“HOUSTON, TENEMOS UN PROBLEMA”

Artículo original publicado en el periódico El Español – Quincemil el pasado 18/4/2026

Hay algo sospechoso en el hecho de que seamos capaces de enviar a gente a la Luna, pero yo siga necesitando una moneda de un euro para desbloquear un carrito del supermercado.

No puedo liberarlo a través de la app del súper. Ni con reconocimiento facial. Ni con el iPhone. ¡Necesito una moneda! Me recuerda a las cabinas de teléfono de los años 90. Es como si alguien, desde algún despacho situado en la cima del mundo hubiese dicho: “Vale, vamos a mandar humanos al espacio, pero si quieren yogures, que sigan dependiendo de una moneda”.

Civilización avanzada, sí.

Pero con matices.

A mí, todo lo del universo de ahí arriba me fascina. Los atardeceres rosas, las auroras boreales. Y esas imágenes recientes de la Tierra flotando en un negro absoluto; las miro y pienso: qué barbaridad. Qué precisión. Qué inteligencia.

Pero después voy a hacer la compra.

Me inquieta la capacidad que tenemos los humanos de hacer cosas extraordinarias, calcular trayectorias a millones de kilómetros, sobrevivir al vacío. Pero seguimos sin conseguir que una impresora funcione a la primera. Ni a la segunda. Ni a la tercera. Hasta que alguien nos dice: “apágala, cuenta hasta 10 y enciéndela”. Lo mismo que hacemos cuando el Wi-Fi se pone tonto.

Son cosas que no me encajan. Hemos puesto satélites en órbita. Pero seguimos sin saber doblar bien una sábana bajera. Hemos perfeccionado el arte de aterrizar en la Luna. Pero no hemos conseguido que el film transparente corte bien a la primera. Por no hablar de poner la funda nórdica sin hacer una coreografía de TikTok.

Siento que desde ese despacho situado en la cima del mundo, nos quieren recordar que por muy lejos que lleguemos, tú seguirás guardando bolsas dentro de bolsas dentro de otras bolsas. Y yo me quedaré mirando al microondas o a la lavadora dar vueltas, a ver si así se acelera el tiempo.

Admiro la ingeniería, la coordinación milimétrica que hace posible algo tan difícil como salir de este planeta, dar una vuelta por ahí arriba y volver. Pero después voy a Gadis y ahí no hay tecnología que me ayude. Ni cálculos matemáticos que me salven. Ni Artemis. Ni Apolo. Ni nada. Solo estoy yo frente a un carrito. Y una lista de la compra interminable.

Me gustaría ver a un astronauta en mi lugar. Evaluando la situación. Buscando una moneda en el bolso como si estuviese excavando en Atapuerca un cráter lunar. Para terminar mirando al carrito, derrotado y diciendo:

“Houston, tenemos un problema”.

ABRIL NO PIDE PERMISO

Artículo original publicado en El Español – Quincemil el pasado 4/4/2026

Abril es esa amiga caótica, que siempre llega tarde, siempre te cambia el plan y aun así, siempre quieres que venga porque sabes que con ella no te vas a aburrir.

Promete sol y te da lluvia. Te viste de primavera y te hace volver a casa a por una chaqueta que ya no pensabas ponerte hasta octubre. Abril no pide permiso. Entra, se sienta y como quien no quiere la cosa, descoloca tus rutinas. Tampoco mucho. Lo justo para que te des cuenta de que te estabas acomodando.

Pero abril también es ese amigo detallista que te llama y te dice: “¿te apetece una cervecita?”. Y de repente estás sentada al sol y ya no te acuerdas de la cueva en la que has estado hibernando tantos meses. Abres la ventana y el aire ya no te pone la piel de gallina, como cuando pasas por el pasillo de yogures del supermercado. Si eres atrevido, incluso te regala el primer baño del año.

En abril pasan cosas pequeñas, pero importantes. Esas que no hacen ruido, pero se notan. Los días se estiran como si alguien estuviese tirando de ellos desde algún lado. Las terrazas empiezan a llenarse. La gente mira hacia arriba para confirmar que el cielo es azul. ¡No era un rumor!

Es el mes en el que la naturaleza decide quitarse el pijama y vestirse de colores. Primavera recién estrenada. Florecen las margaritas. Me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere. Yo siempre he tenido mucha fe en las margaritas. En el amor, no tanta. Brotan las flores, también las alergias. Flores sí, pero con condiciones.

Abril no te exige. Bastante tienes con sobrevivir a los estornudos. Quizás por eso no te pide que te apuntes al gimnasio (ya vas tarde) ni que ahorres. Simplemente se insinúa. Insiste un poco, dejándote la puerta abierta por si te apetece salir.

Como buen caótico, abril es muy contradictorio. Es capaz de regalarte una tarde de playa y al día siguiente recordarte que el refrán: ‘en abril aguas mil’, existe por algo. Aun así, en este mes montamos ferias y salimos a las calles a bailar, aunque el cielo no tenga muy claro de qué humor está. Por eso te voy a dar un consejo: no guardes la ropa de invierno todavía.

Y el 23 es el Día del Libro. A mí este año me toca vivirlo desde dentro, cambiar de lado en la firma. ¡Qué ilusión me hace! En Cataluña, alguien tuvo la idea de que este día se mezclasen libros y rosas y la jugada salió redonda. Quiq-pro-quo. Mezclar cultura y excusas para regalar siempre está bien. Es como mezclar vino con queso. O melón con jamón, aunque aquí tengo mis reservas (sospecho que esta combinación se sostiene más por la rima que por el sabor). Pero bueno, ese melón ya lo abriremos en junio, por ejemplo.

Abril me cae bastante bien. Es inestable, imprevisible y un poco caprichoso. No es perfecto. Tiene sus cosas, como todos. Pero tampoco presume de lo contrario. Llega, desordena un poco y así, sin molestar demasiado, cambia el ambiente.

Después de un enero y un febrero empeñados en vivir en gris, y un marzo que ha pasado volando, uno ya no quiere ponerse exigente. Así que yo a abril se lo compro todo.