Apuntes de las últimas semanas (Sept.’25)

Estoy leyendo ‘Éramos unos niños’. Un homenaje que Patti Smith escribió a Robert Mapplethorpe y a esos años de descubrimiento, precariedad y arte. Un libro lleno de confesiones y reflexiones intensas.

Un señor con un copa de ¿anís? en Malasaña: “El futuro nunca llega, pero el camarero siempre tarda”.

El otro día fui al súper y cuando iba a pagar, me di cuenta de que había compuesto —sin pretenderlo— un bodegón gourmet: chocolate con sal, kombucha y cerveza. Mi autorretrato más fiel hasta la fecha.

Una señora en el gimnasio: “esta báscula está mal calibrada”.

Y de repente, otoño: la estación en la que cambiamos las terrazas por mantas y el tinto de verano por frenadol.

Mis últimas búsquedas en Google: Air Europa teléfono, capibara qué es, Adidas Ultraboost opiniones, Velvet Underground, Lou Reed, diferencia entre bronceado y quemadura solar.

Leer no te hace mejor persona, pero te afila el cerebro.

María Pombo ha dicho lo que muchos piensan en silencio: “no sois mejores porque os guste leer. Hay que superarlo”. Inmediatamente, esos que llevan una novela bajo el brazo como si fuese un trofeo de superioridad cultural, escupieron en RRSS toda su indignación.

La frase tiene trampa. Abrir un libro no te convierte en un ser superior, del mismo modo que hacer deporte no te convierte en Gisele Bündchen ni beber whisky a palo seco te da la voz de Mick Jagger. Leer tampoco te vacuna contra el mal humor mañanero ni te salva de una resaca. Todos conocemos gente que presume de clásicos en su mesilla y aun así, es insoportable en una cena.

Pero tampoco hay que caer en la trampa contraria. Leer no te hace mejor persona, pero sí te da cierta ventaja competitiva. A mí me ha dado armas: palabras para explicar lo que pienso, recursos para comunicarme, más mundo dentro de mi cabeza. Y cuando esa munición falta, se nota: no es lo mismo discutir contra un diccionario que contra dos emoticonos.

Y esto no significa que haya que leer por obligación para ser más ‘culto’; esa es la manera más rápida de odiar los libros. La clave está en encontrar tu propio placer lector (novela negra, biografías, ciencia ficción, relatos cortos) y engancharte de tal manera que no quieras que el libro se acabe. Forzarse con algo que no engancha es peor que volver por aburrimiento con un ex. La lectura no es un castigo, es como un mercado, y hay demasiada fruta buena como para insistir con una pocha.

María Pombo tiene razón, no somos mejores por leer. Pero un cerebro alimentado con libros, se nutre de fruta fresca; uno alimentado con stories, sobrevive como puede a base de chuches.

Así que no hace falta superarlo, como dice la influencer. Hace falta asumirlo: leer no te hace mejor persona, pero te da más balas. Y en un mundo donde muchas veces se discute a golpe de memes, saber disparar bien las palabras, ayuda.

EN DEFENSA DE LA RUTINA.

Sin rutina, acabaríamos tan perdidos como Sergio Ramos fuera de un estadio de fútbol.

Artículo original publicado en el periódico El Español (Quincemil) el 6/9/2025.

La rutina fue inventada por el mismo genio maléfico que inventó los domingos por la tarde y aconsejó a Sergio Ramos que sacase un single. Alguien que, en apariencia, no quería que fuésemos felices. Aunque con el paso de los años, me he dado cuenta de que en el caso de la rutina, ese genio sabía lo que hacía.

Porque sin rutina, la vida sería un caos. Y acabaríamos desayunando a las cuatro de la tarde una pizza de hace tres días porque nadie nos obligaría a distinguir entre comidas, horas o estaciones.

Por eso, aun con toda su mala fama, la rutina es como ese jarabe horrible que ingieres tapándote la nariz: lo odias, pero te lo tomas porque sabes que al final te funciona. Es un salvavidas con forma de calendario que te avisa de que hoy es miércoles, que tienes reunión a las diez y que por mucho que la ignores, la lavadora no se pone sola. Es la voz seria que te recuerda que solo te quedan dos yogures (a punto de caducar) y que la nevera vacía no entiende de estaciones ni de crisis existenciales.

La rutina te da una excusa para obliga a despegarte las sábanas, a ducharte y a peinarte antes de que el repartidor de Amazon vuelva a encontrarte en pijama. Es quien te pone la alarma y te organiza el día. Y no es que sea emocionante, pero es fiable. Y con la edad, uno aprende que la fiabilidad tiene su atractivo. No lo parece, pero recordar que ya pagaste el seguro del coche porque lo tenías anotado en la agenda, es uno de esos placeres adultos que rivalizan con encontrarse cincuenta euros en un abrigo viejo. 

Ahí está el gran plot twist de la vida adulta: un día eres joven y al día siguiente piensas con entusiasmo: “¡qué ganas tenía de volver a la rutina para dormir en mi cama!”.

Hay quien ve la rutina como un manto gris; yo prefiero verla como un fondo neutro, un lienzo discreto que hace que lo extraordinario destaque sobre él. Porque si todos los días fueran vacaciones, las vacaciones dejarían de ser vacaciones; y si todos los días desayunáramos pizza despeinados, acabaríamos soñando con comernos una ensalada en la peluquería (y esto sí que sería preocupante).

Y ojo, que nadie se alarme, que el verano aún no ha entregado las llaves y aunque la mayoría ya ‘hayamos vuelto’, todavía quedan días para sentarnos en una terraza y tomarnos unas cervezas sin remordimientos.

