EN DEFENSA DE LA RUTINA.

Sin rutina, acabaríamos tan perdidos como Sergio Ramos fuera de un estadio de fútbol.

Artículo original publicado en el periódico El Español (Quincemil) el 6/9/2025.

La rutina fue inventada por el mismo genio maléfico que inventó los domingos por la tarde y aconsejó a Sergio Ramos que sacase un single. Alguien que, en apariencia, no quería que fuésemos felices. Aunque con el paso de los años, me he dado cuenta de que en el caso de la rutina, ese genio sabía lo que hacía.

Porque sin rutina, la vida sería un caos. Y acabaríamos desayunando a las cuatro de la tarde una pizza de hace tres días porque nadie nos obligaría a distinguir entre comidas, horas o estaciones.

Por eso, aun con toda su mala fama, la rutina es como ese jarabe horrible que ingieres tapándote la nariz: lo odias, pero te lo tomas porque sabes que al final te funciona. Es un salvavidas con forma de calendario que te avisa de que hoy es miércoles, que tienes reunión a las diez y que por mucho que la ignores, la lavadora no se pone sola. Es la voz seria que te recuerda que solo te quedan dos yogures (a punto de caducar) y que la nevera vacía no entiende de estaciones ni de crisis existenciales.

La rutina te da una excusa para obliga a despegarte las sábanas, a ducharte y a peinarte antes de que el repartidor de Amazon vuelva a encontrarte en pijama. Es quien te pone la alarma y te organiza el día. Y no es que sea emocionante, pero es fiable. Y con la edad, uno aprende que la fiabilidad tiene su atractivo. No lo parece, pero recordar que ya pagaste el seguro del coche porque lo tenías anotado en la agenda, es uno de esos placeres adultos que rivalizan con encontrarse cincuenta euros en un abrigo viejo. 

Ahí está el gran plot twist de la vida adulta: un día eres joven y al día siguiente piensas con entusiasmo: “¡qué ganas tenía de volver a la rutina para dormir en mi cama!”.

Hay quien ve la rutina como un manto gris; yo prefiero verla como un fondo neutro, un lienzo discreto que hace que lo extraordinario destaque sobre él. Porque si todos los días fueran vacaciones, las vacaciones dejarían de ser vacaciones; y si todos los días desayunáramos pizza despeinados, acabaríamos soñando con comernos una ensalada en la peluquería (y esto sí que sería preocupante).

Y ojo, que nadie se alarme, que el verano aún no ha entregado las llaves y aunque la mayoría ya ‘hayamos vuelto’, todavía quedan días para sentarnos en una terraza y tomarnos unas cervezas sin remordimientos.

Pero a mí, cuando llega septiembre, me gusta dejarme llevar por la rutina, igual que hago con el GPS del coche cuando viajo: sé que no siempre me va a llevar por la ruta más bonita, pero evitará que me pierda. Porque aunque las carreteras secundarias tengan su encanto, muchas veces, a estas alturas del año, lo que nos apetece necesitamos es llegar rápido a casa, guardar la compra en la nevera y tumbarnos en nuestro sofá. 

Al final, aquel genio maléfico no era tan villano: él sabía que sin rutina, acabaríamos tan perdidos como Sergio Ramos fuera de un estadio de fútbol.

UN DÍA (POCO SOSTENIBLE) CONMIGO.

6:45. Me despierta el ruido de mil cristales rompiéndose a la vez. Me froto los ojos. Ya están vaciando el contenedor del vidrio que hay debajo de casa. Otra vez ¿La gente por qué recicla tanto? Yo es que a estas horas todavía soy demasiado inmadura como para pensar en el medio ambiente. Perdón. Supongo que también influye que no me gusta despertarme con ese ruido atronador. A mí lo que me gusta es que me despierte el olor a café recién hecho. Café recién hecho por cierto actor américano cuyo nombre artístico empieza por Brad y termina por Pitt. Lo cual ocurre con poca frecuencia no ocurre nunca, para qué engañaros.

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6:50. Enciendo la radio Alexa, pon Herrera en Cope a ver si las monótonas noticias del día consiguen que duerma media hora más. Doy un par de vueltas en la cama abrazada a mi nórdico (me refiero al edredón, no a un señor rubio del norte de Europa), pero no consigo mi objetivo. Me desvelo del todo al escuchar que han inventado un microchip para implantar en el cerebro de la gente que suele olvidarse de las cosas, no por despistados, si no por mala memoria. Monto en mi cabeza la campaña de marketing y un spot: “Pida cita esta semana para implantarse nuestro ‘Recuperador de Memoria’ y llévese gratis dos botellas de Jägermeister. Podrá comprobar los efectos del diminuto microchip a la mañana siguiente. Si no queda satisfecho tiene lagunas, le devolvemos su dinero«.

7:00. Mi cabeza ya está activa, así que me levanto y enciendo la cafetera (otro día más sin que Brad Pitt me haga el café). Leo en Twitter las mismas noticias que me ha contado Alexa Carlos (Herrera) y alguna tontería más. En Twitter hay muchos maestros de todo.

7:30. Salgo a correr. Nada más poner un pie en la calle me congelo (un poco ) «¡¿Cómo es posible? ¡Si hace sol!», «Sí, pero por las mañanas hay mucha humedad, que estamos en septiembre, Palo!». Me encanta hablar sola conmigo misma. Sobre todo cuando corro.

