Volar antes del alba: manual de supervivencia.

Hoy me he levantado a las 3:30 de la mañana. Traducido al lenguaje humano: he dormido tres horas. Yo creía que viajaba a Nueva York, pero parece que viajo a Supervivientes.

**Artículo original publicado en el diario digital El Español – Quincemil el 31/5/2025.

Y ya sé que no me puedo quejar, que me voy de viaje a Nueva York, que soy una privilegiada y que por lo menos no me ha tocado cargar con maletas ajenas. Pero en ese precioso preciso instante en el que suena el despertador, no me siento afortunada. Lo único que pienso es que si tuviera ‘verdadera’ suerte, viajaría en avión privado con horario adaptado a mis ritmos circadianos y sin escalas infernales. Pero viajo en low cost y con una escala de tres horas.

Dormir poco me trastoca mucho. Tanto, que la noche anterior ya empiezo a comportarme de manera errática. Por ejemplo: ayer estuve a punto de saltarme el último paso de mi rutina de belleza facial. Cosa que no hago jamás, ni aunque llegue a casa acompañada a horas intempestivas. Pero anoche dudé. Ese último paso consiste en la aplicación de mi sagrada crema de retinol, ese ungüento milagroso que combate arrugas, envejecimiento te hace inmortal.

Mi razonamiento fue: “Con lo que cuesta esta crema, si solo me va a hacer efecto durante las tres horas que voy a dormir, mejor me pongo una hidratante normal y aquí paz y después gloria”. Pero al final, como tres horas son mejor que ninguna y mi lado coqueto siempre gana al ahorrador, me fui a dormir con la piel tersa y la conciencia tranquila.

Me desperté sin arrugas, pero con ojeras de oso panda deprimido. Las 3:30 sería mi horario habitual si hubiese cumplido mi sueño de infancia: ser panadera. En ese caso, este madrugón sería mi pan de cada día.

Perdón por el chiste malo, pero todavía estoy más dormida que despierta.

Y eso que ya he superado el primer circuito de obstáculos: el control de seguridad del aeropuerto. Me han hecho pasar por el detector de metales, me han cacheado y me ha tocado un control antiexplosivos aleatorio. También me han obligado a quitarme mis botas que siempre se llevan el calcetín por delante dejando al descubierto mis vergüenzas. En esta ocasión, una uña negra.

—La tengo así porque corro mucho y la zapatilla me golpea la uña —le explico al guardia que no ha preguntado.

El hombre no parece conmovido por mis dramas podológicos y me pide que abra la maleta. Yo obedezco, revelando al mundo nuevas intimidades: antifaz de Mickey Mouse, infusiones de lavanda para dormir mejor, el pijama/camiseta de publicidad… Pero lo que realmente llama la atención del agente es el frasco de crema de retinol.

Lo abre, lo huele y lo inspecciona como si fuese fentanilo envasado. Ahí empieza el interrogatorio:

—¿Esto qué es?

—Crema hidratante.

—¿Para qué sirve?

—Para ser inmortal evitar arrugas.

—¿Por qué huele así?

—Porque es cara.

—¿Por qué está en este bote?

—Porque es muy cara.

A la cuarta pregunta, mi paciencia está a punto de cruzar el océano sin necesidad de avión: «Mire, señor, una es adicta a la hidratación, no a las drogas. Y ya que estamos, no le vendría mal un poco de crema hidratante, que tiene unas líneas en la frente que parecen la carretera de Cádiz”.

Suerte que nadie escucha lo que pienso. Y que el hombre no ha registrado mi bolso, donde llevo las pastillas para dormir en el avión. Esas sí que me van a hacer viajar. Y no precisamente a Nueva York.

LLAMADA PERDIDA.

