CÓMO ARRUINAR TU DESCANSO NOCTURNO EN TRES CAPÍTULOS.

**Artículo original publicado en el periódico El Español – Quincemil el pasado 4/10/2025

Hay un momento fatídico en la vida de cualquier persona con acceso a Netflix, HBO o la plataforma de turno: darle al play a esa serie de la que todo el mundo habla.

Es como una especie de bautismo colectivo en el que nadie te pregunta si quieres participar; simplemente, te empujan al agua. Y ahí te quedas, flotando en un mar de expectativas hype y con una única opción posible: tragarte esa serie. Porque si no la ves, ¿de qué vas a hablar en la próxima cena con amigos? ¿Del precio de las anchoas ’00’? ¿De que Mar Flores se reinventa cada dos semanas? ¿O de lo mucho que se nota el otoño, con frío de bufanda a las ocho y sofoco tropical a la una? 

Yo caí hace poco (no diré el título porque esto no es una crítica, es una confesión). El primer capítulo lo vi con ilusión, como quien abre un regalo. El segundo, ya con desconfianza. Al tercero llegué con la certeza de haber firmado un pacto con el mismísimo diablo del entretenimiento. La serie me da angustia, a ratos me revuelve el estómago con planos de jeringuillas clavándose en cuerpos, y para rematar, me regala unas pesadillas que noche tras noche vuelven, como si hubiese renovado la temporada de mi propio insomnio.

Y aun así sigo obligada socialmente atrapada, incapaz de soltarla, como esas relaciones tóxicas que sabes que te hacen mal, pero no abandonas. “Un capítulo más”. 

Pero lo grave no es ver la serie, lo grave viene después: esa media hora de resaca mental en la que tu cerebro te reprocha semejante atracón. En ese trance, se necesita un antídoto. El mío es poner un capítulo de Aquí no hay quién viva. Patético, lo sé. Pero un ratito escuchando a vecinos histéricos en la televisión, es lo único que me devuelve al encefalograma plano. Un lavado de estómago mental para poder dormir sin soñar que un psicópata, con un mono naranja, me encierra en un búnker y me clava una aguja brillante (si has visto la serie, sabes de qué hablo; si no la has visto, sigue así, no cometas mi error. Dormirás más tranquilo). 

La paradoja es que sé que no la voy a dejar ¿Podría hacerlo? No Supongo, pero ¿voy a hacerlo? No. Porque necesito saber cómo acaba, aunque sospecho que ya lo sé. Además, estoy convencida de que habrá segunda temporada, y como me pille con las defensas bajas, volveré a engancharme y acabaré repitiendo la misma tortura. Es el mismo mecanismo que se activa cuando nos bebemos todo el bar el sábado por la noche: disfrutamos del momento, odiamos las consecuencias, ‘no vuelvo a beber’, repetimos el fin de semana siguiente.

Y lo peor no es la serie en sí, que seguro que tiene su público. Lo peor es haber aceptado, sin rechistar, el primer empujón a este mar de angustia televisiva y ahora ser yo misma la que nada mar adentro. Como haya segunda temporada, prefiero reconocer que compro anchoas de oferta, que confesar que sigo chapoteando en estas aguas por voluntad propia.

MAMÁ

Mi madre no llegó a enterarse de que publiqué un libro, ni de que me corté el pelo a la altura de la barbilla, ni de que unos meses después de que ella se fuera, yo me fui a Formentera con mis amigas a recordar como era reírme sin culpa.

Mi madre no sabe que he cambiado algún pañal, ni que he dormido en el desierto o que he vuelto a ir a Eurodisney. Tampoco sabe que me he atrevido con el bótox y que contra todo pronóstico, no me desmayé con las agujas. No sabe que tuve Covid ni que he vuelto a cambiar Madrid por Coruña.

No pude llamar a mi madre para contarle mis dudas el día en que todo saltó por los aires y sin ser del todo consciente, empecé a recorrer un camino al lado de alguien que me hace ver el mundo mucho más bonito. Porque aunque en mi corazón se ha quedado un hueco que solo ella puede llenar, sí se puede volver a ser feliz.

Mi madre no llegó a enterarse de que me compré un bolso carísimo que apenas uso porque no me cabe ni el móvil. Ni que ahora me río más de lo que nunca creí posible. Tampoco sabe que he hecho el Camino de Santiago y se lo dediqué a ella, ni que sigo yendo a Formentera todos los octubres.

No sabe que he plantado margaritas en su honor, ni que a veces hablo sola, como si pudiera escucharme. No sabe que aunque han pasado años, hay días en que me sorprendo pensando “esto se lo tengo que contar a mamá”.

Aunque en el fondo creo que sí lo sabe. Me lo dice cada vez que sale el arcoíris. También cuando pongo sus típicas frases en mi boca. O cuando me preocupo demasiado por alguien y me vuelvo un poco ‘intensa’, igual que ella.  A veces me sorprendo frente al espejo, evaluando si mi modelito me queda ‘ideal’ o simplemente ‘mono’ y descubro que, sin darme cuenta, me muevo igual que ella.

Supongo que eso es lo que pasa con las madres, una parte de ellas se queda habitando en nosotros y por eso, aunque no estén, están.

Feliz Santo, mamá.

Fuiste, eres y serás insuperable.

VIDAS Y BARES: LA TENTACIÓN DE NO COMPARTIR.

¿Con qué orgullo vas a defender tu bar, cuando ya es el favorito de miles de personas en Tripadvisor?

Artículo original publicado en el periódico El Español – Quincemil el 20/9/2025.

