VIDAS Y BARES: LA TENTACIÓN DE NO COMPARTIR.

¿Con qué orgullo vas a defender tu bar, cuando ya es el favorito de miles de personas en Tripadvisor?

Artículo original publicado en el periódico El Español – Quincemil el 20/9/2025.

El fin de semana pasado decidí entregarme al relax. No me refiero a un spa con albornoz blanco ni a una escapada espiritual. Hablo de una versión humilde de relax: no había quedado con nadie en todo el fin de semana. Agenda en blanco. Cero compromisos. Libertad absoluta. 

En esa libertad, mi novio y yo decidimos ir a cenar a Betanzos, donde ‘descubrimos’ un bar que nos encantó. Lo de ‘descubrimos’ es un decir, porque lo conoce todo el pueblo y algunos de mis seguidores de Instagram, que en cuanto subí una foto del local, lo adivinaron. La novedad fue para nosotros, que después de encontrar mesa a la primera y cenar allí el viernes, repetimos el domingo. Sin disimulo. Como quien se enamora en la primera cita y al día siguiente ya está mirando menaje en Ikea.

Pero después vino dilema: ¿compartimos el hallazgo con nuestros amigos o lo escondemos como si fuese un amante? Todos tenemos un amante bar favorito, ese refugio en el que sabes que la tortilla va a estar jugosa y la caña bien tirada. Y por eso sentimos el impulso egoísta de guardarlo en secreto. Porque si lo cuentas, corres el riesgo de que TU bar se convierta en el típico “aquí sin reserva no hay nada que hacer”.

La cuestión es que un bar no es solo un sitio donde comer y beber. Un bar es un gimnasio de relaciones sociales: unos días entrenas la paciencia (esperando mesa), otros la confianza (dejando que el camarero decida por ti) y a veces la memoria (intentando recordar tu plato favorito). También es confesionario, refugio climático, terapia. Quien no haya arreglado el mundo con una caña en la mano, que tire la primera servilleta de papel.

Y quizás por eso, los bares se parecen a las personas. Están los intensos, que al principio deslumbran y luego cansan; los clásicos, que nunca fallan; y los que descubres de casualidad y de repente quieres vivir allí. El problema llega cuando tu bar se pone de moda, como una amistad que se vuelve tóxica. Tú estabas antes, lo querías de verdad, pero ahora media ciudad quiere hacerse un selfie con tu amigo caña.

Un bar muy lleno es como una agenda demasiado ocupada: parece que da prestigio, pero en realidad solo genera estrés. Y tú lo que quieres es sentarte para aprovechar tu finde de relax estar un rato tranquila, no para pelearte por un taburete como si estuvieses en El Juego de las Sillas.

Y así es como surge ese egoísmo romántico de querer que un bar sea solo tuyo, ¿con qué orgullo vas a defender tu bar secreto, si resulta que ya es el favorito de miles de personas en Tripadvisor?

Y efectivamente, se me ha olvidado compartir con vosotros el nombre del bar.

Apuntes de las últimas semanas (Sept.’25)

Estoy leyendo ‘Éramos unos niños’. Un homenaje que Patti Smith escribió a Robert Mapplethorpe y a esos años de descubrimiento, precariedad y arte. Un libro lleno de confesiones y reflexiones intensas.

Un señor con un copa de ¿anís? en Malasaña: “El futuro nunca llega, pero el camarero siempre tarda”.

El otro día fui al súper y cuando iba a pagar, me di cuenta de que había compuesto —sin pretenderlo— un bodegón gourmet: chocolate con sal, kombucha y cerveza. Mi autorretrato más fiel hasta la fecha.

Una señora en el gimnasio: “esta báscula está mal calibrada”.

Y de repente, otoño: la estación en la que cambiamos las terrazas por mantas y el tinto de verano por frenadol.

Mis últimas búsquedas en Google: Air Europa teléfono, capibara qué es, Adidas Ultraboost opiniones, Velvet Underground, Lou Reed, diferencia entre bronceado y quemadura solar.

Leer no te hace mejor persona, pero te afila el cerebro.

María Pombo ha dicho lo que muchos piensan en silencio: “no sois mejores porque os guste leer. Hay que superarlo”. Inmediatamente, esos que llevan una novela bajo el brazo como si fuese un trofeo de superioridad cultural, escupieron en RRSS toda su indignación.

La frase tiene trampa. Abrir un libro no te convierte en un ser superior, del mismo modo que hacer deporte no te convierte en Gisele Bündchen ni beber whisky a palo seco te da la voz de Mick Jagger. Leer tampoco te vacuna contra el mal humor mañanero ni te salva de una resaca. Todos conocemos gente que presume de clásicos en su mesilla y aun así, es insoportable en una cena.

