TRIPLE SONRISA.

Correr es de cobardes valientes. Aunque lo que me parece valiente de verdad es salir a la calle con ropa de runner, sabiendo que vas a caminar varias veces en mitad del recorrido. Eso sí que es vivir al límite de la humillación pública.

El sábado volví a correr después de 15 días parada. Tendinitis rotuliana desde septiembre, dudas existenciales del tipo “igual ya se me ha pasado el arroz deportivo”, “igual debería aprender a hacer punto de cruz”. Empecé a trotar esperando el pinchazo dramático que me devolviera a la realidad. Pero no llegaba. Siete kilómetros y cero dolor. Sonrisa. Esta mañana he repetido. Cero dolor otra vez. Sonrisa doble. No me jubilo todavía.

Estoy haciendo CA-COS: correr un rato, caminar otro. En mi caso: 2-3 kilómetros corriendo, cinco minutos caminando. En mi cabeza, mientras camino vestida de runner, hay un señor imaginario señalándome y gritando: “¡Vaya fraude! ¡Eres una auténtica runner de Palo!”. Aun así, la alegría de correr sin dolor pesa más que la vergüenza, así que mi vergüenza la he dejado tirada por el paseo marítimo.

Correr siempre me saca una sonrisa. A veces porque dejo las vergüenzas los problemas tirados en algún kilómetro, otras porque se me ocurre una idea buenísima y alguna que otra vez porque el reloj me marca un tiempo decente.

Además, al volver a casa me he visto en el espejo y me he sentido bastante pibón. Triple sonrisa.

Truco, trato y otras intolerancias.

Artículo original publicado en el periódico El Español – Quincemil el pasado 1/11/2025

¿Y si el año que viene, en vez de disfrazarnos de muertos, nos disfrazamos de vivos sin filtros? 

Me refiero a esa cara que la cámara frontal del móvil capta sin avisar: ojeras en 3D, papada en modo panorámico y una luz que no perdona y que convierte a ese granito en el protagonista de tu selfie. Eso sí que da miedo.

Ayer fue Halloween, una fiesta que hemos importado, traducido y exprimido hasta la última calabaza. Los niños se paseaban por las calles pidiendo caramelos como si fuesen revisores del ticket de la ORA: puerta por puerta y con sonrisa de funcionario: “¿truco o trato?”, decían. 

Lo que no vimos venir es que el trato está cada vez más complicado. Antes, a los niños se les daba un puñado de chuches y listo. Pero ahora, a uno no se le puede dar un caramelo porque lleva gluten, al otro tampoco porque tiene trazas de frutos secos, y al de más allá porque es vegano. No me extrañaría que en unos años, en vez de decir “truco o trato”, los niños digan: “truco o trato descafeinado y sin lactosa”.

Yo anoche fui a una fiesta de Halloween “de adultos”. Primer susto. Me encontré a gente con menos pelo que Homer Simpson (y la misma barriga cervecera), luciendo colmillos de plástico, capas de terciopelo poliéster y minifaldas imposibles de defender a menos que seas menor de veinte. Yo llevaba unas galletas con forma de fantasma que había comprado en Carrefour Express a las ocho y media de la tarde. El segundo susto llegó cuando un Batman prediabético preguntó si tenían azúcar “¡Pues claro! ¡Son galletas, no apio!”. Después, una vampiresa de bazar preguntó si eran ‘gluten free’. En ese momento lo vi claro: el terror moderno no lleva careta; lleva intolerancias, FOMO ansiedad social y un plan nutricional.

Cuando yo era pequeña, Halloween era una cosa que salía en las películas americanas y que nos parecía exótico: niños disfrazados de esqueletos, calabazas con dientes y jardines llenos de tumbas falsas. Aquí, como mucho, hacíamos el magosto, comíamos castañas y contábamos historias de fantasmas. Pero eso se acabó. Ahora los colegios organizan fiestas, los adultos nos maquillamos como si fuésemos al rodaje de The Walking Dead y los perros llevan disfraces de murciélago. Nos hemos tomado muy en serio lo de asustar.

Supongo que Halloween nos sirve de excusa para ponerle humor a lo que en realidad nos da miedo: la báscula, abrir la app del banco, comprobar si hemos hecho los 10.000 pasos o escuchar a alguien pedir ‘un café descafeinado, con leche desnatada y sin alegría lactosa’. Nos disfrazamos de monstruos para disimular, porque los verdaderos sustos los vivimos a diario, sin necesidad de murciélagos de goma. 

Y a los hechos me remito porque ahora, que ya hemos guardado el disfraz en el altillo y creemos haber sobrevivido al susto, aparece en el calendario el siguiente evento terrorífico: diciembre. Luces, colas infinitas, aguantar al cuñao, villancicos y el grupo de WhatsApp del cole en llamas, para decidir quién compra las coronas de los Reyes Magos, quién los gorritos de Papa Noel y quién las magdalenas. Sin gluten.

