ESTO NO ES UN AQUELARRE

**Artículo original publicado en el diario digital El Español – Quincemil el 12/7/25

Dicen que las cenas de chicas son solo para criticar maridos, exnovios y amigas ausentes. Y es verdad. Pero también compartimos postre sin culpa.

Hace unos meses leí un artículo en el que el autor confesaba, en tono de enfado, que no entendía las famosas “cenas de chicas”.

Decía que estas cenas eran una especie de club secreto, en el que las mujeres aprovechaban para criticar a sus maridos, airear trapos sucios y hacer rituales de invocación contra los hombres.

Yo, por supuesto, me imaginé la escena: mujeres escondidas en el reservado de cualquier restaurante, vestidas con largas capas negras, copa de vino en una mano y varita mágica en la otra invocando a Virginia Woolf entre croquetas de jamón y patatas bravas.

Pero no. La realidad mucho más peligrosa: en las cenas de chicas, nos reímos.

Porque cuando nos juntamos, se habla de todo. De lo bueno, de lo malo y de lo ‘ni fu ni fa’. A veces le toca a una estar hecha una mierda un trapo, otras veces viene otra con la corona de ‘drama Queen’ bien puesta. La que hace dos meses estaba llorando por su ex, ahora está radiante porque ha conocido a uno que no duerme con calcetines. Progresos.

Hablamos de bodas, de hijos, no hijos, de buscar pareja o querer dejarla. También criticamos a las que no han venido a la cena (somos humanas, no santas) y especulamos sobre si “algo le habrá pasado con Juan, porque hace tiempo que no cuelga stories con él”.

Por supuesto que hablamos de hombres. Del que nos dejó con el doble check del whasapp sin responder, del que desapareció después de decir ‘te quiero’, del que escribe como si le cobraran por palabra (Ok, vale, sí) y del que se cree intenso por poner frases de Sabina. Enseñamos la cuenta de Instagram de nuestra última conquista y debatimos sobre si esa camisa es motivo suficiente para descartarlo.

También hablamos sobre el jefe que huele a colonia del 2002, si el Cross-fit es la nueva secta el nuevo entrenamiento de moda, si la que no ha venido a la cena se ha pasado con el Botox no como nosotras y del vestido nuevo de una influencer y que se parece al que tú llevabas en la Primera Comunión de tu prima. En 1997.

Y mientras todo eso ocurre, pedimos todo para compartir: tartar de salmón, ensalada de tomate, niguiris, una carne con patatas fritas, y tarta de chocolate de postre, con varias cucharas. Brindamos con cerveza, vino y terminamos la cena con chupitos y una teoría sobre por qué el ex de una sigue mirándole los stories sin reaccionar jamás.

Estas cenas son terapia sin diván. Porque entre carcajada y carcajada, te das cuenta de que lo que te agobiaba ya no pesa tanto. Que tus dramas pierden importancia cuando se dicen en alto y que reírse de una misma es muy liberador.

Así que, querido lector (sobre todo si eres hombre y te han colado en una de estas cenas por error, por amor o por castigo), no pienses que esto es un aquelarre. Aquí no hay brujería, solo hay amigas con hambre, ganas de arreglar el mundo y de reírse a base de niguiris y sinceridad

¿O es que en las cenas de chicos no hay trapos sucios y solo se habla de geopolítica internacional y literatura rusa?

UN DÍA (POCO SOSTENIBLE) CONMIGO.

Como me muera sin conocer a George Clooney, reuniré a todos los coach motivacionales que me han hecho creer en mis sueños y los tiraré al contenedor de lo orgánico.

