ESPAÑA SIN BATERÍA.

Pocas cosas consiguen hoy en día lo que logró el apagón: unir a un país bajo el mismo manto de desconcierto, solidaridad y desesperación por la búsqueda de cobertura.

Ayer España descubrió lo que pasa cuando se desconecta el router nacional: nos quedamos a oscuras. Un apagón que no ha entendido de barrios ni de códigos postales. Semáforos en huelga, colas para entrar en el supermercado a comprar papel higiénico y peatones redescubriendo el arte de caminar.

Ante la falta de conexión e información, y movida por haber visto muchas pelis de catástrofes un impulso primitivo, me lancé a buscar una radio. Pero no quedaban. Habían volado como si fueran lingotes de oro vintage. Menos mal que unos vecinos solidarios sacaron su radio al balcón y pusieron las noticias a todo volumen en medio de la Calle Argensola, salvándonos a los que dependemos del móvil como de la respiración asistida.

Ya casi de noche, me emocioné al ver un semáforo en rojo en la Plaza de Colón, una especie de faro emocional en mitad de la tempestad. Volví a casa y como en las novelas antiguas, leí a la luz de una vela mientras en el mundo moderno solo sonaban sirenas.

A las 23:33 volvió la luz a mi casa. Me alegré porque la merluza que tenía en el congelador había sobrevivido al desastre.

DESAYUNO CONTINENTAL.


Los hoteles son la barra libre del ratero común. Te lo dejan todo tan a mano que parece que quieren que te lleves un souvenir. No eres tú, es el hotel.

**Artículo publicado en el diario digital El Español – Quincemil el 19/04/2025.

Todos hemos robado, por lo menos, una vez en la vida.

Tú, que has sido monaguillo durante tres años, también. Recientes estudios dicen que 50 de cada 10 personas desarrollan su instinto cleptómano durante su estancia en un hotel. Los hoteles son la barra libre del ratero común. Te lo dejan todo tan a mano que parece que quieren que te lleves un souvenir. ‘No eres tú, es el hotel’. 

Empezamos en el nivel básico del Cleptómano de Hotel, lo elemental: botecitos de miel, mermelada, cápsulas de café o la Nutella del Desayuno Continental. También tenemos las botellitas del minibar, pero cuidado con el truco de rellenarlas con agua; los mini-bares modernos tienen sensores que gritan ‘¡Al ladrón!’ Ante el mínimo movimiento sospechoso. 

Si el salero y el pimentero te tientan, vacíalos antes de robarlos guardarlos en la maleta. Porque una cosa es darle un toque picante a la vida, y otra muy distinta es que tu lencería huela a restaurante mexicano. Llevarse la cubertería con el logo está en el nivel avanzado del Cleptómano de Hotel, pero imagina lo elegante que quedará en la cena de Navidad. Seguro que un cuñado te preguntará si eso es plata o plomo delito.

En nuestra habitación de hotel encontraremos también pequeños tesoros de escritorio, como el lápiz o la libretita; tan útiles como un ventilador en el norte. No es un gran botín, pero todo ayuda para la Vuelta al Cole en septiembre. Aunque si estás pensando en redecorar tu librería con los libros ‘de adorno’ de la habitación, ya estamos jugando en ligas mayores. Ojo con las biblias del cajón de la mesilla de noche; le vendría muy bien al niño para Religión, pero la penitencia puede ser cara.

Seguimos con los objetos de higiene personal: gel, champú, gorro de ducha. Check. Tu neceser estará mucho más completo con estas amenities. Nivel básico del Cleptómano de Hotel. Pasaremos al nivel avanzado si te llevas las toallas y el albornoz. El secador ya es nivel profesional.

Abrimos los armarios y si estamos en un buen hotel, nos encontraremos con unas perchas robustas de madera de roble. Perfectas para colgar el abrigo largo de tu abuela que pesa como un oso polar.

Los hoteles saben lo que hacen cuando colocan ahí una lámpara de mesa tan bonita. Quedará ideal en tu salón, iluminando los libros ‘de adorno’. Mete en una bolsa de cartón esa planta tan bien cuidada. Cuando hagas el check-out disimula, y si alguien te pregunta, sé firme: ‘la compré en la floristería de la esquina’. 

Si te gusta algún cuadro, envuélvelo bien entre la ropa. Tienes que protegerlo frente a los posibles golpes que tendrás que darle al botones cuando te pregunte si la planta que llevas es la que falta en la habitación.

¿Para qué preguntar si tienen almohadas a la venta cuando las podemos robar? Llévate de casa un edredón viejo y haz el cambiazo para disimular. Por último, las pilas del mando a distancia son un clásico impune y las bombillas siempre vienen bien.

Ya lo sabes, los hoteles no solo ofrecen alojamiento y un buen desayuno. El Cleptómano de Hotel que llevas dentro, sabrá bien dónde encontrar el perfecto souvenir, siempre y cuando combine discreción y poca vergüenza.

PROCESIONES, RETINOL Y OTRAS DEVOCIONES.

Mi rutina de Skincare ya tiene más pasos que la Semana Santa de Sevilla.

