TRAIGO LIBROS 2025

Este año he leído VEINTISÉIS LIBROS. No sé si es mucho, poco o lo que mi algoritmo de Instagram me sugería. El caso es que he leído en sofás, en aviones, en hamacas, en la oficina trenes, en la cama.

Y aquí va, por fin, mi resumen anual, con mis implacables opiniones, apasionadas unas veces, detractoras frías otras. Honestas siempre.

La Planta Baja, Diario de Rodaje (Simón Partal): lo he ido leyendo como se leen los libros de diarios: a ratos, con calma. En teoría es un diario de rodaje, pero a mí me ha parecido el diario del autor porque nos cuenta lo que hace, lo que siente, lo que piensa… y me da la sensación de que a veces también cuenta lo que no quiere le gusta sentir. Tiene un punto de cotilleo culto.

Cuando cae la noche (Michael Cunningham): una novela sobre la crisis de los 40, contada por un hombre que vive en Nueva York, dueño de una galería de arte y con una vida aparentemente feliz. Y ya está. Se me ha atragantado. Mucho.

La primera mentira gana (Ashley Elston): ligero y con algún plot twist que me despertaba justo cuando estaba a punto de mirar el móvil. Es entretenido, pero no lo recomiendo.

Victoria (Paloma Sanchez-Garnica): maravilla. Con los libros tan ‘tochos’ tengo una relación complicada (no me caben en el bolso, ¿vale?), pero no puedo evitar que las novelas sobre el nazismo me atrapen. En este caso, mucho. Muy bien contada y ficcionada.

Delparaíso (Juan del Val): lo leí antes de que el autor ganase el Premio Planeta. Muy obvio, ninguna sorpresa, nada wow. Se me hizo cuesta arriba. Aunque indudablemente en 2026 me leeré su Premio Planeta y volveré aquí a opinar sobre ella.

La herencia (Helene Flood): un gusto de lectura que te atrapa desde el principio y te lo bebes en días. Juega con la fragilidad mental, el pasado que pesa y las dudas que crecen hasta hacerte pensar que igual la loca eres tú. Saltos temporales bien hechos, con tensión y ritmo. El final no me convenció, pero igualmente lo recomiendo porque el viaje merece la pena.

A pleno sol (Patricia Highsmith): mi ejemplar lo encontré en la Cuesta de Moyano, con una portada que no sabía si me prometía verano o asesinato. Al final eran las dos cosas. Ripley es brillante, frío, inmoral y encantador. Un psicópata que te cae bien: señal de que la historia funciona. Es un libro oscuro con mucha luz. Después de leerlo, volví a ver la película.

El nudo Windsor (S.J. Bennett): le he dado 2 estrellas en Goodreads. Y siendo generosa.

También esto pasará (Milena Busquets): me duró dos tardes. Hablar de la muerte de una madre sin convertir el libro en un velatorio es difícil, pero la autora (que es de mis prefes) lo convierte en una reflexión valiente e irónica sobre el duelo, el deseo y la vida. No es un libro triste. Es un libro ligero sin ser superficial. Inteligente. Divertido. Y lleno de verdades dichas con elegancia. Me ha encantado y me ha hecho pensar en algo que parece evidente: hay muchas formas de vivir una pérdida y muchas maneras de contarla.

La Asistenta (Freida McFadden): de esos libros que se te quedan pegados a las manos. No hace falta más comentarios porque seguro que ya has oído hablar de él.

La dulce existencia (Milena Busquets): me lo leí en un suspiro, pero no fue un flechazo. Milena escribe como siempre: frases brillantes que dan ganas de subrayar. Tiene momentos muy buenos y su manera de ver lo cotidiano sigue siendo única, pero me ha sabido a poco.

El secreto de la asistenta (Freida McFadden): caí porque el primero fue adictivo y este se lee igual de rápido. Algunas partes suenan a déjà vu del primer libro, pero eso no le quita mérito al enganche. Misterio, giros locos y ganas de seguir leyendo sin parar.

