Queridos 38, pasad, pasad.

La semana que viene (concretamente el domingo 19) es mi cumple y haciendo balance de mis 37 solo puedo dar las gracias. Ha sido uno de los años más especiales e importantes de mi vida, en concreto porque he cumplido un sueño: ¡PUBLICAR UN LIBRO! Pero también he aprendido, tanto de la vida en general como de asuntos culturales en particular (os recuerdo que me he sacado un título de cultura cervecera, entre otras cosas exageradamente extrañas), me he divertido como si en vez de 37 tuviese 7, he viajado a sitios nuevos, he vuelto a lugares en los que siempre soy feliz, he descansado y disfrutado de ello cuando el cuerpo me ha dicho ¡STOP! Básicamente, he hecho lo que me ha dado la gana y gracias a todo esto, siento que he crecido (no de estatura, eso es por los tacones que me pongo los fines de semana).

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Pero vayamos al grano y dejémonos de cursiladas; como cada año, os cuento por aquí algunas pijaditas que podéis envolver con un lacito y entregarme el día de mi cumple. Seguid leyendo y acertaréis seguro:

¿Que si me gusta conducir? Pues depende, pero me muevo más que el Falcon de Pedro y aunque tengo un coche estupendo, no me vendría mal esta joya para hacer excursiones.

Mercedes-AMG G 63 blindado por Inkas

(Agradecería que el regalo incluyese una plaza de garaje, que este coche no cabe en la mía).

Por otro lado, este reloj me vendría muy bien para no llegar tarde a mis citas con señores. Os lo pedí en 2016 y no me hicisteis caso, pero en vez de quejarme, decidí dejaros tiempo para ahorrar, pandemia de por medio, así que a menos que seáis unos tiesos, ya no tenéis excusa.

Por otro lado, todos sabemos que vivimos en una sociedad obsesionada con la estética, eso es cierto, pero creo que la belleza también es un estado de ánimo. Yo cuando me veo guapa, estoy más contenta, llamadme superficial. Me encantan los tratamientos de los que salgo con la piel tersa, brillante y relajada como un filtro de Instagram. Tratamientos en los que me dan masajes, me hidratan, desconecto y me ponen buenísima cara. Básicamente, quiero un tiempo de silencio y desconexión de esta vida disparada y que además, me deje cara de salud.

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La mona, aunque se vista de seda, mona se queda y ¿cómo es este mono, del diseñador nórdico Kay Bojesen, que aunque no es de seda, es de madera y me encanta? Lo hay en varios tamaños y en este caso a mí el tamaño me importa. Quiero el grande ande o no ande (¡imagínate que anda y monto mi propia peli de Toy Story!). Su precio llega a las cuatro cifras, pero los otros monitos no molan tanto y si los quisiese, ya me los compraría yo.

Más cosas, como una ha de vestirse siempre por los pies, también quiero estos náuticos de Miu Miu, (los de la izquierda ¿vale? Me ha costado muchísimo encontrar una foto en la que se viesen de cerca). No acepto copias, que ya os veo mezclando el regalo del mono con este y regalándome unos náuticos de Gorila, como los que llevaba al cole. ESO NO VALE.

miu-miu-scarpe

Y aquí voy a confesar mi deseo más friki: quiero ir de invitada a Pasapalabra. Es decir, ni de público, ni de la gente lista que hace el rosco, yo quiero ir de celebritie. No me escondo.

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Y como una imagen vale más que mil palabras, quiero un viaje a Japón en marzo, que es cuando están los cerezos en flor y todo eso lo que veis.

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Aunque en realidad, lo que más ilusión me haría es que os compraseis mi libro, ya sea para leéroslo, para regalarlo, para ponerlo en vuestra mesilla de adorno o para calzar la mesa de comedor que baila. Está mal que yo lo diga, pero sé que si os lo leéis os va a gustar, es imposible no enamorarse del protagonista de la historia. Es un libro bonito, que cuenta una historia real y que está escrito con un enfoque positivo, en el que he querido imprimir, cuando la historia me lo permitía, el tono de humor que me caracteriza, que para eso me pidieron que lo escribiese yo ¿no?

