Dar un paseo por Malasaña, me hace darme cuenta de una verdad incómoda: vivo en una burbuja. Si los extraterrestres llegaran hoy mismo para hacer un estudio de campo sobre los humanos, yo no sería el típico sujeto que podría representar al conjunto de nuestra especie. Ni de lejos. Pienso esto mientras paseo por la calle Hortaleza y me cruzo con un chico que tiene la cara completamente tatuada, como si hubiera decidido llevar el arte urbano al siguiente nivel. Camina con un galgo de pelo largo, gris y brillante.
Luego, a una mujer árabe que, con la cabeza cubierta, va como escoltada por cada lado por lo que interpreto que son su hijo y su marido, en bermudas. Y a un señor con traje y una corbata enorme que podría confundirse con un mantel y que camina al ritmo de sus auriculares. Está también una chica con el pelo rojo sentada en un portal llorando. Busca en el bolsillo pequeño de su mochila un paquete de Cleenex. Al final encuentra uno usado que le vale.
Y así es como me doy cuenta de que yo, que me creo la burbuja chispeante y brillante que flota con gracia en la copa de champán, en realidad soy una más entre las burbujitas que aparecen en el refresco antes de perder el gas. Un puntito en una ciudad en constante metamorfosis.

