COSAS QUE HE APRENDIDO EN 2023

Este no es el típico post de propósitos para el nuevo año, básicamente porque a 2024 yo no le pido ni le impongo nada, quiero que me sorprenda. Eso hice con 2023 y ¡vaya si me ha sorprendido! Si me tuviese que hacer un tatuaje, probablemente me pondría un 23 porque es el número que llevaba Beckam en su camiseta para recordar siempre este año que, sin ninguna duda, ha marcado mi vida para bien (tranquilo papá, no me voy a tatuar nada). Os traigo algunos de mis aprendizajes de este año que ya se acaba:

—Saber que puedo hablar delante de 180 personas (he venido a hablar de mi libro) sin tartamudear ni hacer el ridículo.

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—A veces los sueños se cumplen.

—Pero hay que currárselos e ir a por ellos, que la vida no es el mundo de Mr. Wonderful.

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—No sé si crear un chat con tus íntimas amigas para hacerle vudú a tu última decepción amorosa es malo o de loca, pero resulta terapéutico.

—El fin de ese chat no es desearle a ese cabrón nadie una enfermedad terminal, pero sí una rinitis crónica para que se le caiga el moquillo y estornude como un gato constantemente.

—O una calvicie inminente.

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—Cinco días despúes ni te acordarás del sujeto chat y te reirás de tu locurita transitoria.

—Echar de menos es bonito.

—Hay épocas en las que te sienta mejor hacer cinco comidas al día en vez de tres.

—Si tienes dudas, hazlo. Si tienes miedo, hazlo con miedo. ‘Just do it’, como dice ese gran filósofo llamado Nike.

—Padecías las mismas resacas con 18, con 28 y con 38. En eso no has envejecido.

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—Puede que de repente un día te des cuenta de que lo que no se espera, era en realidad lo más esperado.

—El pelo corto te queda bien.

La curiosidad no mató al gato, lo hizo más sabio. Ser curioso es bueno. Proverbio de Palo.

—Déjate querer.

—Escribe incluso cuando no tengas ganas, siempre sale algo, aunque sea una frase pa’Instagram.

—El mercado no está fatal, solo hay que aprender a distinguir entre la manzana podrida, la manzana ácida, la manzana harinosa, etc y para eso hay que ir muchas veces al mercado.

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—De hecho, el mercado puede ser muy divertido.

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—Las locuras son locuras hasta que dejan de serlo porque se convierten en realidad.

—Si no lo tienes claro, tírate a la piscina.

—Si al llegar al fondo, resulta que no había agua, siempre vas a tener amigos que hagan de colchón.

—Pero ¿y si la piscina estaba medio llena?

—Aunque si tu conciencia Campanilla interior te dice que salgas corriendo porque las cosas le están descuadrando, sal corriendo.

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—Comer una tortilla francesa en casa puede convertirse en el mejor plan.

—Devorar una tableta de chocolate en media hora no es un buen plan.

—Léete esa novela histórica de 700 páginas que no te apetece nada. Probablemente te guste y si no es así, por lo menos te culturizarás un poco, señora.

—Ninguna decisión es perfecta.

¡Feliz año, mi gente!

TRAIGO LIBROS (2023).

Todos los meses recibo mensajes de mis fanes pidiéndome que les recomiende un libro «¡Y yo que sé! Sin conocerte es muy difícil», quiero responder. Pero siempre me repito y digo que es como si alguien me preguntase: «Paloma, ¿me recomiendas un novio?» «Pues mira, chica ¿cuáles son tus gustos? Porque tengo historias novios de todos los géneros: terror e intriga, humor y poesía, política y sociedad, drogas y salud mental. La lista es extensa».

Pero vayamos al grano, que se viene post largo porque como cada año, aquí os dejo los libros que me he leído en 2023, unos me han gustado más que otros, pero lo que me gusta a mí, no tiene que ser lo que te guste a ti (sigo hablando de libros):

El heredero: Empecé el año con una novela histórica, un género que a priori, me da pereza, pero este libro me enganchó desde el principio y me ha encantado leer un poquito sobre la Guerra Civil y sentirme ahí dentro. También me ha gustado mucho la objetividad con la que el autor trata a ambos bandos, ni todo es blanco ni todo es negro.
Me pareció un poco extenso, aunque entiendo que para crear una historia entre realidad y ficción, hacerlo entretenido y verídico, era necesario. Me leeré sin duda la siguiente novela del autor que ya la tengo en mi columna/mesilla de noche.

