BURBUJAS.

Dar un paseo por Malasaña, me hace darme cuenta de una verdad incómoda: vivo en una burbuja. Si los extraterrestres llegaran hoy mismo para hacer un estudio de campo sobre los humanos, yo no sería el típico sujeto que podría representar al conjunto de nuestra especie. Ni de lejos. Pienso esto mientras paseo por la calle Hortaleza y me cruzo con un chico que tiene la cara completamente tatuada, como si hubiera decidido llevar el arte urbano al siguiente nivel. Camina con un galgo de pelo largo, gris y brillante. 

Luego, a una mujer árabe que, con la cabeza cubierta, va como escoltada por cada lado por lo que interpreto que son su hijo y su marido, en bermudas. Y a un señor con traje y una corbata enorme que podría confundirse con un mantel y que camina al ritmo de sus auriculares. Está también una chica con el pelo rojo sentada en un portal llorando. Busca en el bolsillo pequeño de su mochila un paquete de Cleenex. Al final encuentra uno usado que le vale.

Y así es como me doy cuenta de que yo, que me creo la burbuja chispeante y brillante que flota con gracia en la copa de champán, en realidad soy una más entre las burbujitas que aparecen en el refresco antes de perder el gas. Un puntito en una ciudad en constante metamorfosis.

Aprender a manejar una Kalashnikov.

Estos días, en España hemos vivido un evento que ha desplazado un poco al temazo de Daniel Sancho. Ese evento es el ingreso de la princesa Leonor en la academia militar de Zaragoza, suceso que ha hecho que yo interrumpa el descanso estival que le doy al blog (el número de visitas durante julio y agosto siempre baja), porque siento que de este tema debo hablar ahora o callar para siempre; dentro de un mes ya no sé si tendría sentido.

Ayer, al llegar a casa después de estar en unas fiestas de pueblo muy divertidas (valga la redundancia, porque no conozco fiesta de pueblo que no sea divertida), se me ocurrió abrir Instagram y en la pantalla de mi móvil aparecieron unas fotos de la princesa Leonor con el uniforme militar, cara seria, moño alto, tirante e inmediatamente pensé: ¡Cómo mola esta niña con el uniforme militar! Qué crack, aunque menuda responsabilidad, es una enana y ya tiene que asumir que será la jefa de todos los ejércitos ¿querrá hacer eso o como es lo que le toca, ni siquiera se ha parado a pensarlo? Quiero aclarar que me había bebido un total de dos cervezas y tres vinos en ocho horas, así que estaba en mis cabales, pero cuando me pongo a divagar entro en un bucle y da igual que sean las 3 a.m. o p.m., así somos los que no estamos muy cuerdos escritores.

También quiero puntualizar que me imagino que lo realmente duro es picar piedra en la mina y las condiciones en las que vive la gente en los países subdesarrollados, lo sé, así que absténganse comentarios populistas, aquí solo queremos críticas constructivas.

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Seguimos. Después, mi cabeciña rubia de pelo actualmente verde, se remontó a mis diecisiete años (he avisado, cuando entro en bucle, entro en bucle). Las comparaciones son odiosas, pero fue inevitable no hacerlo. Yo me fui a vivir a Madrid con diecisiete años. Con diecisiete años yo era una niña de mamá (lo sigo siendo) y me fui a vivir a Madrid llorando. Puede que también fuese un poco dramática, pero como dice Modestia Aparte, son cosas de la edad. Me despedí llorando del chico que me gustaba y que no me hacía todo el caso que yo quería, me despedí llorando de mi mejor amiga, de mi casa, de mi familia, de mi infancia. No quería irme, o sí quería, pero no sabía. Porque yo era muy de mi casiña (y un poco dramática, lo confirmamos). Miedo a lo desconocido, supongo. Diecisiete años son muy pocos años como para tomar una decisión tan importante y mis padres me ‘empujaron’ a tomar esa decisión. ‘Bendito empujón’, pienso ahora. ‘Gracias papá, gracias mamá’ mi agradecimiento os lo manifiesto públicamente veinte años después, aunque os lo agradecí después de bailar en Green unas horas después de conocer la nocturnidad de esa ciudad. Un punto de inflexión en mi vida.

Quiero ser abogada, quiero ser periodista, quiero ser artista. Esa era yo.

