Una vez leí que las personas más especiales son como los mecheros, porque siempre aparecen en el lugar menos esperado. Pero yo no fumo, no tengo chimenea, mi cocina es una placa de vitrocerámica y aunque me encantan las velas, las enciendo con cerillas porque al final los mecheros se quedan sin gas y te dejan tirada. A oscuras.
Yo creo que las personas especiales son como las gomas del pelo. Flexibles y resistentes, que están ahí para sostenerte cuando todo se viene abajo (como un buen peinado en un día de viento). Y aunque a veces parezca que han desaparecido, de repente las encuentras en el lugar menos esperado, como en el fondo de tu bolso, en el cajón de la mesilla de noche o en la muñeca de una amiga. Benditas gomas del pelo.
Hablando de gente y gomas, también hay personas que son como esos lápices que tienen en la otra punta una goma de borrar. Personas que llegan y te borran el mal humor para pintarte una sonrisa a veces torcida. Personas que atenúan los problemas y que si cometes un error no te juzgan, te ayudan a borrarlo y a seguir dibujando.
Hace poco, ordenando en casa me encontré con un CD de la enciclopedia Encarta ¿Os acordáis de la enciclopedia Encarta? Si habéis nacido a partir de los 90 probablemente no, pero si ya tenéis más años que el sol habéis nacido antes, lo recordaréis igual que yo ¡El Google de los 90! Ese CD azul me transportó a la época del cole; a esas tardes consultando la enciclopedia Encarta para hacer los trabajos que me mandaban. A mí me parecía increíble que TODO lo que necesitaba saber cupiese en ese CD azul. Buscaba: «diseccionar una rana”, y ahí salía todo el proceso, paso por paso. A día de hoy, me parece increíble que en el cole nos enseñasen a diseccionar una rana y no nos enseñasen a pelar una gamba, pero eso ya es otra historia.
Rememorar esos tiempos colegiales también me hizo acordarme de la historia de P y C. A lo largo de la vida, todos nosotros a través de nuestras vivencias creamos nuestra propia ‘enciclopedia de la vida’. Y P y C, cada uno por su lado, tenían la suya:
Estaba la enciclopedia de P, con páginas llenas de música indie, jazz nivel medio y chocolate. Festivales en verano. Catas de cervezas. Poner lavadoras sin desteñir la ropa. Libros. Sumar con los dedos. Madrid. El running. La Estatua de la Libertad. El miedo a los aviones. Ghosting. Pasarse horas mirando a las estrellas.
La enciclopedia de C estaba llena de cartas náuticas y motos. Saber con muchos días de antelación si iba a hacer viento. Multiplicaciones por números de dos y tres cifras sin calculadora. Postres de señor mayor. Arroz con leche. Cañitas rellenas de crema. Trucos de magia. Prisión Break. Palomitas dulces. Orden y planificación. Muchos excels. Mario Conde. Nueva York. La cerveza en copa helada.
Después, P y C se enamoraron y compartieron sus enciclopedias, enseñándose todo el uno del otro; como niños que presumen de sus juguetes: ‘¡mira mi muñeco!’, ‘¡mira mi monopatín!’. Me di cuenta de que en las relaciones, es importante conocer la enciclopedia del otro, tratar de entenderla y hacerla propia, creando una nueva enciclopedia común.
En esa enciclopedia común, P y C aprendían juntos mientras se reían viendo Sexo en Nueva York. Escuchaban canciones y se emocionaban porque todas les recordaban a ellos. Crucigramas. Acostarse pronto. Se corregían las faltas de ortografía y a veces dormían en un barco viendo las estrellas. Acostarse tarde. Sándwiches de trufa: “20 pavos por esto, ¿te lo puedes creer? Está más bueno el que me haces tú”. Problemas que no son problemas. Soluciones.
Es importante mantener actualizadas nuestras enciclopedias de la vida; aprovechar que son ilimitadas e infinitas, que no tienen que reducirse al espacio de un CD azul, y seguir aprendiendo. Y no pasa nada si de vez en cuando tienes que borrar archivos llamados: DiseccionarUnaRanaEnCincoPasos.txt, que para eso ya está la enciclopedia Encarta Google.
También es importante no dejar nunca de comer gambas.
