Todo empezó con un espontáneo mensaje nocturno y terminó en un ritual matutino: dos cafés y un croissant a medias mientras el sol se asoma por la ventana.
Nunca imaginaron que esas letras escritas de madrugada, serían el hilo rojo que les llevaría a crear una rutina compartida.
Ahora, cada café mañanero es un recordatorio de que lo cotidiano puede ser extraordinario y de que cada día pueden convertir lo mundano en algo excepcional.
A veces se preguntan qué habría pasado si no hubiera pulsado ‘enviar’, pero saben que se habrían encontrado, aunque fuese en la cafetería del tren cediéndose el último croissant.
¿Quién iba a decir que el amor también iba a revolucionar mi cocina, mi cama armario y mi paragüero?
Hoy, día de San Valentín, me parece un buen momento para contar algunos ‘antes y después’ en mi vida desde que he pasado de ser soltera a ser NADA SOLTERA:
Antes, elegir un plátano era toda una ciencia de precisión porque si me compraba más de dos, se terminaban estropeando. Ahora disfruto de la tranquilidad de comprar un racimo sin el drama de que se descompongan ¡Viva la madurez compartida!
Soltera me las arreglaba con un paraguas plegable que me cabía en el bolso, pero ahora he descubierto que dos cabezas ocupan más que una y he tenido que invertir en un paraguas grande. Confirmo que en el amor, el tamaño importa.
Antes, mi cama era mi reino donde podía estirarme sin límites. Ahora se ha convertido en un campo de batalla (por las sábanas).
Soltera siempre buscaba un plan. Ahora, mi novio es mi mejor plan y cada día se ha transformado en una estrategia conjunta para decidir si nos lanzamos a las calles o si nos quedamos bajo la manta.
Antes, si desaparecía el último yogur de la nevera solo había una culpable. Ahora, por lo menos puedo fingir indignación.
Y así es como el amor ha revolucionado mi vida frutero. Antes tenía que elegir los plátanos con precisión quirúrgica para asegurarme de que estaban en su punto y evitar la putrefacción. Pero tras varios plátanos pochos, he aprendido que para elegir el plátano perfecto hay que saber buscar la madurez, la firmeza y el toque de dulzura.
Rebajas + liquidación. Un chollo. Entro en la zapatería y ahí están, esperándome, las zapatillas que me hacen ojitos desde hace meses. Me acerco, las cojo con cariño y le pregunto al dependiente:
—¿Las tenéis en un 38?
Se va al almacén con mi zapatilla en la mano. Vuelve con dos cajas y con la frase de siempre:
—Tenemos el 37 y el 40.
Le miro en silencio. Me devuelve la mirada esperando una respuesta. A mí me encantaría decirle: “claro, dame el 37”. Pero respeto demasiado a mis juanetes.
El miércoles es el día más esperanzador de la semana, un destello de luz en medio del caos que promete equilibrio y estabilidad. El miércoles parte la semana en dos con precisión quirúrgica, como si fuese el cirujano de nuestras rutinas, que sabe dónde cortar para no dejar cicatrices. Y por fin sale el sol. Haces deporte y te encuentras bien porque además, llevas dos días comiendo sano (el remordimiento del fin de semana todavía te acecha). Pero ya estás cerrando planes para ver dónde cenar el viernes y darte un homenaje.
El miércoles es un día muy competente: vas de compras y encuentras unos pantalones que te sientan bien. Milagro que merece ser celebrado. Te compras una barra de pan y está crujiente. Tienes toda tu ropa limpia. Y la bandeja de entrada a 0, raro momento de paz digital que te hace sentir que tienes todo bajo control.
Pero no te despistes porque el miércoles también es un día caprichoso que se presenta como el héroe de la semana, pero que trae promesas ocultas bajo esa capa brillante. Un día espejismo, donde el equilibrio parece alcanzable, pero como te relajes demasiado, mañana podrías encontrarte con una montaña de ropa sucia y una barra de pan tan dura que te serviría como arma de autodefensa.