MI APLICACIÓN DEL TIEMPO SIEMPRE ACIERTA

Artículo original publicado en El Español – Quincemil, el pasado 22/8/2026.

El sábado pasado estaba lloviendo. No había ninguna duda. Caía agua del cielo, suelo mojado, gente por la calle con paraguas. Según todos los métodos de observación disponibles antes del 2000, estaba lloviendo.

Entonces miré mi aplicación del tiempo: sol y nubes huevo frito. Levanté la vista hacia el cielo. Después la bajé al móvil. Cielo. Móvil.

Creo que esperaba confirmar que era el cielo el que se estaba confundiendo. Porque mi aplicación del tiempo no falla. Nunca. Mi aplicación es de total confianza. Y si no digo cuál es, es porque no me pagan quiero que esto se convierta en una guerra, pero la mía es la buena.

Con las aplicaciones del tiempo hemos desarrollado una relación parecida a la que antes se tenía con el médico de cabecera. Puedes pedir una segunda opinión, claro, pero al final siempre confías en la tuya. Porque la mía siempre acierta. Las demás no.

Se me ocurrió escribir sobre la monogamia con las aplicaciones del tiempo ese sábado lluvioso. Cuando alguien propuso un plan al aire libre para el día siguiente “¿Mañana comemos en una terraza?”. En menos de quince segundos aparecieron cuatro móviles encima de la mesa.

Uno decía lluvia. Otro, nubes. Otro, un 30%, pero solo por la mañana. El mío decía huevo frito.

Y ahí empezó la cumbre de expertos en clima nada. Cada uno defendía su fuente como si llevásemos veinte años estudiando anticiclones en la AEMET.

—Pues a mí me da bueno.
—A mí me da lluvia.
—Yo esta mañana he mirado y no me daba nada. —A mí me duele la rodilla.

La rodilla siempre aparece cuando la tecnología no consigue ponerse de acuerdo decidir si comemos en terraza o no. Y lo hace con una autoridad sorprendente. Nadie pregunta qué rodilla te duele, desde cuándo o cuál es su porcentaje de aciertos. La rodilla no necesita certificados ni credenciales. Es la versión contemporánea de la señora de pueblo que lleva toda la vida prediciendo el tiempo sin consultar ninguna aplicación. Puede ser por su rodilla, por una cicatriz o por el vuelo de las golondrinas. Da igual.

—¿Entonces, reservamos fuera?

Miré mi aplicación: huevo frito. Miré a mi amiga: mano en la rodilla y gesto dudoso.

—Reserva dentro, por si acaso.

Al final no llovió y la rodilla no hizo declaraciones. Una rodilla no tiene servicio de quejas o reclamaciones. Supongo que por eso mantiene intacto su prestigio.

Pedimos huevos fritos. Mi aplicación siempre acierta.

“HOUSTON, TENEMOS UN PROBLEMA”

Artículo original publicado en el periódico El Español – Quincemil el pasado 18/4/2026

Hay algo sospechoso en el hecho de que seamos capaces de enviar a gente a la Luna, pero yo siga necesitando una moneda de un euro para desbloquear un carrito del supermercado.

No puedo liberarlo a través de la app del súper. Ni con reconocimiento facial. Ni con el iPhone. ¡Necesito una moneda! Me recuerda a las cabinas de teléfono de los años 90. Es como si alguien, desde algún despacho situado en la cima del mundo hubiese dicho: “Vale, vamos a mandar humanos al espacio, pero si quieren yogures, que sigan dependiendo de una moneda”.

Civilización avanzada, sí.

Pero con matices.

A mí, todo lo del universo de ahí arriba me fascina. Los atardeceres rosas, las auroras boreales. Y esas imágenes recientes de la Tierra flotando en un negro absoluto; las miro y pienso: qué barbaridad. Qué precisión. Qué inteligencia.

Pero después voy a hacer la compra.

Me inquieta la capacidad que tenemos los humanos de hacer cosas extraordinarias, calcular trayectorias a millones de kilómetros, sobrevivir al vacío. Pero seguimos sin conseguir que una impresora funcione a la primera. Ni a la segunda. Ni a la tercera. Hasta que alguien nos dice: “apágala, cuenta hasta 10 y enciéndela”. Lo mismo que hacemos cuando el Wi-Fi se pone tonto.

Son cosas que no me encajan. Hemos puesto satélites en órbita. Pero seguimos sin saber doblar bien una sábana bajera. Hemos perfeccionado el arte de aterrizar en la Luna. Pero no hemos conseguido que el film transparente corte bien a la primera. Por no hablar de poner la funda nórdica sin hacer una coreografía de TikTok.

Siento que desde ese despacho situado en la cima del mundo, nos quieren recordar que por muy lejos que lleguemos, tú seguirás guardando bolsas dentro de bolsas dentro de otras bolsas. Y yo me quedaré mirando al microondas o a la lavadora dar vueltas, a ver si así se acelera el tiempo.

Admiro la ingeniería, la coordinación milimétrica que hace posible algo tan difícil como salir de este planeta, dar una vuelta por ahí arriba y volver. Pero después voy a Gadis y ahí no hay tecnología que me ayude. Ni cálculos matemáticos que me salven. Ni Artemis. Ni Apolo. Ni nada. Solo estoy yo frente a un carrito. Y una lista de la compra interminable.

Me gustaría ver a un astronauta en mi lugar. Evaluando la situación. Buscando una moneda en el bolso como si estuviese excavando en Atapuerca un cráter lunar. Para terminar mirando al carrito, derrotado y diciendo:

“Houston, tenemos un problema”.