PÁSAME LA SAL.

El cambio de hora de octubre no mola, es un bajón: siempre cae en domingo, a las 18:00 ya es de noche y mis biorritmos se quedan en el huso horario de Bali durante una semana. Pero como me gusta sacarle a todo lo positivo, además del beneficio de poder dormir, salir o mirar al infinito una hora más —cada uno que elija cómo quiere aprovechar esa hora extra—, si estás en un lugar sin contaminación lumínica, puedes ver las estrellas durante más tiempo. Pocas cosas me gustan más que mirar las estrellas esparcidas sobre el cielo negro, cada una brillando independiente, a lo suyo, pero a la vez, sincronizándose con sus amigas vecinas para formar un carro, una W y hasta un cazador que persigue a un escorpión. De pequeña me imaginaba que las estrellas eran como sal esparcida sobre un mantel negro; y ahora, que soy un poco menos pequeña, cuando veo ese cielo tan salado pienso que quizás el Big Ban fue eso: un salero explosionado. Ya lo siento por los supersticiosos.

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