Diecisiete años, repito, muy pocos años como para tomar una decisión de ese calibre y me fui llorando. Me iba a vivir a una residencia de monjas, supeditada a un horario en el que si el fin de semana no llegaba antes de las 6 a.m. (a Leonor la despiertan a esa hora), tenía que someterme a la tortura de ‘aguantar’ en la discoteca hasta la hora de cierre, dormitar en el cajero de enfrente de la residencia o conseguir que alguien me acogiese en su casa hasta la hora en la que las monjas le abrían la puerta al panadero, que venía cargado con barras de pan y croissants para las pobres niñas residentes, como yo. A veces, mis amigas y yo salíamos corriendo del cajero y abordábamos a Humberto, el panadero, en la puerta de la residencia y así le ahorrábamos el trago de saludar a Sor Teresa de buena mañana: ya nos encargamos nosotras de llevar toda la mercancía a la cocina, Humberto. Muchas gracias y buenas noches, o buenos días para usted. Desayunar pan recién hecho y croissants. Vaya. Pobre de mí, pobres de mis pantalones de la talla 36.

Qué duro es tener diecisiete años en Madrid. Qué duro es ser de noviembre, llegar a Madrid con diecisiete e intentar colarte en las discotecas porque todavía eres menor de edad. Qué duro es entrar en Green y ver a Paquirrín en la mesa de al lado, qué duras las novatadas, qué duro celebrar en Donfri la feria de abril cuando todavía es marzo, qué duro es cumplir con los ideales de decoro y corrección para una niña de diecisiete años recién llegada a Madrid.

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Los fines de semana las monjas no nos daban la cena y mis amigas y yo, con diecisiete años teníamos que buscarnos la vida. Era muy duro cruzar a Vips para cenar un sándwich Vips club y unas tortitas con nata. A veces se creaba un conflicto interior porque no sabíamos si sustituir las tortitas por un batido de Oreo. Qué horror. No sé cómo sobrevivimos a aquello. Una vez más, pobrecitos mis pantalones de la 36, ellos tampoco lo entienden. A día de hoy, a veces me tengo que comprar los de la 38. Tallan como quieren en Zara. Y es que el músculo ocupa más que la grasa y con diecisiete no sabía lo que era una mancuerna. Es por eso.

Sigo con lo de Leonor porque después de irme por los cerros de Ubeda con mis diecisiete comparar el régimen militar que llevará ella con el régimen universitario al que me sometí yo, empecé a leer los comentarios de esas fotos de la Princesa y vi muchas, muchísimas críticas hacia la niña (porque no olvidemos que sigue siendo una niña y que ella no ha elegido nacer para ser reina): ‘todo le viene dado’, ‘¿quién paga todo esto?’ ‘En los tiempos en los que vivimos’, ‘Se viste como una señora’, ‘No va a hacer nada, le regalarán el título’, ‘Que se ponga a picar piedra’.

Yo escribo sobre mí y sobre mis circunstancias con diecisiete, que fueron unas circunstancias privilegiadas y tuve la suerte de poder elegir, paradójicamente, vivir a cuerpo de reina. Y claro que hay gente que con diecisiete no tiene la opción de irse de su lugar de origen, o simplemente no quiere y lo decide así, pero también hay gente que con diecisiete años no tiene opción de elegir si quiere o no, aprender a manejar una Kalashnikov.

PONGAMOS QUE ESCRIBO DE MADRID.

Madrid me mata y me arrebata. Para mí, Madrid es como ese mal ex novio al que siempre vuelves.

Madrid no tiene mar, ni eucaliptos, ni un Paseo Marítimo, evidentemente, pero está lleno de olmos y de plátanos y de edificios señoriales y hasta tiene algunos rascacielos. No tiene palmeras de las que se caen cocos cuando están maduros, pero tiene otras palmeras, las de chocolate, que para mí (maestra catadora de dulces), son las mejores que he tomado nunca. Por no hablar de las porras. También hay miles de cotorras dando los buenos días desde los robles (por cotorras me refiero a los loros verdes que vuelan como locos de árbol en árbol, no a las señoras que se quedan cotilleando en la salida de Misa los domingos).

La ley de las cotorras - Manuel Jesús Florencio

Madrid es asfalto, pero si conduces, es la jungla. Y si das un paseo por El Retiro, prepárate para perderte en esta especie de mini selva amazónica, llena de jardines y fuentes, dónde de repente te encuentras con un Palacio de Cristal que parece sacado de una película de Disney, o con un estanque del tamaño suficiente como para celebrar competiciones de piragüismo ¿cómo te quedas, Melendi? Tú habrás bajado en piragua el descenso del Sella, pero ¿lo has hecho en El Retiro? Nosotros también queremos una canción.