Mi planta de naranja-lima (Jose Mauro de Vasconcelos): no soy de libros tristes o nostálgicos, pero este me enganchó fuerte. Tierno, duro, sencillo y emocionante. El protagonista, Zezé, es un niño travieso, adorable e inolvidable. Lectura necesaria que deja huella.

Oposición (Sara Mesa): me ha gustado más de lo que esperaba. Tiene giros divertidos y se lee con esa facilidad que a veces (sobre todo en verano y tumbada en una hamaca) se agradece.

Suave es la furia (Sash Bischoff): me atrapado a ratos porque hay momentos en los que la historia se retuerce tanto que cuesta creérsela. Además, a veces el lenguaje suena tan rimbombante que parece que el narrador se ha tragado un diccionario. El libro está lleno de referencias a Suave es la noche de F. Scott Fitzgerald. Eso, de primeras, suena bien, pero ni siquiera esas menciones han conseguido que me crea la historia.

La boda de la asistenta (Freida McFadden): relato corto que te lees en media hora de emoción tonta. La escritora no pretendía hacer de esto el thriller del año, simplemente quiso rellenar el largo espacio de tiempo entre el libro 2 y el libro 3 de la saga.

Madame Nadie (Mónica Pérez Sobrino): me enganchó (casi) tanto como el protagonista a sus sustancias. La historia se te mete bajo la piel, haciéndote vivirla y sufrirla. Tiene un punto oscuro que la hace adictiva. Eso sí, en mi opinión de melómana nivel básico, hay demasiadas referencias musicales (que al principio aportan, pero después me saturaban). Aun así, merece la pena.

Delirio (Laura Restrepo): no pude terminarlo. Lo seguí leyendo por obligación (estaba de viaje y no tenía otro). Pero cuando llegué a casa y vi las otras alternativas, lo dejé (y eso que ya me había leído más de la mitad del libro).

Podrías hacer de esto algo bonito (Maggie Smith): me lo leí muy rápido porque engancha desde el principio. Historia real, con una narración que a veces resulta un poco caótica, pero que me gustó porque me hacía entrar en su desorden emocional causado por el divorcio. A ratos victimista, pero lo entiendo, es su historia. Fácil de leer, sincero y potente. Lo recomiendo.

Muérete Cupido (Jaime Rodríguez Pérez-Olleros): una novela muy rápida de leer y con ese punto de chulería que hace que pases un buen rato sin darte cuenta. La forma en la que retrata Madrid está muy bien lograda. Los lugares, la energía de la ciudad, sus ritmos,. Se nota que el autor conoce sobre lo que escribe.

Éramos unos niños (Patti Smith): homenaje de la escritora a su gran compañero Robert Mapplethorpe y a los años de revelación, precariedad y arte que descubrieron juntos. A veces me perdía con tanta referencia, pero siempre volvía porque la historia de Patti Smith y Robert Mapplethorpe es magnética.

Los incomprendidos (Pedro Simón): historia entrañable que, a la vez te da un golpe de realidad que duele. Retrato de una familia que nos deja entrar en su salón —con sus silencios, sus torpezas y sus intentos por entenderse—. Centrada en los laberintos de la adolescencia. Si su anterior libro me conquistó por la ternura, en este lo hace por la crudeza. Igual de recomendable, aunque este me ha dejado un nudo en la garganta.

Quiero y no puedo: una historia de los pijos de España (Raquel Peláez): He querido y no he podido. Nada más que decir.

TIM (Ray Loriga): Le he opuesto tres estrellas en Goodreads porque el final me sorprendió para bien. Pero el libro en general es una serie de divagaciones/locuritas sinsentido que a mí no me engancha. Aun así, me gusta mucho el estilo de Loriga y leerle siempre aporta.

Todo lo que hice por dinero (Violeta Niebla): el argumento es original, tiene ritmo y es muy directo. Aunque el final se me hizo un poco largo para lo breve que es libro. De todos modos, es un buen libro que acompaña a todos lados (¡cabe en el bolso!) y cada capítulo te sacará una sonrisa.