Pinchad aquí si lo queréis.

Y si os apetece regalarme algo de alimentación, ya sabéis que soy la arzobispa de la iglesia del chocolate, pero mis cartucheras (y mi estómago delicado) no lo van a agradecer tanto como mis papilas gustativas. En temas gastronómicos podría pediros aceite de oliva virgen extra, que ya está considerado como un bien de lujo, pero me parece demasiado pedir… Además, hay muchas marcas y variedades, así que no os compliquéis, elegid algo de lo de arriba.

Muchas gracias, amiguinos ¡Espero vuestro regalo vuestra felicitación el domingo 19! ¡Y que no se respire miseria!

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ÉTICA A LAS CAFETERAS.

¿Es la cafetera italiana el sosiego y la Nespresso la inmediatez?

¿Es la cafetera italiana la carta escrita a mano con sello de lacre y la Nespresso el guasap con abreviaturas?

¿Es la cafetera italiana la vida de pueblo y la Nespresso la vida en la ciudad?

¿Es la cafetera italiana el sonido de las burbujitas mientras estás en el spa y la Nespresso el sonido del tubo de escape cuando estás sobre la moto de Marc Márquez?

¿Es la cafetera italiana un viaje a la playa con tumbona y pulserita y la Nespresso un viaje a NY con luces de neón y + 25.000 pasos?

¿Es la cafetera italiana la serenidad de una relación estable y la Nespresso la euforia de un amor de verano?

¿Es la cafetera italiana el idealismo platónico y la Nespresso la experiencia como fuente de conocimiento de Aristóteles? (acabo de ganarme premio al comentario pedante del mes).

¿Es la cafetera italiana llamar a casa a riesgo de que responda su padre y la Nespresso apretar un botón para reenviarle un meme por Instagram?

¿Es la cafetera italiana un cochinillo en Segovia cocinado durante horas a baja temperatura y la Nespresso un Cuarto de Libra con patatas Deluxe en el McAuto?

¿Es la cafetera italiana la paloma mensajera y la Nespresso un Glovo?

¿Es la cafetera italiana un Moscow Mule y la Nespresso un chupito de Jagger?

¿Es la cafetera italiana la paciencia de unos padres primerizos y la Nespresso el ímpetu de la primera salida nocturna después del divorcio?

¿Es la cafetera italiana una función del Ballet del Gran Teatro de Ginebra y la Nespresso un concierto de Extremoduro en Badajoz?

¿Es la cafetera italiana sofá, manta y chimenea y la Nespresso copa en vaso de plástico, orquesta de pueblo y fuegos artificiales?

¿Es la cafetera italiana puesta de sol en Finisterre con una cerveza fría y la Nespresso puesta de sol en Beso Beach tras 5 mojitos escuchando a La Rosalía?

¿Es la cafetera italiana la calma y la Nespresso la urgencia?

*Post NO PATROCINADO.

PÁSAME LA SAL.

El cambio de hora de octubre no mola, es un bajón: siempre cae en domingo, a las 18:00 ya es de noche y mis biorritmos se quedan en el huso horario de Bali durante una semana. Pero como me gusta sacarle a todo lo positivo, además del beneficio de poder dormir, salir o mirar al infinito una hora más —cada uno que elija cómo quiere aprovechar esa hora extra—, si estás en un lugar sin contaminación lumínica, puedes ver las estrellas durante más tiempo. Pocas cosas me gustan más que mirar las estrellas esparcidas sobre el cielo negro, cada una brillando independiente, a lo suyo, pero a la vez, sincronizándose con sus amigas vecinas para formar un carro, una W y hasta un cazador que persigue a un escorpión. De pequeña me imaginaba que las estrellas eran como sal esparcida sobre un mantel negro; y ahora, que soy un poco menos pequeña, cuando veo ese cielo tan salado pienso que quizás el Big Ban fue eso: un salero explosionado. Ya lo siento por los supersticiosos.

MAD.