El fin de semana pasado decidí entregarme al relax. No me refiero a un spa con albornoz blanco ni a una escapada espiritual. Hablo de una versión humilde de relax: no había quedado con nadie en todo el fin de semana. Agenda en blanco. Cero compromisos. Libertad absoluta. 

En esa libertad, mi novio y yo decidimos ir a cenar a Betanzos, donde ‘descubrimos’ un bar que nos encantó. Lo de ‘descubrimos’ es un decir, porque lo conoce todo el pueblo y algunos de mis seguidores de Instagram, que en cuanto subí una foto del local, lo adivinaron. La novedad fue para nosotros, que después de encontrar mesa a la primera y cenar allí el viernes, repetimos el domingo. Sin disimulo. Como quien se enamora en la primera cita y al día siguiente ya está mirando menaje en Ikea.

Pero después vino dilema: ¿compartimos el hallazgo con nuestros amigos o lo escondemos como si fuese un amante? Todos tenemos un amante bar favorito, ese refugio en el que sabes que la tortilla va a estar jugosa y la caña bien tirada. Y por eso sentimos el impulso egoísta de guardarlo en secreto. Porque si lo cuentas, corres el riesgo de que TU bar se convierta en el típico “aquí sin reserva no hay nada que hacer”.

La cuestión es que un bar no es solo un sitio donde comer y beber. Un bar es un gimnasio de relaciones sociales: unos días entrenas la paciencia (esperando mesa), otros la confianza (dejando que el camarero decida por ti) y a veces la memoria (intentando recordar tu plato favorito). También es confesionario, refugio climático, terapia. Quien no haya arreglado el mundo con una caña en la mano, que tire la primera servilleta de papel.

Y quizás por eso, los bares se parecen a las personas. Están los intensos, que al principio deslumbran y luego cansan; los clásicos, que nunca fallan; y los que descubres de casualidad y de repente quieres vivir allí. El problema llega cuando tu bar se pone de moda, como una amistad que se vuelve tóxica. Tú estabas antes, lo querías de verdad, pero ahora media ciudad quiere hacerse un selfie con tu amigo caña.

Un bar muy lleno es como una agenda demasiado ocupada: parece que da prestigio, pero en realidad solo genera estrés. Y tú lo que quieres es sentarte para aprovechar tu finde de relax estar un rato tranquila, no para pelearte por un taburete como si estuvieses en El Juego de las Sillas.

Y así es como surge ese egoísmo romántico de querer que un bar sea solo tuyo, ¿con qué orgullo vas a defender tu bar secreto, si resulta que ya es el favorito de miles de personas en Tripadvisor?

Y efectivamente, se me ha olvidado compartir con vosotros el nombre del bar.

Apuntes de las últimas semanas (Sept.’25)

Estoy leyendo ‘Éramos unos niños’. Un homenaje que Patti Smith escribió a Robert Mapplethorpe y a esos años de descubrimiento, precariedad y arte. Un libro lleno de confesiones y reflexiones intensas.

Un señor con un copa de ¿anís? en Malasaña: “El futuro nunca llega, pero el camarero siempre tarda”.

El otro día fui al súper y cuando iba a pagar, me di cuenta de que había compuesto —sin pretenderlo— un bodegón gourmet: chocolate con sal, kombucha y cerveza. Mi autorretrato más fiel hasta la fecha.

Una señora en el gimnasio: “esta báscula está mal calibrada”.

Y de repente, otoño: la estación en la que cambiamos las terrazas por mantas y el tinto de verano por frenadol.

Mis últimas búsquedas en Google: Air Europa teléfono, capibara qué es, Adidas Ultraboost opiniones, Velvet Underground, Lou Reed, diferencia entre bronceado y quemadura solar.

Leer no te hace mejor persona, pero te afila el cerebro.

María Pombo ha dicho lo que muchos piensan en silencio: “no sois mejores porque os guste leer. Hay que superarlo”. Inmediatamente, esos que llevan una novela bajo el brazo como si fuese un trofeo de superioridad cultural, escupieron en RRSS toda su indignación.

La frase tiene trampa. Abrir un libro no te convierte en un ser superior, del mismo modo que hacer deporte no te convierte en Gisele Bündchen ni beber whisky a palo seco te da la voz de Mick Jagger. Leer tampoco te vacuna contra el mal humor mañanero ni te salva de una resaca. Todos conocemos gente que presume de clásicos en su mesilla y aun así, es insoportable en una cena.

Pero tampoco hay que caer en la trampa contraria. Leer no te hace mejor persona, pero sí te da cierta ventaja competitiva. A mí me ha dado armas: palabras para explicar lo que pienso, recursos para comunicarme, más mundo dentro de mi cabeza. Y cuando esa munición falta, se nota: no es lo mismo discutir contra un diccionario que contra dos emoticonos.

Y esto no significa que haya que leer por obligación para ser más ‘culto’; esa es la manera más rápida de odiar los libros. La clave está en encontrar tu propio placer lector (novela negra, biografías, ciencia ficción, relatos cortos) y engancharte de tal manera que no quieras que el libro se acabe. Forzarse con algo que no engancha es peor que volver por aburrimiento con un ex. La lectura no es un castigo, es como un mercado, y hay demasiada fruta buena como para insistir con una pocha.

María Pombo tiene razón, no somos mejores por leer. Pero un cerebro alimentado con libros, se nutre de fruta fresca; uno alimentado con stories, sobrevive como puede a base de chuches.

Así que no hace falta superarlo, como dice la influencer. Hace falta asumirlo: leer no te hace mejor persona, pero te da más balas. Y en un mundo donde muchas veces se discute a golpe de memes, saber disparar bien las palabras, ayuda.