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Todo empezó con una crema limpiadora. Algo sencillo tipo “agua micelar”, que prometía quitar el maquillaje, la contaminación y los remordimientos. Después vino el tónico. Y el sérum. Y el contorno de ojos. Y la crema de día. Y la de noche. Y la esencia (que no tengo del todo claro qué hace). Y el exfoliante enzimático. Y la mascarilla coreana. Y la de arcilla. Y los treintaymuchos el Retinol. Y el protector solar, que hay que reponer cada dos horas como si fuésemos a escalar el Teide y no a comprar una barra de pan (integral).

A día de hoy, mi rutina facial tiene más pasos que una procesión de Viernes Santo. Me falta alguien con incienso, un costalero y una saeta.

Reconozco que me encanta cuidarme. Ya de pequeña, mi madre me dejaba una leche limpiadora para que me lavase la cara antes de dormir, como quien inicia a su hija en una tradición cosmética milenaria. Me hacía ilusión. Me hacía sentirme mayor. A día de hoy es algo que me gusta. Me relaja. Soy mayor. Y me da la falsa sensación de que tengo la vida bajo control, aunque mi cajón de los calcetines sea un caos y lleve tres meses diciendo “El lunes pido cita en el dentista”.

Pero también es cierto que siempre me ha gustado tomar el sol. Demasiado. He hecho cosas que hoy me darían unfollow dermatológico: Nivea de la lata azul, untarme con Coca Cola para caramelizarme potenciar el bronceado. Ahora me embadurno con SPF 50 y me siento culpable si no lo reaplico.

No sé si es la crisis de los 40 o que Instagram me ha convencido de que a base de ácido hialurónico y niacinamida puedo frenar el tiempo. Pero ahí estoy religiosamente cada mañana y cada noche, poniéndome sobre mi piel más capas que un hojaldre. Me miro al espejo y me pregunto si esto es autocuidado o una clase de cocina para aprender a montar una tarta milhojas. 

Cuando llego piripi a las 4 a.m. A veces, echo de menos la simplicidad. Aquellos tiempos en los que bastaba con un gesto rápido con una toallita desmaquillante y un poco de fe. Pero ahora es como si hubiese sustituido mis creencias religiosas por un altar de cosmética que huele a pepino y promesas.

Es verdad que a estas alturas yo ya no creo en milagros… Salvo que vengan en un botecito de 30ml y se apliquen con gotero.

ADOLESCENCIA.

La serie que me ha cambiado la vida, porque ahora duermo mejor.

Si me hubieran dicho que una serie iba a mejorar mi calidad de sueño más que una infusión de valeriana escuchar a alguien explicar por qué dejó de comer carne, no me lo habría creído. Pero aquí estoy, después de ver Adolescencia (yo ya la llamo Anestesia), con cuatro capítulos a mis espaldas y cuatro siestas épicas.

Supongo que la serie es una especie obra de arte por la forma en la que está filmada. Y entiendo esas críticas que dicen que es ‘hipnótica’; conmigo la hipnosis funcionó de maravilla, así que nada que decir. Además, la ha producido Brad Pitt, lo cual debería ser un plus.

No sé qué esperaba exactamente, pero seguro que algo que me mantuviera despierta atenta, algún giro impactante o tal vez una aparición sorpresa de Brad en forma de director del colegio con chaqueta de cuero. Pero en lugar de eso, obtuve una experiencia premium de sueño reparador. A lo mejor es que me cogió en un momento cuatro momentos de bajón de azúcar, pero el caso es que me quedé dormida en TODOS los capítulos. Sin excepción.

Sin embargo, los datos están ahí; la serie ha sido un boom, está en boca de todos (con polémica incluida) y hasta ha salido en las noticias. Reconozco que yo la vi para no quedarme fuera de las tertulias del café mañanero. Porque parecía que el mundo había descubierto la adolescencia en 2025. Como si fuera un fenómeno nuevo, un invento revolucionario que nadie antes había experimentado.

Pero nosotros también fuimos adolescentes. No teníamos Tik Tok, ni Instagram, pero no crecimos en una cueva. Y hacíamos cosas igual de ridículas, pero con los recursos disponibles en ese momento:

—Nos hacíamos fotos con cámaras digitales y algunas hasta las revelábamos porque el drama adolescente necesitaba su álbum físico.

—Hacíamos llamadas perdidas para que alguien se ‘acordara’ de nosotros; era la mejor manera de decir pienso en ti.

—Mandábamos SMS con unas abreviaturas que hoy me parecen un crimen lingüístico, solo para no pagar dos SMS en vez de uno.

—Teníamos Messenger, donde si alguien no nos contestaba en 30 segundos, le mandábamos un zumbido para recordarle que su existencia nos pertenecía.

—Llevábamos a Brad Pitt en la carpeta.

—Y también se podía acosar, hablar mal de la gente por mensajes o crear rumores que volaban más rápido que el 3G. No hacían falta los emojis para herir sentimientos; bastaba con un OK seco para destrozar egos.

En la serie lo llevan al extremo con un asesinato. OK. Había que meter algo fuerte para que no pareciese un documental sobre adolescentes mirando el móvil en silencio. Por lo demás no veo grandes diferencias. Pero ahora, muchos padres se han dado cuenta de que la adolescencia no es un flashback de su propia vida, sino una nueva serie en la que ellos tienen un papel secundario y claro, han entrado en pánico.

Así que no, la serie Anestesia Adolescencia no me ha abierto los ojos sobre nada. De hecho, me los ha cerrado. Cuatro veces.