El último barco: haciendo alusión al título, es el último libro de la trilogía del Inspector Leo Caldas que recomiendo muchísimo y el último libro escrito por el autor Domingo Villar. No me extiendo más; el año pasado también recomendé esta trilogía.

Bosco, una vida en tu mirada: Fanes, por si hay por aquí algún despistado que no lo sabe ¡he escrito un libro!

(pausa dramática).

Y este libro, más que un ‘best-seller’, es un ‘long-seller’ porque la temática no pasa de moda, no caduca. Una historia real, con sus momentos buenos y sus momentos malos, sin filtros. Ya he hablado mucho del libro, pero si estáis aquí, es porque os gusta leerme, y si os gusta cómo escribo, os gustará mi libro porque aunque trate un tema delicado, el protagonista enamora hasta a los cactus como yo y además, no he querido perder mi esencia a la hora de escribirlo. Así que os dejo el link para que os lo compréis, lo leáis y lo regaléis.

La pareja del número 9: Otra novela negra de las que atrapan desde el principio y a partir de la mitad del libro, directamente te absorbe como agujero negro. Súuuper recomendable.

Los ingratos: Una historia llena de recuerdos y sentimientos descritos por un protagonista que ha pasado su niñez en un pueblo de España en los años 70. No viví esa época, pero el autor lo expresa tan bien, que es imposible no sumergirse e imaginarse esa vida rural; un viaje en el tiempo a una época en la que se iba en el asiento trasero del coche sin cinturón, se intercambiaban cromos y aparecían las primeras televisiones. No me canso de recomendarlo.

El cuco de cristal: Adictivo. Del autor de ‘El día que se perdió la cordura’, esta novela también es droga dura. Me costó entrar porque empieza tratando temas médicos y yo soy medio hipocondríaca perdida que se marea con las agujas, pero una vez superadas esas páginas, el libro me enganchó.

Los astronautas: me costó entrar en este libro, porque es un relato muy profundo y personal y una no siempre está en el mood para leer ciertas cosas que te hacen mirar hacia adentro y tener miedo por no saber con qué te vas a encontrar. Pero poco a poco, con sus metáforas sobre astronautas y viajes a la luna (soy muy friki en el tema del espacio), fui dejando que la lectura me absorbiese. Le tengo cariño a la protagonista niña y a la protagonista adulta, a su padre y a su madre ¡a sus tíos también! y me ha costado despedirme de ellos.
Me encantan los libros que te hacen darle una vuelta a cosas que, aunque ya estaban en tu subconsciente, nunca habías profundizado en ellas. En este caso, me ha hecho reflexionar sobre el concepto del ‘te quiero’, dos palabras que cuando se dicen juntas son muy potentes, pero cuya fuerza se diluye cuando lo cambiamos por el plural: ‘te queremos’; algo aun más impersonal: ‘se te quiere’; o la guinda del pastel, decirlo en otro idioma porque suena mucho más débil: I love you. Eso y la indiferencia, son lo mismo.

Esperando al diluvio: diez días he tardado en leerme las 572 páginas de este libro policiaco. Enganchada de principio a fin; no conocía esas inundaciones de Bilbao en 1983 y Dolores Redondo me ha hecho sentir, vivir y respirar a los personajes y sus respectivas vidas, mezcladas con esas lluvias torrenciales y destructivas.

Se acabó el pastel: Ephron sabe convertir lo trágico en comedia y sus textos se leen sin hacer muchos esfuerzos mentales, algo que me gusta para mis lecturas veraniegas (y que nada tiene que ver con que sea rubia). Novela semiautobiografica, a veces frívola, sin filtros y como siempre consigue esta autora, con puntazos desternillantes. No pido más.

El ángel de la ciudad: Este libro te mantiene en vilo todo el rato. Me lo leí en cinco días. Forma parte de la serie de Kraken, así que si no te has leído ninguno, te recomiendo que empieces por la Trilogía de la Ciudad Blanca.

