Y vosotros ¿cuántos cafés os tomáis al día? Yo dos.
En verano muchas veces le pongo hielo. Y con leche de almendras, a poder ser. No soy alérgica a la lactosa, ni me he sumado a la moda de las leches vegetales porque digan que es más sano, me pasa desde pequeña. Pero no me di cuenta hasta que fui mayor. Se me infla la barriga como un (pez) globo. De pequeña creía que era normal ir al cole con el estómago hinchado y revuelto después de desayunar un tazón de colacao con medio paquete de galletas, claro. Que diréis “y ahora resulta que la leche te hincha, pero después te inflas a cervezas”. Bueno, mira, prioridades, pero me estoy yendo por las ramas.
Y es que hoy ya llevo tres cafeses y me siento mas espídica que una ardilla chutada de estupefacientes. Creo que voy a ir al súper, a bailar el pollo, a un partido de rugby y después terminare de hacer el cambio de armario. Y vosotros ¿cuántos cafés os tomáis al día?
Ya está aquí esa temporada de: ya sabéis. Viajes, fines de semana fugaces de sol, piel de gallina al meterse en el agua, pero qué gusto a la vez.
Qué suerte. Ya está aquí esa temporada en la que se está más guapa. Porque dicen que tomar el sol no es bueno, pero se tiene el guapo subido, eso es así. Vivir. Qué puestas de sol, qué colores, carrerita a la orilla porque cómo quema la arena. Besos de sal. Litros de after-sun. Calippo de lima limón. Conciertos al aire libre. El primer sorbo de una caña. A quién no le va a gustar esta temporada. Cuantas historias por escribir. Qué os voy a decir que no sepáis. Qué alegría y que divertida es esta temporada que ya está aquí.
Cuentan que la abuela de Bob Dylan le dijo cuando era joven que la felicidad no se encuentra en la meta después del camino, sino que el propio camino es la felicidad.
Y también que debes ser amable con todas las personas de tu alrededor, porque todo el mundo está luchando una dura batalla.
Esto lo he leído en un libro de un autor coreano que, tras varias recomendaciones, empecé a leer un poco escéptica. Todavía no me lo he terminado, pero me está pareciendo un regalo de historia. Así que como hoy, miércoles 15 de mayo es San Isidro y tengo todo el día para mí sola, voy a terminármelo mientras tomo el sol.
Estoy en EL AVE camino a Sevilla. Me encanta viajar en tren. No suele haber retrasos, ni turbulencias. Puedes ir al bar, puedes trabajar, navegar por internet y hasta ver pelis. Puedes elegir entre el vagón del ‘silencio’ y el vagón del ‘mercadillo de pueblo dónde te vendo un pack de bragas por tres euros a grito ‘pelao’’. Me encanta viajar en tren. Hasta que me toca al lado un sujeto con una ‘higiene distraída’.
Ya sé que esto que voy a narrar me puede pasar en un tren, en un avión o en cualquier medio de transporte, pero me ha pasado en un tren del que no me puedo bajar hasta dentro de dos horas. Así es la vida. Me pongo a mirar por la ventana a ver si veo esa vida pasar y así se me olvida el olor que desprende el sujeto de al lado. Pero lo que veo pasar es mucho campo. Y la vía del tren. La vida y la vía; solo hay una letra de diferencia, tendré que conformarme con ver la vía pasar.
Cojo el móvil e intento distraerme buscando consejos para la poda de los geranios, que tengo el macetero de la terraza abandonado y yo creo que en esta época ya les va tocando. Pero el olor a trapo viejo del sujeto de al lado no me deja concentrarme. Porque este olor no es un olor a sudor, ese aroma a cebolla que desprende una persona a la que le faltan tres duchitas, como me ha pasado en el Uber que me llevó a Atocha, dicho sea de paso. Y ya lo siento por el conductor de ese Uber, pero le he puesto solo 3 estrellas y a cambio le he dejado un comentario con el nombre de mil gel de ducha preferido. Es por su bien. Y por el del resto. Vaya día de tufos llevo y os aseguro que no soy yo, que esta camisa es nueva y los pantalones los he cogido directamente del tendedero, sin planchar, que el vaquero es muy sufrido y aguanta bien una arruga.
Dicen que en la vida —en mi caso, en la vía— hay que disfrutar del camino, pero yo aquí no puedo hacerlo. Como decía, el olor del sujeto que tengo al lado no es producto de que no se haya dado su ducha diaria, no. Este olor es producto de NO LAVA LA ROPA. Y poco se habla sobre este tema. Es como una casa que no se ventila; por muchas velas y palitos de olor de Zara Home que pongas, esa casa olerá a rancio. A una mezcla de brócoli hervido y calamares en su tinta. Es más, creo que todos los problemas de las protagonistas de anuncios de ambientadores, se solucionarían abriendo la ventana. Pero eso, a los fabricantes no les compensa revelárnoslo. Pues ya os lo digo yo: ventilad. De nada. Y hablando de publicidad que no sirve para nada, ¿no había un anuncio de una señora que venía del futuro para vender un detergente? ¿Dónde está esa señora cuando se le necesita? “Hola, chico del tren, he venido del futuro para decirte que metas en la lavadora esos pantalones que no lavas desde NUNCA”.
