SALSA HOLANDESA.

En mi verano de los dieciséis, llegó a La Coruña  una regata de barcos procedentes de muchos países. Todos los años, esos barcos daban la vuelta al mundo y cada cuatro, atracaban unos días en el puerto mi ciudad. El evento siempre coincidía en verano y mis amigas y yo esperábamos ansiosas el momento ¿El motivo? Los marineros Nos encanta navegar y ver veleros, por supuesto. En cuanto atracaban, nos quedábamos embobadas mirando las embarcaciones, por las que descendían unos marineros tan altos, tan rubios y con unos ojos tan transparentes, que podíamos perdernos y naufragar en ellos. 

Y eso me paso a mí en mi verano de los dieciseis, me perdí. Me perdí con un holandés de mirada azul y uniforme con insignias. Aunque no fue más que un romance adolescente de tres días, podríamos decir que hubo un punto de inflexión en mi vida porque a partir de ese romance, cada vez que pido un plato que lleva salsa holandesa me acuerdo de él. 

Cuando el marinero holandés de mirada azul y uniforme con insignias se marchó, estuvimos mandándonos mensajes durante un mes. La comunicación era complicada porque él, como buen marinero tenía una novia en cada puerto estaba embarcado y no tenía cobertura. Yo seguía empachándome de salsa holandesa mientras miraba la pantalla del móvil, esperando unos mensajes que cada vez llegaban más espaciados. Y poco a poco nuestro amor se diluyó, como se diluye la yema de los huevos benedictinos entre la salsa holandesa y el pan.

Este verano esa regata volvió a atracar en La Coruña y yo volví a acordarme de Holanda —así es cómo llamo a ese señor, no recuerdo su nombre—. La tarde en la que los barcos atracaban en el puerto, me acerqué al muelle y di una vuelta observando las banderas de cada uno. Cuando encontré el navío con el mástil lleno de banderitas holandesas se me puso la piel de gallina ¿Esto son mariposas o es que tengo hambre? Como el barco se podía visitar, muy decidida, ascendí por los escalones del amor de la embarcación mirando fijamente a cada marinero. Lo reconocí en cuanto llegué a cubierta: más fuerte, más alto, con más arrugas y con barba rubia, pero con la misma mirada azul que inmediatamente me transportó al lugar en el que me había perdido muchos años atrás. 

El hombre llevaba un tulipán en el bolsillo de su camisa, que tenía muchas más insignias que en mi verano de los dieciséis. Mi marinero holandés se había convertido en capitán. Sabía que vendrías, dijo mientras me apartaba un mechón de pelo y me colocaba el tulipán en la oreja. En ese momento volví a perderme en Holanda y sin mapa, ni brújula, decidí no bajarme del barco. En su camarote, con la cama deshecha y mi pelo alborotado me prometió un futuro:

—No le hagas caso al refranero español, yo no tengo una novia en cada puerto, yo quiero llevarme a la mía a todos los puertos.

Y le creí y me quedé.

Ya en aguas internacionales y después de varios días embarcada, con el atracón de amor disolviéndose entre la brisa salada, mi cuerpo empezó a quejarse. Tantos días ‘encerrada’ en el navío empezaban a alterarme los nervios, mi capitán se pasaba más horas trepando por el mástil (del barco) que conmigo, muchas noches se quedaba a hacer guardias y me dejaba sola hasta que amanecía, momento en el que llegaba al camarote y me despertaba su olor a cerveza Grolsch.

—Me has mentido, me habías prometido alimentar mis mariposas y en realidad es como si me hubieses dado un cactus que me está matando por dentro—le dije.

Él me miró con una nueva mirada que además de azul, yo sentía gélida, heladora y en la que no solo me había perdido, me veía naufragando. Salí a despejarme y me monté en una de las bicis que había. Me puse a pedalear dando vueltas por la cubierta cada vez más rápido, hasta que en la cuarta vuelta me empecé a marear; en la quinta tuve que asomarme por la borda porque mi garganta, además de los restos del atracón de amor que me quedaban, expulsó las mariposas, el puré de patatas y los arenques que llevaba días comiendo. 

Arenques y puré, que parece ser que son comidas típicas de Holanda. La salsa holandesa es en realidad de origen francés y se llama así como homenaje a los soldados galos por su victoria en la guerra contra los Países Bajos. No veáis qué cara me pusieron mi capitán Holanda y sus compañeros marineros cuando les dije que me encantaba esa salsa. En ese momento no supe verlo, pero fue el principio del fin, el iceberg del Titanic que llevaría mi romance al naufragio.

Me di cuenta después de expulsar el último arenque y los restos de las mariposas (muertas) que me quedaban dentro, Miré al horizonte y sentí una tristeza tan profunda que exigí a mi capitán Holanda que me devolviese a mi puerto, quería con todas mis fuerzas bajar a ese muelle en el que me había perdido días atrás. Holanda miró a los marineros con sus ojos gélidos y ellos no rechistaron. Cambiaron el rumbo de nuevo hacia mi puerto. Nos despedimos con un abrazo sincero, pero frío y en cuanto pisé tierra me fui a tomar unos huevos benedictinos con extra de salsa holandesa.