Su columna vertebral es de asfalto y está salpicada por muchos alfileres verdes que en otoño cambian a marrón pajizo. Cinco torres de cristal oscuro en un extremo. Como gigantes que vigilan la ciudad. Rotondas, palacios y edificios históricos conforman sus vértebras; fuentes con reinas que a veces se tiñen de blanco, o de rojiblanco, según cómo haya ido la temporada; arcos que en su día fueron las únicas puertas para entrar a la ciudad.

Si nos alejamos un poco de la columna vertebral llegamos al pulmón principal. En otro tiempo eran los jardines de recreo de la realeza, con un lago en el medio como un oasis, que hoy se llena de barquitas de enamorados en los días de primavera y que refleja el rosa intenso del cielo en los atardeceres de febrero. Porque no hay otro cielo igual que este. Esos jardines que antiguamente recorrían reyes a caballo, son hoy el camino de transeúntes y corredores que se pierden entre árboles centenarios y palacios de cristal.
En el lado opuesto de ese gran pulmón nos encontramos con una de las arterias principales de la ciudad. Una Gran Vía en la que brillan luces de neón por la noche, teatros, ruido, gente andando sin levantar la vista de sus teléfonos móviles “la vida es lo que pasa mientras no miramos el móvil” ¿A dónde irán? A lo mejor ese grupo va al restaurante brasileño de la Calle Ballesta que está ahí detrás, dónde el dueño, nacido en una ciudad en el norte de Brasil, prepara unas caipirinhas que te transportan a Rio de Janeiro. ¿Dónde estaba exactamente aquel restaurante israelí al que fui a cenar cuando volví de Jerusalén? Me quedé maravillada con la gastronomía de ese país y recuerdo que el restaurante estaba en esta zona; quizás el hombre de las bermudas de lino y barba canosa se dirige ahí. La chica de la mochila de cuero que me acabo de cruzar no creo que tenga ánimo de ir a ningún restaurante, ni al teatro; lo que menos le pesa es la mochila, me lo dicen sus ojos acuosos que no se atreven a parpadear para no desbordarse.
Si continúo cruzando calles llego a la parte antigua de la ciudad —¿cuál es el primer órgano que se forma? ¿el corazón? ¿Quizás el alma?—. La Puerta del Sol, el lugar donde se cruzan los caminos, como dice la canción. Ramón García y su capa, La Pedroche y sus transparencias, las dos Españas, plaza de contrastes que une a un país durante unos instantes a través de doce campanadas y doce uvas. Inmediatamente después volvemos a dividirnos: unos brindan con champán; otros brindamos con cerveza.
Pikachu y Pocoyó divagan por la plaza, un día se pelearon, lo vi en las noticias y por eso me lo creo; como también se pelearon en esta zona durante la Guerra Civil con los sacerdotes. Iglesias ardiendo. Lo leí en varios libros y también me lo creo. Hoy arden bengalas dentro de los restaurantes cuando los camareros traen el postre con botellas de champán al ritmo de C. Tangana. Tenéis que creerme porque eso lo vi con mis propios ojos.
Esta ciudad nos acoge a todos: al chico de las bermudas de lino y barba canosa; al dueño del restaurante brasileño; a Pikachu y su espíritu guerrero; a mí, que no me gustan los torreznos, pero adoro el cocido; a las olas de calor en julio; a las parejitas de enamorados en primavera; y a Filomena en enero. No hace falta ser gato para sentirte en casa.
Yo un día decidí cambiar el mar por esta columna de asfalto ardiente y pegajosa en verano; resbaladiza y plagada de hojas en otoño, y aunque ahora vivo con morriña, me emociono escuchando ‘Pongamos que hablo de Madrid’.


¡Bravo! ¡Fetén! ¡Chipén!
Qué buena manera de empezar una semana, con está loa descriptiva a esta ciudad que tanto nos gusta y tan bien nos trata.
Enhorabuena, Palo.
Enhorabuena Palo!! Me ha encantado como lo has descrito. Has conseguido transportarme a tantos y tantos kilometros de distancia y con tu pluma, recorrer calles, plazas, parques y restaurantes.. Las ciudades con mar tienen mucho, Madrid tiene TODO.