PERDIENDO LA DIGNIDAD.

Poco se habla de lo complicado (por no decir imposible) que resulta salir con dignidad del agua en algunas playas. Sobre todo en esas en las que hay un gran escalón en la orilla. Sí, sobre todo en esas en las que las olas te empujan, para dentro, para fuera; te mecen a su antojo, para dentro, para fuera, y cuando por fin crees que conseguirás salir, resbalas con las piedras del fondo, pierdes la estabilidad y te quedas de cuclillas, medio cuerpo en el agua, medio cuerpo fuera, estás en tierra de nadie, para dentro, para fuera.

En el siguiente intento ya no te atreves a mirar hacia la playa, a romper la cuarta pared, porque sabes que tu público está expectante augurando el gran revolcón. Pero tú, que sigues en la lucha, aprovechas el momento en el que una ola baja, te dejas llevar por el empujón de la siguiente y consigues salir (con algún alga pegada al hombro), para dentro, para fuera.

Una vez en la orilla y lejos de todo peligro, te propones recuperar tu autoestima, que en ese momento está al mismo nivel que la autoestima de una ameba tuerta. Te estiras y vuelves a la toalla tiesa como una vela, mirada al frente y cara de ‘aquí no ha pasado nada’ (sigues sin mirar a tu público). Pero aunque has ganado una batalla, la guerra no ha acabado porque cuando pisas la arena seca, te das la cuenta de que estás caminando sobre brasas, la arena quema, arde y si no quieres terminar con quemaduras de tercer grado en la planta de los pies, tienes que correr hasta la toalla en un descontrolado vaivén de todas tus vergüenzas.

Cuando por fin llegas a tu sitio, te lanzas en plancha al refugio de la toalla trinchera. El público se levanta y te da un sonoro aplauso que dura cinco minutos.

TURBULENCIAS.

Atasco. Alarma a las 7:00. No llego a nada. Gente. Tacones. Sí llego. Qué calor hace todavía ¿Qué tal el verano? Hoy me acuesto pronto. Voy a deshacer la maleta ¿Un vinito esta tarde? Clase de Spinning a las 8:50. La compra. No quiero bolsas. Quiero una cerve. Personas. 47 mails sin leer. He visto a un fiche. Turbulencias. Ha engordado. Pero le ha sentado bien el verano. Y yo despeinada. Y con el pelo verde. Pero a mí me ha sentado mejor el verano. Y no he engordado. Correr por el Retiro. Subir la cuesta del Ángel Caído sin llorar parar. Call the ambulancia.

Tengo que quedar con C ¿Dónde cenamos el viernes? El sábado dan tormenta. Turbulencias. Las clases de inglés. No hay sitio en Los 33. Pues vamos a Almagro. Estoy en Richelieu. Te pides un vino y ya cenas ¡Bienvenida! Paso de cebra en Claudio Coello y la conductora se lo salta mientras mira al frente muy dignamente. Como si estuviese dirigiéndose hacia la luz al final del túnel. No me ignoraban así desde que le pedí un autógrafo a Miguel Bosé en el aeropuerto. Sí, un autógrafo ¿Y esta lluvia? Se me ha olvidado el paraguas. Es que en Madrid nunca llueve ¡Anda que no! Después que no nos vengan con la sequía ¿Reservamos para la cena de Navidad? Tengo que ir a Primor. He hecho 20.000 pasos sin querer. Se me ha olvidado el cargador del ordenador en casa. Turbulencias. Hoy veo a L. Otro café. Me he equivocado de yogures. Estos no me gustan. Carrefour Express y solucionado. Sin bolsa. Acuérdate de comprar flores. Pasar por la boca de metro de Alonso es como inhalar de golpe un paquete de Marlboro. Lo he escrito bien sin mirar en Google. Y no, nunca he fumado. Pero he pasado por delante de la boca de metro de Alonso mil veces ¿Quién me llama ahora? Parpadea el semáforo, pero si corro me da tiempo a cruzar (la Castellana). Bocinazo ¡Perdón!

Echaba de menos mi gym. Clase de HIIT con P. Tengo los bíceps al vinagre. No recordaba que esto era un entrenamiento militar. Call the ambulancia ¿salir a cenar otra vez? Me pido una ensalada. Con aguacate y extra de torreznos. Coulant de postre. Esta noche a Giselle. Ya me has liao. Ginebra con agua. Poco cargada ¡Ya, ya! Turbulencias. No tengo batería en el móvil. Ayer muy divertido. Parece que ya estamos todos. Me he cruzado con J por la calle. Si es que esto es un pueblo. No, somos nosotros que vivimos en una burbuja ¿Nos vemos la semana que viene? Hasta octubre no puedo. Te debo un audio largo.

Vaya con la vuelta a Madrid. Un parpadeo y ya es mañana. O 2037. Puede parecer que no, pero sí, estas turbulencias merecen la pena.

