MAD.

Su columna vertebral es de asfalto y está salpicada por muchos alfileres verdes que en otoño cambian a marrón pajizo. Cinco torres de cristal oscuro en un extremo. Como gigantes que vigilan la ciudad. Rotondas, palacios y edificios históricos conforman sus vértebras; fuentes con reinas que a veces se tiñen de blanco, o de rojiblanco, según cómo haya ido la temporada; arcos que en su día fueron las únicas puertas para entrar a la ciudad. 

Fotos antiguas: La Puerta de Alcalá en 1857 – Secretos de Madrid

Si nos alejamos un poco de la columna vertebral llegamos al pulmón principal. En otro tiempo eran los jardines de recreo de la realeza, con un lago en el medio como un oasis, que hoy se llena de barquitas de enamorados en los días de primavera y que refleja el rosa intenso del cielo en los atardeceres de febrero. Porque no hay otro cielo igual que este. Esos jardines que antiguamente recorrían reyes a caballo, son hoy el camino de transeúntes y corredores que se pierden entre árboles centenarios y palacios de cristal.

En el lado opuesto de ese gran pulmón nos encontramos con una de las arterias principales de la ciudad. Una Gran Vía en la que brillan luces de neón por la noche, teatros, ruido, gente andando sin levantar la vista de sus teléfonos móviles “la vida es lo que pasa mientras no miramos el móvil” ¿A dónde irán? A lo mejor ese grupo va al restaurante brasileño de la Calle Ballesta que está ahí detrás, dónde el dueño, nacido en una ciudad en el norte de Brasil, prepara unas caipirinhas que te transportan a Rio de Janeiro. ¿Dónde estaba exactamente aquel restaurante israelí al que fui a cenar cuando volví de Jerusalén? Me quedé maravillada con la gastronomía de ese país y recuerdo que el restaurante estaba en esta zona; quizás el hombre de las bermudas de lino y barba canosa se dirige ahí. La chica de la mochila de cuero que me acabo de cruzar no creo que tenga ánimo de ir a ningún restaurante, ni al teatro; lo que menos le pesa es la mochila, me lo dicen sus ojos acuosos que no se atreven a parpadear para no desbordarse.

Si continúo cruzando calles llego a la parte antigua de la ciudad —¿cuál es el primer órgano que se forma? ¿el corazón? ¿Quizás el alma?—. La Puerta del Sol, el lugar donde se cruzan los caminos, como dice la canción. Ramón García y su capa, La Pedroche y sus transparencias, las dos Españas, plaza de contrastes que une a un país durante unos instantes a través de doce campanadas y doce uvas. Inmediatamente después volvemos a dividirnos: unos brindan con champán; otros brindamos con cerveza.

Pikachu y Pocoyó divagan por la plaza, un día se pelearon, lo vi en las noticias y por eso me lo creo; como también se pelearon en esta zona durante la Guerra Civil con los sacerdotes. Iglesias ardiendo. Lo leí en varios libros y también me lo creo. Hoy arden bengalas dentro de los restaurantes cuando los camareros traen el postre con botellas de champán al ritmo de C. Tangana. Tenéis que creerme porque eso lo vi con mis propios ojos.

Esta ciudad nos acoge a todos: al chico de las bermudas de lino y barba canosa; al dueño del restaurante brasileño; a Pikachu y su espíritu guerrero; a mí, que no me gustan los torreznos, pero adoro el cocido; a las olas de calor en julio; a las parejitas de enamorados en primavera; y a Filomena en enero. No hace falta ser gato para sentirte en casa.

Yo un día decidí cambiar el mar por esta columna de asfalto ardiente y pegajosa en verano; resbaladiza y plagada de hojas en otoño, y aunque ahora vivo con morriña, me emociono escuchando ‘Pongamos que hablo de Madrid’.

Gran Vía, Madrid - Wikipedia

PRIMERA FILA.

Las mejores palomitas del cubo siempre son las de arriba; esas que están a punto de caerse en cuanto empiezas a caminar hacia la Sala 2 fila 12 butaca 15 del cine.

Las palomitas de abajo están frías, muchas a medio hacer, duras, te parten la muela y el paluego es inevitable. A mí me gusta vivir la vida como las palomitas de arriba: jugando a hacer malabares para no caerme del cubo y tener las mejores vistas, viendo la peli en primera fila.

I GUESS THIS IS GOODBYE.

