ME GUSTA MARZO.

Mes en el que los días, por fin, parecen estirarse como quien se despereza después de una siesta de domingo. Mes en el que todo florece, para desgracia de quienes empiezan empezamos a respirar con antihistamínicos en lugar de pulmones. Marzo es esa bisagra que no suena, pero mueve nuestras rutinas. 

Los vestidos coloridos salen de sus escondites y las terrazas se llenan de gente que finge que no tiene frío bebiendo una cervecita. 

Ciertas cosas están destinadas a quedarse entre marzo y tú. Porque este mes también es un espejo cruel que nos deja claro que a estas alturas, ya no cumplirás la lista de propósitos que hiciste en enero ¿Ir a correr tres veces por semana? ¿Dejar el azúcar? ¿Escribir un libro? Pero también nos enseña que no se acaba el mundo por ello. Asumimos y seguimos. 

Marzo es el mes de los planes con mucho futuro y poca certeza. Empezamos a soñar con el puente de mayo y compramos entradas para los primeros festivales del verano. En marzo ponemos por primera vez los brazos paliduchos al sol y tocamos la Semana Santa con la yema de los dedos ¿Tú a dónde te vas? Si tienes suerte, quizás termines en algún lugar en el que también puedas poner las piernas al sol.

Fin del primer trimestre del año ¿Ya? Ya ¡Dentro de nada es verano! Y en un parpadeo estamos en Navidad. Cómo pasa el tiempo, pero sigamos con marzo. No es el inicio del curso, como en septiembre, ni empieza el año, como en enero. Marzo es el inicio de la luz y el final de las bufandas de lana. Huele a flores y a torrijas. Marzo es cambio de estación ¡Y de hora! Pero ¿una hora más o una hora menos? Que el cambio de hora me deja atorrijado… Da igual, la hora buena, la que nos regala unos rayos extra.

De lo que no hacemos cambio todavía, es de armario, porque en marzo nunca se sabe. Marzo es impredecible. Gabardina y manga corta, aunque una chaqueta gorda, porque a primera y a última hora todavía hace un frío que pela. El mes de las veinte capas. Y ya estamos pensando que estos son los últimos coletazos del invierno, aunque no sea verdad, porque en abril aguas mil (aunque nos creamos inmunes al refranero popular).

Me gusta definir marzo como un periodo de entreguerras, que empieza a dejar atrás los últimos temporales, mientras poco a poco va acercándose a las próximas olas de calor, que nadie sabe qué nos traerán. A mí me gusta pensar que serán cosas buenas.

Y por eso me gusta marzo.

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