MIENTRAS TANTO

Un semáforo tarda más de lo normal en ponerse en verde. Una mujer dobla cuidadosamente un jersey en una tienda. A alguien se le quema la tostada y se la come igual. Un camarero coloca las sillas de la terraza antes de abrir el bar. Una pareja elige el color del aparador de su nueva cocina.

Un avión despega con setenta minutos de retraso. Un señor aprende a decir “gracias” en otro idioma. El ascensor se detiene en el quinto piso aunque nadie ha pulsado ese botón. Alguien descubre una cana nueva en el espejo del baño. Un estudiante cuelga la ropa de la lavadora en el balcón. Una chica promete que mañana sí llamará al dentista.

Una enfermera se quita la mascarilla y respira hondo. El niño duerme con pañal por última vez. Anochece y un hijo llega tarde a casa. Se cierra un libro por la última página. Alguien guarda un número en favoritos por primera vez.

Hay tragedias que no necesitan título.

Un accidente, vidas interrumpidas, familias que hoy miran el calendario de otra forma. Pensar en ellas con respeto es lo único que toca.

Alrededor, una escena que se repite: un pueblo que sale de sus casas, que pasa la noche en vela ofreciendo mantas, agua, manos, fuerzas. Todo lo que se puede dar cuando ya no hay marcha atrás.

Los que viajaban en esos trenes podíamos haber sido cualquiera: volviendo a casa para llegar puntuales a trabajar. O después de un fin de semana de desconexión. O de estudio. Es cercanía y es memoria. Esta vez no me ha tocado de cerca, pero estas tragedias despiertan sensaciones antiguas y recuerdan, de golpe, lo frágil que es todo.

Ni dieta ni roscón de Glaccé

Artículo original publicado el pasado10/1/2026 en el periódico El Español – Quincemil.

Hay duelos que no vienen con flores ni con pésames ni con sillas vacías, como diría Alex Ubago cualquier cursi. Vienen con azúcar y mantequilla, y envueltos en papel de otra confitería.

El martes fue el primer Día de Reyes en el que no disfrutamos del roscón de Glaccé.

Parece una cosa menor. Una tontería. Un problema del primer mundo con corona de cartón. Pero no lo es.

Para fingir que nada había cambiado no romper la tradición, compramos otro roscón. Al principio, cuando lo probé, pensé que esa sensación rara que tenía en el estómago era que me había pasado comiendo durante los últimos quince treinta días. Después, me di cuenta de que era nostalgia, como diría Alex Ubago cualquier cursi. Porque ningún roscón volverá a ser el roscón de Glaccé. Lo reconocería hasta en una cata ciegas: esponjoso sin llegar a ser blando, dulce sin empalagar y que dejaba un regusto que te obligaba a ir a por otro trozo.

Hoy hay roscones por todas partes. De nata, de trufa, de pistacho, de autor, de influencer, de lacón con grelos. Todos Algunos buenos. Otros impresionantes. Pero a mí me gustaba el de siempre. El original. El que camuflaba con su envoltorio amarillo, los brazos de quienes lo transportaban por la Plaza de Vigo.

Me cuesta hablar en pasado del roscón de Glaccé.

Glaccé era más que una confitería. Era una forma de hacer las cosas sin prisa, sin datáfono, sin Instagram y sin necesidad de reinventarse cada enero. El roscón de Glaccé no era un roscón. Era El Roscón. El que no necesitaba rellenos extravagantes ni justificar su existencia pidiendo likes.

Lo que sí pedía eran horas de cola. Horas de pie, con frío, a veces lluvia y la sensación de estar haciendo algo importante. Y así era. Hacer la cola de Glaccé no era un trámite, era un ritual. Un dogma de fe, un acto heroico hacia tu familia —para que luego presumieran con sus amigos (“nosotros tomamos el roscón de Glaccé”)— y una experiencia social, porque nunca sabías si te tocaría esperar junto a alguien con paraguas del chino o con abrigo de piel heredado.