El susurro del fuego (Javier Castillo): todo demasiado intenso, demasiado dramático, demasiado todo pasa y todo duele. Me ha enganchado por partes y más de una vez me he quedado embobada imaginándome los escenarios que se describen de Tenerife. Pero como aquí hemos venido a ser sinceros: por mucho que me guste el autor, este libro no lo recomendaría.

Y hasta aquí mis lecturas de 2025. Ha habido libros que me han enamorado, otros que me han enfadado y alguno que me ha hecho preguntarme si ese rato de lectura debería haberlo dedicado a hacer punto de cruz.

Pero leer siempre compensa: te acompaña, te ordena y te salva en cualquier viaje. Si habéis leído alguno, contadme. Si no, ya tenéis deberes para 2026.

DICIEMBRE Y OTROS CARGOS NO AUTORIZADOS.

**Artículo original publicado el pasado 29/11/2025 en el periódico El Español – Quincemil

En diciembre no solo se dispara el consumo, también se nos disparan las agendas. Y la tarjeta de crédito puede aguantar, pero nuestro cuerpo termina pagándolo en cómodos a plazos.

Llega diciembre y empieza eso que a mí me gusta llamar ‘Los cargos de diciembre’.

No hablo de suscripciones a plataformas, ni de los regalos navideños, sino de esas pequeñas cuotas sociales que uno va aceptando sin pensar:

“Un café rápido antes de las vacaciones”,
“Una cena fácil, somos cuatro”,
“Una videollamada de diez minutos para cerrar el año”, “Nos tomamos una caña y te cuento”.

Son solo diez minutos.
Son solo cuatro whatsapps. Es solo un rato.

Hasta que te das cuenta de que diciembre es como tener 31 pestañas abiertas en el navegador y ninguna reproduce el villancico que tú quieres.

Porque los cargos de diciembre no se cobran en euros, se cobran en tiempo: cuadrar agendas, responder a encuestas de WhatsApp en las que se solapan las fechas, decidir si vas, si no vas, si “ya veré”, si lo dejas en leído y te haces la loca hasta enero.

La frase “tenemos que vernos antes de que se acabe el año” debería declararse Patrimonio Cultural de la Presión Social. Porque aunque nada de esto sea obligatorio, lo sentimos como si lo fuera. Ahí está la trampa.

Diciembre viene con un cupón de “últimas oportunidades”: última cena del año con este grupo, último café con ese amigo, última quedada del gimnasio, último afterwork de la empresa, último aperitivo antes del caos navideño de verdad. Cada “me apunto” parece poca cosa, pero si los juntamos todos, se acumulan como los 0,99 € de esa app para aprender idiomas que te descargaste en 2017. Y que no has vuelto a abrir.

Dentro de los cargos de diciembre están incluidos los grupos de WhatsApp: para la cena del colegio, para el amigo invisible, para la cena del trabajo, para el regalo a la profe, para hacer el Bizum, para hacer el Bizum del Bizum. Y eso que tú ya ibas justa para contestar al ‘Buenos días’ del grupo familiar.

Lo curioso es que muchos de estos cargos ni siquiera tienen que ver con la Navidad en sí, sino con la idea de cerrar el año. Como si el 31 de diciembre fuese a haber un notario tomando acta de cuánta vida social has tenido. “Veo que solo ha ido a dos cenas de Navidad. Muy justito, ¿no?”.

Porque decir que no en diciembre pesa más (y la culpa, esta vez, no es del turrón). Un simple “no me viene bien” se puede interpretar como “no te priorizo quiero lo suficiente como para verte antes de que termine el año”. Y ahí aparece la culpa el recargo por demora y la sensación de que tu agenda de diciembre, debería ser un calendario de Adviento social, abriendo cada día una (o varias) casillitas en forma de planes.

