NO ES SOPLAR VELAS.

No es soplar velas, es soplar experiencias. Y miedos. Y sonrisas. Es mirarme al espejo y reconocer a la niña, a la mujer y a la persona que seré y que todavía se está actualizando.

Es saber que me he roto, que me he cosido (sin mirar ningún tutorial de Youtube) y que por el camino, he aprendido a reírme de los puntos de sutura, a convivir con mis cicatrices.

Es tener tan claros mis deseos que además de pedirlos, voy directa a por ellos con la emoción de la primera vez.

Es saber lo que quiero.

Dormir bien y despertarme mejor.

Es estar justo donde quiero estar y con quien quiero estar.

La paz ya no es una meta, es un estado.

Es tener ilusión por un amor que lo da todo sin pedirlo. Un amor con mariposas que me hacen las mismas ‘coskyllas’ que cuando cumplí quince (aunque ahora esas mariposas sean más maduras, menos mal).

Es una fecha muy especial y por eso hoy me acuerdo aún más de ti, mamá. En esta década he vivido mis días más luminosos, y también mis noches más oscuras. Y ese combo ha sido mi entrenamiento para aprender a sostenerme, a soltar y también a celebrar.

Me da vértigo cambiar de década, subir de piso. Desde esta altura ya se empieza a mirar al suelo con respeto, pero creo que gracias a todo lo vivido, estoy en mi mejor momento.

Y aún me queda mucho por vivir 🚀 

ROSALÍA – LUX

CALMA, ES UN DISCO, NO UNA OPOSICIÓN.

El viernes pasado salió LUX, el nuevo disco de Rosalía. Hoy es martes y ya hay tesis doctorales, expertos, contraexpertos, artículos de 2.386 palabras y gente de mi entorno utilizando términos como “arcos narrativos” o “textura sonora” con la misma naturalidad con la que dicen “pásame la sal”.

Que nadie me crucifique, pero yo aún estoy en la fase de: he escuchado tres canciones y una me ha gustado mucho, otra no lo sé, y la tercera me cogió un poco distraída poniendo una lavadora, así que tengo que volver a escucharla. Estoy poniéndome el disco a ritmo humano. Como se ha hecho siempre.

Pero ¿Qué nos está pasando? Parece que si no opino ahora, me quedo fuera de la rueda cultural que nos lleva ¿a dónde? ¿A Twitter X? ¿A un LinkedIn con metáforas de corazones rotos? ¿A un debate en el pasillo del súper?

Yo no sé si LUX es el disco del año, un cambio de era o si esto nos define como generación. Tampoco sé si ‘Reliquia’ habla del ex de Rosalía, de tu ex que, por cierto, me caía fatal o de la ensaimada que me comí en Formentera este verano. 

No tengo ni idea. 

Pero después de las opiniones que he leído, me queda claro que mientras escuchas el disco: vas a recordar a todos tus ex en orden cronológico, harás el duelo por rupturas que ni siquiera viviste y te dará por pensar que podrías haber sido mejor persona, si no hubieses faltado a aquélla clase de Catequesis cuando tenías ocho años.

Con este fenómeno me he dado cuenta de que la música ya no se escucha: se disecciona como si fuese un cadáver y después se expone al público con seguridad, como si hubiésemos nacido con una mesa de mezclas en una mano y el violonchelo en la otra.

A veces, está bien no correr. Llegar tarde. Escuchar un poco. Sentir lo justo.

Por eso yo vengo (y me atrevo) a decir que también se puede disfrutar de la música sin convertirla en un examen. No hace falta tener una opinión inmediata. 

La mía todavía está dando vueltas en la lavadora.

TRIPLE SONRISA.

Correr es de cobardes valientes. Aunque lo que me parece valiente de verdad es salir a la calle con ropa de runner, sabiendo que vas a caminar varias veces en mitad del recorrido. Eso sí que es vivir al límite de la humillación pública.

El sábado volví a correr después de 15 días parada. Tendinitis rotuliana desde septiembre, dudas existenciales del tipo “igual ya se me ha pasado el arroz deportivo”, “igual debería aprender a hacer punto de cruz”. Empecé a trotar esperando el pinchazo dramático que me devolviera a la realidad. Pero no llegaba. Siete kilómetros y cero dolor. Sonrisa. Esta mañana he repetido. Cero dolor otra vez. Sonrisa doble. No me jubilo todavía.

Estoy haciendo CA-COS: correr un rato, caminar otro. En mi caso: 2-3 kilómetros corriendo, cinco minutos caminando. En mi cabeza, mientras camino vestida de runner, hay un señor imaginario señalándome y gritando: “¡Vaya fraude! ¡Eres una auténtica runner de Palo!”. Aun así, la alegría de correr sin dolor pesa más que la vergüenza, así que mi vergüenza la he dejado tirada por el paseo marítimo.

Correr siempre me saca una sonrisa. A veces porque dejo las vergüenzas los problemas tirados en algún kilómetro, otras porque se me ocurre una idea buenísima y alguna que otra vez porque el reloj me marca un tiempo decente.

Además, al volver a casa me he visto en el espejo y me he sentido bastante pibón. Triple sonrisa.

Truco, trato y otras intolerancias.

Artículo original publicado en el periódico El Español – Quincemil el pasado 1/11/2025

¿Y si el año que viene, en vez de disfrazarnos de muertos, nos disfrazamos de vivos sin filtros? 

Me refiero a esa cara que la cámara frontal del móvil capta sin avisar: ojeras en 3D, papada en modo panorámico y una luz que no perdona y que convierte a ese granito en el protagonista de tu selfie. Eso sí que da miedo.