Cerrar Glaccé es cerrar una caja de olores recuerdos, terminar con una tradición. Y hay tradiciones que cuando se rompen, por mucho que intenten imitarlas, no se recomponen de la misma manera. Hay que conformarse con el recuerdo.

Poco se habla de pasar el duelo por aquello que sostuvo una época: pueden ser personas, pero también lugares, recetas, tradiciones que no sabíamos que lo eran hasta que faltaron.

Por eso hay que continuar celebrando, brindando, haciéndonos promesas de dietas que siempre empiezan el lunes. Porque hacerse mayor también va de continuar. De sentarnos a la mesa aunque falte algo. De aceptar que habrá Reyes sin ciertos roscones. De aprender a convivir con la nostalgia sin pedirle explicaciones. De continuar con las tradiciones.

Aunque el roscón no sea el de siempre Glaccé.

DES-PROPÓSITOS

Artículo original publicado en el periódico El Español – Quincemil el 27/12/2025.

A estas alturas de diciembre nos encontramos con dos tipos de personas: 

Las que ya han escrito sus propósitos para 2026 con buena letra, lápices de colores y mucha fe en sí mismas.

Y las que seguimos mirando el calendario del nuevo año como quien mira una maleta vacía sin saber qué meter dentro.

Yo estoy en el segundo grupo.

Puede que el propósito más sensato sea no tomarnos todo tan en serio. Y no creer que  comprarnos una agenda nueva va a hacer milagros. 

También puede que este artículo sea solo una excusa barata elegante para justificarme: todavía no se me ha ocurrido ningún propósito serio ni transformador para 2026. Nada de “el año que viene empiezo a” o “el año que viene dejo de”. Nada de versiones mejoradas de mí misma con agenda nueva y disciplina férrea.

Y no es que no quiera mejorar. Es que soy inmejorable.

Es que con los años he comprobado que los propósitos son como las relaciones personales: funcionan mejor cuando no las fuerzas. Aparecen solos. Sin avisar. Casi nunca el 1 de enero. Ese día están de resaca.

Por ejemplo: el pasado febrero me compré unas zapatillas de correr; al verlas tan bonitas y nuevas, me propuse desatarme los cordones antes de sacármelas para no estropearlas. Un objetivo humilde, realista, al alcance de mis capacidades. Propósito cumplido. 

En mayo me propuse algo un poco más ambicioso: terminar mi segundo libro. No terminar de escribirlo, que ya estaba en ello, sino terminar de terminarlo, que es muy distinto. Cerrar capítulos, dejar de tocar frases, aceptar que esa coma ya estaba bien puesta y que cambiarla por quinta vez no iba a mejorar nada.

En julio lo conseguí. ¿Que si me siento orgullosa? Evidentemente.

Justo después apareció otro propósito en cadena: publicar el libro a principios de 2026. Este propósito me daba vértigo, pero un vértigo que no paraliza, solo impone respeto: correcciones, maquetación, revisiones infinitas. Por ahora, en el proceso no he perdido la cabeza del todo, seguiremos informando con el año nuevo. Sin prisa y con buena letra.

Otro propósito que apareció por el camino del 2025: sobrevivir a una reforma. Incluir en mi vocabulario cotidiano palabras como “pladur”, “remates” o “mortero de cal”. Normalizar desayunar mirando encimeras en Pinterest. Aceptar que el polvo ya no es suciedad, es estilo de vida. La reforma no ha terminado, pero el propósito era sobrevivir, y por ahora no he perdido la cabeza del todo, seguiremos informando con el año nuevo. Sin prisa y con casco.

Y ya en diciembre, con el año pidiendo descuento por liquidación, me he propuesto algo aparentemente sencillo: entender para qué sirve cada cable de la tele. No lo he conseguido, pero hay días que desenchufo un cable a ver qué pasa.

