SOBRE ESCRIBIR EN MAYO.

Mayo siempre me ha parecido un mes con carácter. Es como un ensayo general antes del verano: la promesa de todo lo que puede pasar, el florecimiento, las alergias, las emociones desbordadas. En este mayo, para mí, también florecen recuerdos de historias que, en lugar de marchitarse, han echado raíces. Historias que merecen celebrarse con banda sonora, brindis y flores. Algunas flores tienen espinas, pero con un poco de práctica, se aprende a olerlas sin pincharse.

Escribir me ayuda a ordenar todo eso que florece y se revuelve con los cambios de estación. Requiere muchas horas de soledad y en esas horas es donde nacen y crecen las ideas, convirtiéndose, si hay suerte, en historias. Algunas propias, otras prestadas. En muchas de esas historias hay lugares que están hechos para dos: un banco frente al mar, un secreto bien guardado, una canción compartida a deshora. 

La huella que deja una persona sobre otra no se puede controlar. Podemos borrar, bloquear, evitar ciertos bares. Podemos quemar fotos y cartas, como dice la canción. O esconderlo todo en un altillo bajo llave y dejar que el polvo lo entierre. Hasta que un día, sin avisar, llegue algo que te pellizque desde un lugar donde creías que ya no quedaba nada. Pero donde en realidad quedaba todo.

Escribir me ayuda a entender lo que siento antes de que lo sienta del todo. Lo hago desde hace años en este blog. Ahora escribo también en otros medios (¡qué ilusión!). Y no sé a donde me llevará esto, pero tengo la misma sensación que cuando empecé a entrenar para mi primera carrera: zancadas pequeñas, a ciegas, con la intuición de que algo bueno me esperaría en la meta. 

Mayo es el mes de las flores y yo este año vengo con jardín propio.

ME GUSTA MARZO.

Mes en el que los días, por fin, parecen estirarse como quien se despereza después de una siesta de domingo. Mes en el que todo florece, para desgracia de quienes empiezan empezamos a respirar con antihistamínicos en lugar de pulmones. Marzo es esa bisagra que no suena, pero mueve nuestras rutinas. 

Los vestidos coloridos salen de sus escondites y las terrazas se llenan de gente que finge que no tiene frío bebiendo una cervecita. 

Ciertas cosas están destinadas a quedarse entre marzo y tú. Porque este mes también es un espejo cruel que nos deja claro que a estas alturas, ya no cumplirás la lista de propósitos que hiciste en enero ¿Ir a correr tres veces por semana? ¿Dejar el azúcar? ¿Escribir un libro? Pero también nos enseña que no se acaba el mundo por ello. Asumimos y seguimos. 

Marzo es el mes de los planes con mucho futuro y poca certeza. Empezamos a soñar con el puente de mayo y compramos entradas para los primeros festivales del verano. En marzo ponemos por primera vez los brazos paliduchos al sol y tocamos la Semana Santa con la yema de los dedos ¿Tú a dónde te vas? Si tienes suerte, quizás termines en algún lugar en el que también puedas poner las piernas al sol.

Fin del primer trimestre del año ¿Ya? Ya ¡Dentro de nada es verano! Y en un parpadeo estamos en Navidad. Cómo pasa el tiempo, pero sigamos con marzo. No es el inicio del curso, como en septiembre, ni empieza el año, como en enero. Marzo es el inicio de la luz y el final de las bufandas de lana. Huele a flores y a torrijas. Marzo es cambio de estación ¡Y de hora! Pero ¿una hora más o una hora menos? Que el cambio de hora me deja atorrijado… Da igual, la hora buena, la que nos regala unos rayos extra.

De lo que no hacemos cambio todavía, es de armario, porque en marzo nunca se sabe. Marzo es impredecible. Gabardina y manga corta, aunque una chaqueta gorda, porque a primera y a última hora todavía hace un frío que pela. El mes de las veinte capas. Y ya estamos pensando que estos son los últimos coletazos del invierno, aunque no sea verdad, porque en abril aguas mil (aunque nos creamos inmunes al refranero popular).

Me gusta definir marzo como un periodo de entreguerras, que empieza a dejar atrás los últimos temporales, mientras poco a poco va acercándose a las próximas olas de calor, que nadie sabe qué nos traerán. A mí me gusta pensar que serán cosas buenas.

Y por eso me gusta marzo.

BIENVENIDA PRIMAVERA.

De las 12 rosas que le regaló en San Valentín, ella eligió una en concreto para secarla y guardarla de recuerdo.

—Es la que más pinchos tiene ¿por qué no eliges otra?—le sugirió él.

—No, yo quiero esta, porque aunque ahora tenga muchos pinchos, si la secamos bien y con cuidado, los pinchos poco a poco se irán cayendo y cuando llegue la primavera, ya solo habrá pétalos y de los pinchos solo quedarán pequeñas cicatrices.

A ella le gusta pensar que las cicatrices son un recordatorio de lo vivido y aprendido. Recuerdos de guerra. Porque a veces es bueno acordarse de lo malo y de lo regular, para valorar más todo lo bueno que viene después.

Podría decir que se me ha secado San Valentín, pero me gusta más pensar que lo estoy fosilizando, para no olvidarlo nunca.

¡Qué alergia verte!

Escribo estas líneas bajo los efectos de los antihistamínicos. Dopada. Somnolienta. Con la cabeza más pallá que pacá, así que no me hago responsable de las opiniones vertidas en este textito (aunque el titulo del post NO está mal escrito).

Alergia primaveral o calor veraniego, pero todo a la vez no, por favor. Pues a mí me falta el apartamento en Torrevieja para llevarme el pack completo.

Esta mañana, mientras hacía recados por mi ciudad, me encontré con una ex compañera del cole, que en su momento no me caía bien. Intenté hacer el amago de coger el móvil para disimular haciendo como que hablaba por teléfono, pero no me dio tiempo. Es lo que tiene estar dopada, los reflejos brillan por su ausencia. Ya lo decía Lance Armstrong ¿o era al revés?

—Uy Palo, ¿qué te pasa en los ojos? ¿Te emociona verme o es que La Coruña te produce nostalgia? —me dijo mi ex compañera del cole.

En ese momento, me arrepentí de no haberme puesto las gafas de sol pese a la niebla matutina típica de La Coruña.

—Tengo alergia— respondí más seca que la frente de una momia. Tuve ganas de preguntarle el motivo de que ella tuviese el pelo del color del agua sucia de fregar, pero como, aunque alérgica, soy educada, me contuve y me despedí.

—Te dejó que tengo prisa, que alergia verte.

Mi ex compañera del cole se quedó mirándome como las vacas miran al tren pasar. Que los términos alergia y alegría solo se diferencien por la colocación de una letra es una de las mejores fantasías de nuestro idioma.

No sé si tiene mucho sentido lo que os he contado o si esto os reafirma en que lo mío es un caso de diván, pero ya sabéis, todo es producto de vuestra imaginación los antihistamínicos; hoy tengo el talento justo para hacerme unas palomitas y ver el debate. No me pidáis que desenfunde mi mejor pluma.