No quisiera yo morirme sin ser alcaldesa de la isla de La Toja.

Para ir inaugurando balnearios con un pañuelo al cuello.
Casarme en su ermita llena de conchas y cruzar al Gran Hotel sintiéndome una Infanta.

Saludar desde un cochecito de golf como una auténtica jefa de estado (termal).
Declarar obligación municipal el aperitivo del domingo.

Entrar al casino con actitud de heredera gallega: arruinada por dentro, elegantísima por fuera.
Comprar cada verano collares de conchas a las señorinas que allí los venden.

Y gobernar con mano firme contra las Crocs y los tatuajes que parecen el logo de un gimnasio.
Y hasta aquí mis sueños húmedos termales. Es cruzar el puente y sentirme como en casa. Ya no tengo que preguntar dónde están las copas, las galletas o el cuadro de la luz.
