
Qué gusto da llamar a alguien por compromiso y que no te lo coja. Esa sensación de deber cumplido sin tener que soportar diez minutos de conversación sobre cortinas, el ayuno intermitente o lo mucho que ha crecido su hijo, que sigue teniendo cuatro años pero ahora mide más.
Es como vestirse de deporte y quedarte en el sofá: la intención también cuenta, pero sin sudar.
Porque todos sabemos que esas llamadas no se hacen por amor, se hacen por educación, por presión social o por el miedo a encontrarte a esa persona en el supermercado y que te diga “a ver si me llamas”. Pues mira: lo intenté, pero el destino (y tu buzón de voz) no quisieron.
