ENERO Y OTRAS CUESTAS PENDIENTES

Artículo original publicado en el diario El Español – Quincemil el pasado 24/1/2026.

Enero son muchas cuestas. Y no unas cuestas metafóricas. Son cuestas reales. De las que se suben resoplando.

Está la cuesta de la que todo el mundo habla: la económica. La que subes mientras miras la app del banco. Y que te deja la misma cara que cuando abres la nevera esperando algo nuevo y te encuentras con un limón pocho lo mismo que había ayer.

De lo que no se habla tanto es de esas otras cuestas que también dejan agujetas. Enero no solo exige pagar facturas. A algunos, además, nos exige algo físico. En mi caso, esa cuesta es la que subo con las zapatillas de correr puestas. Este enero he vuelto a correr después de superar una lesión en la rodilla. Nada grave, pero suficiente para perder ritmo, hábito, fe y dignidad. Y me está tocando subir cuestas. Reales. De esas que parecen cortas, pero que cuando empiezas a subirlas se alargan misteriosamente, como algunos audios de WhatsApp.

Mis piernas protestan. Mis pulmones queman. Mi cabeza se acuerda de esa persona que era yo en diciembre y que estaba convencida de que en enero iba a ser mejor. Más constante. Más rápida. Más delgada equilibrada. Por ahora todo va bien: sigo siendo yo, pero con zapas nuevas y ritmos moderados.

Enero exige reiniciarse: reinicio físico, reinicio mental, reinicio moral. Dieta, propósitos, rutina, operación bikini. Todo a la vez. Y con frío. Y con menos dinero que en diciembre. Pero con más kilos en las cartucheras y menos ganas en el alma.

Enero es ese mes en el que te hablan de cuidarte cuando tú lo único que quieres es sobrevivir. Ese mes en el que prometes comer mejor mientras cenas una manzana y te acuerdas de los polvorones que aun tienes en la despensa. Ese mes en el que vuelves al gimnasio con cara de “no me miréis que yo tampoco quería venir”. Así se inaugura sube oficialmente la cuesta del wellness.

Por otro lado, también estamos en pleno invierno social. Otra cuesta que no sale en las noticias, pero se nota. Se acabaron las cenas, los brindis, los “hay que verse”. Llega el mal tiempo, el sofá y dejamos el “tenemos que vernos” escondido debajo de la manta. Las agendas se vacían. Los grupos de WhatsApp se tranquilizan. La vida baja una marcha y se pone en modo ahorro.

A estas alturas de enero ya vemos la cima. Febrero asomando la cabeza. Las cuestas ya no parecen infinitas, solo pesadas. ¿Ha sido para tanto? Yo no me he reinventado ni he cenado manzanas cada noche y aquí sigo: bastante parecida a como era en diciembre, pero corriendo hacia mi mejor versión lo suficiente para volver a mis hábitos.

La verdadera victoria de enero no es empezar cosas nuevas, sino volver. Volver a casa. Volver a la rutina, aunque no sea instagrameable; volver a correr, aunque cueste; volver a los días normales, sin épica, sin fotos, sin burbujas.

Lo importante de estas cuestas es que no hace falta subirlas corriendo. Podemos hacerlo andando. Parando a coger aire y mirar de reojo al de al lado, que también va regular. Y aunque al llegar arriba, lo más probable es que te encuentres con lo de siempre un limón pocho, al menos ya sabes que si quieres algo distinto, te toca bajar al súper.

MIENTRAS TANTO

Un semáforo tarda más de lo normal en ponerse en verde. Una mujer dobla cuidadosamente un jersey en una tienda. A alguien se le quema la tostada y se la come igual. Un camarero coloca las sillas de la terraza antes de abrir el bar. Una pareja elige el color del aparador de su nueva cocina.

Un avión despega con setenta minutos de retraso. Un señor aprende a decir “gracias” en otro idioma. El ascensor se detiene en el quinto piso aunque nadie ha pulsado ese botón. Alguien descubre una cana nueva en el espejo del baño. Un estudiante cuelga la ropa de la lavadora en el balcón. Una chica promete que mañana sí llamará al dentista.

