Todo empezó con un espontáneo mensaje nocturno y terminó en un ritual matutino: dos cafés y un croissant a medias mientras el sol se asoma por la ventana.
Nunca imaginaron que esas letras escritas de madrugada, serían el hilo rojo que les llevaría a crear una rutina compartida.
Ahora, cada café mañanero es un recordatorio de que lo cotidiano puede ser extraordinario y de que cada día pueden convertir lo mundano en algo excepcional.
A veces se preguntan qué habría pasado si no hubiera pulsado ‘enviar’, pero saben que se habrían encontrado, aunque fuese en la cafetería del tren cediéndose el último croissant.


¡Qué poético, ídola!
Se nota que estás ya perfilando el nuevo libro…