Una escritora en la cocina: es un libro de recetas en el que mientras la autora te explica una receta, te cuenta las historias que sucedieron alrededor de ese plato. O a lo mejor es un libro de historias en el que de vez en cuando te explica recetas. No lo sé, pero me ha parecido brillante.

Como no escribí nuestra historia: Otra novela de verano sobre los problemas de la vida adulta, sin grandes pretensiones, pero entretenida. Huelga añadir que yo soy la inventora de las palabras tachadas con significado y si no os lo creeis, tenéis este blog, que empezó en 2012 con sus chaladuras tachaduras, para comprobarlo.

Hacia la Fundación: No hay verano sin Isaac, un visionario gracias al cual (y a mi hermano que me lo descubrió hace muchos años), me aficioné a leer ciencia ficción. Sus libros sobre La Fundación son el Brad Pitt de la literatura: pese haber sido escritos entre 1951 y 1993, no envejecen.

Las madres: como todos los libros anteriores de Carmen Mola, la inspectora Elena Blanco vuelve a encontrarse con una serie de crímenes bastantes gores, bastante desagradables, pero que enganchan página a página de principio a fin. Y no voy a hacer SPOILERS, pero ay, el final.

La caída de la casa Usher: Uno de los cuentos más populares de Allan Poe. Me lo ventilé en media hora (como al panettone que l¡me regalaron la semana pasada). Este hombre escribía con una sensibilidad y un vocabulario increíbles. En este cuento, las descripciones de terror te envuelven y te encierran en la casa Usher ¡Buuuuhhh!

Cara de susto Buscaba una novela de playa, fácil de leer y aunque la autora tiene algunos giros graciosos, me parece que el argumento está cogido con pinzas.
¿Lectura fácil? Sí
¿Engancha? No

Agatha Raisin y la quiche letal: Otra novela fácil de leer, pero que en este caso sí engancha, aunque creo que es más graciosa en versión original. Como siempre, el humor inglés me parece máximo.

De vuelta a casa: me leí devoré sus 721 páginas en menos de una semana.

Le he dado tres estrellas en Goodreads porque ha habido unos capítulos por la mitad del libro que se me han hecho bola, pero el final es DROGUITA PURA.

He tenido hasta ansiedad por irme sola a la playa para poder leer tranquila o irme a la cama para saber qué iba a pasar.

Todos quieren a Daisy Jones: Cuando me lo acabé, estuve unos días como si me faltase algo. Algo en plan el lóbulo de la oreja, nada vital, pero me faltaba algo.

La sombra de la rosa: a lo largo del libro se mencionan a autores malditos, como Edgar Allan Poe que hizo que me enganchase enseguida. Los escenarios principales (La Isla de Cortegada y Carril, en Galicia) con su historia, basada en hechos reales, me llamaron mucho la atención, aunque el desenlace no tuvo en mí el efecto WOW que tanto me gusta sentir leyendo novelas negras.

Serotonina: Nunca había leído a Michel Houellebecq, pero tenía mucha curiosidad y ha cumplido expectativas. He visto que es un autor incómodo, intolerante, políticamente incorrecto, polémico, and I like it. Creo que no es una novela apta para ‘ofendiditos’; habla sobre la tristeza, la soledad y describe situaciones muy incómodas sin filtros. Puede estar describiendo una escena muy sórdida, como si estuviese contando la receta del pavo relleno que te tomas cada año en Navidad en casa de los suegros.

SALSA HOLANDESA.

En mi verano de los dieciséis, llegó a La Coruña  una regata de barcos procedentes de muchos países. Todos los años, esos barcos daban la vuelta al mundo y cada cuatro, atracaban unos días en el puerto mi ciudad. El evento siempre coincidía en verano y mis amigas y yo esperábamos ansiosas el momento ¿El motivo? Los marineros Nos encanta navegar y ver veleros, por supuesto. En cuanto atracaban, nos quedábamos embobadas mirando las embarcaciones, por las que descendían unos marineros tan altos, tan rubios y con unos ojos tan transparentes, que podíamos perdernos y naufragar en ellos. 

Y eso me paso a mí en mi verano de los dieciseis, me perdí. Me perdí con un holandés de mirada azul y uniforme con insignias. Aunque no fue más que un romance adolescente de tres días, podríamos decir que hubo un punto de inflexión en mi vida porque a partir de ese romance, cada vez que pido un plato que lleva salsa holandesa me acuerdo de él. 

