La serie que me ha cambiado la vida, porque ahora duermo mejor.

Si me hubieran dicho que una serie iba a mejorar mi calidad de sueño más que una infusión de valeriana escuchar a alguien explicar por qué dejó de comer carne, no me lo habría creído. Pero aquí estoy, después de ver Adolescencia (yo ya la llamo Anestesia), con cuatro capítulos a mis espaldas y cuatro siestas épicas.
Supongo que la serie es una especie obra de arte por la forma en la que está filmada. Y entiendo esas críticas que dicen que es ‘hipnótica’; conmigo la hipnosis funcionó de maravilla, así que nada que decir. Además, la ha producido Brad Pitt, lo cual debería ser un plus.
No sé qué esperaba exactamente, pero seguro que algo que me mantuviera despierta atenta, algún giro impactante o tal vez una aparición sorpresa de Brad en forma de director del colegio con chaqueta de cuero. Pero en lugar de eso, obtuve una experiencia premium de sueño reparador. A lo mejor es que me cogió en un momento cuatro momentos de bajón de azúcar, pero el caso es que me quedé dormida en TODOS los capítulos. Sin excepción.
Sin embargo, los datos están ahí; la serie ha sido un boom, está en boca de todos (con polémica incluida) y hasta ha salido en las noticias. Reconozco que yo la vi para no quedarme fuera de las tertulias del café mañanero. Porque parecía que el mundo había descubierto la adolescencia en 2025. Como si fuera un fenómeno nuevo, un invento revolucionario que nadie antes había experimentado.
Pero nosotros también fuimos adolescentes. No teníamos Tik Tok, ni Instagram, pero no crecimos en una cueva. Y hacíamos cosas igual de ridículas, pero con los recursos disponibles en ese momento:
—Nos hacíamos fotos con cámaras digitales y algunas hasta las revelábamos porque el drama adolescente necesitaba su álbum físico.
—Hacíamos llamadas perdidas para que alguien se ‘acordara’ de nosotros; era la mejor manera de decir pienso en ti.
—Mandábamos SMS con unas abreviaturas que hoy me parecen un crimen lingüístico, solo para no pagar dos SMS en vez de uno.
—Teníamos Messenger, donde si alguien no nos contestaba en 30 segundos, le mandábamos un zumbido para recordarle que su existencia nos pertenecía.
—Llevábamos a Brad Pitt en la carpeta.
—Y también se podía acosar, hablar mal de la gente por mensajes o crear rumores que volaban más rápido que el 3G. No hacían falta los emojis para herir sentimientos; bastaba con un OK seco para destrozar egos.
En la serie lo llevan al extremo con un asesinato. OK. Había que meter algo fuerte para que no pareciese un documental sobre adolescentes mirando el móvil en silencio. Por lo demás no veo grandes diferencias. Pero ahora, muchos padres se han dado cuenta de que la adolescencia no es un flashback de su propia vida, sino una nueva serie en la que ellos tienen un papel secundario y claro, han entrado en pánico.
Así que no, la serie Anestesia Adolescencia no me ha abierto los ojos sobre nada. De hecho, me los ha cerrado. Cuatro veces.