Porque tú te puedes duchar tres veces al día, frotarte la piel con un guante de crin embadurnado en jabón Lagarto y untarte al final con un desodorante hecho con polvo de cuerno de unicornio, que si después de ese ritual no se te ha caído la piel a trozos te pones la misma camiseta de ayer,—esa con la que ayudaste a tu amigo Emilio a cortar el césped bajo el sol mientras él podaba los geranios— VAS A OLER MAL. Perdón por tanta mayúscula, pero los malos olores me vuelven agresiva porque el hedor se me mete en las vías (nasales) y después no hay manera de sacármelo de ahí. De hecho, aunque nunca he fumado, en este viaje y a mis TREINTAYMUCHOS, me estoy planteando empezar a hacerlo ¿No dicen que el tabaco te atrofia el olfato? Pues un problema menos. Además, ¿de qué me sirve conseguir alargar mi esperanza de vida X años, si voy a ser condenada a toda una vida de malos olores?
Como no llegue pronto a Sevilla, me tiro a la vía.
Hoy me he levantado a las 3:30 de la mañana, es decir, he dormido tres horas. Y ya sé que no me puedo quejar, que me voy de viaje a Nueva York, que soy una privilegiada y todo eso, pero en ese precioso preciso instante en el que suena el despertador de madrugada, una, es decir, yo, no soy capaz de agradecer la suerte que tengo por irme de viaje; es más, reconozco que lo que pienso es que si tuviese suerte, tendría un avión privado que se adaptase a mis ritmos circadianos. Dormir poco me trastoca mucho. La noche anterior ya me empiezo a alterar. Pongo un ejemplo: ayer por la noche, después de lavarme la cara he estado a punto de saltarme el último de los tres pasos de mi rutina de belleza, cosa que no hago jamás, ni aunque llegue haciendo eses a horas intempestivas. Pero ayer me planteé saltarme ese último paso que consiste en aplicarme la crema de retinol, ese ingrediente mágico que al parecer combate el envejecimiento, las arrugas: con lo cara que es esta crema, si solo me va a hacer efecto durante las tres horas que voy a dormir en vez de ocho, puedo ponerme crema hidratante de toda vida ¿no? Al final, como tres horas son mejor que ninguna y mi lado coqueto siempre gana a mi lado ahorrador, me apliqué mi crema y guardé el frasco en el neceser.
Sin arrugas, pero con ojeras de oso panda. Así es como me he levantado a las 3:30 a.m. Eso sería lo normal si se hubiese cumplido una de las aspiraciones que yo tenía cuando era pequeña: ser ‘tiendera’, profesora o panadera. Si este último supuesto llega a hacerse realidad, poner la alarma a las 3:30 a.m. sería mi pan de cada día. Perdón por el chistecito, pero si no lo digo, exploto y todavía estoy más dormida que despierta. Y eso que ya he pasado por un detector de metales, me han cacheado y me han hecho un control antiexplosivos aleatorio. También me han obligado a quitarme mis botas militares que siempre se llevan al calcetín por delante dejando al descubierto mis vergüenzas: una uña negra en este caso: la tengo así porque corro mucho y la zapatilla golpea contra la uña, le he dicho al guardia que me ha cacheado. Al hombre no parecía importarle mucho mi vida y me ha pedido que abriese la maleta. Obediente, la he abierto, dejando nuevas vergüenzas al descubierto: antifaz de Mickey Mouse, infusiones para ‘ir al cuarto de baño’, el pijama/camiseta de publicidad de Caja Rural… Pero al guardia lo que le ha llamado la atención ha sido el frasco de crema de retinol. Tras abrirlo, olerlo y mirarlo como si eso fuese fentanilo envasado, el hombre me ha hecho mil preguntas sobre el producto estrella de mi rutina de belleza. A la cuarta pregunta he explotado y le he respondido: Mire una cosa señor, que una es adicta a la hidratación, pero no a las drogas y ya que estamos, a usted tampoco le vendría nada mal un poco de crema hidratante, que tiene unas líneas en la frente que parecen los carriles de la carretera de La Coruña.
Suerte que nadie escucha lo que pienso y que el hombre no ha visto las pastillas de melatonina que llevo en el bolso para dormir en el avión; esas sí que me van a hacer viajar, y no precisamente a Nueva York.