Cuando el marinero holandés de mirada azul y uniforme con insignias se marchó, estuvimos mandándonos mensajes durante un mes. La comunicación era complicada porque él, como buen marinero tenía una novia en cada puerto estaba embarcado y no tenía cobertura. Yo seguía empachándome de salsa holandesa mientras miraba la pantalla del móvil, esperando unos mensajes que cada vez llegaban más espaciados. Y poco a poco nuestro amor se diluyó, como se diluye la yema de los huevos benedictinos entre la salsa holandesa y el pan.

Este verano esa regata volvió a atracar en La Coruña y yo volví a acordarme de Holanda —así es cómo llamo a ese señor, no recuerdo su nombre—. La tarde en la que los barcos atracaban en el puerto, me acerqué al muelle y di una vuelta observando las banderas de cada uno. Cuando encontré el navío con el mástil lleno de banderitas holandesas se me puso la piel de gallina ¿Esto son mariposas o es que tengo hambre? Como el barco se podía visitar, muy decidida, ascendí por los escalones del amor de la embarcación mirando fijamente a cada marinero. Lo reconocí en cuanto llegué a cubierta: más fuerte, más alto, con más arrugas y con barba rubia, pero con la misma mirada azul que inmediatamente me transportó al lugar en el que me había perdido muchos años atrás. 

El hombre llevaba un tulipán en el bolsillo de su camisa, que tenía muchas más insignias que en mi verano de los dieciséis. Mi marinero holandés se había convertido en capitán. Sabía que vendrías, dijo mientras me apartaba un mechón de pelo y me colocaba el tulipán en la oreja. En ese momento volví a perderme en Holanda y sin mapa, ni brújula, decidí no bajarme del barco. En su camarote, con la cama deshecha y mi pelo alborotado me prometió un futuro:

—No le hagas caso al refranero español, yo no tengo una novia en cada puerto, yo quiero llevarme a la mía a todos los puertos.

Y le creí y me quedé.

Ya en aguas internacionales y después de varios días embarcada, con el atracón de amor disolviéndose entre la brisa salada, mi cuerpo empezó a quejarse. Tantos días ‘encerrada’ en el navío empezaban a alterarme los nervios, mi capitán se pasaba más horas trepando por el mástil (del barco) que conmigo, muchas noches se quedaba a hacer guardias y me dejaba sola hasta que amanecía, momento en el que llegaba al camarote y me despertaba su olor a cerveza Grolsch.

—Me has mentido, me habías prometido alimentar mis mariposas y en realidad es como si me hubieses dado un cactus que me está matando por dentro—le dije.

Él me miró con una nueva mirada que además de azul, yo sentía gélida, heladora y en la que no solo me había perdido, me veía naufragando. Salí a despejarme y me monté en una de las bicis que había. Me puse a pedalear dando vueltas por la cubierta cada vez más rápido, hasta que en la cuarta vuelta me empecé a marear; en la quinta tuve que asomarme por la borda porque mi garganta, además de los restos del atracón de amor que me quedaban, expulsó las mariposas, el puré de patatas y los arenques que llevaba días comiendo. 

Arenques y puré, que parece ser que son comidas típicas de Holanda. La salsa holandesa es en realidad de origen francés y se llama así como homenaje a los soldados galos por su victoria en la guerra contra los Países Bajos. No veáis qué cara me pusieron mi capitán Holanda y sus compañeros marineros cuando les dije que me encantaba esa salsa. En ese momento no supe verlo, pero fue el principio del fin, el iceberg del Titanic que llevaría mi romance al naufragio.

Me di cuenta después de expulsar el último arenque y los restos de las mariposas (muertas) que me quedaban dentro, Miré al horizonte y sentí una tristeza tan profunda que exigí a mi capitán Holanda que me devolviese a mi puerto, quería con todas mis fuerzas bajar a ese muelle en el que me había perdido días atrás. Holanda miró a los marineros con sus ojos gélidos y ellos no rechistaron. Cambiaron el rumbo de nuevo hacia mi puerto. Nos despedimos con un abrazo sincero, pero frío y en cuanto pisé tierra me fui a tomar unos huevos benedictinos con extra de salsa holandesa.