Así que recibo 2026 sin propósitos oficiales, pero con los brazos abiertos. Como quien dice: pasa, ponte cómodo y no rompas nada. Porque al final, el nuevo año no es quién nos va a cambiar la vida, él solo viene a acompañarnos.

Mañana es el día de los Santos Inocentes, que siempre me ha parecido la festividad que mejor define estas fechas, porque ¿qué son los propósitos sino pequeñas bromas que nos hacemos a nosotros mismos cada año?

Prometemos cosas.

Nos las creemos.

No las cumplimos.

Vuelta a empezar.

(Hoy quiero mandar un beso al cielo, que están de celebración).

Comprar casa hoy: el nuevo deporte olímpico

Artículo publicado el pasado 13/12/2025 en el periódico El Español – Quincemil

¿En qué momento comprar una casa se ha convertido en un tiro al plato?

Hoy en día, ir a ver un piso es cómo participar en una competición contra doce francotiradores inmobiliarios escondidos en el descansillo. PUM, PUM, PUM. “Si te gusta, resérvalo YA, que hay otra pareja muy interesada”.

Otra pareja. Siempre hay otra pareja. Igual ni existe, como aquel novio del pueblo. O igual es siempre la misma pareja contratada por todas las inmobiliarias de España. Pero ahí está, omnipresente, respirándote en la nuca. Qué presión.

Para tomar una decisión que va a condicionar tu vida durante años —hipoteca, vecinos, orientación solar y ese armario imposible en el que jamás entrará la aspiradora—, te dan quince minutos. Quince. Menos que para elegir un perfume en Sephora. Todo muy sensato, muy reflexivo; madurez financiera, lo llaman.

Sin embargo, vas a comprar un coche y puedes vivirlo. Te sientas, ajustas el asiento como si fueras a conducir hasta Laponia tirado por 240 caballos renos, pones la radio para comprobar la calidad de los altavoces y hasta te dejan dar una vuelta. Una vuelta que consiste en frenar dos veces y esquivar una rotonda, pero da igual, tú ya sientes que has probado la experiencia. Y si el coche hace un ruido raro, lo oyes rápido. Honestidad mecánica en estado puro.

Con las zapatillas de correr pasa igual. Vives te pruebas tu número y si te aprieta el dedo gordo, pides otro. Das un paseíto por la tienda, te miras en el espejo, haces un pequeño trote ridículo para escaparte de ‘la otra pareja’ y le preguntas al dependiente si “estas amortiguan más que aquellas”. Y te pruebas aquellas. Y después estas otra vez. Luego vas a casa, buscas el mismo modelo en internet, lo encuentras falso más barato, y te llega en 48 horas. Democracia plena.

Y en el súper más de lo mismo: entras a por papel higiénico y acabas comiéndote un trozo de turrón ‘para degustar’. Nadie te pide la nómina, un aval ni tu historial laboral. Tampoco te dicen que justo detrás viene ‘otra pareja’ interesada en el último trozo. Ahí sí que tienes tiempo para comparar turrones, apretar tocar discretamente los tomates, mirar etiquetas de yogures y volver a la sección de frutas y verduras porque el tomate negro es mejor para ensalada.

Pero llega el momento de comprar una casa y el mundo se vuelve Harrod ́s Primark en rebajas. Por eso sueño con poder hacer una “cata de turrones casas” de verdad. Que me dejen un par de horas sola: abrir armarios, mirar enchufes, poner Spotify, sentarme en el suelo y abrirme una lata de cerveza para ver cómo entra la luz. Y ya luego decido. Sin esa ‘otra pareja’ presionando. Sin la sensación de estar comprando Primark, pero pagando como si fuese Loewe.

Porque con esta presión inmobiliaria, voy a tener que liberar el estrés en el súper, apretando tomates como si fuesen pelotas antiestrés. Si el mercado del ladrillo es un tiro al plato, la frutería será mi spa. Y en ese spa lleno de peras, aguacates y limones, ya sería casualidad que apareciera la ‘otra pareja’ para arrebatarme mi tomate.