Ya han pasado unos días, pero la gente sigue hablando del eclipse. Y eso que desde España no hemos podido verlo. Bueno, decían que a lo mejor se vería un poquito desde Galicia si el cielo hubiese estado despejado, pero eso es como pedirle peras al olmo porque en Galicia siempre llueve. Y espero que esa idea cale bien en vuestras mentes buscadoras de sol, que después abarrotáis las carreteras, yo tardo una hora y media en llegar a la playa y cuando por fin consigo aparcar y me acerco al chiringuito, exploto con el pobre camarero cuando amablemente me invita a esperar otra hora y media para que me preparen un mojito. En Galicia siempre llueve, así que para dos días de vacaciones que tenéis no vengáis a mi tierriña, porque no creo que veáis el sol. Los eclipses tampoco.

Los eclipses, la astronomía en general es un tema que me encanta. No sé casi nada, pero lo poco que sé hace que cada vez que hay una noche despejada me vuelva loca y me gane una torticolis por mirar al cielo como una loca. El otro día, mirando el cielo estrellado ganándome otra tortícolis, no sé si por los efectos del paracetamol de 1g. que me había chutado por un dolor de cabeza puñetero, recordé algo que leí hace tiempo y que decía que las estrellas eran como la sal esparcida sobre un mantel negro después de que un salero se cayese. Tras recordar eso, primero me preocupé muchísimo por los supersticiosos. Después, pensé que quizás el Big Bang no fuese más que un salero explosionado porque el camarero tardó una hora y media en traerle un mojito.