Yo este año me he propuesto revisar el extracto. Probablemente no pueda evitar todos los cargos, pero sí elegir cuáles pagar y cuáles eliminar. Darme de baja del “tenemos que vernos antes de fin de año”, cancelar el “si no voy, quedo fatal” y conservar el “qué ganas tengo de ir a esa cena para desconectar”.

Un diciembre con menos cargos y más descargos. Para empezar el año con la cabeza en positivo.

EL MUNDO DE PALO (Noviembre)

NOTA DE LA REDACCIÓN

A la vista del éxito del primer número de El Mundo de Palo —ese post disfrazado de periódico que confundió a tres despistados y entretuvo a muchos más—, aquí llega el segundo. 

Espero que os entretenga tanto y os informe tan poco como el primero.

Ojo, que mañana empieza diciembre.

Mes peligroso, donde los turrones ya te hacen ojitos desde las estanterías del supermercado.

En enero llegarán las quejas porque “he engordado”. Pero ya vendré yo a decirte una verdad incómoda: no es culpa de diciembre, estabas gordo hinchado desde agosto.

Diciembre solo te puso el lacito.

CULTURA INÚTIL QUE TE HARÁ SENTIR MÁS LISTO.

Museos. Algunos museos han decidido abrirse una cuenta en OnlyFans para “acercarse a los jóvenes”. La Venus de Milo ya está preparando contenido exclusivo: poses sexys sin brazos con mucha actitud. Patrimonio cultural con suscripción mensual.

Coleccionista de perfumes monta un altar en casa.

Un coleccionista ha convertido su casa en un altar de fragancias carísimas y exclusivas. Él tiene que dormir en una cama de 90 porque no hay espacio para más, pero su casa huele a jardín botánico. Prioridades aromáticas.

TECNOLOGÍA QUE DA MÁS MIEDO QUE EL BLACK FRIDAY.

Egipto detiene a una espía que resultó ser un robot. Egipto detuvo a una supuesta espía que al final, era un robot con cuerpo humano y que ejercía de guía turístico. 

Ojalá un robot que nos guíe por la cena de empresa para evitar sentarnos al lado del baboso de Contabilidad.

Pelea de hologramas en reunión virtual. En una reunión de realidad aumentada, los hologramas de dos participantes se enzarzaron en una pelea. La primera bronca laboral donde nadie puede decir “no me toques”.

INVESTIGACIONES CIENTÍFICAS QUE NADIE PIDIÓ.

Descendencia sorpresa. La ciencia ha revelado que un señor de Dakota del Sur es descendiente del gran jefe sioux Toro Sentado. En España seguimos esperando a ver si alguien resulta descendiente de Chiquito de la Calzada.

COMO ENCARAR DICIEMBRE SIN HUIR A LAPONIA:

—Las luces navideñas no son un adorno, son una advertencia.

—No hagas cola para comprar turrón duro, lo que se romperá son tus dientes es tu paciencia.

—En la cena de empresa controla tus impulsos. Come, asiente y sonríe. No hagas nada que pueda convertirse en un GIF en el grupo de WhatsApp de RRHH.

EDITORIAL

Y hasta aquí las noticias que no cambiarán tu vida, pero te harán llegar tarde con una sonrisa. Quizás el mundo no mejore, pero al menos podemos contarlo bonito.

Nos vemos dentro de un mes, en el número de diciembre de El Mundo de Palo, el periódico que no informa, pero entretiene.

LA ÚLTIMA COPA Y OTRAS MENTIRAS.

Artículo publicado en el periódico El Español – Quincemil el pasado 15/11/2025

Hay quienes recuerdan el vino. Otros el postre. Yo suelo recordar lo que pasó después.

Las risas que se estiraron hasta convertirse en agujetas en la mandíbula, las confesiones inesperadas, las discusiones que empezaron de manera educada y terminaron con un “yo respeto tu opinión, pero estás equivocado y punto”.

La sobremesa es eso.
Un sitio donde el tiempo se ralentiza. O se derrite, como el hielo del gintonic.

