Mayo siempre me ha parecido un mes con carácter. Es como un ensayo general antes del verano: la promesa de todo lo que puede pasar, el florecimiento, las alergias, las emociones desbordadas. En este mayo, para mí, también florecen recuerdos de historias que, en lugar de marchitarse, han echado raíces. Historias que merecen celebrarse con banda sonora, brindis y flores. Algunas flores tienen espinas, pero con un poco de práctica, se aprende a olerlas sin pincharse.

Escribir me ayuda a ordenar todo eso que florece y se revuelve con los cambios de estación. Requiere muchas horas de soledad y en esas horas es donde nacen y crecen las ideas, convirtiéndose, si hay suerte, en historias. Algunas propias, otras prestadas. En muchas de esas historias hay lugares que están hechos para dos: un banco frente al mar, un secreto bien guardado, una canción compartida a deshora.
La huella que deja una persona sobre otra no se puede controlar. Podemos borrar, bloquear, evitar ciertos bares. Podemos quemar fotos y cartas, como dice la canción. O esconderlo todo en un altillo bajo llave y dejar que el polvo lo entierre. Hasta que un día, sin avisar, llegue algo que te pellizque desde un lugar donde creías que ya no quedaba nada. Pero donde en realidad quedaba todo.
Escribir me ayuda a entender lo que siento antes de que lo sienta del todo. Lo hago desde hace años en este blog. Ahora escribo también en otros medios (¡qué ilusión!). Y no sé a donde me llevará esto, pero tengo la misma sensación que cuando empecé a entrenar para mi primera carrera: zancadas pequeñas, a ciegas, con la intuición de que algo bueno me esperaría en la meta.
Mayo es el mes de las flores y yo este año vengo con jardín propio.
