COMO NUNCA.

El día de la presentación de mi libro en Madrid me desperté a las 7:30. Como siempre, más o menos. Le di siete besos a mi novio. Como siempre. Preparé dos cafés. Como casi siempre. Y me fui al gimnasio. Como siempre que estoy en Madrid. 

Después me tomé otro café mientras contestaba mails desde el móvil. Como casi nunca. Yo soy de ordenador. De pestañas abiertas. De escribir con diez dedos y sentir el control. Pero en ese momento, era lo que había.

Luego estuve un rato al sol. Como cuando tengo suerte. Me di una ducha. Como siempre. Una vez al día mínimo. Dos veces cuando tengo tiempo (y suerte). Duchaos siempre.

A la hora de comer fui a casa e hice la comida. Como casi nunca, normalmente como en casa de mi padre a mesa puesta. Qué suerte. 

Intenté dormir una siesta. Como nunca. Y no lo conseguí. Como casi siempre que lo intento. 

Después, abrí el armario para elegir qué ponerme. Antes preparaba la ropa para los momentos importantes con varios días de antelación. Ahora improviso bastante más. Me sigue haciendo ilusión elegir modelito, pero he descubierto que dejarlo para el último momento, es muy emocionante. No sé si es seguridad en mí misma o vaguería. Tampoco me importa demasiado porque por ahora, este sistema funciona.

También elegí un objeto “talismán”. En este caso dos pulseras de mi madre. Todo lo que tengo de ella lo considero objeto talismán. Me gusta y necesito llevarla conmigo en los momentos importantes. Acaricié las pulseras y le pedí protección. Como siempre que tengo miedo.

Y me fui de la mano de Ck. a la cafetería donde iba a celebrarse la post-presentación para cerrar los últimos detalles. Otra vez dejando cosas para el último momento. Allí ya estaba Toni, mi amigo y presentador, acompañado de su padre. Y nos fuimos a la librería donde se haría la magia. 

A veces imaginas durante semanas cómo será un momento y cuando por fin llega, es muy distinto. Había gente a la que esperaba. Y gente a la que no esperaba en absoluto. Eso me emocionó. Y me puso nerviosa. Como siempre.

Nos sentamos. Nos presentamos y empezamos a hablar. Y se me fueron los nervios. Como nunca. Mejor dicho, me sentí como nunca hablando en público. No recuerdo exactamente lo que dije. Pero recuerdo las caras. Las risas. Las preguntas espontáneas. El cariño. La sensación de estar en mi lugar.

Después fuimos a tomar cervezas y pinchos de tortilla. Como siempre. Yo aquella noche estaba tan llena de alegría y gratitud que no pude terminarme la segunda cerveza. Como nunca.

MÁS FIEL AL DÉPOR QUE A TU PAREJA

Artículo publicado el pasado 20/5/2026 en el periódico El Español – Quincemil

¿Qué tiene el futbol que hay gente que le es más fiel a su equipo que a sus parejas?

Tengo amigas a las que sus maridos les han puesto los cuernos que se han separado de sus maridos tras una infidelidad, pero no conozco a ningún coruñés que le haya sido infiel al Depor. Ni siquiera después de ocho años sin sexo en el barro.

Además de la alegría y la emoción colectiva, una cosa que me ha fascinado del ascenso del Depor, ha sido ver a personas aparentemente equilibradas convertirse en seres irracionales.

Estoy hablando de gente adulta y funcional, con hipotecas, con hijos, con grupos de WhatsApp llamados ‘Familia extendida’ o ‘Vecinos’. Gente que fue a Cuatro Caminos a gritar “¡VOLVEMOS!” como si ellos fuesen las rebajas de El Corte Inglés, los pantalones de campana o las olas de calor. 

Yo era uno de esos seres, no me escondo. Porque creo que lo mejor del deportivismo no es el fútbol, es la gente. Supongo que pasará en más equipos, pero yo hablo de lo que me toca.

Está el deportivista que sufre, incluso cuando las cosas van bien. El domingo yo tenía a dos de ellos a mi lado. Uno se llamaba Ramiro. Minuto 78. Ganando por dos goles. Ascenso prácticamente asegurado. Me mira y me dice “no celebres tanto que todavía queda, neniña”. A su lado, Ricardo remató: “Eu, ata que non pite non me fío”.

