ETIQUETO-FOBIA

He descubierto una nueva enfermedad y la he llamado etiqueto-fobia. Hace cinco años, una etiqueta era ese trozo de cartón que se te olvidaba cortar de la espalda de tu nueva chaqueta verde caqui que lucías orgullosa por la calle, mientras desconocías tamaño descuido. Las etiquetas también eran la Biblia el librillo que viene por dentro de toda camiseta del impero Inditex que se precie (cuántas selvas se salvarían si estas etiquetas se redujesen a una sola en la que simplemente pusiese: “Lavar en seco”, “No Planchar”, “No meter en la secadora”, “No prenderle fuego”, “No lavar”, “No robar”, “No matar”, “Santificar las fiestas”, “Honrarás a tu padre y a tu madre”).

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CONVERSACIONES DE ASCENSOR.

El otro día, estaba tomando unos Cosmopolitans con mis amigas Carrie y Samanta en casa de Miranda cuando la vecina de al lado (una ex-monja, con pelo gris y corto, de unos 70 años) nos ‘petó’ la pared como una loca para que nos callásemos. Digo ‘petó’, porque no hay mejor palabra para definir esos golpes en la no-muy-robusta pared de la bonita casita de mi querida Miranda. En ese preciso instante dejamos de hablar sobre si las acciones de Telefónica caerían y empezamos a debatir sobre cuál ha sido la mejor canción del verano de todos los tiempos. Cuando ya estaba casi decidido que the best summer song EVER era la de “Follow the leader“, la ex monja con pelo gris y corto, de unos 70 años volvió a ‘petar’ a la pared. Y ahí fue cuando nos pusimos serias y empezamos a hablar susurrar sobre ese tema: LOS VECINOS.

Vecinos

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