**Artículo original publicado en el diario digital El Español – Quincemil el 17/5/2025.

6:45. Me despierta el ruido de un millón de cristales rompiéndose a la vez. El contenedor de vidrio bajo mi ventana ha vuelto a ser protagonista de mi desvelo. Me froto los ojos “¿De verdad hace falta reciclar tanto?” A estas horas todavía soy demasiado inmadura como para pensar en el medio ambiente. Mi fantasía es despertarme con el aroma del café recién hecho. Café recién hecho por cierto actor americano cuyo nombre artístico empieza por George y termina por Clooney. Spoiler: ocurre con poca frecuencia no ocurre nunca.

6:50. “Alexa, pon las noticias en volumen bajo, a ver si ‘la idea del día’ de Donald Trump me duerme otra vez”. Me enredo con el nórdico (el edredón, no Thor), pero no consigo mi objetivo. En las noticias hablan de un microchip para implantárselo a la gente olvidadiza. Me imagino el eslogan: “¿Se te olvidan las cosas? Implántate nuestro ‘Recuperador de Memoria’ y llévate gratis dos botellas de Jägermeister. Si al día siguiente tienes lagunas, te devolvemos el dinero”. A lo mejor dejo de escribir libros y me dedico al marketing.

7:25. Me levanto y enciendo la cafetera. Otro día más sin que George Clooney me haga el café. Le mando un mensaje a mi padre felicitándole por su cumpleaños (me parece una hora demasiado violenta para llamar por teléfono) y rápidamente me tomó el café.

7:45. Salgo a correr porque el masoquismo deporte también tiene horarios. Nada más pisar la calle me congelo “¿Cómo es posible? ¡Estamos en mayo!” Me quejo. Mi subconsciente responde: “Porque en Coruña la humedad no perdona”. Hablo mucho sola conmigo misma. Si alguien inventa un microchip antimonólogos, que me avise.

8:45. Vuelvo a casa. Lo más duro no es haber corrido 10K, sino esquivar a señores trajeados con pinta de anuncio de colonia. Con esta cara roja de panadera victoriana post-horno, no me apetece socializar.

8:50. Me doy una ducha que dura mucho más de lo sostenible para el medio ambiente. Continuamos en horario inmaduro.

9:10. El desayuno es un ritual sagrado: tostadas con salmón y aguacate. Mi compromiso con este plato es más sólido que muchos matrimonios.

9:35. Me siento delante del ordenador flanqueada por el segundo café del día y las tostadas, que me miran con devoción.

12:30. Pausa romántica: llega mi amor verdadero de la mano del repartidor de Amazon. Son unos pantalones cortos para correr. Victoria del consumismo. Nunca se tiene demasiada ropa de deporte.

14:00. Abro la nevera: salmón, pepinillos y un trozo de limón que ya ha vivido demasiado. Plan B, llamo a una amiga para invitarla a comer a la pizzería que han abierto al lado de su casa. Este es el tipo de amiga que soy, generosa hambrienta. Nueva victoria para el consumismo.

15.30. Voy al súper y lleno la nevera.

17:45. Pausa dulce: cuatro onzas de chocolate. La vida mejora con chocolate. Da igual a qué hora leas esto.

19:05. Me llama otra amiga para ir de compras y tomar un vino. Obviamente digo que sí. A estas alturas ya te habrás dado cuenta de que el consumismo y la amistad, son dos pilares fundamentales en mi vida.

21:20. Ya en casa, caliento una crema de verduras que he comprado en el súper y que pretende compensar mis excesos.

21:50. Por consideración al frío a la humedad, me envuelvo en una manta tan mullida como el lomo de una oveja y enciendo una vela. Empiezo a escribir sobre mi día bajo el título “Un día conmigo”. 

22:25. La realidad me golpea: no he bajado la basura ni tampoco he reciclado las cápsulas de café. Victoria para el cambio climático. 

22:30. Cambio el título de la entrada de mi diario: Un día (poco sostenible) conmigo.

23:00. Me acuesto y escribo en el chat de amigas: “Os prometo que como me muera sin conocer a George Clooney, reuniré a todos los coach motivacionales que me han hecho creer en mis sueños y los tiraré al contenedor de lo orgánico”.