Ayer fue Halloween, una fiesta que hemos importado, traducido y exprimido hasta la última calabaza. Los niños se paseaban por las calles pidiendo caramelos como si fuesen revisores del ticket de la ORA: puerta por puerta y con sonrisa de funcionario: “¿truco o trato?”, decían. 

Lo que no vimos venir es que el trato está cada vez más complicado. Antes, a los niños se les daba un puñado de chuches y listo. Pero ahora, a uno no se le puede dar un caramelo porque lleva gluten, al otro tampoco porque tiene trazas de frutos secos, y al de más allá porque es vegano. No me extrañaría que en unos años, en vez de decir “truco o trato”, los niños digan: “truco o trato descafeinado y sin lactosa”.

Yo anoche fui a una fiesta de Halloween “de adultos”. Primer susto. Me encontré a gente con menos pelo que Homer Simpson (y la misma barriga cervecera), luciendo colmillos de plástico, capas de terciopelo poliéster y minifaldas imposibles de defender a menos que seas menor de veinte. Yo llevaba unas galletas con forma de fantasma que había comprado en Carrefour Express a las ocho y media de la tarde. El segundo susto llegó cuando un Batman prediabético preguntó si tenían azúcar “¡Pues claro! ¡Son galletas, no apio!”. Después, una vampiresa de bazar preguntó si eran ‘gluten free’. En ese momento lo vi claro: el terror moderno no lleva careta; lleva intolerancias, FOMO ansiedad social y un plan nutricional.

Cuando yo era pequeña, Halloween era una cosa que salía en las películas americanas y que nos parecía exótico: niños disfrazados de esqueletos, calabazas con dientes y jardines llenos de tumbas falsas. Aquí, como mucho, hacíamos el magosto, comíamos castañas y contábamos historias de fantasmas. Pero eso se acabó. Ahora los colegios organizan fiestas, los adultos nos maquillamos como si fuésemos al rodaje de The Walking Dead y los perros llevan disfraces de murciélago. Nos hemos tomado muy en serio lo de asustar.

Supongo que Halloween nos sirve de excusa para ponerle humor a lo que en realidad nos da miedo: la báscula, abrir la app del banco, comprobar si hemos hecho los 10.000 pasos o escuchar a alguien pedir ‘un café descafeinado, con leche desnatada y sin alegría lactosa’. Nos disfrazamos de monstruos para disimular, porque los verdaderos sustos los vivimos a diario, sin necesidad de murciélagos de goma. 

Y a los hechos me remito porque ahora, que ya hemos guardado el disfraz en el altillo y creemos haber sobrevivido al susto, aparece en el calendario el siguiente evento terrorífico: diciembre. Luces, colas infinitas, aguantar al cuñao, villancicos y el grupo de WhatsApp del cole en llamas, para decidir quién compra las coronas de los Reyes Magos, quién los gorritos de Papa Noel y quién las magdalenas. Sin gluten.

EL MUNDO DE PALO.

NOTA DE LA REDACCIÓN

Este es el primer número de El Mundo de Palo, un post disfrazado de periódico boletín mensual que no aspira a informar, sino a entretener: una mirada irónica a lo cotidiano, escrita entre cafés, gafas para protegerme de la luz azul y bostezos.

Aprovechando que hoy es Halloween y fin de mes, os lanzo una pregunta: ¿Qué os da más miedo: los disfraces, los fantasmas tristes o abrir la app del Banco y ver el saldo moverse como una ouija?

ASUNTOS URGENTES QUE NADIE PIENSA SOLUCIONAR

Los lunes siguen existiendo, y nadie hace nada al respecto.

Tenemos coches eléctricos, neveras que hablan y relojes que te dicen que respires… Pero los lunes, cómo tu ex, siempre vuelven.

Yo los expertos recomiendan afrontarlos con la misma energía con la que uno va a la comida del día de Navidad: sin esperanzas.

NOTICIAS QUE PODEMOS COMENTAR EN PIJAMA.

Celebrado el Campeonato Mundial de Lanzamiento de Hueso de Aceituna.

El vencedor, un cordobés con mandíbula de titanio, lanzó el hueso 23 metros y después se pidió una caña, como si nada. Escuché comentar en la radio a un juez que lo más destacable fue la elegancia del escupitajo.

España vuelve a demostrar que puede convertir cualquier aperitivo en disciplina olímpica.

LA BUENA NOTICIA (pero sin pasarse).

Un hombre asegura haber encontrado el equilibrio perfecto: duerme la siesta mientras teletrabaja.

Su empresa empezó a sospechar, cuando su micrófono transmitió ronquidos desde las 15:35 hasta las 16:02. “No es ronquido, es concentración profunda”, declaró el nuevo referente del bienestar laboral.

ECONOMÍA EMOCIONAL

Los españoles batimos el récord en consumo de café, pero seguimos sin despertarnos del todo.

Un estudio que me he sacado de la manga confirma que el 90 % del café se utiliza para sobrevivir a reuniones que podrían haberse evitado con un correo; el 10 % restante es utilizado para decorarlo con espuma en forma de corazón y hacerle fotos.

 EDITORIAL

Y hasta aquí las noticias que no cambiarán tu vida, pero al menos te harán llegar tarde con una sonrisa. Quizás el mundo no mejore, pero yo voy a intentar contarlo bonito.

Nos vemos en el próximo número de El Mundo de Palo, el boletín que no informa, pero entretiene.