Me lo he cargado. Hace poco más de una semana, Ómicron se instaló en mi cuerpo, que es como un hotel de 5* Gran Lujo.
Los primeros días, pululeaba por este gran hotel en modo incógnito, se iba a dar masajes al spa, cenaba angulas con huevos fritos y dormía entre sábanas de algodón egipcio. También llamaba sin parar al servicio de habitaciones para que le trajesen la carta de almohadas, más champú, más gel, sales de baño, la prensa del día… todo ello a mi costa, claro. El servicio de habitaciones de mi cuerpo, no daba abasto con las atenciones que demandaba el huésped incógnito y los demás huéspedes empezaron a sentirse desatendidos y a quejarse. En cuanto confirmé (➕) que ese incógnito que se había alojado en MI HOTEL era el bicho, empecé a tratarlo mal; le puse sustancias venenosas en sus angulas, le cambié las sábanas egipcias por áspero yute, etc. Lo traté tan mal que parece que se ha largado 💊💉🌡🧪➖
Y no creo que tenga ganas de volver. Mi cuerpo es un templo y se reserva el derecho de admisión. Bye! 🦠🤛🏻
Probablemente, al leer el título del post pensaríais que he decidido abrirme en canal y contaros mis secretos más oscuros… Pues siento decepcionaros. Habéis sido manipulados y ¡habéis caído en la técnica del clickbait! Bueno, esto no es del todo cierto; seguid leyendo y lo entenderéis.
Quiero que hablemos de esa parte de Instagram que solo el propio dueño de la cuenta conoce —y que le delata—, del Instagram oculto. Del Personal Deep Instagram.
Que levante la mano quien se quede embobado mirando un vídeo de una mano inocente cortando lentamente un pastel de cuyo interior fluye un magma de dulce de leche. O quien vea una foto de una chica muy estilosa y amplíe dicha foto para analizar cada prenda e intentar copiar inspirarse en su look.
La lupa de Instagram es muy traicionera. Yo ya sigo a mas cuentas de restaurantes que días tiene el año (no tengo la culpa de que cada día abran uno nuevo, ¿vale?). Leiva, Ivan Ferreiro, Xoel López… ¡Estos artistas me gustan desde antes de que existiese esta red social! La posibilidad de no enviarles mi corazón cada vez que cuelgan algo, no es barajada por mi cerebro. Y ¿cómo no voy a querer aprender la auténtica receta de los mac & Cheese que se toma Macaulay Culkin en Solo en Casa? Ver cómo se funde la mantequilla con los diferentes quesos, formando una salsa que después envuelve a los macarrones, es mi técnica de relajación favorita (para la dieta post excesos navideños, esa técnica no va tan bien, aviso).
Mientras espero a que el semáforo de Serrano con Don Ramón de La Cruz se ponga verde, abro la aplicación del demonio y guardo un meme que me ha hecho reír. También le regalo un corazón a una foto de Kate Moss fumando dentro de una bañera, porque con Kate, me pasa como con los artistas arriba mencionados, es de mala educación no darles un like. La siguiente publicación que me aparece es un textito largo de @malaherba (cuenta gestionada por Manuel Jabois y su novia, Gabriela); la guardo para leerla más tarde, que el semáforo ya se ha puesto verde y tampoco es plan de chocar con el mobiliario urbano.
Si alguien abriese la carpeta de ‘Guardados’ de mi Instagram, descubriría cosas de mí, como que tengo un humor mega inteligente:
También pensaría (acertadamente) que tengo una ligera obsesión con esta señora:
Y si no me conociese físicamente, me imaginaría como una especie de morsa adicta al azúcar.
Alejandro Sanz dice que cuando nadie le ve puede ser o no ser, pone el mundo al revés y que, entre otras cosas, a veces se eleva y da mil volteretas. Según mi lupa, yo soy más simple: cuando nadie me ve me quedo embobada mirando vídeos del proceso elaboración de los postres más calóricos del mercado, miro con envidia a chicas muy guapas y muy delgadas y también leo cosas; desde textos profundos, hasta memes —dicen las estadísticas que sobre todo memes, no voy a dármelas de culta a estas alturas—. Sin embargo, en mi lupa no se ve ni rastro de los tan famosos y venerados vídeos de gatitos, ni de señoras enseñando a maquillarse los ojos simétricamente, ni de adorables bebés sonriendo (el único bebé que a veces se deja ver es Baby Yoda).