CARTA DE DESPEDIDA A AGOSTO.

Del mes de agosto se vuelve con unos kilos de más y con unas neuronas de menos. Del mes de agosto se vuelve despeinado y con muchos kilómetros a la espalda. Se vuelve con el carrete de fotos en un pantone de azules y naranjas, con el coche sucio, lleno de arena y con marcas de salitre en los asientos. Se vuelve con las puntas (del pelo) abiertas; algunas, incluso volvemos con el pelo verde.

De agosto se vuelve tarareando canciones que en julio desconocíamos—¡quiero ir al próximo concierto de este grupo!— y con muchas historias que serán irrepetibles hasta el próximo verano. También se vuelve con la intención de hacer planes que después nunca se cumplirán: ‘¡En septiembre organizamos cena!’, ‘En el próximo puente hacemos un viaje’; esos planes no van a suceder y lo sabemos, pero lo que cuenta es la intención, como dice la gente vaga, y agosto también está para vaguear un poco.

Si lo has aprovechado al máximo, del mes de agosto se vuelve agotado físicamente (porque vivirlo es como pasar una segunda adolescencia) y recargado mentalmente (se está muy a gusto en agosto).

De agosto se vuelve con la maleta llena de arena, de ropa arrugada y de nuevos (des)propósitos.

Del mes de agosto se vuelve con el guapo subido.

Del mes de agosto se vuelve feliz, pero cansado. No eres tú, soy yo, o puede que seas tú, querido agosto, que eres intenso; o las expectativas, que después de un año esperándote, has llegado y te he exprimido como a la naranja y media del desayuno. Has sido efímero como el rayo verde que nos regalaste cuando todavía te estábamos empezando a saborear en esa puesta de sol en un horizonte despejado, Es como si me hubiesen dicho “bébete rápido a agosto, que se le van las vitaminas”. GLUP. Chupito, hidalgo, de un trago ¿eh? Pues ya estaría. Has estado genial, pero estoy exhausta, así que ahora tenemos que separarnos para echarnos de menos. Yo en un par de meses ya te querré de vuelta, pero lo bueno se hace esperar. Hasta el año que viene.

Uy, parece que se me ha metido una arena en el ojo.

Huelga estricta.

Pueden llamarlo huelga de hambre, Sálvese quién pueda o los Juegos del hambre en llamas, pero en realidad son remordimientos de conciencia tras subirte a la báscula y ver que estás jodidísimo a escala planetaria o incluso galáctica ¿susto o muerte?

La madre de Rubiales no ha hecho nada que no hagamos los demás después de verano. Pero ella aprovecha la situación mediática y nos lo cuenta. Compartir con los demás los retos que uno se propone, hace que el nivel de autoexigencia sea mayor. El incumplimiento de una promesa —a la que la señora da categoría de derecho— es menos probable bajo la presión social. Yo voy a empezar a ejercer mi derecho a la huelga estricta el próximo lunes y dejo aquí constancia de ello para que no me dejéis caer. Soy disciplinada, pero la carne es débil, así que espero que los piquetes me rocíen cual insecto con colonias de abuela —de estas que te revuelven el estómago— si me ven comprar cualquier alimento que me selle las arterias. Ojo, que todavía me queda una semana para seguir engullendo como una orca asesina. Gracias de antemano.

Aprender a manejar una Kalashnikov.

Estos días, en España hemos vivido un evento que ha desplazado un poco al temazo de Daniel Sancho. Ese evento es el ingreso de la princesa Leonor en la academia militar de Zaragoza, suceso que ha hecho que yo interrumpa el descanso estival que le doy al blog (el número de visitas durante julio y agosto siempre baja), porque siento que de este tema debo hablar ahora o callar para siempre; dentro de un mes ya no sé si tendría sentido.

Ayer, al llegar a casa después de estar en unas fiestas de pueblo muy divertidas (valga la redundancia, porque no conozco fiesta de pueblo que no sea divertida), se me ocurrió abrir Instagram y en la pantalla de mi móvil aparecieron unas fotos de la princesa Leonor con el uniforme militar, cara seria, moño alto, tirante e inmediatamente pensé: ¡Cómo mola esta niña con el uniforme militar! Qué crack, aunque menuda responsabilidad, es una enana y ya tiene que asumir que será la jefa de todos los ejércitos ¿querrá hacer eso o como es lo que le toca, ni siquiera se ha parado a pensarlo? Quiero aclarar que me había bebido un total de dos cervezas y tres vinos en ocho horas, así que estaba en mis cabales, pero cuando me pongo a divagar entro en un bucle y da igual que sean las 3 a.m. o p.m., así somos los que no estamos muy cuerdos escritores.