Pocas veces somos conscientes de que estamos siendo felices. Me refiero a ser feliz a tiempo real, en plan qué feliz soy, como estoy disfrutando de este momento; normalmente nos damos cuenta después. Pero de un tiempo a esta parte, yo intento tener la consciencia muy presente en esos ‘pequeños momentos de felicidad’, como dice el título de un libro que tengo, así que como parece ser que el verano se acaba el sábado (no quedan días de verano, cantaba Amaral), quiero decirle adiós plasmando mis 30 momentos de felicidad estival. Pasen y lean, que hoy estoy loca mística:

—Firmar en la feria del Libro de La Coruña (empiezo fuerte con uno de los momentos del verano, del año y de mi vida, probablemente).

—Volver a La Coruña casa huyendo del calor de Madrid.

—Dormir (por fin) sin aire acondicionado.

—Abrazarme al nórdico.

—Me refiero al edredón, no a un señor rubio noruego.

—Una copa de vino escuchando el cencerro de las vacas de fondo —suena bruto como un arao, pero el momento es tan idílico que si compartes el vino con alguien, hasta te puedes llegar a enamorar (siempre y cuando ese alguien no sea la vaca)—.

—En Asturias.

—Ir a la playa por la mañana cuando todavía no hay mucha gente.

—Aquella jarra de sangría blanca en Formentera que nos nubló la memoria.

—Y la vergüenza.

—Comprarme unos pendientes de un rayo en una feria de artesanía, ponérmelos al momento y pensar que nadie más los iba a tener.

—24 horas sola en Formentera.

—Sentirme la más hippy de la isla.

—Que una persona que no conozco me escriba por Instagram para decirme que ha visto a una chica leyendo mi libro en Bali.

—Sí, BALI, Tailandia.

—Dos regalos de santo muy especiales.

—Llegar a Marbella y sentirme en ‘casa’.

—Parar el coche en medio de la carretera para hacernos fotos ver la puesta de sol.

—En Comillas.

—Bañarme en el agua helada del Atlántico y volver a la toalla creyéndome una supermodelo. El mar me hace sentirme inmortal.

—Cuando en los mil conciertos a los que he ido, sonaba una canción que me sabía y la gritaba hasta quedarme sin voz.

—Arreglarme antes de salir a cenar y ver que tengo la cara roja-morena de la playa.

—¿Ya he dicho que vieron a una chica leyendo mi libro en Bali?

—Volver a correr después de meses lesionada.

—Abrazar a Bosco.

—Que me devolviese el abrazo con otro aún más largo.

—Nadar en el mar.

—»No sé qué va a pasar mañana».

—Correr entre pinos por caminos de tierra.

—Volver a la rutina después de semanas de desenfreno.

—Mi pelo verde que aunque he luchado infructuosamente por eliminarlo, en el fondo me parece divertido y original tener el pelo verde sin habérmelo propuesto.

—Escribir con calma nada más levantarme.

—Darme un baño en la piscina a las 21:00.

—Cenar pad Thai en un barco.

—Leer a la sombra.

—Perder un pendiente en un concierto (no era el del rayo) y encontrarlo después en la capucha del chubasquero.

—Un perrito caliente a las 3 a.m.

—“Esta noche estoy revoltosa”.

—Muchas ganas de volver a Madrid

—Comprarme el billete.

—Mojar pan en el aceite que sobra en la tabla del pulpo.

—Mojar pan en la salsa de unos mejillones tigre.

—Mojar pan.

Mojar.

—Cena de primos.

—Concierto de Taburete.

—Desconectar de la vida social, que estaba demasiado estimulada, en Marbella en septiembre.

—Paseo al lado del mar viendo el atardecer.

—Una siesta en la playa escuchando las olas de fondo.

—Despertarme porque se me estaba cayendo la baba, supongo que del gustazo.

—Cerveza helada después de un día de playa.

—Ensalada con tomates de pueblo.

—Madrid en septiembre, volver a estimular mi vida social.

—Los reencuentros.

He empezado el post muy chulita, diciendo que sería una lista con TREINTA momentos; decidí poner ese número sin pensarlo y la lista se me ha ido de las manos, pero soy rubia, soy de letras y las reglas están para saltárnoslas, sobre todo en verano si las pongo yo.

¡Hola otoño! Parece que también te vienes revoltoso.

PERDIENDO LA DIGNIDAD.

Poco se habla de lo complicado (por no decir imposible) que resulta salir con dignidad del agua en algunas playas. Sobre todo en esas en las que hay un gran escalón en la orilla. Sí, sobre todo en esas en las que las olas te empujan, para dentro, para fuera; te mecen a su antojo, para dentro, para fuera, y cuando por fin crees que conseguirás salir, resbalas con las piedras del fondo, pierdes la estabilidad y te quedas de cuclillas, medio cuerpo en el agua, medio cuerpo fuera, estás en tierra de nadie, para dentro, para fuera.

