Un accidente, vidas interrumpidas, familias que hoy miran el calendario de otra forma. Pensar en ellas con respeto es lo único que toca.
Alrededor, una escena que se repite: un pueblo que sale de sus casas, que pasa la noche en vela ofreciendo mantas, agua, manos, fuerzas. Todo lo que se puede dar cuando ya no hay marcha atrás.
Los que viajaban en esos trenes podíamos haber sido cualquiera: volviendo a casa para llegar puntuales a trabajar. O después de un fin de semana de desconexión. O de estudio. Es cercanía y es memoria. Esta vez no me ha tocado de cerca, pero estas tragedias despiertan sensaciones antiguas y recuerdan, de golpe, lo frágil que es todo.