También están los hombres y mujeres de cuarenta y pico que desempolvaron las camisetas de Fran, Bebeto o Mauro Silva para la ocasión. Prendas que han sobrevivido a más mudanzas que muchas relaciones sentimentales; que estaban guardadas y dobladas con el mismo cuidado que el mantel bueno de Navidad.

No me olvido de los niños. Esos hijos de deportivistas que además de heredar la pasión de sus padres, descubren que su madre puede saltar y que su padre no solo grita por la calle cuando le ponen una multa.

Yo el domingo volví a tener ocho años y me encontré de nuevo en el salón de casa viendo el fútbol penalti fallido de Djukic con mi padre. También tuve diez, once, doce años y me vi en el cole disfrazada de animadora del Dépor. Mientras otras niñas querían ser astronautas, Caperucitas Rojas o indias, yo aspiraba a ser una sufridora.

Recordé situaciones, recordé partidos y recordé personas.

A mi padre bajando el volumen de la tele para escuchar la retransmisión del partido por la radio. A mi madre colocándome con cariño la bufanda del Depor para que no la perdiese. Mi hermano y yo ondeando la bandera por la ventanilla del coche. Los vecinos gritando. Mi camiseta de Djalminha ocho tallas más grande. Mi pediatra, que conocía a Bebeto y me llevó a verlo.

El domingo ascendió el Depor y muchos recuperaron una versión de sí mismos que creían perdida. Porque el Dépor fue una época Y una forma de vivir los domingos. El fútbol Dépor siempre ha sido excusa para juntarse a compartir cervezas; también alegrías. O tristezas, según el momento.

Adultos con la cara pintada de azul y blanco. Gritando. Llorando. Abrazando a desconocidos con una felicidad desproporcionada para ser solo un deporte. Leído desde fuera, puede parecer que el domingo perdimos la cabeza. Y puede que así fuera.

Pero también hay gente que perdona infidelidades espera una cola de dos horas para tomarse un brunch de tostada con aguacate y nadie les cuestiona.

Isla de La Toja. Mi programa electoral.

No quisiera yo morirme sin ser alcaldesa de la isla de La Toja.

Para ir inaugurando balnearios con un pañuelo al cuello.

Casarme en su ermita llena de conchas y cruzar al Gran Hotel sintiéndome una Infanta.

Saludar desde un cochecito de golf como una auténtica jefa de estado (termal).

Declarar obligación municipal el aperitivo del domingo.

Entrar al casino con actitud de heredera gallega: arruinada por dentro, elegantísima por fuera.

Comprar cada verano collares de conchas a las señorinas que allí los venden.

Y gobernar con mano firme contra las Crocs y los tatuajes que parecen el logo de un gimnasio.

Y hasta aquí mis sueños húmedos termales. Es cruzar el puente y sentirme como en casa. Ya no tengo que preguntar dónde están las copas, las galletas o el cuadro de la luz.

GENTE QUE ME SUENA.

Artículo publicado en el periódico El Español – Quincemil el pasado 2/5/2026

Hace unos días me pasó algo:

Iba corriendo, concentrada en sobrevivir al Paseo Marítimo y al calor, cuando vi que de frente, venía un señor que me miraba fijamente. Muy fijamente. De esas miradas que solo pueden significar: “te conozco” o “me debes dinero”.

Empecé a revisar mi agenda mental. Pero nada. No lo ubicaba. Así que hice lo que haría cualquier persona educada en mi situación: saludar. “Será amigo de mis padres o un vecino de hace años”, pensé.

Fue un saludo correcto, educado, sin excesos. De hija bien.

Pero el señor no me devolvió el saludo. Ni media sonrisa. Ni un gesto. Ni nada. Siguió mirándome, eso sí, pero ahora con la misma cara que le había puesto yo unos segundos antes pone la gente cuando piensa: “¿y esta quién es?”.

Tierra trágame. Aceleré el paso la carrera para abandonar rápido esa escena y dejar de ser la chica que saluda a señores desconocidos con entusiasmo. No lo conseguí.

