Escribir es como emborracharse.

Cuando estoy muy concentrada escribiendo me escapo. Me evado. Nunca sé a dónde me voy, pero debe de ser lejos porque cuando vuelvo, siento como si me despertase un algo entre caricia y bofetada. Una fuerza extraña, ajena a mí. Esa caricia o bofetada que me trae de vuelta puede ser una llamada de teléfono, el avión, que ha aterrizado o el timbre con un paquete de Amazon.
Y en ese momento, me siento como cuando me despierto después de una noche de borrachera ¿Qué hora es? Una laguna muy grande. Chupitos de tequila, Jaggermaister, todo mezclado, muy agitado. Y de repente estoy en una cama que no es la mía, con los zapatos puestos, sin desmaquillar, sin dinero y sin recuerdos.
No sé qué hace este texto aquí. No sé cómo he llegado a este lugar. Bailando, tecleando, mezclándome entre la gente, viviendo, pasándomelo muy bien. Y sin resaca.
