CONFESIONES DE UNA EX SOLTERA.

¿Quién iba a decir que el amor también iba a revolucionar mi cocina, mi cama armario y mi paragüero?

Hoy, día de San Valentín, me parece un buen momento para contar algunos ‘antes y después’ en mi vida desde que he pasado de ser soltera a ser NADA SOLTERA:

Antes, elegir un plátano era toda una ciencia de precisión porque si me compraba más de dos, se terminaban estropeando. Ahora disfruto de la tranquilidad de comprar un racimo sin el drama de que se descompongan ¡Viva la madurez compartida!

Soltera me las arreglaba con un paraguas plegable que me cabía en el bolso, pero ahora he descubierto que dos cabezas ocupan más que una y he tenido que invertir en un paraguas grande. Confirmo que en el amor, el tamaño importa.

Antes, mi cama era mi reino donde podía estirarme sin límites. Ahora se ha convertido en un campo de batalla (por las sábanas).

Soltera siempre buscaba un plan. Ahora, mi novio es mi mejor plan y cada día se ha transformado en una estrategia conjunta para decidir si nos lanzamos a las calles o si nos quedamos bajo la manta.

Antes, si desaparecía el último yogur de la nevera solo había una culpable. Ahora, por lo menos puedo fingir indignación.

Y así es como el amor ha revolucionado mi vida frutero. Antes tenía que elegir los plátanos con precisión quirúrgica para asegurarme de que estaban en su punto y evitar la putrefacción. Pero tras varios plátanos pochos, he aprendido que para elegir el plátano perfecto hay que saber buscar la madurez, la firmeza y el toque de dulzura. 

Pon un plátano en tu vida.

¡Feliz San Valentín!

El único fruto del amor.

REBAJAS Y JUANETES.

Rebajas + liquidación. Un chollo. Entro en la zapatería y ahí están, esperándome, las zapatillas que me hacen ojitos desde hace meses. Me acerco, las cojo con cariño y le pregunto al dependiente: 

—¿Las tenéis en un 38?

Se va al almacén con mi zapatilla en la mano. Vuelve con dos cajas y con la frase de siempre: 

—Tenemos el 37 y el 40.

Le miro en silencio. Me devuelve la mirada esperando una respuesta. A mí me encantaría decirle: “claro, dame el 37”. Pero respeto demasiado a mis juanetes.

ODA AL MIÉRCOLES

El miércoles es el día más esperanzador de la semana, un destello de luz en medio del caos que promete equilibrio y estabilidad. El miércoles parte la semana en dos con precisión quirúrgica, como si fuese el cirujano de nuestras rutinas, que sabe dónde cortar para no dejar cicatrices. Y por fin sale el sol. Haces deporte y te encuentras bien porque además, llevas dos días comiendo sano (el remordimiento del fin de semana todavía te acecha). Pero ya estás cerrando planes para ver dónde cenar el viernes y darte un homenaje.

El miércoles es un día muy competente: vas de compras y encuentras unos pantalones que te sientan bien. Milagro que merece ser celebrado. Te compras una barra de pan y está crujiente. Tienes toda tu ropa limpia. Y la bandeja de entrada a 0, raro momento de paz digital que te hace sentir que tienes todo bajo control.

Pero no te despistes porque el miércoles también es un día caprichoso que se presenta como el héroe de la semana, pero que trae promesas ocultas bajo esa capa brillante. Un día espejismo, donde el equilibrio parece alcanzable, pero como te relajes demasiado, mañana podrías encontrarte con una montaña de ropa sucia y una barra de pan tan dura que te serviría como arma de autodefensa.

LO EVIDENTE.

Hoy he leído: «Una ventana mal cerrada, una puerta entreabierta por la que llega un poco de luz. Sin lo invisible no veríamos nada, estaríamos en total oscuridad» y me he acordado de la semana pasada, cuando el resfriado empezaba a dejarse ver y yo quería salir de casa, pero decían que llegaba temporal, lluvia, viento (y vaya si llegó).

Así que me quedé, más por obligación que por ganas.

Y cuando fui a mi cuarto para hacer la cama, vi el arcoíris por todas partes y me alegré por haberme quedado. Cuando los rayos de sol entran por mi ventana, lo invisible pasa a ser evidente. La belleza de lo cotidiano.

COMPRAR PILAS.

Escribir, apuntar cosas me da paz.

El domingo, mientras sufría una profunda resaca, cortesía de una degustación desordenada de cerveza, vino y ginebra, intenté escribir para ver si conseguía salir de ese bucle de desasosiego. En lugar de claridad mental, conseguí un mareo que me hizo visitar el cuarto de baño. Al final me rendí y me entregué a mi sufrimiento tapada con la manta. 

Recuerdo que la televisión me avisó de que el mando a distancia necesitaba pilas y yo pensé que ambos compartíamos agotamiento transitorio.

Al día siguiente, encendí el ordenador para retomar lo que había empezado. 

“Escribir, apuntar cosas me da paz”.

Confirmo que la ausencia de dolores resaca también me da paz. 

Escribir tiene en mí un efecto anestésico. Me gusta escribir pensando que nadie me va a leer juzgar. Más bien como si no me importara que lo hicieran. Sin adornos ni grandes palabras. Como si hablara sola.  

Muchas veces, cuando escribo para mí es como una noche de invierno en la que alguien me invita a entrar en su casa. Y al abrir la puerta soy yo misma la que me recibe. Me ofrezco una copa de vino tinto (en invierno no hay nada que me reconforte más) y empiezo a charlar conmigo delante de la chimenea y con la televisión apagada. Todavía no le he cambiado las pilas al mando.