Pero a mí, cuando llega septiembre, me gusta dejarme llevar por la rutina, igual que hago con el GPS del coche cuando viajo: sé que no siempre me va a llevar por la ruta más bonita, pero evitará que me pierda. Porque aunque las carreteras secundarias tengan su encanto, muchas veces, a estas alturas del año, lo que nos apetece necesitamos es llegar rápido a casa, guardar la compra en la nevera y tumbarnos en nuestro sofá. 

Al final, aquel genio maléfico no era tan villano: él sabía que sin rutina, acabaríamos tan perdidos como Sergio Ramos fuera de un estadio de fútbol.

LA MEJOR CROQUETA DEL VERANO

Artículo original publicado en el periódico El Español – Quincemil el 23/8/2025.

Estos días se habla mucho de las carabelas que han invadido nuestras playas. Y no me refiero a aquellas naves gloriosas que intentaron conquistar La Coruña y que María Pita frenó a golpe de grito y lanza, sino a las carabelas portuguesas: unos bichos urticantes que parecen joyas flotantes, pero que te conquistan con un roce y han obligado a izar banderas amarillas en Riazor, Orzán, Sabón, Sada. Los socorristas están en alerta máxima, porque incluso muertas siguen picando. Como esos ex novios que nunca dejan de mandar fuegos por Instagram.

Mucho se habla de las carabelas, sí. Y poco (muy poco) se habla de lo complicado que resulta salir con dignidad del agua en algunas playas. Lo cual, en mi ranking de tragedias playeras, está incluso por encima de una picadura de medusa. 

Por ejemplo, en nuestra querida playa de Riazor deberían colgar un cartel al lado de la bandera: “Zona de salida hostil. Alta probabilidad de humillación pública. Esta playa no se responsabiliza de su imagen”. 

Porque no es lo mismo salir del agua en una cala tranquila, de esas de arena fina con algún cangrejo mono por la orilla, que hacerlo en una playa llena de piedrecitas y escalón traicionero en la orilla. Cada playa tiene sus batallas.

Porque tú estás tranquilamente flotando, disfrutando de tu momento de spa gratis y cuando te aburres, decides que ya es hora de salir. Entonces empieza el espectáculo. Las olas, que hasta hace un segundo te mecían con delicadeza, se ponen en modo centrifugadora. Te empujan: para dentro, para fuera. Te revuelcan, te giran, te dan la vuelta como si fueras una croqueta a medio hacer. Para dentro, para fuera. Y tú, que ya habías calculado la maniobra de salida, pierdes el equilibrio justo cuando llegabas a la orilla. 

Y ahí te quedas: de cuclillas con medio cuerpo dentro del agua, medio cuerpo fuera. Estás en tierra de nadie: ahora ni para dentro, ni para fuera. Eres la viva imagen de la derrota.

En el siguiente intento no te atreves a mirar hacia la playa. Sabes que hay gente observando. No puedes confirmarlo visualmente, pero lo sientes. Están ahí esperando el gran revolcón final y mirarles sería como romper la cuarta pared. 

Aunque la realidad es que probablemente nadie te esté haciendo mucho caso. Es decir, tú sientes que hay cincuenta pares de ojos clavados en ti, como si fueras el tráiler de la última película de Tom Cruise, pero la verdad es que la gente está a lo suyo: comiendo bocatas de tortilla, discutiendo por la sombrilla, o intentando evitar que su hijo se coma un puñado de piedras arena. Y en el remoto caso de que alguien te esté mirando, tampoco estás protagonizando una obra maestra. Esta película ya la han visto mil veces. Se llama “Rubia espectacular Persona intentando salir del mar con dignidad” y hay pases continuos todo el día a lo largo de toda la costa. Solo cambia el reparto y el escenario.

Y tú, heroína María Pita de las mareas, no vas a rendirte. Así que aprovechas el descenso de una ola, clavas el pie como puedes (probablemente en una piedra con forma de cuchillo), y dejas que el empujón de la siguiente ola te lleve hacia la libertad. Lo consigues. Y sales arrastrando contigo media flora marina que se ha enganchado en tu pelo. Pero no importa. Estás fuera. Eres libre una croqueta.

Una croqueta humana. Compacta por fuera, descompuesta por dentro. Rebozada en arena. Intentas recuperar la dignidad sacudiendo los brazos y quitándote las algas con gesto elegante, como si fueses Audrey Hepburn limpiándose una miguita de pan.

Caminas hacia tu toalla tiesa como una vela. Cabeza alta. Mirada al frente. Como si al caminar no sonases a esponja mojada. Y de repente te das cuenta de que aun no has ganado. El verdadero reto llega cuando pisas la arena seca, esa que lleva calentándose al sol desde las 10 a.m. y que ha alcanzado la temperatura de la lava volcánica.

Ahora la travesía se ha convertido en una prueba de obstáculos. Saltas. Corres. Tus pies gritan. Tu cuerpo reacciona. Tus vergüenzas rebotan con entusiasmo olímpico. Y tú ya no sabes si estás huyendo del calor o de ti misma. Hasta que por fin llegas a tu toalla y te lanzas en plancha como si fuera una trinchera en mitrad de la guerra. Has sobrevivido. 

El público se levanta y te da un sonoro aplauso que dura cinco minutos. Te lo has ganado. El aplauso del honor, el de la resistencia y el de Mejor Croqueta del Verano. Carabelas aparte.

Apuntes de las últimas semanas:

Una señora en el súper, de palique con la pescadera: “Las vacaciones se acaban el día que vuelves a poner lavadoras”.

Un padre poeta en la playa explicándole a un hijo: “Las olas son como perros, a veces juegan y a veces muerden”.

Un señor en un bar: “El silencio ya solo existe en los aeropuertos de madrugada”.

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