Su columna vertebral es de asfalto y está salpicada por muchos alfileres verdes que en otoño cambian a marrón pajizo. Cinco torres de cristal oscuro en un extremo. Como gigantes que vigilan la ciudad. Rotondas, palacios y edificios históricos conforman sus vértebras; fuentes con reinas que a veces se tiñen de blanco, o de rojiblanco, según cómo haya ido la temporada; arcos que en su día fueron las únicas puertas para entrar a la ciudad. 

Fotos antiguas: La Puerta de Alcalá en 1857 – Secretos de Madrid

Si nos alejamos un poco de la columna vertebral llegamos al pulmón principal. En otro tiempo eran los jardines de recreo de la realeza, con un lago en el medio como un oasis, que hoy se llena de barquitas de enamorados en los días de primavera y que refleja el rosa intenso del cielo en los atardeceres de febrero. Porque no hay otro cielo igual que este. Esos jardines que antiguamente recorrían reyes a caballo, son hoy el camino de transeúntes y corredores que se pierden entre árboles centenarios y palacios de cristal.

En el lado opuesto de ese gran pulmón nos encontramos con una de las arterias principales de la ciudad. Una Gran Vía en la que brillan luces de neón por la noche, teatros, ruido, gente andando sin levantar la vista de sus teléfonos móviles “la vida es lo que pasa mientras no miramos el móvil” ¿A dónde irán? A lo mejor ese grupo va al restaurante brasileño de la Calle Ballesta que está ahí detrás, dónde el dueño, nacido en una ciudad en el norte de Brasil, prepara unas caipirinhas que te transportan a Rio de Janeiro. ¿Dónde estaba exactamente aquel restaurante israelí al que fui a cenar cuando volví de Jerusalén? Me quedé maravillada con la gastronomía de ese país y recuerdo que el restaurante estaba en esta zona; quizás el hombre de las bermudas de lino y barba canosa se dirige ahí. La chica de la mochila de cuero que me acabo de cruzar no creo que tenga ánimo de ir a ningún restaurante, ni al teatro; lo que menos le pesa es la mochila, me lo dicen sus ojos acuosos que no se atreven a parpadear para no desbordarse.

Si continúo cruzando calles llego a la parte antigua de la ciudad —¿cuál es el primer órgano que se forma? ¿el corazón? ¿Quizás el alma?—. La Puerta del Sol, el lugar donde se cruzan los caminos, como dice la canción. Ramón García y su capa, La Pedroche y sus transparencias, las dos Españas, plaza de contrastes que une a un país durante unos instantes a través de doce campanadas y doce uvas. Inmediatamente después volvemos a dividirnos: unos brindan con champán; otros brindamos con cerveza.

Pikachu y Pocoyó divagan por la plaza, un día se pelearon, lo vi en las noticias y por eso me lo creo; como también se pelearon en esta zona durante la Guerra Civil con los sacerdotes. Iglesias ardiendo. Lo leí en varios libros y también me lo creo. Hoy arden bengalas dentro de los restaurantes cuando los camareros traen el postre con botellas de champán al ritmo de C. Tangana. Tenéis que creerme porque eso lo vi con mis propios ojos.

Esta ciudad nos acoge a todos: al chico de las bermudas de lino y barba canosa; al dueño del restaurante brasileño; a Pikachu y su espíritu guerrero; a mí, que no me gustan los torreznos, pero adoro el cocido; a las olas de calor en julio; a las parejitas de enamorados en primavera; y a Filomena en enero. No hace falta ser gato para sentirte en casa.

Yo un día decidí cambiar el mar por esta columna de asfalto ardiente y pegajosa en verano; resbaladiza y plagada de hojas en otoño, y aunque ahora vivo con morriña, me emociono escuchando ‘Pongamos que hablo de Madrid’.

Gran Vía, Madrid - Wikipedia

PRIMERA FILA.

Las mejores palomitas del cubo siempre son las de arriba; esas que están a punto de caerse en cuanto empiezas a caminar hacia la Sala 2 fila 12 butaca 15 del cine.

Las palomitas de abajo están frías, muchas a medio hacer, duras, te parten la muela y el paluego es inevitable. A mí me gusta vivir la vida como las palomitas de arriba: jugando a hacer malabares para no caerme del cubo y tener las mejores vistas, viendo la peli en primera fila.