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8:35. Vuelvo a casa renovada y con la cara más colorada que una panadera victoriana. Lo más duro no es haber corrido 10K, lo más duro es intentar hacer el último tramo esquivando a los señores guapos y trajeados que se dirigen a sus puestos de trabajo. «Que nadie me vea con esta pinta».

8:45 Me doy una ducha que dura mucho más de lo sostenible para el medio ambiente. Todavía estamos en horario inmaduro.

9:05. Me preparo el desayuno de siempre, pero no por ello menos rico: tostadas con aguacate, salmón ahumado y pimienta. A día de hoy, lo único a lo que me comprometo a amar y respetar todos los días de mi vida es a este desayuno.

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9:25. Me hago otro café, enciendo la lámpara del escritorio y me siento delante del ordenador.

12.30. Interrupción romántica. Llega a casa el objeto de mis amores de la mano del repartidor de Amazon. En este caso el objeto de mi amor son unos pantalones cortos para correr mi próxima carrera. Victoria del consumismo. Nunca se tiene demasiada ropa de deporte.

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14:00. Abro la nevera para decidir qué como y veo que solo hay salmón ahumado, aguacates, un bote de pepinillos y medio limón. Aviso a una amiga para decirle que la invito a comer fuera porque este es el tipo de amiga que soy: generosa. Nueva victoria para el consumismo.

15.30. Voy al súper.

15:45. Llego a casa, lleno la nevera y me paso el resto de la tarde en el ordenador.

17:45. Hago una pausa para leer un artículo en una revista mientras me como tres onzas de chocolate negro. La vida mejora con chocolate. Da igual a qué hora leas esto.

19:05. Me llama una amiga a la que hace tiempo que no veo y me pregunta que si le acompaño a comprarse un vestido para un bautizo y después tomarnos un vino y ponernos al día. Le digo que sí. Otra victoria para el consumismo.

21:20. Ya en casa, me preparo una ensalada deliciosa y mientras me la zampo, empiezo a teclear en el ordenador: ‘UN DÍA CONMIGO’… y dejo que las manos continúen solas.

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22:30. Por consideración al fresco que ya hace, me preparo una infusión y me envuelvo en una manta tan mullida como el lomo de una oveja. Me doy cuenta de que debería bajar la basura. No he separado la orgánica de la inorgánica. Definitivamente hoy no he alcanzado la madurez suficiente como para preocuparme por el medioambiente.

22:35. Cambio el titular de mi post: UN DÍA (POCO SOSTENIBLE) CONMIGO.

23:15: Me acuesto y escribo en el chat que tengo con mis amigas: Os prometo que como me muera sin ligarme a Brad Pitt, me voy a llevar un disgusto tremendo (aparte del disgusto de morirme) y denunciaré a Mr. Wonderful por hacerme creer en mis sueños.

UN VERANO CON BANDERA ROJA.

Aunque haya sido un verano de mierda (pido perdón por el vocabulario, pero no encuentro mejor adjetivo), tengo la suerte de que para mí también ha sido un verano feliz, por diferente, supongo. Siempre intento mirar el lado ‘bueno’ de las cosas y de este verano me llevo muchos momentos que me han encantado y que en circunstancias normales no habría disfrutado igual. Disparo:

– Levantarme pronto sin alarma, desayunar con calma, hacer deporte, escribir este post…

– Trasladarme medio verano a la casa de verano de mis padres mi casa con mi familia, ir a por el pan dando un paseo y volver a casa con la mitad de la barra en mi estómago, bañarme en la piscina a las 9 de la noche, welcome alergia, welcome antihistamínicos olor a hierba recién cortada…

– Conocer otra Ibiza, la de las rutas de running mañaneras y calas MUY escondidas.

– La puesta de sol en Es Vedrá, que también entra dentro del plan de Ibiza, pero que se merece un párrafo para ella sola.

– Sentirme útil en una regata porque, además de aportar mi compañía, me dejaron llevar la cuenta atrás antes de la salida (importantísimo) y hacer de contrapeso con mi body serrano.

– Terminar un puzzle de 500 piezas.

– PCR Negativa: SUBIDÓN.

– Volver a ver a mis padres después de un mes de agosto muy movido y una cuarentena de última hora.

– Comer mucho y muy rico.

– Unos días de ‘Surf Camp’ con amigas. Nuevo hobbie.

– No hay verano sin cachopo Asturies.

– Una caña bien tirada, beber vino, mojar el pan en la salsa, lluvia de Estrellas.

– Reunirme con algunas de mis personas favoritas de Madrid a las que llevaba sin ver desde febrero ❤

– Acostarme pronto un viernes de verano sin que me den los siete males, leer en la cama y disfrutar de ello.

– Llevar a enmarcar por fin esos cuadros que tenía almacenados.

– Barbacoa en la playa con puesta de sol de cielo rosa.

Todos estos momentos han sido agridulces porque al darme la vuelta siempre me chocaba con una mascarilla o sentía el tufillo a tequila gel hidroalcohólico cutre que me bajaba a la realidad. Pero me los guardo todos porque, como he dicho al principio, han hecho de este verano de mierda bandera roja, un verano feliz.