También quiero puntualizar que me imagino que lo realmente duro es picar piedra en la mina y las condiciones en las que vive la gente en los países subdesarrollados, lo sé, así que absténganse comentarios populistas, aquí solo queremos críticas constructivas.

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Seguimos. Después, mi cabeciña rubia de pelo actualmente verde, se remontó a mis diecisiete años (he avisado, cuando entro en bucle, entro en bucle). Las comparaciones son odiosas, pero fue inevitable no hacerlo. Yo me fui a vivir a Madrid con diecisiete años. Con diecisiete años yo era una niña de mamá (lo sigo siendo) y me fui a vivir a Madrid llorando. Puede que también fuese un poco dramática, pero como dice Modestia Aparte, son cosas de la edad. Me despedí llorando del chico que me gustaba y que no me hacía todo el caso que yo quería, me despedí llorando de mi mejor amiga, de mi casa, de mi familia, de mi infancia. No quería irme, o sí quería, pero no sabía. Porque yo era muy de mi casiña (y un poco dramática, lo confirmamos). Miedo a lo desconocido, supongo. Diecisiete años son muy pocos años como para tomar una decisión tan importante y mis padres me ‘empujaron’ a tomar esa decisión. ‘Bendito empujón’, pienso ahora. ‘Gracias papá, gracias mamá’ mi agradecimiento os lo manifiesto públicamente veinte años después, aunque os lo agradecí después de bailar en Green unas horas después de conocer la nocturnidad de esa ciudad. Un punto de inflexión en mi vida.

Quiero ser abogada, quiero ser periodista, quiero ser artista. Esa era yo.

Diecisiete años, repito, muy pocos años como para tomar una decisión de ese calibre y me fui llorando. Me iba a vivir a una residencia de monjas, supeditada a un horario en el que si el fin de semana no llegaba antes de las 6 a.m. (a Leonor la despiertan a esa hora), tenía que someterme a la tortura de ‘aguantar’ en la discoteca hasta la hora de cierre, dormitar en el cajero de enfrente de la residencia o conseguir que alguien me acogiese en su casa hasta la hora en la que las monjas le abrían la puerta al panadero, que venía cargado con barras de pan y croissants para las pobres niñas residentes, como yo. A veces, mis amigas y yo salíamos corriendo del cajero y abordábamos a Humberto, el panadero, en la puerta de la residencia y así le ahorrábamos el trago de saludar a Sor Teresa de buena mañana: ya nos encargamos nosotras de llevar toda la mercancía a la cocina, Humberto. Muchas gracias y buenas noches, o buenos días para usted. Desayunar pan recién hecho y croissants. Vaya. Pobre de mí, pobres de mis pantalones de la talla 36.

Qué duro es tener diecisiete años en Madrid. Qué duro es ser de noviembre, llegar a Madrid con diecisiete e intentar colarte en las discotecas porque todavía eres menor de edad. Qué duro es entrar en Green y ver a Paquirrín en la mesa de al lado, qué duras las novatadas, qué duro celebrar en Donfri la feria de abril cuando todavía es marzo, qué duro es cumplir con los ideales de decoro y corrección para una niña de diecisiete años recién llegada a Madrid.

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Los fines de semana las monjas no nos daban la cena y mis amigas y yo, con diecisiete años teníamos que buscarnos la vida. Era muy duro cruzar a Vips para cenar un sándwich Vips club y unas tortitas con nata. A veces se creaba un conflicto interior porque no sabíamos si sustituir las tortitas por un batido de Oreo. Qué horror. No sé cómo sobrevivimos a aquello. Una vez más, pobrecitos mis pantalones de la 36, ellos tampoco lo entienden. A día de hoy, a veces me tengo que comprar los de la 38. Tallan como quieren en Zara. Y es que el músculo ocupa más que la grasa y con diecisiete no sabía lo que era una mancuerna. Es por eso.

Sigo con lo de Leonor porque después de irme por los cerros de Ubeda con mis diecisiete comparar el régimen militar que llevará ella con el régimen universitario al que me sometí yo, empecé a leer los comentarios de esas fotos de la Princesa y vi muchas, muchísimas críticas hacia la niña (porque no olvidemos que sigue siendo una niña y que ella no ha elegido nacer para ser reina): ‘todo le viene dado’, ‘¿quién paga todo esto?’ ‘En los tiempos en los que vivimos’, ‘Se viste como una señora’, ‘No va a hacer nada, le regalarán el título’, ‘Que se ponga a picar piedra’.

Yo escribo sobre mí y sobre mis circunstancias con diecisiete, que fueron unas circunstancias privilegiadas y tuve la suerte de poder elegir, paradójicamente, vivir a cuerpo de reina. Y claro que hay gente que con diecisiete no tiene la opción de irse de su lugar de origen, o simplemente no quiere y lo decide así, pero también hay gente que con diecisiete años no tiene opción de elegir si quiere o no, aprender a manejar una Kalashnikov.