Dar un paseo por Malasaña, me hace darme cuenta de una verdad incómoda: vivo en una burbuja. Si los extraterrestres llegaran hoy mismo para hacer un estudio de campo sobre los humanos, yo no sería el típico sujeto que podría representar al conjunto de nuestra especie. Ni de lejos. Pienso esto mientras paseo por la calle Hortaleza y me cruzo con un chico que tiene la cara completamente tatuada, como si hubiera decidido llevar el arte urbano al siguiente nivel. Camina con un galgo de pelo largo, gris y brillante.
Luego, a una mujer árabe que, con la cabeza cubierta, va como escoltada por cada lado por lo que interpreto que son su hijo y su marido, en bermudas. Y a un señor con traje y una corbata enorme que podría confundirse con un mantel y que camina al ritmo de sus auriculares. Está también una chica con el pelo rojo sentada en un portal llorando. Busca en el bolsillo pequeño de su mochila un paquete de Cleenex. Al final encuentra uno usado que le vale.
Y así es como me doy cuenta de que yo, que me creo la burbuja chispeante y brillante que flota con gracia en la copa de champán, en realidad soy una más entre las burbujitas que aparecen en el refresco antes de perder el gas. Un puntito en una ciudad en constante metamorfosis.
Resulta que los han prohibido porque son malos para la salud. Siendo rigurosos: La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha catalogado el talco como un producto “probablemente cancerígeno” para los humanos.
Quién diría que esa nube mágica, que nos daba un olor a recién salidos de los 80 la ducha, terminaría en una lista negra ¿Qué será lo siguiente? ¿Prohibirnos el Vicks Vaporub? ¿Prohibirnos la nostalgia?
Yo no es que sea una usuaria premium de los polvos de talco, pero era algo que siempre estaba ahí cuando lo necesitaba, como los Uber en Navidad taxis en Nueva York. Muchas veces me hago gambas al ajillo de cena, con su guindillita, su poquito bien de aceite… y cuando llego a la mejor parte de la cena (mojar el pan) siempre hay alguna gota de aceite que decide saltar a mis pantalones provocando la tragedia aceitosa. Gotas de aceite que se encariñan con nuestros pantalones, saltan en bomba y dejan un círculo perfecto sobre la tela.
Y ahí siempre estaban los polvos de talco, dispuestos a embadurnar la tragedia aceitosa hasta secarla y ¡TACHÁN! adiós tragedia.
Pues fue bonito mientras duró.
Muchos pensaréis que soy una antigua y una dramática, que ahora se utiliza Cebralin (la opción de colocarme una servilleta en las piernas no mojar pan en el aceite de las gambas no la contemplo), pero me resisto a ese producto. Don Cebralín llega a la tragedia aceitosa, se queda mirándola desde su spray sofisticado con aires de superioridad y dispara ¡PUM! Y cuando te das cuenta, te ha dejado un pegote en el vaquero que el círculo perfecto ya no es perfecto porque el aceite se ha expandido por la ropa como si fuera el aliño de una ensalada.
Y por eso yo sufro por mí, por mis vaqueros y por los polvos de talco. Porque creo que ellos estaban encantados por terminar su vida en la piel de los bebés ¡Tan suaves y delicados! Dejando sus culitos con apariencia de croissant espolvoreado con azúcar glass.
Tan utilizados también en coloretes, sombras de ojos, seguro que tampoco les importaba acabar sus días inmortalizados en una portada de revista, sobre la cara porcelánica de una modelo sueca.
Por no hablar de lo bien que nos vienen para el champú en seco. Nos han quitado una de las pocas excusas que teníamos las mujeres para no lavarnos el pelo y justificarlo ¡Y es que el champú en seco nos da un volumen que no nos deja el champú normal!
Los rumores sobre la prohibición de los polvos de talco circulan desde hace tiempo. Pero yo tenía la esperanza de que fuese una ‘fake news’, como la que decía que se habían prohibido las patatas jamón jamón… Me resistí a ese rumor y por si acaso me compré 10 cajas de patatas jamón jamón al final, lo que habían prohibido no eran las patatas, sino un aditivo que contenían y para el cual ya han encontrado sustituto.
Menos mal.
Lo que me faltaba es que me dejen de golpe y porrazo sin patatas jamón jamón y sin mojar el pan en el aceite de las gambas (cuidado con la guindilla).
Una vez leí que las personas más especiales son como los mecheros, porque siempre aparecen en el lugar menos esperado. Pero yo no fumo, no tengo chimenea, mi cocina es una placa de vitrocerámica y aunque me encantan las velas, las enciendo con cerillas porque al final los mecheros se quedan sin gas y te dejan tirada. A oscuras.
Yo creo que las personas especiales son como las gomas del pelo. Flexibles y resistentes, que están ahí para sostenerte cuando todo se viene abajo (como un buen peinado en un día de viento). Y aunque a veces parezca que han desaparecido, de repente las encuentras en el lugar menos esperado, como en el fondo de tu bolso, en el cajón de la mesilla de noche o en la muñeca de una amiga. Benditas gomas del pelo.
Hablando de gente y gomas, también hay personas que son como esos lápices que tienen en la otra punta una goma de borrar. Personas que llegan y te borran el mal humor para pintarte una sonrisa a veces torcida. Personas que atenúan los problemas y que si cometes un error no te juzgan, te ayudan a borrarlo y a seguir dibujando.