
Poco se habla de lo complicado (por no decir imposible) que resulta salir con dignidad del agua en algunas playas. Sobre todo en esas en las que hay un gran escalón en la orilla. Sí, sobre todo en esas en las que las olas te empujan, para dentro, para fuera; te mecen a su antojo, para dentro, para fuera, y cuando por fin crees que conseguirás salir, resbalas con las piedras del fondo, pierdes la estabilidad y te quedas de cuclillas, medio cuerpo en el agua, medio cuerpo fuera, estás en tierra de nadie, para dentro, para fuera.
En el siguiente intento ya no te atreves a mirar hacia la playa, a romper la cuarta pared, porque sabes que tu público está expectante augurando el gran revolcón. Pero tú, que sigues en la lucha, aprovechas el momento en el que una ola baja, te dejas llevar por el empujón de la siguiente y consigues salir (con algún alga pegada al hombro), para dentro, para fuera.
Una vez en la orilla y lejos de todo peligro, te propones recuperar tu autoestima, que en ese momento está al mismo nivel que la autoestima de una ameba tuerta. Te estiras y vuelves a la toalla tiesa como una vela, mirada al frente y cara de ‘aquí no ha pasado nada’ (sigues sin mirar a tu público). Pero aunque has ganado una batalla, la guerra no ha acabado porque cuando pisas la arena seca, te das la cuenta de que estás caminando sobre brasas, la arena quema, arde y si no quieres terminar con quemaduras de tercer grado en la planta de los pies, tienes que correr hasta la toalla en un descontrolado vaivén de todas tus vergüenzas.
Cuando por fin llegas a tu sitio, te lanzas en plancha al refugio de la toalla trinchera. El público se levanta y te da un sonoro aplauso que dura cinco minutos.


Me gusta el uso de la reiteración como recurso, tanto en ese post como en el anterior. Para dentro, para fuera.
¡Muy bien usado, Palo!
Pues mira que ni lo pensé y me lo está diciendo mucha gente! Tomo
nota 🥰