Qué gusto da llamar a alguien por compromiso y que no te lo coja. Esa sensación de deber cumplido sin tener que soportar diez minutos de conversación sobre cortinas, el ayuno intermitente o lo mucho que ha crecido su hijo, que sigue teniendo cuatro años pero ahora mide más.
Es como vestirse de deporte y quedarte en el sofá: la intención también cuenta, pero sin sudar.
Porque todos sabemos que esas llamadas no se hacen por amor, se hacen por educación, por presión social o por el miedo a encontrarte a esa persona en el supermercado y que te diga “a ver si me llamas”. Pues mira: lo intenté, pero el destino (y tu buzón de voz) no quisieron.

UN DÍA (POCO SOSTENIBLE) CONMIGO.

Como me muera sin conocer a George Clooney, reuniré a todos los coach motivacionales que me han hecho creer en mis sueños y los tiraré al contenedor de lo orgánico.

**Artículo original publicado en el diario digital El Español – Quincemil el 17/5/2025.

6:45. Me despierta el ruido de un millón de cristales rompiéndose a la vez. El contenedor de vidrio bajo mi ventana ha vuelto a ser protagonista de mi desvelo. Me froto los ojos “¿De verdad hace falta reciclar tanto?” A estas horas todavía soy demasiado inmadura como para pensar en el medio ambiente. Mi fantasía es despertarme con el aroma del café recién hecho. Café recién hecho por cierto actor americano cuyo nombre artístico empieza por George y termina por Clooney. Spoiler: ocurre con poca frecuencia no ocurre nunca.

6:50. “Alexa, pon las noticias en volumen bajo, a ver si ‘la idea del día’ de Donald Trump me duerme otra vez”. Me enredo con el nórdico (el edredón, no Thor), pero no consigo mi objetivo. En las noticias hablan de un microchip para implantárselo a la gente olvidadiza. Me imagino el eslogan: “¿Se te olvidan las cosas? Implántate nuestro ‘Recuperador de Memoria’ y llévate gratis dos botellas de Jägermeister. Si al día siguiente tienes lagunas, te devolvemos el dinero”. A lo mejor dejo de escribir libros y me dedico al marketing.

7:25. Me levanto y enciendo la cafetera. Otro día más sin que George Clooney me haga el café. Le mando un mensaje a mi padre felicitándole por su cumpleaños (me parece una hora demasiado violenta para llamar por teléfono) y rápidamente me tomó el café.

7:45. Salgo a correr porque el masoquismo deporte también tiene horarios. Nada más pisar la calle me congelo “¿Cómo es posible? ¡Estamos en mayo!” Me quejo. Mi subconsciente responde: “Porque en Coruña la humedad no perdona”. Hablo mucho sola conmigo misma. Si alguien inventa un microchip antimonólogos, que me avise.

8:45. Vuelvo a casa. Lo más duro no es haber corrido 10K, sino esquivar a señores trajeados con pinta de anuncio de colonia. Con esta cara roja de panadera victoriana post-horno, no me apetece socializar.

8:50. Me doy una ducha que dura mucho más de lo sostenible para el medio ambiente. Continuamos en horario inmaduro.

9:10. El desayuno es un ritual sagrado: tostadas con salmón y aguacate. Mi compromiso con este plato es más sólido que muchos matrimonios.

9:35. Me siento delante del ordenador flanqueada por el segundo café del día y las tostadas, que me miran con devoción.

12:30. Pausa romántica: llega mi amor verdadero de la mano del repartidor de Amazon. Son unos pantalones cortos para correr. Victoria del consumismo. Nunca se tiene demasiada ropa de deporte.

14:00. Abro la nevera: salmón, pepinillos y un trozo de limón que ya ha vivido demasiado. Plan B, llamo a una amiga para invitarla a comer a la pizzería que han abierto al lado de su casa. Este es el tipo de amiga que soy, generosa hambrienta. Nueva victoria para el consumismo.

15.30. Voy al súper y lleno la nevera.

17:45. Pausa dulce: cuatro onzas de chocolate. La vida mejora con chocolate. Da igual a qué hora leas esto.

19:05. Me llama otra amiga para ir de compras y tomar un vino. Obviamente digo que sí. A estas alturas ya te habrás dado cuenta de que el consumismo y la amistad, son dos pilares fundamentales en mi vida.

