venido. Ni llamado. Ni escrito. Y el hueco para el aparador, triste vacío.

Creo que se ha normalizado demasiado eso de disponer del tiempo ajeno. Y yo no pido precisión ferroviaria española suiza. Pero pido que si vas a hacerme perder el tiempo, al menos avísame para que pueda perderlo como yo quiera.

A las diez sonó por fin el telefonillo. Para entonces ya había escrito la mitad de este artículo y se me había pasado parte del enfado. Hay gente hombres que te hacen perder el tiempo y hombres que te proporcionan material para una columna. Suelen ser los mismos.

Abrí la puerta, pero no le sonreí. Tampoco le avisé del pequeño escalón que hay al entrar. Una cosa es que se me hubiese pasado el enfado y otra, fomentar esas conductas. Me limité a dejarle pasar y señalarle el hueco donde tenía que colocar mi nuevo aparador de madera de mango.

MI APLICACIÓN DEL TIEMPO SIEMPRE ACIERTA

Artículo original publicado en El Español – Quincemil, el pasado 22/8/2026.

El sábado pasado estaba lloviendo. No había ninguna duda. Caía agua del cielo, suelo mojado, gente por la calle con paraguas. Según todos los métodos de observación disponibles antes del 2000, estaba lloviendo.

Entonces miré mi aplicación del tiempo: sol y nubes huevo frito. Levanté la vista hacia el cielo. Después la bajé al móvil. Cielo. Móvil.

Creo que esperaba confirmar que era el cielo el que se estaba confundiendo. Porque mi aplicación del tiempo no falla. Nunca. Mi aplicación es de total confianza. Y si no digo cuál es, es porque no me pagan quiero que esto se convierta en una guerra, pero la mía es la buena.

Con las aplicaciones del tiempo hemos desarrollado una relación parecida a la que antes se tenía con el médico de cabecera. Puedes pedir una segunda opinión, claro, pero al final siempre confías en la tuya. Porque la mía siempre acierta. Las demás no.

Se me ocurrió escribir sobre la monogamia con las aplicaciones del tiempo ese sábado lluvioso. Cuando alguien propuso un plan al aire libre para el día siguiente “¿Mañana comemos en una terraza?”. En menos de quince segundos aparecieron cuatro móviles encima de la mesa.

Uno decía lluvia. Otro, nubes. Otro, un 30%, pero solo por la mañana. El mío decía huevo frito.

Y ahí empezó la cumbre de expertos en clima nada. Cada uno defendía su fuente como si llevásemos veinte años estudiando anticiclones en la AEMET.

—Pues a mí me da bueno.
—A mí me da lluvia.
—Yo esta mañana he mirado y no me daba nada. —A mí me duele la rodilla.

La rodilla siempre aparece cuando la tecnología no consigue ponerse de acuerdo decidir si comemos en terraza o no. Y lo hace con una autoridad sorprendente. Nadie pregunta qué rodilla te duele, desde cuándo o cuál es su porcentaje de aciertos. La rodilla no necesita certificados ni credenciales. Es la versión contemporánea de la señora de pueblo que lleva toda la vida prediciendo el tiempo sin consultar ninguna aplicación. Puede ser por su rodilla, por una cicatriz o por el vuelo de las golondrinas. Da igual.

—¿Entonces, reservamos fuera?

Miré mi aplicación: huevo frito. Miré a mi amiga: mano en la rodilla y gesto dudoso.

—Reserva dentro, por si acaso.

Al final no llovió y la rodilla no hizo declaraciones. Una rodilla no tiene servicio de quejas o reclamaciones. Supongo que por eso mantiene intacto su prestigio.

Pedimos huevos fritos. Mi aplicación siempre acierta.

Agosto eclipsado.

Agosto se acaba y siempre me gusta hacer balance por escrito de este mes que pone fin al verano. Ha habido días geniales. Muchísimos días geniales. Y me llevo recuerdos imborrables para mi álbum de fotos cerebral. Pero de todos ellos, hay uno irrepetible: el día del eclipse. He tenido días más bonitos, días más felices o divertidos. Pero no ha habido un día tan impresionante como día 12. El eclipse ha eclipsado mi mes de agosto.

Lo vimos desde el mar. Rodeados de otros barcos, niños en padel surf, adultos en canoa y todos con unas gafas como de otro planeta.

A las 19:30 la Luna empezó tapar al Sol. Poco a poco. No olvidemos que ella ya estaba ahí, escondida entre las sombras, manteniendo el misterio como buena conquistadora. Al mirar hacia arriba con las gafas pensé “el Sol parece la Luna”. Un minuto después escuché a un niño decir lo mismo. Después lo dijo una amiga que estaba detrás de mí. Se ve que ese día el universo nos igualó a todos intelectualmente.

Y de repente las gafas se quedaron negras. Nos las quitamos. Se había levantado viento. Todo estaba muy oscuro, pero a la vez inundado por una luz extraña que ahora recuerdo en un tono morado. Miré hacia el sol y vi una bola negra con olas de luz moviéndose alrededor. No sé, es una de las cosas mas impresionantes que he visto con estos ojos marrones (verdes cuando les da el sol o un eclipse). Al principio se escucharon gritos, algún guaaaauu. Después, silencio.

“Estamos en el espacio”, pensé. Bueno, evidentemente estamos en el espacio. No había descubierto nada que pudiese poner nerviosa a la NASA. Lo que quería decir era que durante unos segundos, tuve la sensación de que éramos astronautas en otro planeta viendo algo por primera vez. Y eso fue lo más impresionante; allí había barcos, niños, amigos, una costa que conocíamos de memoria y el mismo Sol de cada día. Pero durante un par de minutos todo parecía nuevo.

Después volvió la luz. Volvió el ruido. Volvimos a hablar. Brindamos con champán en copas de plástico. Y agosto siguió a toda velocidad, como si no hubiese pasado nada.

De este agosto me llevo muchos días que seguro repetiré.

Pero ese no.

Y para acabar, quiero dejar aquí una reflexión que escribí al día siguiente:

“Hay personas a las que un eclipse total les parece un plan prescindible. Incluso menosprecian un poco a los que ayer flipamos. Pero después organizan su agenda alrededor de una reserva para cenar en el nuevo restaurante del que es socio ese futbolista.

Porque una cosa es no ver el eclipse porque trabajas o porque no puedes. Incluso no querer verlo por precaución o porque te da mal rollo. Lo respeto.

Lo que no me cabe en la cabeza es el “me da igual”, “ya veré fotos”. Esa falta de curiosidad por presenciar algo extraordinario que lleva 100 años preparándose.

Será una cuestión de prioridades. Yo ayer buscaba una sombra en vez de una mesa en un restaurante.”