Es un espacio raro, casi mágico. Como un país sin huso horario donde nadie tiene prisa y pasan cosas. En la sobremesa el café se enfría, las copas se llenan solas y la gente se sincera sin que nadie se lo haya pedido.

Todo empieza de forma inocente, siempre igual: ‘¿Alguien quiere café?’ Y ese café es la trampa. El hechizo. La puerta por la que se entra a un mundo en el que fluye el licor café y la crema de orujo. Donde se aflojan las corbatas lenguas y se organizan viajes a una casa rural en Asturias con tres personas que acabas de conocer.

En las sobremesas se toman decisiones importantes: adoptar un perro, pedir otra botella, enviarle un mensaje a ese ex solo para saber “qué tal está” y en casos extremos, crear un grupo de WhatsApp con gente que jamás volverás a ver, pero que en ese momento te parece tu tribu.

Yo he estado en sobremesas que han durando más que matrimonios bodas. Más que amistades e incluso más que mi etapa con flequillo. Empiezan con el café y pueden acabar con una declaración de amor, una ruptura o un ‘tengo que contarte algo’ que no augura nada bueno. Nadie controla solo los chupitos controlan las sobremesas, y esos hacen lo que quieren con nosotros.

Uno bosteza, otra se pone filosófica, siempre hay quien confiesa algo que lleva tiempo pensando. A mí me han dicho más verdades en una sobremesa que en veinte consultas con el nutricionista (y esas sí que salían caras). Sobre la mesa se celebran brindis y también se anuncian divorcios, despidos y finales que nadie quería decir en voz alta. Hay días en los que se come y otros en los que se sobrevive.

Porque no todas las sobremesas son fiestas. Las hay que pesan más que el cocido que te acabas de comer. Donde uno remueve el café, no para enfriarlo, sino para evitar remover sus sentimientos. Para algunos, la sobremesa es una prórroga para no volver a su casa la vida que les espera detrás de la puerta.

Nos pasamos la vida corriendo y la sobremesa es un refugio en mitad de esta prisa social. Un espacio donde puede pasar de todo o no pasar nada, y las dos opciones están bien. Ahí, el tiempo no se mide en minutos, sino en cafés, copas o la cantidad de hielos en la cubitera.

Y aunque a veces, el precio de una buena sobremesa sea un dolor de cabeza, hay resacas que valen la pena. Sobre todo las que no dejan recuerdos dejan anécdotas para recordar (y nuevos grupos de WhatsApp que nadie se atreve a abandonar).

NO ES SOPLAR VELAS.

No es soplar velas, es soplar experiencias. Y miedos. Y sonrisas. Es mirarme al espejo y reconocer a la niña, a la mujer y a la persona que seré y que todavía se está actualizando.

Es saber que me he roto, que me he cosido (sin mirar ningún tutorial de Youtube) y que por el camino, he aprendido a reírme de los puntos de sutura, a convivir con mis cicatrices.

Es tener tan claros mis deseos que además de pedirlos, voy directa a por ellos con la emoción de la primera vez.

Es saber lo que quiero.

Dormir bien y despertarme mejor.

Es estar justo donde quiero estar y con quien quiero estar.

La paz ya no es una meta, es un estado.

Es tener ilusión por un amor que lo da todo sin pedirlo. Un amor con mariposas que me hacen las mismas ‘coskyllas’ que cuando cumplí quince (aunque ahora esas mariposas sean más maduras, menos mal).

Es una fecha muy especial y por eso hoy me acuerdo aún más de ti, mamá. En esta década he vivido mis días más luminosos, y también mis noches más oscuras. Y ese combo ha sido mi entrenamiento para aprender a sostenerme, a soltar y también a celebrar.

Me da vértigo cambiar de década, subir de piso. Desde esta altura ya se empieza a mirar al suelo con respeto, pero creo que gracias a todo lo vivido, estoy en mi mejor momento.

Y aún me queda mucho por vivir 🚀