LA MEJOR CROQUETA DEL VERANO

Artículo original publicado en el periódico El Español – Quincemil el 23/8/2025.

Estos días se habla mucho de las carabelas que han invadido nuestras playas. Y no me refiero a aquellas naves gloriosas que intentaron conquistar La Coruña y que María Pita frenó a golpe de grito y lanza, sino a las carabelas portuguesas: unos bichos urticantes que parecen joyas flotantes, pero que te conquistan con un roce y han obligado a izar banderas amarillas en Riazor, Orzán, Sabón, Sada. Los socorristas están en alerta máxima, porque incluso muertas siguen picando. Como esos ex novios que nunca dejan de mandar fuegos por Instagram.

Mucho se habla de las carabelas, sí. Y poco (muy poco) se habla de lo complicado que resulta salir con dignidad del agua en algunas playas. Lo cual, en mi ranking de tragedias playeras, está incluso por encima de una picadura de medusa. 

Por ejemplo, en nuestra querida playa de Riazor deberían colgar un cartel al lado de la bandera: “Zona de salida hostil. Alta probabilidad de humillación pública. Esta playa no se responsabiliza de su imagen”. 

Porque no es lo mismo salir del agua en una cala tranquila, de esas de arena fina con algún cangrejo mono por la orilla, que hacerlo en una playa llena de piedrecitas y escalón traicionero en la orilla. Cada playa tiene sus batallas.

Porque tú estás tranquilamente flotando, disfrutando de tu momento de spa gratis y cuando te aburres, decides que ya es hora de salir. Entonces empieza el espectáculo. Las olas, que hasta hace un segundo te mecían con delicadeza, se ponen en modo centrifugadora. Te empujan: para dentro, para fuera. Te revuelcan, te giran, te dan la vuelta como si fueras una croqueta a medio hacer. Para dentro, para fuera. Y tú, que ya habías calculado la maniobra de salida, pierdes el equilibrio justo cuando llegabas a la orilla. 

Y ahí te quedas: de cuclillas con medio cuerpo dentro del agua, medio cuerpo fuera. Estás en tierra de nadie: ahora ni para dentro, ni para fuera. Eres la viva imagen de la derrota.

En el siguiente intento no te atreves a mirar hacia la playa. Sabes que hay gente observando. No puedes confirmarlo visualmente, pero lo sientes. Están ahí esperando el gran revolcón final y mirarles sería como romper la cuarta pared. 

Aunque la realidad es que probablemente nadie te esté haciendo mucho caso. Es decir, tú sientes que hay cincuenta pares de ojos clavados en ti, como si fueras el tráiler de la última película de Tom Cruise, pero la verdad es que la gente está a lo suyo: comiendo bocatas de tortilla, discutiendo por la sombrilla, o intentando evitar que su hijo se coma un puñado de piedras arena. Y en el remoto caso de que alguien te esté mirando, tampoco estás protagonizando una obra maestra. Esta película ya la han visto mil veces. Se llama “Rubia espectacular Persona intentando salir del mar con dignidad” y hay pases continuos todo el día a lo largo de toda la costa. Solo cambia el reparto y el escenario.

Y tú, heroína María Pita de las mareas, no vas a rendirte. Así que aprovechas el descenso de una ola, clavas el pie como puedes (probablemente en una piedra con forma de cuchillo), y dejas que el empujón de la siguiente ola te lleve hacia la libertad. Lo consigues. Y sales arrastrando contigo media flora marina que se ha enganchado en tu pelo. Pero no importa. Estás fuera. Eres libre una croqueta.

Una croqueta humana. Compacta por fuera, descompuesta por dentro. Rebozada en arena. Intentas recuperar la dignidad sacudiendo los brazos y quitándote las algas con gesto elegante, como si fueses Audrey Hepburn limpiándose una miguita de pan.

Caminas hacia tu toalla tiesa como una vela. Cabeza alta. Mirada al frente. Como si al caminar no sonases a esponja mojada. Y de repente te das cuenta de que aun no has ganado. El verdadero reto llega cuando pisas la arena seca, esa que lleva calentándose al sol desde las 10 a.m. y que ha alcanzado la temperatura de la lava volcánica.

Ahora la travesía se ha convertido en una prueba de obstáculos. Saltas. Corres. Tus pies gritan. Tu cuerpo reacciona. Tus vergüenzas rebotan con entusiasmo olímpico. Y tú ya no sabes si estás huyendo del calor o de ti misma. Hasta que por fin llegas a tu toalla y te lanzas en plancha como si fuera una trinchera en mitrad de la guerra. Has sobrevivido. 

El público se levanta y te da un sonoro aplauso que dura cinco minutos. Te lo has ganado. El aplauso del honor, el de la resistencia y el de Mejor Croqueta del Verano. Carabelas aparte.

Apuntes de las últimas semanas:

Una señora en el súper, de palique con la pescadera: “Las vacaciones se acaban el día que vuelves a poner lavadoras”.

