ESPAÑA SIN BATERÍA.

Pocas cosas consiguen hoy en día lo que logró el apagón: unir a un país bajo el mismo manto de desconcierto, solidaridad y desesperación por la búsqueda de cobertura.

Ayer España descubrió lo que pasa cuando se desconecta el router nacional: nos quedamos a oscuras. Un apagón que no ha entendido de barrios ni de códigos postales. Semáforos en huelga, colas para entrar en el supermercado a comprar papel higiénico y peatones redescubriendo el arte de caminar.

Ante la falta de conexión e información, y movida por haber visto muchas pelis de catástrofes un impulso primitivo, me lancé a buscar una radio. Pero no quedaban. Habían volado como si fueran lingotes de oro vintage. Menos mal que unos vecinos solidarios sacaron su radio al balcón y pusieron las noticias a todo volumen en medio de la Calle Argensola, salvándonos a los que dependemos del móvil como de la respiración asistida.

Ya casi de noche, me emocioné al ver un semáforo en rojo en la Plaza de Colón, una especie de faro emocional en mitad de la tempestad. Volví a casa y como en las novelas antiguas, leí a la luz de una vela mientras en el mundo moderno solo sonaban sirenas.

A las 23:33 volvió la luz a mi casa. Me alegré porque la merluza que tenía en el congelador había sobrevivido al desastre.