Pero tampoco hay que caer en la trampa contraria. Leer no te hace mejor persona, pero sí te da cierta ventaja competitiva. A mí me ha dado armas: palabras para explicar lo que pienso, recursos para comunicarme, más mundo dentro de mi cabeza. Y cuando esa munición falta, se nota: no es lo mismo discutir contra un diccionario que contra dos emoticonos.

Y esto no significa que haya que leer por obligación para ser más ‘culto’; esa es la manera más rápida de odiar los libros. La clave está en encontrar tu propio placer lector (novela negra, biografías, ciencia ficción, relatos cortos) y engancharte de tal manera que no quieras que el libro se acabe. Forzarse con algo que no engancha es peor que volver por aburrimiento con un ex. La lectura no es un castigo, es como un mercado, y hay demasiada fruta buena como para insistir con una pocha.

María Pombo tiene razón, no somos mejores por leer. Pero un cerebro alimentado con libros, se nutre de fruta fresca; uno alimentado con stories, sobrevive como puede a base de chuches.

Así que no hace falta superarlo, como dice la influencer. Hace falta asumirlo: leer no te hace mejor persona, pero te da más balas. Y en un mundo donde muchas veces se discute a golpe de memes, saber disparar bien las palabras, ayuda.

EN DEFENSA DE LA RUTINA.

Sin rutina, acabaríamos tan perdidos como Sergio Ramos fuera de un estadio de fútbol.

Artículo original publicado en el periódico El Español (Quincemil) el 6/9/2025.

La rutina fue inventada por el mismo genio maléfico que inventó los domingos por la tarde y aconsejó a Sergio Ramos que sacase un single. Alguien que, en apariencia, no quería que fuésemos felices. Aunque con el paso de los años, me he dado cuenta de que en el caso de la rutina, ese genio sabía lo que hacía.

Porque sin rutina, la vida sería un caos. Y acabaríamos desayunando a las cuatro de la tarde una pizza de hace tres días porque nadie nos obligaría a distinguir entre comidas, horas o estaciones.

Por eso, aun con toda su mala fama, la rutina es como ese jarabe horrible que ingieres tapándote la nariz: lo odias, pero te lo tomas porque sabes que al final te funciona. Es un salvavidas con forma de calendario que te avisa de que hoy es miércoles, que tienes reunión a las diez y que por mucho que la ignores, la lavadora no se pone sola. Es la voz seria que te recuerda que solo te quedan dos yogures (a punto de caducar) y que la nevera vacía no entiende de estaciones ni de crisis existenciales.

La rutina te da una excusa para obliga a despegarte las sábanas, a ducharte y a peinarte antes de que el repartidor de Amazon vuelva a encontrarte en pijama. Es quien te pone la alarma y te organiza el día. Y no es que sea emocionante, pero es fiable. Y con la edad, uno aprende que la fiabilidad tiene su atractivo. No lo parece, pero recordar que ya pagaste el seguro del coche porque lo tenías anotado en la agenda, es uno de esos placeres adultos que rivalizan con encontrarse cincuenta euros en un abrigo viejo. 

Ahí está el gran plot twist de la vida adulta: un día eres joven y al día siguiente piensas con entusiasmo: “¡qué ganas tenía de volver a la rutina para dormir en mi cama!”.

Hay quien ve la rutina como un manto gris; yo prefiero verla como un fondo neutro, un lienzo discreto que hace que lo extraordinario destaque sobre él. Porque si todos los días fueran vacaciones, las vacaciones dejarían de ser vacaciones; y si todos los días desayunáramos pizza despeinados, acabaríamos soñando con comernos una ensalada en la peluquería (y esto sí que sería preocupante).

Y ojo, que nadie se alarme, que el verano aún no ha entregado las llaves y aunque la mayoría ya ‘hayamos vuelto’, todavía quedan días para sentarnos en una terraza y tomarnos unas cervezas sin remordimientos.

Pero a mí, cuando llega septiembre, me gusta dejarme llevar por la rutina, igual que hago con el GPS del coche cuando viajo: sé que no siempre me va a llevar por la ruta más bonita, pero evitará que me pierda. Porque aunque las carreteras secundarias tengan su encanto, muchas veces, a estas alturas del año, lo que nos apetece necesitamos es llegar rápido a casa, guardar la compra en la nevera y tumbarnos en nuestro sofá. 

Al final, aquel genio maléfico no era tan villano: él sabía que sin rutina, acabaríamos tan perdidos como Sergio Ramos fuera de un estadio de fútbol.