Se aproximan fechas de buenas intenciones y propósitos; uno de ellos suele ser el de dejar de fumar, ir al gimnasiodesterrar a los desgraciados mareadores comunes que siempre están rondando y que ni comen, ni dejan comer. El perro del Hortelano de toda la vida. Para ayudaros, he diseñado esta plantilla para que la adaptéis a vuestro caso concreto y se la enviéis al mareador —o mareadora, que el mareamiento no entiende de género— de turno, en nombre de vuestra abogada de cabecera (abogada ficticia, a mí no me metáis en vuestras cosas que bastante tengo con lo mío). Os recomiendo enviarla por burofax con acuse de recibo, para aseguraros de que el destinatario la recibe antes de que acabe el año.
A ver si así podéis empezar 2022 teniendo la fiesta en paz:
«Por la presente, paso a participarle que su ex-novia/ligue/amante/nada (subraye el término que Vd. considere), Don/Doña _____________ (de aqui en adelante ‘mi cliente’), ha visitado este Despacho dándome cuenta de la actitud provocadora que Vd. viene motivando desde el pasado mes de/año/siglo _________ a través de RRSS, mensajería instantánea y llamadas telefónicas hacia mi cliente.
Como tengo por costumbre en estos casos y en evitación de molestias mayores y de gastos por nadie deseables, quiero apelar a su buen criterio, invitándole a que se persone en este Despacho antes de que termine el presente año (fines de semana y festivos permaneceremos cerrados), a fin de que, bajo mi supervisión, proceda a bloquear y a eliminar de su dispositivo móvil toda información que a Vd. le permita contactar con mi cliente (número de teléfono, email, dirección, etc), en el entendimiento de que si no se personare, entendería desechada por Vd. toda intención de solución amistosa de este asunto, por lo que, siguiendo instrucciones de mi cliente, ejercería de inmediato las acciones legales pertinentes ante los Tribunales de Justicia, lo que sinceramente confío evitar con la presente.
Asimismo, mi cliente ha procedido a la suspensión de todos los actos previstos en las próximas fechas a los que Vd. también tenía previsto acudir, los cuáles cito tal y como vienen en su calendario de Google: «Miércoles 22: cervezas prenavideñas»; «Viernes 24: aperitivo Nochebuena»; «Lunes 27: cumple Marisol»; «Viernes 31: uvas». Todo ello, a fin de evitar males mayores causados por las exaltaciones que el exceso de alcohol puede provocar y que, según mi cliente, «nunca llevan a buen puerto».
Para finalizar, quiero recalcarle que si Vd. hace caso omiso de este burofax y persiste en sus provocaciones dirigidas hacia mi cliente (ya sea por mensajería, señales de humo, paloma mensajera o cualquier otra vía de comunicación), estará actuando fuera del marco de la legalidad y será castigado acorde al delito cometido.
Muchas veces me voy a escribir a una cafetería. Tengo cuatro o cinco en el radar, pero no soy fiel a ninguna en concreto; me gusta cambiar de escenario. La gente me pregunta si no me distraigo con tanto barullo, pero me he dado cuenta de que me cuesta mucho más pensar en silencio, encerrada entre las cuatro paredes de mi casa. Me concentro mejor viendo y oyendo a la gente de fondo. Esos estímulos externos me abstraen y hacen que me evada y me olvide de cualquier mundo que no sea el de mi cerebro rubio. En mi casa, el estímulo externo que tengo es demasiado fuerte: la tableta de chocolate, que no sabéis los gritos que pega esa desgraciada desde la despensa. Así que yo me voy de ahí.
Sin embargo, la semana pasada, mientras estaba en una cafetería tomándome un capucchino con leche de avena y escribiendo un artículo sobre la familia de Hitler (otro día entramos en detalles sobre esto), hubo un estímulo externo tan fuerte que dejó a la tableta de chocolate a la altura del betún. Distracción máxima. El estímulo provenía de dos señoras de unos 75 años que se sentaron en la mesa de al lado:
—Dice el Notario que me separe de Fernando—manifestó sin más preámbulos la señora que se iba a sentar mirando hacia mí, mientras apoyaba sobre el respaldo de la silla su abrigo de visón.
No lo pude evitar, desconecté mis auriculares y fingí seguir concentrada en mi cuaderno de tapa dura y hojas rayadas: «Otro capucchino con leche de avena, por favor», le dije al camarero cuando se acercó a tomar nota a las señoras.