En el siguiente intento ya no te atreves a mirar hacia la playa, a romper la cuarta pared, porque sabes que tu público está expectante augurando el gran revolcón. Pero tú, que sigues en la lucha, aprovechas el momento en el que una ola baja, te dejas llevar por el empujón de la siguiente y consigues salir (con algún alga pegada al hombro), para dentro, para fuera.

Una vez en la orilla y lejos de todo peligro, te propones recuperar tu autoestima, que en ese momento está al mismo nivel que la autoestima de una ameba tuerta. Te estiras y vuelves a la toalla tiesa como una vela, mirada al frente y cara de ‘aquí no ha pasado nada’ (sigues sin mirar a tu público). Pero aunque has ganado una batalla, la guerra no ha acabado porque cuando pisas la arena seca, te das la cuenta de que estás caminando sobre brasas, la arena quema, arde y si no quieres terminar con quemaduras de tercer grado en la planta de los pies, tienes que correr hasta la toalla en un descontrolado vaivén de todas tus vergüenzas.

Cuando por fin llegas a tu sitio, te lanzas en plancha al refugio de la toalla trinchera. El público se levanta y te da un sonoro aplauso que dura cinco minutos.

TURBULENCIAS.

Atasco. Alarma a las 7:00. No llego a nada. Gente. Tacones. Sí llego. Qué calor hace todavía ¿Qué tal el verano? Hoy me acuesto pronto. Voy a deshacer la maleta ¿Un vinito esta tarde? Clase de Spinning a las 8:50. La compra. No quiero bolsas. Quiero una cerve. Personas. 47 mails sin leer. He visto a un fiche. Turbulencias. Ha engordado. Pero le ha sentado bien el verano. Y yo despeinada. Y con el pelo verde. Pero a mí me ha sentado mejor el verano. Y no he engordado. Correr por el Retiro. Subir la cuesta del Ángel Caído sin llorar parar. Call the ambulancia.

Tengo que quedar con C ¿Dónde cenamos el viernes? El sábado dan tormenta. Turbulencias. Las clases de inglés. No hay sitio en Los 33. Pues vamos a Almagro. Estoy en Richelieu. Te pides un vino y ya cenas ¡Bienvenida! Paso de cebra en Claudio Coello y la conductora se lo salta mientras mira al frente muy dignamente. Como si estuviese dirigiéndose hacia la luz al final del túnel. No me ignoraban así desde que le pedí un autógrafo a Miguel Bosé en el aeropuerto. Sí, un autógrafo ¿Y esta lluvia? Se me ha olvidado el paraguas. Es que en Madrid nunca llueve ¡Anda que no! Después que no nos vengan con la sequía ¿Reservamos para la cena de Navidad? Tengo que ir a Primor. He hecho 20.000 pasos sin querer. Se me ha olvidado el cargador del ordenador en casa. Turbulencias. Hoy veo a L. Otro café. Me he equivocado de yogures. Estos no me gustan. Carrefour Express y solucionado. Sin bolsa. Acuérdate de comprar flores. Pasar por la boca de metro de Alonso es como inhalar de golpe un paquete de Marlboro. Lo he escrito bien sin mirar en Google. Y no, nunca he fumado. Pero he pasado por delante de la boca de metro de Alonso mil veces ¿Quién me llama ahora? Parpadea el semáforo, pero si corro me da tiempo a cruzar (la Castellana). Bocinazo ¡Perdón!

Echaba de menos mi gym. Clase de HIIT con P. Tengo los bíceps al vinagre. No recordaba que esto era un entrenamiento militar. Call the ambulancia ¿salir a cenar otra vez? Me pido una ensalada. Con aguacate y extra de torreznos. Coulant de postre. Esta noche a Giselle. Ya me has liao. Ginebra con agua. Poco cargada ¡Ya, ya! Turbulencias. No tengo batería en el móvil. Ayer muy divertido. Parece que ya estamos todos. Me he cruzado con J por la calle. Si es que esto es un pueblo. No, somos nosotros que vivimos en una burbuja ¿Nos vemos la semana que viene? Hasta octubre no puedo. Te debo un audio largo.

Vaya con la vuelta a Madrid. Un parpadeo y ya es mañana. O 2037. Puede parecer que no, pero sí, estas turbulencias merecen la pena.