Una enfermera se quita la mascarilla y respira hondo. El niño duerme con pañal por última vez. Anochece y un hijo llega tarde a casa. Se cierra un libro por la última página. Alguien guarda un número en favoritos por primera vez.

Hay tragedias que no necesitan título.

Un accidente, vidas interrumpidas, familias que hoy miran el calendario de otra forma. Pensar en ellas con respeto es lo único que toca.

Alrededor, una escena que se repite: un pueblo que sale de sus casas, que pasa la noche en vela ofreciendo mantas, agua, manos, fuerzas. Todo lo que se puede dar cuando ya no hay marcha atrás.

Los que viajaban en esos trenes podíamos haber sido cualquiera: volviendo a casa para llegar puntuales a trabajar. O después de un fin de semana de desconexión. O de estudio. Es cercanía y es memoria. Esta vez no me ha tocado de cerca, pero estas tragedias despiertan sensaciones antiguas y recuerdan, de golpe, lo frágil que es todo.

Ni dieta ni roscón de Glaccé

Artículo original publicado el pasado10/1/2026 en el periódico El Español – Quincemil.

Hay duelos que no vienen con flores ni con pésames ni con sillas vacías, como diría Alex Ubago cualquier cursi. Vienen con azúcar y mantequilla, y envueltos en papel de otra confitería.

El martes fue el primer Día de Reyes en el que no disfrutamos del roscón de Glaccé.

Parece una cosa menor. Una tontería. Un problema del primer mundo con corona de cartón. Pero no lo es.

Para fingir que nada había cambiado no romper la tradición, compramos otro roscón. Al principio, cuando lo probé, pensé que esa sensación rara que tenía en el estómago era que me había pasado comiendo durante los últimos quince treinta días. Después, me di cuenta de que era nostalgia, como diría Alex Ubago cualquier cursi. Porque ningún roscón volverá a ser el roscón de Glaccé. Lo reconocería hasta en una cata ciegas: esponjoso sin llegar a ser blando, dulce sin empalagar y que dejaba un regusto que te obligaba a ir a por otro trozo.

Hoy hay roscones por todas partes. De nata, de trufa, de pistacho, de autor, de influencer, de lacón con grelos. Todos Algunos buenos. Otros impresionantes. Pero a mí me gustaba el de siempre. El original. El que camuflaba con su envoltorio amarillo, los brazos de quienes lo transportaban por la Plaza de Vigo.

Me cuesta hablar en pasado del roscón de Glaccé.

Glaccé era más que una confitería. Era una forma de hacer las cosas sin prisa, sin datáfono, sin Instagram y sin necesidad de reinventarse cada enero. El roscón de Glaccé no era un roscón. Era El Roscón. El que no necesitaba rellenos extravagantes ni justificar su existencia pidiendo likes.

Lo que sí pedía eran horas de cola. Horas de pie, con frío, a veces lluvia y la sensación de estar haciendo algo importante. Y así era. Hacer la cola de Glaccé no era un trámite, era un ritual. Un dogma de fe, un acto heroico hacia tu familia —para que luego presumieran con sus amigos (“nosotros tomamos el roscón de Glaccé”)— y una experiencia social, porque nunca sabías si te tocaría esperar junto a alguien con paraguas del chino o con abrigo de piel heredado.

Cerrar Glaccé es cerrar una caja de olores recuerdos, terminar con una tradición. Y hay tradiciones que cuando se rompen, por mucho que intenten imitarlas, no se recomponen de la misma manera. Hay que conformarse con el recuerdo.

Poco se habla de pasar el duelo por aquello que sostuvo una época: pueden ser personas, pero también lugares, recetas, tradiciones que no sabíamos que lo eran hasta que faltaron.

Por eso hay que continuar celebrando, brindando, haciéndonos promesas de dietas que siempre empiezan el lunes. Porque hacerse mayor también va de continuar. De sentarnos a la mesa aunque falte algo. De aceptar que habrá Reyes sin ciertos roscones. De aprender a convivir con la nostalgia sin pedirle explicaciones. De continuar con las tradiciones.

Aunque el roscón no sea el de siempre Glaccé.