
Escribir, apuntar cosas me da paz.
El domingo, mientras sufría una profunda resaca, cortesía de una degustación desordenada de cerveza, vino y ginebra, intenté escribir para ver si conseguía salir de ese bucle de desasosiego. En lugar de claridad mental, conseguí un mareo que me hizo visitar el cuarto de baño. Al final me rendí y me entregué a mi sufrimiento tapada con la manta.
Recuerdo que la televisión me avisó de que el mando a distancia necesitaba pilas y yo pensé que ambos compartíamos agotamiento transitorio.
Al día siguiente, encendí el ordenador para retomar lo que había empezado.
“Escribir, apuntar cosas me da paz”.
Confirmo que la ausencia de dolores resaca también me da paz.
Escribir tiene en mí un efecto anestésico. Me gusta escribir pensando que nadie me va a leer juzgar. Más bien como si no me importara que lo hicieran. Sin adornos ni grandes palabras. Como si hablara sola.
Muchas veces, cuando escribo para mí es como una noche de invierno en la que alguien me invita a entrar en su casa. Y al abrir la puerta soy yo misma la que me recibe. Me ofrezco una copa de vino tinto (en invierno no hay nada que me reconforte más) y empiezo a charlar conmigo delante de la chimenea y con la televisión apagada. Todavía no le he cambiado las pilas al mando.
