Ni fe, ni milagros: El Camino y sus atajos.

Una empieza el Camino de Santiago sin tener muy claro por qué ¿Fe? ¿Deporte extremo? ¿O quizás por las vistas, la comida, las fotos para Instagram y la satisfacción que da contarlo después?

**Artículo original publicado en El Español – Quincemil el 25/7/2025.

El Camino engancha por muchas razones: empiezas buscando paisajes y penitencia, pero poco a poco también descubres cuántas ampollas caben en un pie y la paciencia que tiene (o no) una pareja.

Etapa 1: Sarria – Portomarín (23 km).

Madrugamos con la ilusión del primerizo. La vaselina pasa de los labios a los pies y nuestro desayuno (café, tostadas y optimismo) parece suficiente. Hasta que empiezan las cuestas, dignas de un programa de Calleja.

El paisaje ayuda a sobrellevarlas, el olor a caca de vaca nos reconcilia con lo rural y el clac-clac de los bastones (descubrimos que no se llaman “palos” gracias a un peregrino experto) nos relaja.

Nos cruzamos con grupos de adolescentes celebrando el fin de curso con reggaetón a todo volumen. A su edad, ni con sobornos me levantaban a las siete de la mañana para caminar. Se ve que la madurez me ha llegado tarde, pero ha llegado, que es lo importante. Ahora madrugo y me emociono al ver una vaca por la ventana.

Terminamos el día cenando con vistas al Miño y debatiendo una de las grandes incógnitas del Camino: ¿Cuando alguien te dice ¡Buen Camino!, se contesta: gracias, pero me duele una uña”, “¡Buen Camino pa ti también, meu rei!” o simplemente se asiente con cara de “lo estamos intentando?

Etapa 2: Portomarín – Palas de Rei (25 km).

Ya decimos “¡Buen Camino!” con la seguridad de quien lleva dos días caminando arrastrando los pies.

Esto ya no es senderismo, es supervivencia. Los primeros 12 km son cuesta arriba. Si el día anterior fue un programa de Calleja, hoy es un documental de alpinismo de La 2.

Durante la comida, aleccionamos a unas catalanas que pensaban que Estrella Galicia y Estrella Damm eran lo mismo. Aún así, pidieron una “Galicia”, lo que demuestra que el buen paladar no entiende de fronteras.

Por lo demás, confirmo que no hay antihistamínico que pueda con el polen gallego.

Etapa 3: Palas de Rei – Arzúa (30 km)

Amanece nublado y damos las gracias. Venía la etapa más dura, apodada Rompepiernas. Desayunamos “huevos del peregrino” y compartimos mesa con unas americanas de hueso ancho que se tomaron una Coca-Cola en ayunas. En ese momento nos parecieron osadas.

En esta etapa no vemos adolescentes. Estarán de resaca, como debe estar una persona de 18 años a esas horas. Todo en orden.

En el kilómetro 22, cojeando dignamente, paramos a repostar. Justo ahí vemos a una pareja que llama a un taxi porque “con este sol y este calor yo no camino más, que ya llevamos once kilómetros”. ONCE. En ese momento entendemos que el Camino también se hace (o se abandona) con la mente.

Llegar al hotel es como ver la Catedral. Descubrir que tiene piscina, como ver al Apóstol bajando a saludarte. Pero la mayor sorpresa es encontrarnos allí a las americanas de hueso ancho la Coca-Cola en ayunas, ahora con copa de champán en mano, unas croquetas y pinta de no estar muy cansadas. La recepcionista nos confirma la jugada: llegaron hace cuatro horas. En taxi.

Etapa 4: Arzúa – O Pedrouzo (20 km)

¡Sorpresa matutina! Volvemos a compartir desayuno con nuestras compañeras de ruta: las señoras de hueso ancho la Coca-Cola en ayunas. Siempre frescas, calzado limpio. Preparadas para afrontar otra exigente etapa en taxi.

Aquí confluyen el Camino Francés, Portugués e Inglés. Suena a chiste espiritual, pero sorprendentemente hay silencio. Solo se oyen los bastones y los pájaros. Dicen que el Camino te ayuda a pensar, pero lo que no te dicen es que a estas alturas, no tienes fuerzas ni para acabar una frase. Y tampoco piensas.

Vemos tres autobuses aparcados en mitad del monte. Después de la trama de los taxis, esto nos parece altamente sospechoso. No descartamos que haya un Camino alternativo sobre ruedas y con aire acondicionado.

Cerramos la etapa hablando con otra pareja que empezó caminando en Francia el 17 de junio. Todavía no se han divorciado ¿Amor verdadero o milagro de Apóstol?

Etapa 5: O Pedrouzo – Santiago (20 km)

Empezamos a caminar bajo un cielo negro y un concierto de truenos.

Se pone a llover. Todos los peregrinos caminamos con unos chubasqueros que nos tapan casi todo el cuerpo; parecemos la Santa Compaña versión Decathlon.

Llueve.

Llueve.

Llueve.

Los frutos secos que llevamos para cargar energías acaban convertidos en frutos mojados. Perdón, pero el chiste era inevitable. El Camino te cambia, pero no tanto.

En el Monte do Gozo paramos a tomarnos dos cañas. Gozarlo en el Gozo.