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Y digo nosotros porque aunque estoy orgullosa de mis raíces gallegas, yo también me siento un poco muy de aquí. Madrid es como aquel anuncio de Coca Cola esa marca de refrescos que no voy a nombrar porque no me paga: PARA TODOS. Quiere sin juzgar. Madrid es para el Bob Esponja que está en la Plaza Mayor peleándose con Dora la Exploradora y para los que están brindando con champán caro en un club privado. Madrid es para el barbudo que vive en Lavapiés porque quiere ser moderno o porque no tiene un duro y también es para el que lleva un fachaleco y va a jugar al golf en Puerta de Hierro (aunque después tenga la misma puntería que con la escopeta de feria en San Isidro). Madrid recibe a todo el que llega con un abrazo seco, porque también advierte: ‘sube que te llevo, eso sí, aquí no valen los miedos. Yo tengo mis propias normas de velocidad, diferentes a las del resto de ciudades. Yo voy mucho más rápido’.

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Y es que Madrid siempre tiene prisa. Te hace ir corriendo a todos lados y hay días que te arrasa como un tsunami. Sales de casa con el abrigo colgado del brazo y te peinas en el ascensor y te pones la bufanda mientras corres calle abajo y sientes el frío en todo tu cuerpo. Y te subes a la moto y llegas a tu destino y te bajas y te pones los tacones y entras en la oficina despeinada otra vez. Porque haga frío o calor, Madrid despeina.

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Madrid tiene su propio ritmo como también tiene bares para todos. Está Casa Eugenio, dónde el propio Eugenio te invita a torreznos y bravas con tu doble de cerveza. Pero también está el restaurante de moda en el que, de repente, se apagan las luces y aparece Beyoncé Chanel y todo su equipo bailando sobre una barra, en la que después te tomarás un Gin Tonic, al lado de un señor vestido como un magnate ruso del petróleo. Gastronómicamente, Madrid también te hace hueco, ya seas vegano, vegetariano o de cocido y callos con mucha pata y morro.

Hay novelas de 500 páginas que me han dicho menos que muchas calles de Madrid, dónde han pintado versos en los pasos de cebra (algo que han copiado otras ciudades). Pero además, Madrid tiene letras doradas en el suelo de su Barrio de las Letras, por dónde puedes caminar sobre varios libros abiertos y tú decides en cuál te quieres parar.

Y yo por ahora he decidido pararme aquí.

Y es que Madrid te cambia la vida.

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Semana de la MODA

Por si no os habíais dado cuenta, estamos en la semana de la moda de Madrid. Mucho desfile, mucho famoso, mucho fiche, mucha fiestuqui post desfile…. es un no parar.

A mí no me han invitado yo no he ido a ningún desfile, a ninguna fiestuqui, ni a ningún «kissing room», pero lo he visto en la tele. Y como sé que muchas bloguers de moda a las que sí han invitado que se han colado en la MBFW, me léeis ,voy a daros unos consejos para que seáis las reinas del front-row (lo he escrito bien, no?).

En primer lugar, poneros unas gotitas de EL PERFUME por excelencia. Repito, con UNAS GOTITAS basta. Si os pasáis, todo el mundo evitará acercarse a vosotras y tendréis que dedicaros a haceros ‘selfies’. De momento el perfume no traspasa cámaras de fotos.

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PLANES PARA EL FIN DE SEMANA.

Tengo una gran necesidad de actualizar el blog, pero muy pocas ideas para hacerlo. Pippa tiene un globo me tiene los sesos absorbidos, y yo encantada, pero a veces lo pienso y me da penita tener tan abandonadas a las semillitas que me vieron empezar a teclear.

Pues eso, que para actualizar un poco el blog, se me ha ocurrido proponeros unos planes para este fin de semana. Yo no puedo hacerlos porque los hice el fin de semana pasado, pero vosotros aun estáis a tiempo (ya, ya sé que es San Valentín, pero no voy a darle más bombo a ese tema porque ya lo he hecho aquí y aquí).

Todos los planes que os propongo incluyen la ingesta de alimentos, y es que noto que después de la dieta post Navidades, nos hemos quedado todos y todas con un vacío estomacal que hay que enmendar. Éstas son mis ofertas:

1. El crédito: como no quiero spoilear a nadie solo os voy a decir que tenéis una cita con Luis Merlo y Carlos Hipólito en el Teatro Maravillas de Madrid. Pasaréis 1h y media de carcajeos asegurados. Y eso siempre está bien.

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