TRES VIDAS Y UN AGOSTO.

Artículo original publicado el 9/8/2025 en el periódico El Español – Quincemil.

En agosto todo se derrite: los helados, las ganas de madrugar y las fronteras que separan lo que enseñamos, lo que ocultamos y lo que no nos atrevemos a confesar.

Decía Gabriel García Márquez que “todo hombre tiene tres vidas: una pública, una privada y una secreta”. Y basta sobrevivir a un agosto para darse cuenta de que tenía más razón que el meteorólogo que, con cara de sorpresa, anuncia que se avecina una ola de calor. En agosto.

La vida pública de los que no somos famosos se cuece, sobre todo, en terrazas redes sociales. Allí posamos entre sombrillas y tintos de verano, intentando parecer más delgados, más divertidos y más morenos de lo que realmente estamos. Ahí no hay masificaciones, los coches no se convierten en hornos con ruedas, no se ven rabietas de niños en la playa. Instagram Agosto, con sus vacaciones y sus atardeceres, es el mes estrella de ese escaparate: imágenes idílicas, casi idénticas de pies en la arena, sombreros de paja, horizontes infinitos y ese ‘salty hair I don’t care’.

Después está la vida privada. La que empieza cuando cerramos la persiana para que no entren ni el sol ni la mirada del vecino. Ahí ya no importa la postura, el encuadre, ni el filtro. Es la vida en la que caminamos por casa con ropa holgada que nunca verá la luz de la calle; discutimos para saber quién olvidó rellenar la jarra y nos ha dejado sin agua fría; y ponemos en alto las piernas hinchadas por culpa del calor. Y en esta intimidad tampoco importa si un vecino cotilla nos ve desde la terraza, porque igual que en su casa, también se encontrará con siestas eternas y cenas a base de sobras del mediodía.

Por último está la vida secreta. Esa que no se asoma ni en stories, ni en la terraza. Pensamientos que nadie conoce, una canción terrible que escuchas en bucle, el ex que sigues stalkeando desde la penumbra, una frase que has guardado y que nunca utilizarás. Esa parte que escondemos, muchas veces sin saber por qué.

El problema es que agosto actúa como un confesionario improvisado que derrite las barreras, suelta las lenguas y mezcla las tres vidas como los hielos con el tinto de verano. Y entonces, esa playlist vergonzosa empieza a sonar en el coche con tus amigos; se hace un silencio justo cuando estabas escuchando un audio antiguo de tu ex; y lo que juramos no contar ni bajo tortura, sale a flote en el chiringuito entre cervezas tibias.

En agosto todo se derrite perdona. Es culpa del calor, que derrite hasta los cerebros. Ya en septiembre, cuando refresque y se asiente la rutina, volveremos a reconstruir fronteras fingiendo que esas tres vidas nunca se mezclaron. Eso sí, esconded en una carpeta secreta todas las fotos que deberíais borrar al terminar agosto.

UN VERANO CON BANDERA ROJA.

Aunque haya sido un verano de mierda (pido perdón por el vocabulario, pero no encuentro mejor adjetivo), tengo la suerte de que para mí también ha sido un verano feliz, por diferente, supongo. Siempre intento mirar el lado ‘bueno’ de las cosas y de este verano me llevo muchos momentos que me han encantado y que en circunstancias normales no habría disfrutado igual. Disparo:

– Levantarme pronto sin alarma, desayunar con calma, hacer deporte, escribir este post…

– Trasladarme medio verano a la casa de verano de mis padres mi casa con mi familia, ir a por el pan dando un paseo y volver a casa con la mitad de la barra en mi estómago, bañarme en la piscina a las 9 de la noche, welcome alergia, welcome antihistamínicos olor a hierba recién cortada…

– Conocer otra Ibiza, la de las rutas de running mañaneras y calas MUY escondidas.

– La puesta de sol en Es Vedrá, que también entra dentro del plan de Ibiza, pero que se merece un párrafo para ella sola.

– Sentirme útil en una regata porque, además de aportar mi compañía, me dejaron llevar la cuenta atrás antes de la salida (importantísimo) y hacer de contrapeso con mi body serrano.

– Terminar un puzzle de 500 piezas.

– PCR Negativa: SUBIDÓN.

– Volver a ver a mis padres después de un mes de agosto muy movido y una cuarentena de última hora.

– Comer mucho y muy rico.