A todos nos ha pasado. Vas por la calle y ves que se acerca una persona que te suena. Te suena lo suficiente como para no ignorarla. Pero no tanto como para ubicarla.

Esa persona podría ser desde la mejor amiga de tu tía Mari Carmen hasta alguien con quien compartiste pupitre en 1993. O peor aun, alguien al que sigues en Instagram y que no tiene ni idea de que existes. Y ahí llega la duda ¿saludar o no saludar? ¿Te lanzas o te escondes? Unos segundos para decidir qué versión de ti sale a escena.

Está la versión valiente. La que se tira a la piscina sin mirar y saluda con entusiasmo, confiando en que en algún momento aparecerá la pista que la salve. A veces funciona. Otras veces te preguntan por tus hijos, a ti, que ni tienes hijos ni planes de tenerlos en esa conversación.

Después está la prudente. La del gesto mínimo. Ligera inclinación de cabeza, media sonrisa y contacto visual de un segundo. Puede ser un saludo o un tic. Nunca arriesga. Nunca gana. Tampoco pierde queda como la loca que saluda a señores desconocidos.

También está la “evitadora». Esa que ante la duda, mira al móvil y empieza a escribir este artículo con la concentración de un opositor.

Dependiendo del momento elegimos una versión u otra. Sin pensarlo mucho porque todo ocurre muy rápido y muy lento a la vez. Como cuando en una película alguien, antes de morir, ve su vida pasar. Pero en tu caso, en vez de recuerdos bonitos, pasa una lista desordenada de posibles identidades.

Es del gimnasio. No, del trabajo ¿No es la chica del marco de fotos que todavía no he cambiado? No, es el chico que conocí de copas en El Antiguo en 2016. Creo que es el camarero del restaurante de debajo de casa, que sin uniforme me descoloca. Ah, no, es un ex de Lucía.

Desde mi incidente en el Paseo Marítimo con el supuesto amigo de mis padres, cuando veo a gente que me suena, sonrío y acelero un poco. Lo primero, por si me conoce. Lo segundo, por si hay deudas pendientes.

COSAS QUE PUEDES PERDER EN UNA MUDANZA

Yo pensaba que una mudanza consistía en meter cosas en cajas, trasladarlas y volver a sacarlas. Qué ingenuidad la mía.

Mudarse es una experiencia muy bonita cuando te la cuentan. Después la haces tú y entiendes que es un proceso de pérdida en el que Houdini se cuela en tu casa y hace su magia. Tú no le has invitado, pero se ve que tiene llaves.

Empiezas por no encontrar los auriculares y piensas ‘Ya aparecerán’. Puedes vivir sin ellos. Pero después desaparecen las tijeras; ahí ya no puedes esperar a que aparezcan porque necesitas abrir cajas. Decides utilizar las uñas y te cargas tu recién estrenada manicura. Ahí te acuerdas de Houdini y de toda su familia.

Pero ojo, porque el asunto se puede poner más interesante. Desaparece tu ejemplar de La Odisea. Ese que nunca leíste ni pensabas hacerlo, pero que le daba un aire intelectual a la librería. Desaparece el jersey que no te gustaba nada de tu marido ¿Tu marido también ha desaparecido? ¿Habrá ido a por tabaco? 

Desaparece el cargador del cepillo eléctrico. Solo el cargador. El mando del garaje. Los antihistamínicos, y estamos en primavera. Tu bolígrafo preferido, que escribe mejor que todos los bolígrafos del mundo. Houdini, tenemos que hablar.

En algún punto empiezan a desaparecer cosas abstractas, como las ganas de vivir. Las pierdes al tercer día o así, cuando te agachas a dejar una caja y tienes que levantarte a cámara lenta, sujetándote los lumbares.

La noción del tiempo también se esfuma; siempre piensas que en un fin de semana estará todo hecho. Un mes después, abres un armario y te encuentras con la mirada de una caja en la que pone ‘Invierno’.

La dignidad tarda en desaparecer entre 5 y 7 días. Depende de la batería que le quede al cepillo de dientes eléctrico.

Y nunca está claro de quién es la culpa. Puede ser tuya. O de tu marido (si sigue localizable). O de los de la mudanza. O puede ser de Houdini, que está debajo de la cama escuchando un podcast con sus auriculares nuevos.