Y por fin, Santiago. Estamos emocionados, cansados y calados. No necesariamente en ese orden. Al pisar la Catedral, entendemos que lo del botafumeiro no es tradición, es necesidad. El olor a calcetín húmedo pide ducha incienso urgente.

Dicen que el Camino te cambia. Tal vez. O quizás solo te deja los pies hechos polvo y la memoria llena de anécdotas que exagerar en las cenas.

Pero mi conclusión es que aunque los kilómetros se caminen con los pies, también se hacen con la paciencia.

Al final, más que cambiarte, el Camino te recuerda algo muy gallego: lo importante no es tanto llegar, sino saber elegir con quién caminar.

HELADO DE LIMÓN.

Empiezo a escribir esto en medio del mar, acunada por el agua y bajo los efectos de una botella de vino que ya ha quitado bastantes piezas del Jenga que es mi cerebro.

El sol se derrite en el horizonte como si fuese un helado de limón. Me gusta pensar que es por el efecto de la luna, que desde el otro lado del cielo desprende una energía casi tangible y sin mostrarse del todo, le pone ojitos de adolescente con ganas de comerse un helado la vida.

Siento el cerebro denso como la mantequilla fría, así que me lanzo al mar. Diez minutos después, envuelta en la toalla, releo lo que he escrito. Me quedo embobada mirando al cielo, no cambio ni una coma. Me gusta la actitud de la luna, tiene la fuerza de alguien que vive abrazando los sueños, creyéndose capaz de derretir al sol.

PALABRAS MAL.

Con este post no pretendo ofender a nadie, pero aquí os dejo una compilación de palabras que me hacen gracia, ya sea porque me recuerdan a mi abuela, porque suenan graciosas o porque directamente están mal y son terribles, pero hay gente que las utiliza:

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Carmín: barra de labios.

Dámele.

Tengo los vellos de punta.

Personas que se enojan.

Me cunde.

Esto es un primor.

Cacha.

Fuistes.

Garimba.

Te hemos traído un obsequio. 

Estoy leyendo el diario (periódico).

Tener el mes.

Ayer nos lo pasamos bárbaro.

Échame más ensalada.

La coqueta (la cómoda).

Tengo gana de comer.

Alacena (despensa).

Estos vaqueros me hacen buen pompis.

Traéte una rebeca o un suéter por si refresca (esto es muy del sur).

Hola cari (prefiero que me silben un FIFIUUU antes de que me llamen así).    

¿A qué hora almorzamos?

Me lo voy a jalar (me explotan los tímpanos cada vez que escucho esto).

Y a mí, hace no mucho tiempo, una persona me dijo que le gustaba tanto mi forma de expresarme y mi ‘acentiño’, que quería ponerme en su mesita de noche para que le amenizase sus noches de insomnio hablándole; sí, simplemente hablando (a día de hoy todavía no sé cómo tomarme eso). Pero por ese motivo (y porque hoy es el Día de Galicia) os dejo algunas expresiones o palabras que debido a mi naturaleza muy gallega, utilizo bastante (excepto los privilegiados que poseen mi teléfono y me pueden molestar llamar, el acento os lo tenéis que imaginar):

Coger en colo (coger en brazos): llegué a Madrid con 17 años y una maleta cargada de ilusiones tres maletas y cuando dije esto, la gente me miró como si estuviese hablando un dialecto de Alaska.

¡Qué riquiño!: utilizo esta expresión no menos de 15 veces al día.

Trapallada: no estoy segura de que sea gallego, pero está en el TOP 3 de mis palabras preferidas.

No tiene ningún xeito: no tiene ningún arte, ni estilo; es un soso (XEITO = SWAG en galego).

Pásame el afila: en el cole al sacapuntas siempre lo hemos llamado afilalápiz y al parecer eso también es gracioso (¿?). A mí me parece mucho más gracioso el término que utilizan mis amigas/casi-hermanas asturianas: TAJALÁPIZ. Y que ¡vivan las fiestas de prau!

No voy a abrir el melón de los tiempos verbales porque es domingo y esto se hace muy largo, pero sí, yo también los utilizo mal.

Tampoco quiero a abrir el melón del lenguaje inclusivo porque sería darle unas patadas al diccionario (o diccionarie) que ahora mismo no me apetece dar.

¿Buscando destino vacacional? PUES NO VENGAS A GALICIA.

La época estival ha llegado, señores (y con ella, mi dejadez de bloguera de palo escritora, lo siento). Así que si todavía no habéis elegido destino vacacional, voy a ayudaros a que descartéis la opción de venir a Galicia. Sí, sí, habéis leído bien.

Que si siempre llueve, que si hace frío, que si los niños van a estar todo el día metidos en casa… Cualquier excusa es válida para no visitar Galicia. Pues vale. Tenéis razón, no vengáis, os cuento:

– La verdad es que no hay nada interesante que hacer.

Tall Ships en La Coruña

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GALICIA ES BIPOLAR.

Pese al título del post, hoy no vengo aquí a hablar de política (para eso ya están los tertulianos de bar que lo hacen fantástico).

Galicia es ese lugar en el que por la mañana tienes que ir a trabajar con el paraguas y las catiuscas botas de agua, y por la tarde puedes enfundarte el bikini y largarte a la playa. Galicia es bipolar, como esas chicas divertidas y encantadoras, que en un momento dado, aprietan un botón, se vuelven locas y te montan un pollo.

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