– Unos días de ‘Surf Camp’ con amigas. Nuevo hobbie.

– No hay verano sin cachopo Asturies.

– Una caña bien tirada, beber vino, mojar el pan en la salsa, lluvia de Estrellas.

– Reunirme con algunas de mis personas favoritas de Madrid a las que llevaba sin ver desde febrero ❤

– Acostarme pronto un viernes de verano sin que me den los siete males, leer en la cama y disfrutar de ello.

– Llevar a enmarcar por fin esos cuadros que tenía almacenados.

– Barbacoa en la playa con puesta de sol de cielo rosa.

Todos estos momentos han sido agridulces porque al darme la vuelta siempre me chocaba con una mascarilla o sentía el tufillo a tequila gel hidroalcohólico cutre que me bajaba a la realidad. Pero me los guardo todos porque, como he dicho al principio, han hecho de este verano de mierda bandera roja, un verano feliz.

TARANTINO, CONTRÁTAME.

Siempre he sido una mujer señora imaginativa, peliculera máxima. Mi madre dice que de pequeña me quedaba pasmada mirando una mosca. Probablemente en mi mente se estaba forjando alguna película de superhéroes Marvel, hombre-hormiga, hombre-araña, hombre-mosca, o mejor dicho: MUJER-hormiga/araña/mosca… Que no me apetece que venga después ningún colectivo del patriarcado a corregirme, así que vamos a intentar tener contento a todo el mundo. No quiero más enemigos. Al enemigo ahora mismo lo tengo en casa y se llama «báscula», porque después de un mes de entrega absoluta a la gastronomía del norte de España, esa señora me juzga cada vez que paso por delante. Pero a mí no me intimida; yo la miro desafiante y le digo: «hoy tampoco voy a posar mis preciosos pies sobre ti, desgraciada«.

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Porque el verano es lo que tiene, vuelves ligera de equipaje mente, y con pesadez en las carnes. La buena vida, sí señor. Pero la cuestión a tratar en este post no son los diez trucos para tener el cuerpo de Gisele Bundchen (todos sabemos que con beber agua y dormir ocho horas ya lo tenemos, lo que pasa es que no nos da la gana), ni los cinco ejercicios para recuperar los abdominales de antaño (yo ya los he recuperado, en otra entrega os cuento cómo lo he hecho 🙂 ). Si habéis caído en este transitado blog para buscar esa info, ya os podéis marchar. Yo he venido aquí a preguntaros si vosotros también sois unos peliculeros y si, por ejemplo, en los pasillos del supermercado estudiáis los carritos de la gente y os imagináis sus desayunos, sus vidas, su plan para esta noche, si harán botellón, cenarán pizza o si el domingo vienen los suegros a comer y van a prepararles un rodaballo a la bilbaína con mucho ajito.

Otras veces, me encuentro con carritos que podrían ser perfectamente míos. Cuando eso sucede, involuntariamente, pero con un perfecto aleteo de pestañas, miro a la persona portadora del carrito y si es guapo sonrío. En ese momento se produce una conexión telepática entre nosotros en la que yo le digo: » ¿Estudias o trabajas? A mí también me encantan los yogures Larsa ¿eres de los que lo revuelve para que se quede más cremoso o te lo comes tal cuál?». Por supuesto, nunca nadie me responde, así que me quedo con la duda, pero es lo que tiene ser tan peliculera. Tarantino, contrátame.

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VACACIONES.

Tengo el mes de agosto muy liado, os cuento:

Voy a bailar como si no hubiera mañana (de hecho, ya estoy bailando).

Voy a comer mucho de ésto.

    Y de ésto (que para eso soy galleguiña, carallo).

     Me vuelvo to’loca solo de imaginarme mi dieta vacacional.

***((((NOTA AL MARGEN EN EL MEDIO DEL POST: no os engañéis, las vacaciones son una excusa para comer))))***

   Voy a ir a ver a las orquestas de los pueblos #FAN

Voy a hacer la fotosíntesis.

Voy a ir a un sitio (no os digo a dónde que sino vais a venir a buscarme para que os firme autógrafos y al final me dais las vacaciones).

Y voy a dejar descansar a mi máquina escribidora, que también se lo merece.

Así que, queridos cuatro amigos lectores de este transitado blog,  ECHADME DE MENOS.

Nos vemos en septiembre con nuevas semillas que sembrar.