Un padre poeta en la playa explicándole a un hijo: “Las olas son como perros, a veces juegan y a veces muerden”.

Un señor en un bar: “El silencio ya solo existe en los aeropuertos de madrugada”.

Mis últimas búsquedas en Google:

carabela portuguesa, dónde comprar salsa salchichas currywurst, Matusalem cuántos años vivió, menú burger king, orquestas cerca de Negreira.

TRES VIDAS Y UN AGOSTO.

Artículo original publicado el 9/8/2025 en el periódico El Español – Quincemil.

En agosto todo se derrite: los helados, las ganas de madrugar y las fronteras que separan lo que enseñamos, lo que ocultamos y lo que no nos atrevemos a confesar.

Decía Gabriel García Márquez que “todo hombre tiene tres vidas: una pública, una privada y una secreta”. Y basta sobrevivir a un agosto para darse cuenta de que tenía más razón que el meteorólogo que, con cara de sorpresa, anuncia que se avecina una ola de calor. En agosto.

La vida pública de los que no somos famosos se cuece, sobre todo, en terrazas redes sociales. Allí posamos entre sombrillas y tintos de verano, intentando parecer más delgados, más divertidos y más morenos de lo que realmente estamos. Ahí no hay masificaciones, los coches no se convierten en hornos con ruedas, no se ven rabietas de niños en la playa. Instagram Agosto, con sus vacaciones y sus atardeceres, es el mes estrella de ese escaparate: imágenes idílicas, casi idénticas de pies en la arena, sombreros de paja, horizontes infinitos y ese ‘salty hair I don’t care’.

Después está la vida privada. La que empieza cuando cerramos la persiana para que no entren ni el sol ni la mirada del vecino. Ahí ya no importa la postura, el encuadre, ni el filtro. Es la vida en la que caminamos por casa con ropa holgada que nunca verá la luz de la calle; discutimos para saber quién olvidó rellenar la jarra y nos ha dejado sin agua fría; y ponemos en alto las piernas hinchadas por culpa del calor. Y en esta intimidad tampoco importa si un vecino cotilla nos ve desde la terraza, porque igual que en su casa, también se encontrará con siestas eternas y cenas a base de sobras del mediodía.

Por último está la vida secreta. Esa que no se asoma ni en stories, ni en la terraza. Pensamientos que nadie conoce, una canción terrible que escuchas en bucle, el ex que sigues stalkeando desde la penumbra, una frase que has guardado y que nunca utilizarás. Esa parte que escondemos, muchas veces sin saber por qué.

El problema es que agosto actúa como un confesionario improvisado que derrite las barreras, suelta las lenguas y mezcla las tres vidas como los hielos con el tinto de verano. Y entonces, esa playlist vergonzosa empieza a sonar en el coche con tus amigos; se hace un silencio justo cuando estabas escuchando un audio antiguo de tu ex; y lo que juramos no contar ni bajo tortura, sale a flote en el chiringuito entre cervezas tibias.

En agosto todo se derrite perdona. Es culpa del calor, que derrite hasta los cerebros. Ya en septiembre, cuando refresque y se asiente la rutina, volveremos a reconstruir fronteras fingiendo que esas tres vidas nunca se mezclaron. Eso sí, esconded en una carpeta secreta todas las fotos que deberíais borrar al terminar agosto.

TRUCOS PARA COMBATIR EL CALOR.

  1. Veranea en el norte. 
  2. Báñate en el Atlantico (dependiendo de la zona te refrescarás o se te congelarán las ideas).
  3. Cualquier momento es bueno para tomarse una cerveza muy fría y bien tirada, pero al volver de la playa, ese momento es imbatible.
  4. Cómprate un reloj de sol para calcular dónde dejar el coche y que, cuando vuelvas, siga a la sombra.
  5. Tómate un Magnum doble de chocolate ¡las calorías se evaporan con el calor!
  6. Lee a la sombra y deja que el libro te teletransporte a otros mundos (donde quizás haya pingüinos).
  7. Ponte vestidos frescos , aunque no bajen la temperatura, estarás fresca y lo más importante, GUAPA.

Ni fe, ni milagros: El Camino y sus atajos.

Una empieza el Camino de Santiago sin tener muy claro por qué ¿Fe? ¿Deporte extremo? ¿O quizás por las vistas, la comida, las fotos para Instagram y la satisfacción que da contarlo después?

**Artículo original publicado en El Español – Quincemil el 25/7/2025.

El Camino engancha por muchas razones: empiezas buscando paisajes y penitencia, pero poco a poco también descubres cuántas ampollas caben en un pie y la paciencia que tiene (o no) una pareja.

Etapa 1: Sarria – Portomarín (23 km).

Madrugamos con la ilusión del primerizo. La vaselina pasa de los labios a los pies y nuestro desayuno (café, tostadas y optimismo) parece suficiente. Hasta que empiezan las cuestas, dignas de un programa de Calleja.