EL MUNDO DE PALO.

NOTA DE LA REDACCIÓN

Este es el primer número de El Mundo de Palo, un post disfrazado de periódico boletín mensual que no aspira a informar, sino a entretener: una mirada irónica a lo cotidiano, escrita entre cafés, gafas para protegerme de la luz azul y bostezos.

Aprovechando que hoy es Halloween y fin de mes, os lanzo una pregunta: ¿Qué os da más miedo: los disfraces, los fantasmas tristes o abrir la app del Banco y ver el saldo moverse como una ouija?

ASUNTOS URGENTES QUE NADIE PIENSA SOLUCIONAR

Los lunes siguen existiendo, y nadie hace nada al respecto.

Tenemos coches eléctricos, neveras que hablan y relojes que te dicen que respires… Pero los lunes, cómo tu ex, siempre vuelven.

Yo los expertos recomiendan afrontarlos con la misma energía con la que uno va a la comida del día de Navidad: sin esperanzas.

NOTICIAS QUE PODEMOS COMENTAR EN PIJAMA.

Celebrado el Campeonato Mundial de Lanzamiento de Hueso de Aceituna.

El vencedor, un cordobés con mandíbula de titanio, lanzó el hueso 23 metros y después se pidió una caña, como si nada. Escuché comentar en la radio a un juez que lo más destacable fue la elegancia del escupitajo.

España vuelve a demostrar que puede convertir cualquier aperitivo en disciplina olímpica.

LA BUENA NOTICIA (pero sin pasarse).

Un hombre asegura haber encontrado el equilibrio perfecto: duerme la siesta mientras teletrabaja.

Su empresa empezó a sospechar, cuando su micrófono transmitió ronquidos desde las 15:35 hasta las 16:02. “No es ronquido, es concentración profunda”, declaró el nuevo referente del bienestar laboral.

ECONOMÍA EMOCIONAL

Los españoles batimos el récord en consumo de café, pero seguimos sin despertarnos del todo.

Un estudio que me he sacado de la manga confirma que el 90 % del café se utiliza para sobrevivir a reuniones que podrían haberse evitado con un correo; el 10 % restante es utilizado para decorarlo con espuma en forma de corazón y hacerle fotos.

 EDITORIAL

Y hasta aquí las noticias que no cambiarán tu vida, pero al menos te harán llegar tarde con una sonrisa. Quizás el mundo no mejore, pero yo voy a intentar contarlo bonito.

Nos vemos en el próximo número de El Mundo de Palo, el boletín que no informa, pero entretiene.

«PERDONA ¿NOS HACES UNA FOTO?»

Artículo original publicado en el periódico El Español – Quincemil el pasado 18/10/2025.

Hay una frase universal que se repite en todos los viajes, comidas y fiestas familiares. Da igual que estés frente a la Torre Eiffel o delante de un cartel de ‘Salida de emergencia’; siempre habrá alguien que diga: “¿Nos hacemos una foto?”.

En ese momento empieza la delicada tarea de elegir al desconocido fotógrafo improvisado que nos va a retratar. Y el casting no es fácil: hay que escanear el entorno con la precisión de un agente secreto (demasiado mayor, demasiado joven, demasiado cara de ‘va a huir con mi móvil’). Hasta que, de repente, aparece alguien que nos transmite “buena energía vibra”, que es la forma cursi de decir “parece que va a enfocar bien”. 

Ese desconocido, que se acaba de convertir en el Notario de nuestro momento, o acepta o le pasa el marrón al amigo que tiene al lado: “Él hace mejores fotos”. No hay otra opción; nadie se niega a hacer una foto (sería como no aguantarle la puerta del ascensor a ese vecino gruñón mayor).

Nosotros le entregamos nuestro móvil y arranca la escena. En esos segundos antes del clic nos colocamos, nos tocamos el pelo, fingimos que nos reímos con naturalidad y tratamos de parecer más delgados relajados de lo que estamos. Porque aunque en teoría se trata de inmortalizar el momento, en la práctica, lo que queremos es controlar cómo será recordado quedaremos en las Redes Sociales.

Aunque en la foto no se vea, entre esas sonrisas congeladas y los “haz otra, por si acaso”, se esconde algo bastante más profundo. En un mundo en el que todo se enseña, ya no nos basta con haber estado en un lugar; necesitamos prueba gráfica de que estuvimos ahí, y de que fuimos felices, y de que el día estuvo bien (al menos de cintura para arriba). Como si la felicidad no publicada no contase.

