TRIPLE SONRISA.

Correr es de cobardes valientes. Aunque lo que me parece valiente de verdad es salir a la calle con ropa de runner, sabiendo que vas a caminar varias veces en mitad del recorrido. Eso sí que es vivir al límite de la humillación pública.

El sábado volví a correr después de 15 días parada. Tendinitis rotuliana desde septiembre, dudas existenciales del tipo “igual ya se me ha pasado el arroz deportivo”, “igual debería aprender a hacer punto de cruz”. Empecé a trotar esperando el pinchazo dramático que me devolviera a la realidad. Pero no llegaba. Siete kilómetros y cero dolor. Sonrisa. Esta mañana he repetido. Cero dolor otra vez. Sonrisa doble. No me jubilo todavía.

Estoy haciendo CA-COS: correr un rato, caminar otro. En mi caso: 2-3 kilómetros corriendo, cinco minutos caminando. En mi cabeza, mientras camino vestida de runner, hay un señor imaginario señalándome y gritando: “¡Vaya fraude! ¡Eres una auténtica runner de Palo!”. Aun así, la alegría de correr sin dolor pesa más que la vergüenza, así que mi vergüenza la he dejado tirada por el paseo marítimo.

Correr siempre me saca una sonrisa. A veces porque dejo las vergüenzas los problemas tirados en algún kilómetro, otras porque se me ocurre una idea buenísima y alguna que otra vez porque el reloj me marca un tiempo decente.

Además, al volver a casa me he visto en el espejo y me he sentido bastante pibón. Triple sonrisa.

PARA ESTAR GUAPA HAY QUE CORRER.

Cuando me preguntan por mis trucos de belleza (nunca) cuento que yo, cuando llego a casa después de correr, me veo guapísima. Pero esto no es del todo cierto… Cuando vuelvo de correr me siento contenta, eufórica, poderosa, Hulk… Pero guapa, lo que viene siendo GUAPA, no. Después de aspirar durante mucho tiempo y con la boca abierta el Océano Atlantico o el Parque del Retiro, se me marca una vena en la frente —la misma que se me marca cuando tengo resaca—, se me pone la cara rosa como un cerdito, las ojeras se acentúan y se desata mi melena de leona. Soy como el arca de Noé 🐷🦁🐼

Cuando realmente me veo guapa es después de la ducha post-correr. A partir de ese momento, parece que mi cara tiene puesto un filtro de Instagram: la vena desaparece y mi piel se vuelve lisa, el rosa cerdito se transforma en un toque de color muy de señora sana, me brillan los ojos… Una cara guapa, sí. Me imagino que ese maravilloso cutis es el que también se me quedaría si pasase una noche loca con Brad Pitt, pero como eso es algo que todavía no ha sucedido, tendré que seguir haciendo kilómetros para conseguir el efecto buena cara.

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PARA CORRER HAY QUE SUFRIR.

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Me pregunta el fisio que si he estado corriendo con el menhir la piedra de Obelix cargada sobre la espalda o qué. 

—Yo pensaba que las molestias que tengo en la espalda eran mis alas de angelito, que me estaban saliendo.

—De alas nada, el David de Miguel Ángel tiene más ligereza que tú.

—Me duele un poco más abajo… Ahí, ahí… UF! Ay, ay, ay. Creo que me estoy mareando.

Si es cierto eso que dicen de que quién bien te quiere, te hará llorar, mi fisio tiene que estar colado por mí.

Bla Bla Bla

Una vez termina con mi espalda por hoy, pasamos a las piernas. Me aprieta los lumbares y se me mueve el juanete dedo gordo del pie. Me estira el gemelo y me palpita el tobillo.

—¡Yo pensaba que estaban duras porque estoy fuerte!

—Están más rígidas que la herradura de un caballo, Paloma ¿duele?

—El que esté libre de dolor, que tire el primer menhir la primera piedra —respondo mientras cierro los ojos y me muerdo el labio fuerte. 

CUARENTAYCINCOMINUTOS de sufrimiento después, salgo de la consulta llena de cintas de colorines pegadas al cuerpo y un poco dolorida, pero más ligera. De camino a casa, me acuerdo de cada uno de mis ex novios y llego a una conclusión:

He sufrido más en el fisio que por amor.

Palo

HE HECHO LA COBRA.

Después de 50 días confinados, a los runners (y no tan runners), nos han dado el alta para salir a correr. He dudado mucho si salir o esperar, pero ayer algo en mi interior hizo que volviese a ser una niña de siete años en la noche de Reyes. Me he despertado cada dos horas, nerviosa, contenta (y soñando que no me podía tocar la cara). Así que a las 7:30, cuando abrí los ojos he pensado: ‘voy a por mi merecido regalo‘.

Me he emocionado al ponerme mi ropa, calzarme mis zapas y salir a la calle. Al llegar al Paseo Marítimo se me pusieron los pelos de punta al ver el mar, un pasito, otro pasito ¡estoy corriendo! Al principio había gente, pero se podían mantener perfectamente las distancias. Esto lo digo porque sé que si el finde pasado les tocó a los niños padres, este finde nos toca a los runners: los medios nos van a regañar. Es verdad que a partir de las 8:30 había zonas que parecían El Corte Inglés el primer día de rebajas. Yo crucé a la acera fea desde la que no se ve el mar y que estaba vacía y decidí volver a casa. Me he quitado el mono y ahora estoy con la misma sensación que después de terminar una carrera (tengo sueño, pero la cabeza me va a mil). Desde mi punto de vista, la gente en general se apartaba y guardaba distancias. Excepto un chico que me adelantó y se puso tan cerca que la que se tuvo que apartar fui yo. Llevaba dos meses sin hacer una cobra, me ha alegrado comprobar que hacer cobras y correr es como andar en bici, no se olvida.

Hoy soy muy feliz.

¿QUÉ HACEMOS AQUÍ?

Esa era la pregunta que nos hacíamos Leo y yo el sábado por la noche mientras, entre ataques de risa floja, escuchábamos desde la cama el viento retumbar y la lluvia aporrear nuestra ventana; ¿quién nos manda? No exagero si digo que no dormí ni un minuto en toda la noche; noche previa a nuestra primera Vig-Bay. El viento no me dejó y en mi cabeza se formó La Gozadera el siguiente bucle: Continuar leyendo «¿QUÉ HACEMOS AQUÍ?»