El paisaje ayuda a sobrellevarlas, el olor a caca de vaca nos reconcilia con lo rural y el clac-clac de los bastones (descubrimos que no se llaman “palos” gracias a un peregrino experto) nos relaja.

Nos cruzamos con grupos de adolescentes celebrando el fin de curso con reggaetón a todo volumen. A su edad, ni con sobornos me levantaban a las siete de la mañana para caminar. Se ve que la madurez me ha llegado tarde, pero ha llegado, que es lo importante. Ahora madrugo y me emociono al ver una vaca por la ventana.

Terminamos el día cenando con vistas al Miño y debatiendo una de las grandes incógnitas del Camino: ¿Cuando alguien te dice ¡Buen Camino!, se contesta: gracias, pero me duele una uña”, “¡Buen Camino pa ti también, meu rei!” o simplemente se asiente con cara de “lo estamos intentando?

Etapa 2: Portomarín – Palas de Rei (25 km).

Ya decimos “¡Buen Camino!” con la seguridad de quien lleva dos días caminando arrastrando los pies.

Esto ya no es senderismo, es supervivencia. Los primeros 12 km son cuesta arriba. Si el día anterior fue un programa de Calleja, hoy es un documental de alpinismo de La 2.

Durante la comida, aleccionamos a unas catalanas que pensaban que Estrella Galicia y Estrella Damm eran lo mismo. Aún así, pidieron una “Galicia”, lo que demuestra que el buen paladar no entiende de fronteras.

Por lo demás, confirmo que no hay antihistamínico que pueda con el polen gallego.

Etapa 3: Palas de Rei – Arzúa (30 km)

Amanece nublado y damos las gracias. Venía la etapa más dura, apodada Rompepiernas. Desayunamos “huevos del peregrino” y compartimos mesa con unas americanas de hueso ancho que se tomaron una Coca-Cola en ayunas. En ese momento nos parecieron osadas.

En esta etapa no vemos adolescentes. Estarán de resaca, como debe estar una persona de 18 años a esas horas. Todo en orden.

En el kilómetro 22, cojeando dignamente, paramos a repostar. Justo ahí vemos a una pareja que llama a un taxi porque “con este sol y este calor yo no camino más, que ya llevamos once kilómetros”. ONCE. En ese momento entendemos que el Camino también se hace (o se abandona) con la mente.

Llegar al hotel es como ver la Catedral. Descubrir que tiene piscina, como ver al Apóstol bajando a saludarte. Pero la mayor sorpresa es encontrarnos allí a las americanas de hueso ancho la Coca-Cola en ayunas, ahora con copa de champán en mano, unas croquetas y pinta de no estar muy cansadas. La recepcionista nos confirma la jugada: llegaron hace cuatro horas. En taxi.

Etapa 4: Arzúa – O Pedrouzo (20 km)

¡Sorpresa matutina! Volvemos a compartir desayuno con nuestras compañeras de ruta: las señoras de hueso ancho la Coca-Cola en ayunas. Siempre frescas, calzado limpio. Preparadas para afrontar otra exigente etapa en taxi.

Aquí confluyen el Camino Francés, Portugués e Inglés. Suena a chiste espiritual, pero sorprendentemente hay silencio. Solo se oyen los bastones y los pájaros. Dicen que el Camino te ayuda a pensar, pero lo que no te dicen es que a estas alturas, no tienes fuerzas ni para acabar una frase. Y tampoco piensas.

Vemos tres autobuses aparcados en mitad del monte. Después de la trama de los taxis, esto nos parece altamente sospechoso. No descartamos que haya un Camino alternativo sobre ruedas y con aire acondicionado.

Cerramos la etapa hablando con otra pareja que empezó caminando en Francia el 17 de junio. Todavía no se han divorciado ¿Amor verdadero o milagro de Apóstol?

Etapa 5: O Pedrouzo – Santiago (20 km)

Empezamos a caminar bajo un cielo negro y un concierto de truenos.

Se pone a llover. Todos los peregrinos caminamos con unos chubasqueros que nos tapan casi todo el cuerpo; parecemos la Santa Compaña versión Decathlon.

Llueve.

Llueve.

Llueve.

Los frutos secos que llevamos para cargar energías acaban convertidos en frutos mojados. Perdón, pero el chiste era inevitable. El Camino te cambia, pero no tanto.

En el Monte do Gozo paramos a tomarnos dos cañas. Gozarlo en el Gozo.

Y por fin, Santiago. Estamos emocionados, cansados y calados. No necesariamente en ese orden. Al pisar la Catedral, entendemos que lo del botafumeiro no es tradición, es necesidad. El olor a calcetín húmedo pide ducha incienso urgente.

Dicen que el Camino te cambia. Tal vez. O quizás solo te deja los pies hechos polvo y la memoria llena de anécdotas que exagerar en las cenas.

Pero mi conclusión es que aunque los kilómetros se caminen con los pies, también se hacen con la paciencia.

Al final, más que cambiarte, el Camino te recuerda algo muy gallego: lo importante no es tanto llegar, sino saber elegir con quién caminar.