CALMA, ES UN DISCO, NO UNA OPOSICIÓN.
El viernes pasado salió LUX, el nuevo disco de Rosalía. Hoy es martes y ya hay tesis doctorales, expertos, contraexpertos, artículos de 2.386 palabras y gente de mi entorno utilizando términos como “arcos narrativos” o “textura sonora” con la misma naturalidad con la que dicen “pásame la sal”.
Que nadie me crucifique, pero yo aún estoy en la fase de: he escuchado tres canciones y una me ha gustado mucho, otra no lo sé, y la tercera me cogió un poco distraída poniendo una lavadora, así que tengo que volver a escucharla. Estoy poniéndome el disco a ritmo humano. Como se ha hecho siempre.
Pero ¿Qué nos está pasando? Parece que si no opino ahora, me quedo fuera de la rueda cultural que nos lleva ¿a dónde? ¿A Twitter X? ¿A un LinkedIn con metáforas de corazones rotos? ¿A un debate en el pasillo del súper?
Yo no sé si LUX es el disco del año, un cambio de era o si esto nos define como generación. Tampoco sé si ‘Reliquia’ habla del ex de Rosalía, de tu ex que, por cierto, me caía fatal o de la ensaimada que me comí en Formentera este verano.
No tengo ni idea.
Pero después de las opiniones que he leído, me queda claro que mientras escuchas el disco: vas a recordar a todos tus ex en orden cronológico, harás el duelo por rupturas que ni siquiera viviste y te dará por pensar que podrías haber sido mejor persona, si no hubieses faltado a aquélla clase de Catequesis cuando tenías ocho años.
Con este fenómeno me he dado cuenta de que la música ya no se escucha: se disecciona como si fuese un cadáver y después se expone al público con seguridad, como si hubiésemos nacido con una mesa de mezclas en una mano y el violonchelo en la otra.
A veces, está bien no correr. Llegar tarde. Escuchar un poco. Sentir lo justo.
Por eso yo vengo (y me atrevo) a decir que también se puede disfrutar de la música sin convertirla en un examen. No hace falta tener una opinión inmediata.
La mía todavía está dando vueltas en la lavadora.