Antes se hacían fotos para revelarlas, pegarlas en un álbum y mirarlas pasado un tiempo. Después del clic, no se podía comprobar si habíamos salido guapos o con los ojos cerrados. Un clic y la suerte estaba echada. Pero ahora hacemos fotos para presumir. Presumir de sitio bonito, de que no tenemos arrugas, de que hacemos los mejores planes, de que estamos súper enamorados. En vez de recuerdos, parecen certificados de asistencia sellados con sonrisas. Puedes ampliar, reducir, comprobar y borrar tus arrugas recuerdos.

Por eso, cuando pedimos una foto a un desconocido, le estamos entregando algo mucho más íntimo que el móvil: le entregamos la tarea de fabricar una versión de nosotros mismos que nos guste. No queremos que capture la realidad, queremos que capture nuestra idea de la realidad.

Y quizás por eso, casi nunca nos gusta el resultado. Que si tengo me sale el ojo bizco, que si la torre está cortada, que si tengo salgo con papada. Entonces borramos, repetimos el proceso y seguimos buscando ese clic perfecto en el que la sonrisa, la luz, el ángulo la vida salga bien.

Yo todavía imprimo fotos y las pego en álbumes, como hacían mis padres. Aunque cada vez me cuesta más encontrar un álbum normal. Ya casi no existen aquellos de hojas gruesas con anillas. Solo encuentro álbumes para momentos excepcionales: de colores pastel para bebés, con dibujos de monumentos para viajes o con mensajes tipo “Family is everything”.

Aun así, me resisto a dejar de imprimir fotos. Porque cuando años después las miro, nunca importa si la torre estaba cortada, si teníamos papada o si la luz era mala. Solo veo a unas personas que en algún momento pararon a un desconocido para decirle: “Perdona, ¿nos haces una foto?”.

CÓMO ARRUINAR TU DESCANSO NOCTURNO EN TRES CAPÍTULOS.

**Artículo original publicado en el periódico El Español – Quincemil el pasado 4/10/2025

Hay un momento fatídico en la vida de cualquier persona con acceso a Netflix, HBO o la plataforma de turno: darle al play a esa serie de la que todo el mundo habla.

Es como una especie de bautismo colectivo en el que nadie te pregunta si quieres participar; simplemente, te empujan al agua. Y ahí te quedas, flotando en un mar de expectativas hype y con una única opción posible: tragarte esa serie. Porque si no la ves, ¿de qué vas a hablar en la próxima cena con amigos? ¿Del precio de las anchoas ’00’? ¿De que Mar Flores se reinventa cada dos semanas? ¿O de lo mucho que se nota el otoño, con frío de bufanda a las ocho y sofoco tropical a la una? 

Yo caí hace poco (no diré el título porque esto no es una crítica, es una confesión). El primer capítulo lo vi con ilusión, como quien abre un regalo. El segundo, ya con desconfianza. Al tercero llegué con la certeza de haber firmado un pacto con el mismísimo diablo del entretenimiento. La serie me da angustia, a ratos me revuelve el estómago con planos de jeringuillas clavándose en cuerpos, y para rematar, me regala unas pesadillas que noche tras noche vuelven, como si hubiese renovado la temporada de mi propio insomnio.

Y aun así sigo obligada socialmente atrapada, incapaz de soltarla, como esas relaciones tóxicas que sabes que te hacen mal, pero no abandonas. “Un capítulo más”. 

Pero lo grave no es ver la serie, lo grave viene después: esa media hora de resaca mental en la que tu cerebro te reprocha semejante atracón. En ese trance, se necesita un antídoto. El mío es poner un capítulo de Aquí no hay quién viva. Patético, lo sé. Pero un ratito escuchando a vecinos histéricos en la televisión, es lo único que me devuelve al encefalograma plano. Un lavado de estómago mental para poder dormir sin soñar que un psicópata, con un mono naranja, me encierra en un búnker y me clava una aguja brillante (si has visto la serie, sabes de qué hablo; si no la has visto, sigue así, no cometas mi error. Dormirás más tranquilo). 

La paradoja es que sé que no la voy a dejar ¿Podría hacerlo? No Supongo, pero ¿voy a hacerlo? No. Porque necesito saber cómo acaba, aunque sospecho que ya lo sé. Además, estoy convencida de que habrá segunda temporada, y como me pille con las defensas bajas, volveré a engancharme y acabaré repitiendo la misma tortura. Es el mismo mecanismo que se activa cuando nos bebemos todo el bar el sábado por la noche: disfrutamos del momento, odiamos las consecuencias, ‘no vuelvo a beber’, repetimos el fin de semana siguiente.

Y lo peor no es la serie en sí, que seguro que tiene su público. Lo peor es haber aceptado, sin rechistar, el primer empujón a este mar de angustia televisiva y ahora ser yo misma la que nada mar adentro. Como haya segunda temporada, prefiero reconocer que compro anchoas de oferta, que confesar que sigo chapoteando en estas aguas por voluntad propia.