21:20. Ya en casa, caliento una crema de verduras que he comprado en el súper y que pretende compensar mis excesos.

21:50. Por consideración al frío a la humedad, me envuelvo en una manta tan mullida como el lomo de una oveja y enciendo una vela. Empiezo a escribir sobre mi día bajo el título “Un día conmigo”. 

22:25. La realidad me golpea: no he bajado la basura ni tampoco he reciclado las cápsulas de café. Victoria para el cambio climático. 

22:30. Cambio el título de la entrada de mi diario: Un día (poco sostenible) conmigo.

23:00. Me acuesto y escribo en el chat de amigas: “Os prometo que como me muera sin conocer a George Clooney, reuniré a todos los coach motivacionales que me han hecho creer en mis sueños y los tiraré al contenedor de lo orgánico”.

SOBRE ESCRIBIR EN MAYO.

Mayo siempre me ha parecido un mes con carácter. Es como un ensayo general antes del verano: la promesa de todo lo que puede pasar, el florecimiento, las alergias, las emociones desbordadas. En este mayo, para mí, también florecen recuerdos de historias que, en lugar de marchitarse, han echado raíces. Historias que merecen celebrarse con banda sonora, brindis y flores. Algunas flores tienen espinas, pero con un poco de práctica, se aprende a olerlas sin pincharse.

Escribir me ayuda a ordenar todo eso que florece y se revuelve con los cambios de estación. Requiere muchas horas de soledad y en esas horas es donde nacen y crecen las ideas, convirtiéndose, si hay suerte, en historias. Algunas propias, otras prestadas. En muchas de esas historias hay lugares que están hechos para dos: un banco frente al mar, un secreto bien guardado, una canción compartida a deshora. 

La huella que deja una persona sobre otra no se puede controlar. Podemos borrar, bloquear, evitar ciertos bares. Podemos quemar fotos y cartas, como dice la canción. O esconderlo todo en un altillo bajo llave y dejar que el polvo lo entierre. Hasta que un día, sin avisar, llegue algo que te pellizque desde un lugar donde creías que ya no quedaba nada. Pero donde en realidad quedaba todo.

Escribir me ayuda a entender lo que siento antes de que lo sienta del todo. Lo hago desde hace años en este blog. Ahora escribo también en otros medios (¡qué ilusión!). Y no sé a donde me llevará esto, pero tengo la misma sensación que cuando empecé a entrenar para mi primera carrera: zancadas pequeñas, a ciegas, con la intuición de que algo bueno me esperaría en la meta. 

Mayo es el mes de las flores y yo este año vengo con jardín propio.

ESPAÑA SIN BATERÍA.

Pocas cosas consiguen hoy en día lo que logró el apagón: unir a un país bajo el mismo manto de desconcierto, solidaridad y desesperación por la búsqueda de cobertura.

Ayer España descubrió lo que pasa cuando se desconecta el router nacional: nos quedamos a oscuras. Un apagón que no ha entendido de barrios ni de códigos postales. Semáforos en huelga, colas para entrar en el supermercado a comprar papel higiénico y peatones redescubriendo el arte de caminar.

Ante la falta de conexión e información, y movida por haber visto muchas pelis de catástrofes un impulso primitivo, me lancé a buscar una radio. Pero no quedaban. Habían volado como si fueran lingotes de oro vintage. Menos mal que unos vecinos solidarios sacaron su radio al balcón y pusieron las noticias a todo volumen en medio de la Calle Argensola, salvándonos a los que dependemos del móvil como de la respiración asistida.

Ya casi de noche, me emocioné al ver un semáforo en rojo en la Plaza de Colón, una especie de faro emocional en mitad de la tempestad. Volví a casa y como en las novelas antiguas, leí a la luz de una vela mientras en el mundo moderno solo sonaban sirenas.

A las 23:33 volvió la luz a mi casa. Me alegré porque la merluza que tenía en el congelador había sobrevivido al desastre.