Beberme dos margaritas y caminar en línea recta. Madrugar. Cruzar la calle por dónde no toca. Leer tomando el sol. Hacer más de 10.000 pasos. Tomar el sol en diciembre. Matar cactus. Hacer fotos sin ninguna finalidad. Escribir. Escribir con alguna finalidad. Peinarme mal. Disfrutar cuando me hacen masajes dolorosos en las piernas. Mojar chocolate en el café Hablar Chapurrear francés. Estar una hora mirando las estrellas. Comerme el postre de los demás. Poner tres lavadoras en una tarde. Conducir y no ver los radares. Bucear en la parte profunda de la piscina hasta conseguir tocar el fondo con el culo sentarme en el fondo. Ponerme crema hidratante en el cuerpo cada día. Estudiarme la carta de un restaurante nuevo antes de ir a probarlo. Mandar audios de 30 minutos.
—cosas para las que NO me veo capacitada:
Beberme tres margaritas y después caminar en línea recta. Quedarme toda la mañana en la cama (aunque esté enferma o sea fin de semana). Hacerme una trenza bonita. Hacerme un tatuaje. Ir a un sitio sin utilizar Google Maps. Dejar el café. Dejar Instagram. Cuidar plantas. Tener novio perro. Cambiar la funda del edredón nórdico. No tocarme un grano. Estar descalza y pisar un suelo mojado. Coger un trapo mojado sin poner cara de asco. Acostarme sin desmaquillarme (aunque no me haya maquillado). Tener siempre la manicura perfecta. Quitarme el pulsómetro y ponerme un reloj normal. Seguir la conversación a las gentes que no me interesan. Acordarme del nombre de las gentes que no me interesan. Ver una película que dure más de 90 minutos. Tirarme al agua de golpe. Coger el teléfono a números desconocidos. Quedar en que ‘nos vemos en septiembre’ y vernos.
A septiembre llegamos con la capacidad intelectual de una tostada, así que hay que tomárselo con calma.
En septiembre se empieza de nuevo, ya sea para retomar rutinas, rehacer la lista de la compra con el fin de eliminar los kilos ganados canónigos, pavo, queso fresco o para ponerse nuevas metas.
Septiembre es para ilusionarse, incluso con cosas que sabemos que no vamos a cumplir. Septiembre es para los reencuentros y para lucir moreno, y por moreno no me refiero a un señor de África, pero todo puede ser porque septiembre es un gran momento para volver con sorpresas.
Septiembre es buen mes para hacerse un rebranding a uno mismo si es necesario. Yo hace dos septiembres decidí cortarme el pelo. Mucho. Ahora me lo estoy dejando crecer, pero este septiembre me gustaría aprender a ser un poco más misteriosa. Sentarme sola en una cafetería con el ordenador y que el camarero me vea tan absorta, que piense que estoy escribiendo el principio de mi próximo libro, aunque yo en realidad esté pensando en la lista de la compra. Arroz, champiñones, chocolate negro.
También me gustaría ponerme seria con el running y volver a mis tiempos de cuando era joven antaño, creo que ahí ya me estoy enfilando y voy por buen camino. Correr es también un momento en el que me evado y puedo tener cara de sufrimiento concentrada, de misteriosa, aunque esté pensando en lo más banal. Pan Bimbo, plátanos, crema de cacahuete.
Otra cosa que no me propongo porque me sale sola, pero que no me gustaría perder: seguir disfrutando de la cotidianidad, de las cosas pequeñas y no complicadas. Ir a la tintorería, ver que la mancha de vino sigue en el pantalón blanco y sonreír en vez de gruñir, porque me lleva al momento en el que el vaso se derramó en mi pierna. Naútico de San Vicente, música, puesta de sol. Menos mal que el pantalón era de Zara. Lejía, suavizante, yogures, piña.
Cuidado con la piña que estamos en la hora golfa, mejor me llevo unos higos, que están en temporada.
En estos primeros días de agosto me he terminado dos libros. Uno de relatos cortos, que me encantó y otro sobre una historia de un pueblo de lo que ahora llaman La España vaciada. Este último no me enganchó nada y me costó acabármelo ¿Cómo es esa sensación de estar leyendo un libro que no te engancha? Esa sensación de no tener ganas de tumbarte al sol para sumergirte entre sus páginas, o de que llegue el momento de irte a la cama con él (seguimos hablando de un libro). Yo soy de esas personas que aún así, tengo que acabármelo.
Sé que lo más inteligente sería dejarlo, al final estoy perdiendo tiempo para leer otras cosas que me enganchen y diviertan de verdad, o para entrar en un bucle infinito haciendo lecciones de francés en Duolingo o para comer conguitos con ansia viva, pero hay algo en mí que no me permite dejar un libro a medias.