Pronto descubrí que la señora que había hecho tal declaración, se llamaba Adela. Adela tenía el pelo gris, con la largura adecuada para taparle las orejas, pero precisa como para dejar que se asomasen unos pendientes de esmeraldas que, supuse, le habría regalado el tal Fernando en alguna ocasión especial, cuando corrían tiempos mejores para el amor.
—No le aguanto más,—continuó Adela—se ha convertido en un cascarrabias. Me da pena que después de tantos años juntos, vayamos a pasar los últimos años de nuestra vida así, sin hablarnos, pero yo ya no sé qué hacer.
Su amiga asentía y de vez en cuando murmuraba un par de monosílabos: “Ya, ya”, “sí, sí”. Su función era dejar que Adela se desahogase.
—No sabes lo duro que es vivir con una persona así—continuó Adela mientras devolvía con fuerza su taza al platito, salpicando su lado de la mesa de gotas de café—. En el Camino de Santiago estuvo insoportable. Además ¡camina lentísimo! Yo hacía cuatro kilómetros en una hora y él no llegaba a caminar tres. Y otra cosa te voy a decir: fue un auténtico impertinente con Mariví y Leandro.
—¿Qué me dices? ¿Por qué?—le animó su amiga a continuar.
—Pues porque a ellos no les gusta el pulpo y Fernando, venga a ponerles pulpo en cada comida, ¡Le daba igual! Hasta que le dije: «son mis invitados y vas a comportarte”—Adela dio otro sorbo a su café y volvió a depositar la taza sobre el platito, esta vez con cuidado—. Yo pensaba que caminar nos iba a reconciliar, que él iba a cambiar ¡Hasta el Padre Luis intentó hablar con él! Pero no hay manera.
—Yo hace tiempo que no te veo bien, Adela y ¿por qué no te separas? Nunca es tarde— se atrevió por fin a decir su amiga.
—Eso me ha dicho el Notario.
En ese momento recibí una llamada fatalmente inoportuna, pero insilenciable. Cuando diez minutos después, colgué, Adela y su amiga se estaban poniendo sus abrigos de pieles (ahí había poderío) y se reían mientras se levantaban. No sé si Adela se fue con una decisión tomada o no, pero seguro que se sentía más aliviada tras haberle confesado a su amiga su problema con Fernando.
Me llamó la atención ver a dos señoras de esa edad mantener una conversación de esas características; muy parecida a las que yo he tenido ayer con 15, 20 y 35 años. Parece que el silencio es señal de madurez, clase y elegancia; símbolo del ‘saber estar’, pero pese a que se diga que los trapos sucios se lavan en casa y que airearlos no esté bien considerado, probablemente para Adela, su amiga era lo más parecido a ‘casa’ que tenía en ese momento.
Cerré mi cuaderno rayado de tapas duras con el artículo de la familia Hitler a medio terminar: «¿tarde poco productiva? Puede ser, pero me he dado cuenta de que tengo varias ‘casas’ y además, sé que también se me considera la ‘casa’ de algunas… ¡Soy una afortunada en esto de los inmuebles!». Me levanté y me fui.
Vergo no es un cactus. Vergo es un tojo tropical. Y eso lo decidí yo porque en esta casa el algoritmo que manda y dispone sobre los nombres de las cosas, es la que aquí habita y esa soy yo. Así que al ver que la planta me la mandaban desde Galicia, decidí que sería un tojo tropical. El tojo es el típico arbusto gallego que también tiene pinchos. Su nombre, Vergo, también lo decidí yo y no hace falta que os explique el motivo. Observad su figura y sacad vuestras propias conclusiones.
Como no podía ser de otra manera, mientras desenvolvía a Vergo con ansia viva, me pinché. Desde luego, el señor que empaquetó a Vergo y no puso una advertencia por fuera en plan: ¡OJO QUE PINCHO!, es como el vicario de Satanás en la tierra ¡A traición! En el momento del pinchanzo me convertí en la Bella Durmiente y me quedé dormida, pero en vez de venir a despertarme un príncipe con un beso, me despertó el mensajero con unas flores que venían en un jarrón con forma de gato. No me gustan los gatos, pero el jarrón es lo más y ya gobierna mi salón. Otro día os lo enseño, que hoy he venido a presentaros a Vergo y no quiero robarle el protagonismo.
¡Larga vida a Vergo!
Me está costando el lunes, mi cabeza hoy va a ralentí y creo que por eso me ha salido este texto disparatado.